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Los sueños frustrados de Arturito Char y el poder mafioso en Colombia

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Arturo Char le cumplió el sueño a su papá: ser presidente del Senado de la República. Se lo cumplió, así como también lo hizo cuando el patriarca Fuad Char lo obligó a estudiar administración en Estados Unidos, aunque él lo que quiere es cantar vallenatos y salsa. Se lo cumplió; aunque el confeso que sus años en el Congreso han sido los mas aburridos de su vida. En la oligarquía colombiana no importan los sueños individuales sino el poder y las apariencias.

La ciencia política ha analizado de mil formas cómo el poder en Colombia se reparte entre las elites regionales como los Char o el grupo político de Dilian Francisca Toro y las nacionales representadas en personajes tradicionales como German Vargas Lleras y Juan Manuel Santos. Álvaro Uribe Vélez es un caso paradigmático que en medio de una crisis profunda saltó de lo regional a lo nacional como lo hizo en su momento César Gaviria. Ariel Ávila caracteriza precisamente por este tipo de familias, vale la pena recordar el caso de los Char al sistema político colombiano como autoritarismo burocrático-competitivo.

La violencia, la corrupción y el narcotráfico han sido herramientas fundamentales para que estas familias tengan el poder que tienen en nuestras regiones. Revisen cómo David Char Navas —sobrino del patriarca Fuad— está confesando ante la JEP cómo fue que el paramilitarismo lo llevo al Congreso de la Republica y para qué. No olviden tampoco que Aida Merlano iba a ser parte de la bancada charista (porque aja, los autoritarismos regionales tienen sus propias bancadas, cuando deberían ser de negros, indígenas, campesinos y obreros) en el Congreso de la República y cómo ella ha confesado a los medios de comunicación el papel que jugó esta familia en su entramado corrupto y clientelar potenciada por los aliados tradicionales de los char que son los hermanos Gerlein. Tampoco toca dejar de lado las relaciones de los Char con el Ñeñe y el narcotráfico en general.

Según la revista Forbes Fuad Char como cabeza de la familia ocupa el puesto 10 entre los colombianos más ricos del país. El clan Char maneja el 25% de las concesiones viales y aeroportuarias de Colombia. La esposa de Alex Char —el hermanito de Arturito, ex alcalde de Barranquilla, ex gobernador del Atlántico, el que quiere repetir la hazaña de Álvaro Uribe y César Gaviria desafiando a personajes tan poderosos como German Vargas Lleras en el 2022— es la hermana de Guido Nule. Como alcalde de Barranquilla fue Alex el que le dio el contrato de Transmetro al Grupo Nule a pesar de los cuestionamientos.

Alex Char como alcalde de Barranquilla es uno de los mejores amigos de Javier Torres Vergara quien es considerado un miembro premium de la elite barranquillera y que fue favorecido con 72.300 millones de pesos de nuestros impuestos como megacontratista de la alcaldía en el último mandato de Alex. En el 2014 ese mismo Javier Torres recibió 9400 millones de pesos de Odebrecht y el Grupo Aval de Luis Carlos Sarmiento Angulo a través de un contrato falso para obras que nunca hizo; dinero que presuntamente termino financiando ilegalmente las campañas electorales en donde la familia Char tenía puesto el ojo y las ganas.

No olvidemos que el patriarca Fuad había sido nombrado gobernador del Atlántico por el presidente Belisario Betancur en 1984. Seguramente en el 2022 Alex será candidato presidencial cumpliendo así el ultimo sueño del patriarca, ya que a lo más alto que llegó fue a ser ministro de desarrollo en el gobierno de Barco.

Todos conocen a la marca Olímpica y muchas personas también saben que los Char son sus dueños. Lo que pocos saben es que esa marca reporto activos por 5,6 billones de pesos en el 2018. Tampoco es de conocimiento publico que de las 32 empresas que hacen parte del imperio de los Char por lo menos tres están domiciliadas en paraísos fiscales. El hoy presidente del Congreso de la República es director y tesorero de Staton Assets Corp residenciada en Panamá. Tan solo la marca Olímpica facturó 22 mil millones de pesos con el Estado cuando el presidente era Juan Manuel Santos.

El gerente de la campaña electoral de Arturito al Senado de la República en el 2014 fue contratista de la gobernación del Atlántico, cuando su hermano Alex era el gobernador. El contador de su campaña del 2018 es gerente de una de las empresas del imperio familiar. “Tú me financias y yo te contrato con los impuestos de todos”. Es un poco insultante que Arturito solo reportara una cuenta bancaria con 2 millones de pesos y su domicilio como servidor público como el mismo que figura para el Junior de Barranquilla. Se burlan del país de frente porque se creen intocables y a nosotros idiotas.

Arturito ha propuesto dos veces ocupando su silla en el Congreso la reelección inmediata de alcaldías y gobernaciones, mientras su hermano se gastó en promedio 93 millones de pesos diarios de nuestros impuestos en publicidad la última vez que fue alcalde de Barranquilla, que son los que le permiten tener esos niveles altos de favorabilidad ante la opinión publica. Que no se nos olvide que Arturito fue ponente del proyecto que buscaba convertir en ley el programa Agro Ingreso Seguro que terminó beneficiando a muchas familias poderosas, como la suya, con el dinero de nuestros impuestos que debería destinarse a mejorar la calidad de vida del campesinado colombiano. Revisen el informe sobre Arturo Char en este especial.

Una de las ultimas jugadas de la familia Char fue la compra de un banco a la familia Santodomingo, cabe recordar que Alejandro aparece como el tercero en el ranking de los colombianos más ricos del país. Serfinansa es el banco de la familia Char. Con él manejan las tarjetas de crédito de su marca Olímpica y planean expandirse hacia más servicios. Como una macha negra y pegajosa van expandiéndose poco a poco preparando las trincheras para lo que será la campaña presidencial de Alex en el 2022. Arturito cumple su papel con juicio y apuntala en su nuevo rol como presidente del poder legislativo las alianzas que su hermano necesitará para ganar con el uribismo, mientras acorrala a sus otrora aliados como el mismísimo Vargas Lleras.

Seguramente lo que queda del 2020 será aprovechado por la familia Char para seguir haciendo lo que saben hacer mejor: lagartear. Estos lagartos tienen muchísimas posibilidades de llegar a la jefatura del Estado colombiano si es que no hay una respuesta clara y contundente del campo popular. Dependerá mucho también de cómo se comportará el autodenominado centro representado en Sergio Fajardo, Claudia López y Jorge Enrique Robledo en este ajedrez. Al final lo único que importa es lo que exprese la gente en las calles y urnas. Mientras tanto, Arturito se quedará con las ganas de cantar más allá de YouTube y la ducha porque lo que importa es el poder.

Marcha por la Dignidad: semillas anticoloniales para reactivar las nuevas luchas sociales

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En un contexto sociopolítico en que la pandemia trancó los procesos movilizadores masivos en Colombia, la Marcha por la Dignidad desde Popayán, Cauca, emergió como una forma de acción colectiva encaminada a: 1) «despertar» en la cultura política y el Estado el rechazo a los asesinatos contra líderes/as sociales y excombatientes de FARC y 2) protestar contra las políticas del gobierno Duque respecto a la implementación del Acuerdo Final de Paz —AFP—. Fue, en suma, un fenómeno colectivo de resistencia contra la violencia racializada del sistema político colombiano y el orden social vigente capitalista que desafió las medidas de confinamiento. Si sólo quieres ir al grano, puedes ir a la parte 3 y 4 del presente texto.

  1. Panorama global: Black Lives Matter y la alta desigualdad latinoamericana

El nuevo coronavirus no paralizó por completo la situación mundial de protestas de 2019, pues Black Lives Matter se ha constituido en el fenómeno colectivo movimientista de tendencia global que más constancia e impacto ha tenido en tiempos de pandemia, una muestra de que la fuerza de las movilizaciones sociales puede, en ciertas circunstancias, imponerse a las barreras del confinamiento obligatorio decretado por los Estados, más si éstas son vacilantes como en el caso de los EE. UU. El Espectador registró el 28 de julio 2020 que la ciudad de Portland «ya suma más de 55 días ininterrumpidos de protestas contra el racismo» y el envío de tropas federales a la ciudad ordenado por Trump escaló las tensiones. La popularidad de Trump por el manejo de la crisis por coronavirus y el estallido social desatado tras el homicidio contra George Floyd ha reducido su legitimidad y el oponente demócrata Joe Biden en la actualidad lo está aventajando en intención de voto.

La situación de protesta en Latinoamérica, nuevo foco de la pandemia, no ha recuperado los niveles de movilización social de 2019 debido a las medidas excepcionales contra la crisis —aunque ha habido protestas masivas en Bolivia, Chile o Ecuador—, pero el panorama de la estructura económica es desalentador y puede convertirse en combustible de protestas incluso más radicales. Oxfam reveló que el caso de Latinoamérica, la región más desigual del globo, es crítico. Mientras que 73 multimillonarios latinoamericanos incrementaron sus fortunas entre marzo y junio de 2020, la región enfrenta un panorama abrumador, pues «hasta 52 millones de personas podrían caer en la pobreza como consecuencia de la pandemia, un retroceso de 15 años». El desempleo, la alta informalidad laboral, la crisis migratoria venezolana o sistemas de salud precarios son algunos de los factores estructurales que están golpeando gravemente a Latinoamérica de acuerdo con Oxfam.

Tal parece, pues, que el capitalismo sigue funcionando y está más vivo que nunca, pero en beneficio de las élites financieras. Pero merced a un trasfondo histórico de luchas antisistémicas o sistémicas alternativas en Latinoamérica, la exacerbación de este orden financiarizado puede más bien estar estimulando a sus propios sepultureros.

  1. Panorama nacional: siguen los asesinatos contra líderes/as sociales y excombatientes

A finales de 2019 y principios de 2020 Colombia vivió un estallido social, sin precedentes desde el paro cívico de 1977, conocido como 21-N. Este fenómeno colectivo mezcló procesos de movimiento social —esto es, de masas descentralizadas con orientación al cambio (Munk, 1995, p. 17)— articulados con la organización jerárquica del Comité Nacional del Paro [CNP] —con alta representación sindical—. Este Comité en diciembre de 2019 presentó al gobierno nacional un pliego de 104 puntos, una síntesis de demandas de las organizaciones y movimientos sociales que hicieron parte del 21-N. El 21-N, pues, se puede comprender como un proceso de contragobernanza (Quiñones, 2019) que mezcló la coordinación sociopolítica de las redes de solidaridad con las de la jerarquía de organizaciones sociales y el CNP. Se trató, en consecuencia, de un ejercicio disputativo de contragobernanza sin necesidad de estar articulado a un partido político aglutinador de intereses.

Este fenómeno colectivo inició el 21 de noviembre de 2019 y terminó aproximadamente el 20 de enero de 2020 tras procesos de desgaste y agotamiento. En vista de esto, el CNP convocó un nuevo paro nacional para el 25 de marzo de 2020, pero la imprevisible crisis por pandemia echó al traste estos intentos. En tales circunstancias parece que este «despertar» social hubiera sido puesto en estado de suspensión con las medidas excepcionales para aplacar el avance del nuevo coronavirus. Las acciones colectivas que siguieron después tuvieron reivindicaciones más locales —trapos rojos contra el hambre, marchas contra los desalojos— y no llegaron a articularse de manera nacional.

Sin embargo, la pandemia no frenó la conflictividad armada y, antes bien, los asesinatos contra líderes/as sociales y excombatientes continuaron. En una nota de prensa la Marcha por la Dignidad expresó al respecto que 300 líderes/as sociales han sido asesinados desde la firma del Acuerdo Final de Paz —AFP—; asimismo, 216 excombatientes de las FARC han sido asesinados desde su reincorporación en 2016 y denuncian 100 feminicidios cometidos durante la cuarentena.

En el año 2020, de acuerdo con Indepaz, «han sido asesinados 47 líderes indígenas, 14 de estos durante la cuarentena», para un total de 167 asesinatos contra líderes/as indígenas durante la presidencia de Iván Duque.

La lideresa afro Danelly Estupiñán, integrante del Proceso de Comunidades Negras —PCN— denunció que la situación de cuarentena ha puesto en mayor riesgo a los/as líderes/as sociales, pues los sicarios que los actores armados utilizan para los asesinatos pueden encontrar a los/as líderes/as más fácilmente en sus casas. Según Indepaz, a 22 de mayo de 2020 habían sido asesinados en Colombia 28 líderes/as sociales «desde que comenzó el confinamiento a finales de marzo», confinamiento que empezó más concretamente, de acuerdo con Estupiñán, el 25 de marzo, fecha en la que, como se expuso, se tenía previsto un nuevo paro nacional.

A esta situación se suma la conflictividad del Cauca —región desde la que comenzó la Marcha por la Dignidad— «en ascenso desde el inicio de la cuarentena. Para inicios de junio […] Cauca registró el asesinato de 9 asesinatos a lo largo del 2020». En total, «57 defensores de DD. HH. y 37 excombatientes desde la firma del Acuerdo de Paz» han sido asesinados en el Cauca (Forero, 10 de julio de 2020).

En los reportes de prensa aquí citados hay un factor común y es la mención de la firma del AFP como punto de inicio para contar la desastrosa cifra de asesinatos. Y es que el AFP ha tenido como objetivo estratégico gestionar los problemas de cierre del sistema político colombiano, cuya exclusión llevó históricamente al ejercicio de la violencia guerrillera como opción político-militar. Tal cierre no sólo se ha institucionalizado estatalmente a través de hechos como el Frente Nacional, sino que en él es crucial el exterminio físico y simbólico a la oposición política. Por esa razón el AFP incluía la creación del SISEP —Sistema Integral de Garantías de Seguridad para el Ejercicio de la Política—, un sistema de seguridad encargado de garantizar la vida de quienes ejercen la oposición en sus territorios, pero la implementación de esta medida está actualmente simulada por el PAO —Plan de Acción Oportuna— de Duque, sin articulación integral con el AFP según Olger Pérez, líder de la Asociación Campesina del Catatumbo. La persistencia sistemática de los asesinatos muestra el fracaso de la simulación de la implementación[1].

Es en este contexto de violencia colonial y política, reproducida en tiempos de pandemia y de simulación de la implementación del gobierno Duque y el uribismo 2.0, que emergió la Marcha por la Dignidad.

  1. ¿De qué trató la Marcha por la Dignidad?

La Marcha por la Dignidad fue un fenómeno colectivo, el primero de corte nacional en tiempos de pandemia, en el que miembros de distintas organizaciones sociales recorrieron aproximadamente 590 kilómetros desde Popayán hasta Bogotá para manifestarse en contra de los asesinatos a líderes/as sociales y excombatientes. La Marcha comenzó el 25 de junio y terminó el 10 de julio. En principio, estuvo compuesta por 12 participantes[2] hasta completar un máximo de 25 por protocolos de bioseguridad; no obstante, García reportó que «cientos de integrantes de 40 organizaciones sociales llegaron […] a Bogotá». El siguiente esquema ilustra su trayectoria, la cual pasó por las ciudades capitales de Cali, Pereira, Armenia e Ibagué:

Fuente: El Espectador (Forero, 10 de julio de 2020).

Entre las organizaciones de los integrantes que participaron se encontraban el Consejo Comunitario Afro-Renacer del Micay, el PCN —Proceso de Comunidades Negras—, la Coordinadora Nacional Agraria, el CRIC —Consejo Regional Indígena del Cauca— y estudiantes de la Universidad del Cauca. Consistió, entonces, en una acción colectiva de organizaciones en la que participaron afros, estudiantes, campesinos/as e indígenas, además de algunos excombatientes de las FARC.

A medida que pasaba por distintas partes del territorio nacional, más personas organizadas acompañaron la Marcha hasta determinados puntos del país:

«En su recorrido se fueron sumando otras organizaciones y procesos sociales en Santander de Quilichao, Jamundí, Cali, Cartago, Pereira, Armenia e Ibagué, logrando visibilizar otros actos de protesta y movilizaciones, tal y como sucedió en el caso de las comunidades indígenas Nasa, recientemente desalojadas en el sector de La Viga-Pance en la ciudad de Cali».

Fue entonces un proceso movilizador que, aunque nació como expresión de rechazo a los asesinatos sistemáticos[3] que sufren ciertos sectores de la oposición y para pedir el cumplimiento del AFP, articuló reivindicaciones particulares de miembros de organizaciones sociales de los territorios por donde pasaba como las referidas al desplazamiento forzado causado por amenazas de actores privados o grupos armados o desalojos ordenados por los gobiernos en tiempos de cuarentena. Asimismo, algunos estudiantes que marcharon, como David Bolaños de la Universidad del Cauca, expresaron otras reivindicaciones como la matrícula cero para sus universidades. Otras personas como Jairo Narváez, de la Asociación Indígena del Cauca, protestaron contra la estigmatización a la oposición hecha por el gobierno Duque.

Fuente: Pares Pacífico (10 de julio de 2020)

Una de las consignas más importantes que se vieron en la marcha fue: «Nos están matando»; otra consistió en: «Ser líder social no es un delito», tal y como lo ilustra esta fotografía protagonizada por un integrante del Consejo Regional Indígena del Cauca         —CRIC—.

La Marcha estuvo motivada por la necesidad de complementar las denuncias y ejercer una acción más enfática contra el exterminio político y buscó hablar tanto a la sociedad civil como al Estado. A su vez, quiso recuperar las olas movilizadoras del 21-N que fueron suspendidas por la crisis por el nuevo coronavirus, esto es, sembrar una «semilla para recuperar la movilización social que se nos llevó la pandemia», pues «no nos vamos a quedar quietas porque nos están matando», como expresó una de las marchantes. Al tiempo, ante la naturalización de los asesinatos en la cultura política colombiana, en palabras de un estudiante, «la idea [era] recorrer cada uno de los puntos del país para que [éste] despierte» (Red Alterna Popayán, 3 de julio de 2020).

Dentro de los repertorios de acción, aparte de la larga caminata y el grito de consignas, hicieron acto de presencia acciones carnavalescas como la música. Ya en Bogotá, miembros de la Primera Línea creada en el 21-N también acompañaron la movilización.

  1. La Marcha por la Dignidad como lucha simbólica anticolonial

El concepto de colonialismo interno de Pablo González Casanova (2006) puede dar algunas luces sobre cómo entender que a pesar de la «independencia» contra la Corona española y la instauración de repúblicas con aspiración a la soberanía las luchas anticoloniales sigan vigentes, lo cual va en contravía del reduccionismo del marxismo ortodoxo de las luchas políticas en torno a la dominación de clase (González, 2006).

Este fenómeno colonial está relacionado con el colonialismo tradicional, esto es, el régimen que mediante la codificación de pueblos y gentes en razas inferiores/superiores ejerció dominación política, cultural y económica sobre los/as colonizados/as y controló sus recursos desde el siglo XVI. La consecuencia de estos procesos de dominación y extracción de recursos es la inserción desigual de las colonias a una economía-mundo en fase de mundialización, la cual desarrolló sus procesos capitalistas centrales gracias a los excedentes obtenidos a partir del trabajo esclavo y servil de las colonias.

El colonialismo interno, pues, hace explícita la reproducción y reconfiguración de estas jerarquías sociales en la constitución de las nuevas repúblicas, independizadas ya de sus viejas metrópolis. Es un proceso de asimilación y dominación económico, político, social y cultural ejercido en contra de grupos étnicos como los indígenas y afro, los cuales son integrados desigualmente a un nuevo Estado-nación que los excluye. Los colonizados internos son construidos como una «raza» y una «cultura» distinta respecto a las élites dominantes que instauran una idea de lo nacional. De ese modo, dentro del Estado-nación el poder político se distribuye según grupos étnicos —«razas»—: unas dominadas, otras dominantes (González, 2006).

Para González Casanova, estas luchas contra el colonialismo interno sólo se pudieron concretar de forma movimientista hasta finales del siglo XX y el caso emblemático de estas luchas es el alzamiento zapatista que ocurrió en Chiapas en 1994.

La inserción de los nuevos Estados a los procesos de acumulación capitalista desataron, en términos generales, un proceso de proletarización y empobrecimiento, sujetando a los habitantes de las regiones en conflicto a dinámicas económicas, políticas y militares —y paramilitares— ajenas a ellos y su territorio (González, 2006, p. 423). De ese modo, el colonialismo interno creó espacios en los que centros urbanos explotan espacios rurales periferializados.

Tras los procesos de globalización neoliberal, determinados capitales trasnacionales entraron en relaciones de acumulación por desposesión contra los territorios y la cultura de grupos étnicos de las periferias en nombre del «desarrollo» extractivo-exportador que han promovido élites nacionales. Así pues, el colonialismo interno se integró al colonialismo internacional y trasnacional en el marco del régimen neoliberal vigente del sistema capitalista.

El asesinato contra líderes/as indígenas y afro cumple una función de preservación del orden social vigente colonial y capitalista en ese sentido, pues aniquila selectivamente a quienes se manifiestan contra el régimen del colonialismo interno. Es una violencia racializada. Estos asesinatos selectivos deterioran procesos políticos comunitarios y preservan las históricas condiciones de subalternización de los pueblos y gentes afectados, limitados en sus posibilidades de constitución de autonomía e identidad sobre sus territorios, si bien estos pueblos y gentes siguen resistiendo. Es una forma de continuar el cierre del sistema político que quería combatir el AFP y mantener el bloque de poder ganadero, latifundista y financiero aupado en la hegemonía uribista, la cual se renovó con el uribismo 2.0 del «moderado» Duque y sus políticas de simulación de la implementación del AFP.

La Marcha por la Dignidad es un fenómeno colectivo contra el colonialismo interno con un marcado aspecto simbólico: es el esfuerzo de una caminata de cientos de kilómetros el que constituye la fuerza política del acto. El hecho de caminar durante dieciséis días a pesar de la pandemia y los hostigamientos frecuentes por parte de la fuerza pública instituye un símbolo, una práctica simbólico-discursiva de resistencia campesina, indígena, estudiantil o afro, que constituye a los marchantes como sujetos políticos y, al tiempo, aspira a que otras personas se subjetivicen políticamente según las reivindicaciones de los manifestantes. La Marcha no confronta militarmente al Estado, pero sí supone cierto desafío a las medidas estatales de restricción de movilidad aunque dentro de protocolos de bioseguridad que limitaron la fuerza social de la movilización.

Como proceso colectivo la Marcha partió de marcos de creencias compartidos (Ibarra, 2000) que configuran identidades opositoras y contrahegemónicas, un «nosotros» de una multitud que sufre injusticias estructurales y un «ellos» responsable de esas injusticias: el gobierno, partes de la sociedad civil —grupos armados, paramilitares, actores privados que contratan sicarios, trasnacionales, etcétera—. En ese sentido, la Marcha fue una acción que disputó y disputa la hegemonía y reivindica sus propias identidades políticas: critica el consenso parcial existente alrededor de las políticas de seguridad del gobierno Duque, pide la implementación del AFP, a la vez que defiende su existencia como sujetos/as políticos y critica la pasividad de sectores de la sociedad civil que no empatizan y han naturalizado la grave situación de DD. HH. de los/as líderes/as sociales y excombatientes de FARC.

Pero no consistió en un proceso movimientista, pues fundamentalmente la Marcha fue protagonizada por integrantes de organizaciones políticas como Congreso de los Pueblos o las anteriormente mencionadas. Su aspiración es justo esa: ser una acción de miembros de organizaciones sociales que estimule un «despertar movimientista» descentralizado a través de su fuerza como acto simbólico.

La metáfora de la Marcha como semilla es diciente, porque una semilla requiere ser plantada, cuidada y pasar por determinados tiempos de germinación. No se esperaba entonces que la Marcha como tal detonara un estallido social en una coyuntura difícil para la movilización social, sino dar los pasos para las futuras acciones colectivas que, de una u otra forma, tendrán que enfrentar las circunstancias autoritarias de un confinamiento indefinido, un Congreso virtualizado incapaz de controlar al ejecutivo y una pandemia para la cual no hay cura. Por eso, más que una acción que partió de una «estructura de oportunidad política», lo que buscó fue sembrar algunas semillas para la creación de esa estructura bajo un horizonte de historicidad y en un contexto de alta violencia.

Dentro de los participantes de la Marcha hay conciencia de su carácter anticolonial, del cual es ilustrativo la presencia de organizaciones indígenas como el CRIC y la AIC u organizaciones afro como el PCN, con trayectorias históricas de lucha por la identidad étnica, la autonomía, la vida y la tierra, particularmente, en este caso, desde el Pacífico colombiano. Sebastián Quiroga, de Congreso de los Pueblos, al ser interpelado sobre los sentidos de la movilización expresó que: «210 años después de la Independencia, nuestro país sigue sometido a las decisiones de algunos pocos, como era en tiempos de la Conquista y de la Colonia cuando los comuneros, los esclavos y los negros se levantaron contra ese yugo».

Las palabras de Sebastián Quiroga, en consecuencia, muestran algunas características del colonialismo interno al establecer una relación de continuidad entre las luchas comuneras y afro de la Colonia con la Marcha por la Dignidad: ha llegado la república, pero en sus más de dos siglos de independencia la dominación colonial contra pueblos étnicos permanece, así se reconfigure según las transformaciones del capitalismo mundial. A esto contribuye el cierre del sistema político colombiano, cuyo carácter oligárquico y violento ha torpedeado la participación política de otros grupos sociales ajenos al bloque hegemónico de poder. Por eso hay que continuar luchando contra la reproducción del colonialismo presente en toda la historia republicana, reconfigurado hoy por hoy en un escenario de globalización y establecimiento de economías de enclave en los Estados periferializados del sistema-mundo.

Por esas razones, la Marcha por la Dignidad se puede comprender como una expresión de resistencia simbólica no movimientista contra el colonialismo interno en tiempos de pandemia, para la cual es crucial la disputa por la implementación del AFP y el cumplimiento de los DD. HH. para el ejercicio efectivo de la oposición política.

Las jerarquías sociales en Colombia han sido paliadas antes y durante la pandemia con políticas asistencialistas, pero es posible que el agravamiento de la crisis haga obsoletas estas medidas de focalización del gasto social. Por eso este trabajo ha querido rescatar la Marcha por la Dignidad del olvido mediático como un tipo de acción colectiva de alcance nacional que, de una u otra forma, lucha contra las jerarquías coloniales instauradas mediante una violencia política de carácter sistemático y reivindica sus propias identidades como sujetos políticos, su derecho a existir políticamente. Esta Marcha ilustra los retos y limitaciones que supone movilizarse en tiempos de confinamiento, pero ya las semillas movilizadoras de dignidad se han caminado y arrojado.

Referencias

Estrada, J. (2020). La situación general. Contradicciones y conflictos de un proceso abierto. Cuadernos de la implementación 1. Bogotá: Gentes del Común y Cepdipo.

González, P. (2006). «Colonialismo interno [una redefinición]». En A. Borón, J. Amadeo y S. González (comps.), La teoría marxista hoy (pp. 409-434). Buenos Aires: Clacso.

Ibarra, P. (2000). «¿Qué son los movimientos sociales?» En E. Grau (ed.), Anuario Movimientos Sociales. Una mirada sobre la red. Barcelona: Icaria Editorial.

Munck, G. (1995). «Algunos problemas conceptuales en el estudio de los movimientos sociales». Revista Mexicana de Sociología, 57(3), 17-40.

Quiñones, J. (2019). La idea de contragobernanza. Elementos para una teoría crítica del gobierno. Estudios políticos, (56), 18-39.

[1] La tesis de la simulación de la implementación Jairo Estrada la entiende como «”representar una cosa fingiendo o imitando lo que no es”. Se trata en ese sentido de mostrar que ejecutorias gubernamentales, con las que se pueda construir alguna relación con la implementación, deben ser consideradas como ejecutorias del Acuerdo de paz y la implementación, aunque en sentido estricto no lo sean» (2020, pp. 54-55).

[2] La Revista Semana reporta «14 representantes de varias organizaciones sociales» (27 de junio de 2020).

[3] Respecto al tema de la sistematicidad, Ariel Ávila sostiene que ésta reside no en que exista un único actor que ordene los asesinatos, sino en el perfil de los asesinados, la mayoría «reclamantes de tierras o de verdad», líderes étnicos o activistas medioambientales (Ávila, 21 de julio de 2019).

Los 164 despidos injustificados del Banco de la República

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El día 30 de junio más de 160 familias se quedaron sin trabajo. Lo sabemos, esto no es algo nuevo en Colombia, no lo es. Lo nuevo es de dónde eran esos trabajadores y lo que significa su despido para el momento actual que vive el país. Hablamos de 160 familias que de un solo tajo quedaron a la deriva. No fueron cuatro despidos, fueron 164 (número exacto), de un solo golpe.

Desde que inició la pandemia en Colombia, hemos visto cómo las pequeñas empresas se desploman frente a los ojos de todos, que la culpa es del COVID —nos dicen—, pero seguro no tiene nada que ver el hecho de que los politiqueros (esa pandemia que hemos vivido por décadas) se roben las ayudas y los salvamentos que provienen del dinero que pagamos de impuestos y que aportan las empresas públicas del Estado, precisamente, para que esta situación no suceda, para que el impacto económico de la pandemia no sea el actual, el que hoy sufrimos.

164 despedidos por el Banco de la República, de un tajo, sin asco y esto sucedió en la Biblioteca Luis Ángel Arango. No hablamos de una MyPime, ni de una empresa mediana, acá hablamos del emisor del país, de uno de los patronos o empleadores más billonarios del país y de América Latina; y los despidos los aprobó una Junta Directiva cuyos sueldos promedios son de 20 a 50 millones más prerogativas. No hay derecho, la gente que echaron recibían sueldos de $900.000, la mayoría madres cabeza de hogar, gente con hasta 20 años de trabajo, varios a punto de recibir pensión, hablamos de la gente de la Luis Ángel Arango, quienes nos entregan los libros, nos ayudan a conseguir nuestras metas intelectuales, culturales y laborales. NO hay derecho, o tal vez sí lo hay para la Administración de BanRep la cual aduce que no “echó a nadie”, que tan solo “canceló un contrato” del que dependían 164 familias. Leguleyadas y crueldades de la jeringonza jurídica mal acontecida en manos de personas que esperemos se retracten de sus propios actos.

¿Pero qué significa un despido de esta magnitud en el Banco de la República, los mismos que en el pasado mes de mayo reportaron ganancias de 6.1 billones de pesos? ¿Qué significa un despido ahí? Significa algo concreto: que, si un patrono de empresa pública que reporta ganancias billonarias despide a destajo a más de una centena de trabajadores de sueldo mínimo, y esto en medio de uno de los acontecimientos más terribles del último siglo (me refiero a la pandemia), quiere decir que de ahí para abajo puede suceder cualquier cosa en la vida laboral de los y las colombianas. ¿Qué viene?: ¿300 empleados de un solo tajo? ¿600 empleados? ¿30 mil empelados? ¿500 mil? Pero ojo, no se confundan, no son “echados”, solo no se les “actualizó el contrato” ¿Así o más crueles?

¿Y qué han hecho los bibliotecarios al respecto? Su lucha ha generado un apoyo irrestricto por parte de la Asociación Nacional de Empleados del Banco de la República, y simpatías en la Unión Sindical Obrera y demás sindicatos del país, también en artistas, intelectuales y políticos, simpatías y apoyos suscitados por la dignidad de sus acciones: una marcha en plena pandemia, dos plantones también en pandemia y una nueva marcha virtual en medio del nuevo confinamiento declarado en localidades de Bogotá. Se mueven los bibliotecarios de la Luis Ángel Arango, nos dan esperanzas, y eso es meritorio.

Hoy la lucha de los bibliotecarios de la Luis Ángel Arango representa la lucha del colombiano y colombiana promedio a no desaparecer en medio de esta pandemia, a pararse duro frente a las injusticias y a dar claridad de que aceptar las desgracias no nos hace mejores personas sino que ayuda a que la situación empeore, que hay que luchar, organizarse y defender los intereses de nuestras familias porque la vida está de por medio, sin duda, también señalarían un nuevo horizonte, el de construir un gran movimiento ciudadano sin tintes partidistas, que ponga el tema concreto en la agenda política: reintegro para los y las trabajadoras despedidas en pandemia, y que MinTrabajo haga su trabajo.

En medio de la pandemia, con 9.500 muertos, Iván Duque sólo piensa en vender Ecopetrol

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Sin lugar a duda, el accionar político del presidente Iván Duque se ha caracterizado por incumplir las promesas que realizó públicamente durante su campaña. En aquel entonces, el caricaturesco candidato, en alianza con los medios corporativos de comunicación, se presentaba muy alegre, con una pelota, una guitarra y su cabello pintado, a asegurarle a la sociedad colombiana que, en el caso de quedar presidente, jamás implementaría el Fracking en Colombia, reduciría impuestos para poder aumentar los salarios de trabajadores, buscaría incentivar la educación superior gratuita, perseguiría a narcos y asesinos, y sería un ferviente defensor de lo público.

Sin embargo, la realidad es otra, pues durante su mandato, han sido constantes las contradicciones con lo prometido durante su campaña, pues le está dando rienda suelta al Fracking en Colombia, los únicos impuestos que ha reducido son los que tenían sus socios de grandes empresas, bancos y multinacionales, mientras que el salario mínimo no aumentó significativamente. En paralelo, no ha buscado avanzar en el tema de la educación gratuita, por el contrario, ha reforzado el ICETEX como si fuera una entidad bancaria, tampoco ha aceptado sus nexos con narcos como el Ñeñe, a pesar de que existen pruebas irrefutables de que este narcotraficante inyectó grandes sumas de dinero a su campaña presidencial. Así mismo, siguen asesinando líderes sociales en sus narices y, por si fuera poco, ahora, en medio de una pandemia en donde se ha dedicado a decretar a favor de los bancos y las multinacionales, pretende vender la empresa pública que más ganancias le genera a la nación, Ecopetrol.

En este momento, los hospitales del país están colapsando, cientos de personas contagiadas de Covid-19 están muriendo porque no pueden acceder al sistema de salud, hay demoras en la atención de urgencias, en la toma de muestras y en la entrega de resultados. Además, la sociedad colombiana está denunciando bastantes irregularidades que se están presentando en las UCIS, en donde los médicos no dan abasto, a causa de las decisiones tomadas por el Gobierno Nacional, que no han logrado contener la pandemia, como sí ha ocurrido en otros países, y la situación se ha salido de control.

En un momento así, el pueblo colombiano esperaría que su máximo mandatario enfrentara la crisis con madurez, humanismo y transparencia, para poder salvar la mayor cantidad de vidas posibles. Sin embargo, es claro que la vida de los colombianos no es una prioridad para el tercer gobierno de Álvaro Uribe Vélez y sus secuaces, pues para nadie es un secreto que nuestro presidente Iván Duque es simplemente una figura interina que recibe instrucciones de patrones, bancos y multinacionales, quienes le ordenan como debe realizar cada una de sus acciones, las cuales siempre han estado para el beneficio de los más adinerados.

Pues bien, este gobierno macabro ha decidido continuar con los despropósitos de gobiernos como el de Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos, quienes trabajaron sin descanso buscando privatizar Ecopetrol, ISAGEN —esta última fue vendida a empresarios canadienses por Juan Manuel Santos en el 2016—, entre otras empresas. El primero, Álvaro Uribe, impulsó la venta del 10% de las acciones de la prospera empresa, sin importarle un pequeño detalle: se trataba de una empresa pública. El segundo, Juan Manuel Santos, convirtió a Ecopetrol en un grupo de empresarial, dividiéndolo en filiales —siendo CENIT la más importante pues genera cerca del 70% de las ganancias que Ecopetrol le entrega al Estado—, con el fin de venderlas cada una por separado. Aunque no lo logró vender a CENIT, gracias a la presión de la Unión Sindical Obrera y de la sociedad colombiana, si logró vender el 1.6% de las acciones de Ecopetrol.

Hoy en día, en pleno 2020, durante una crisis mundial, los obreros sindicalizados de Ecopetrol, pertenecientes a la USO (Unión Sindical Obrera) han denunciado durante meses, que Iván Duque se está aprovechando de la crisis, del confinamiento, del pánico colectivo que tiene la gente hacia el Covid-19 y de sus decretos presidenciales expedidos durante la pandemia, para empezar con la venta de la empresa CENIT.

El último mecanismo encontrado para tal propósito, fue la expedición del Decreto-Ley 811, que da vía libre para que el gobierno venda esta y otras empresas. En paralelo, Iván Duque, el ministro Carrasquilla y las directivas de Ecopetrol buscan trasferir la nómina de la vicepresidencia de transporte de Ecopetrol hacia CENIT. Esta es una de sus “jugaditas” políticas y administrativas que les facilitaría la venta de CENIT al mejor postor privado. Imagínense la magnitud del caso: el presidente estaría cediendo cerca del 70% de las ganancias directas que le genera Ecopetrol a la nación, bajo la excusa de enfrentar la pandemia, cuando en numerables ocasiones los sectores alternativos del país han sido insistentes en que, el problema económico actual se debe enfrentar con una redistribución de la riqueza en materia tributaria, impartiendo mayores impuestos a los más ricos para beneficiar a los sectores más vulnerables y al Estado, y no entregándoles nuestro patrimonio de manera feriada a las grandes multinacionales. Es importante agregar que, el Gobierno Nacional también excusa la venta de Ecopetrol bajo el argumento de pagar la deuda que se adquirió con el FMI (Fondo Monetario Internacional), una deuda que adquirió la misma administración. Como quien dice “tapar un hueco con otro hueco”.

Ahora bien, desde el nacimiento de la USO (Unión Sindical Obrera) en 1923 que desembocó en la fundación de Ecopetrol en 1951, cada uno de los presidentes de nuestra nación se ha enfrentado a la valentía de los obreros de la industria de los hidrocarburos, quienes, junto al apoyo de las bases de la sociedad colombiana, una y otra vez se han visto dispuestos a organizarse y movilizarse a favor de la defensa de Ecopetrol, para evitar que sea entregada a los intereses extranjeros. Es así como, a manera de guardianes, estos obreros y obreras han defendido el patrimonio público. En un principio, lo recuperaron de las garras extranjeras de la Troco (Tropical Oil Company) consiguiendo la nacionalización de esta actividad en Colombia, luego durante décadas la han defendido de cada uno de los presidentes y empresarios extranjeros que han querido arrebatarnos nuestro patrimonio.

Ahora, durante el desarrollo del Siglo XXI, la USO se ha enfrentado a los corruptos, una y otra vez: durante la primera década, para impedir que Álvaro Uribe siguiera vendiendo el patrimonio colombiano, luego, en la segunda década, contra la amenaza privatizadora de Juan Manuel Santos y ahora, en el marco del gobierno remoto de Iván Duque, convoca una vez más a las bases populares colombianas, a armarse de dignidad y valentía para defender uno de los más importantes frutos de la lucha obrera en Colombia, Ecopetrol.

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Ecopetrol nació de la lucha obrera, no en las oficinas de quienes hoy quieren venderlo

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Breve reseña histórica de Ecopetrol

La historia de la extracción del petróleo en Colombia empieza con las concesiones que se les realizaron a los generales Virgilio Barco y Roberto de Mares hacia el año 1.905, cuando el Estado colombiano les concedió el dominio sobre el territorio del Catatumbo a Barco y de Barrancabermeja a de Mares, para realizar la extracción de hidrocarburos a cambio de otorgarle entre el 15% y el 7% de las regalías a la nación. A partir de este momento, el éxodo de cientos de trabajadores colombianos hacia estas dos zonas petroleras fue constante, quienes viajaban a trabajar a Barrancabermeja y el Catatumbo buscaban obtener retribuciones materiales dignas a cambio de su mano de obra, sin embargo, la realidad era otra y la explotación laboral era el común denominador en ambos territorios.

Durante las siguientes dos décadas, cientos de trabajadores perdieron la vida a causa de las peligrosas labores necesarias para la construcción de la infraestructura petrolera, agudizadas por la falta de condiciones de seguridad óptimas y el desinterés de los generales en mejorarlas; gran parte de esta infraestructura funciona hoy en día.

A medida que avanzaba el proyecto de extracción de hidrocarburos en Colombia, los obreros que estaban entregando sus vidas en el Catatumbo y Barrancabermeja, empezaron a evidenciar que todo su trabajo estaba enriqueciendo en gran medida los generales Barco, Mares y a sus socios extranjeros, quienes inyectaban el capital y se llevaban las ganancias en porcentajes de hasta el 90% pues como se dijo anteriormente, las regalías que entraban al Estado eran mínimas y las condiciones laborales de los obreros no mejoraban con el pasar del tiempo, es así como se hizo importante pensarse la necesidad de nacionalizar las actividades petroleras en el país. Sin embargo, en 1.918 Mares realizó el traspaso de la concesión que el Estado le había otorgado a la Tropical Oil Company, transacción señalada como ilegal, pues fue un proceso en el que el general Roberto de Mares no tenía el aval procedimental necesario para ejecutarlo, ni la autorización del Estado colombiano. Por otro lado, la concesión del general Barco fue asumida por la empresa extranjera Colombian Petroleum Company y la South American Gulf Oil Company.

Es así como, con el nacimiento en paralelo de la Unión Sindical Obrera empiezan las primeras huelgas obreras, que se realizarían en diferentes periodos entre 1.919 y 1.951, que buscaban la nacionalización de la actividad petrolera, con el fin de que las ganancias fueran en beneficio de la sociedad colombiana y que en consecuencia se mejoraran las condiciones de vida de los trabajadores de la industria del petróleo.

Luego de seis huelgas, en las que participaron miles de obreros y en las que el Estado atacó el movimiento sindical de manera militar y punitiva, al considerar la huelga como una acción ilegal, a pesar de estas estaban motivas por los despidos masivos ordenados desde el extranjero, las paupérrimas condiciones de seguridad laboral y las condiciones insalubres a las que estaban expuestos los obreros. En 1.951 durante la sexta huelga obrera, el aparato judicial colombiano se vio obligado a reconocer la actividad de la huelga como un derecho laboral completamente lícito. Adicionalmente, ante el avance del movimiento sindicalista, el gobierno colombiano reconoció la necesidad de crear una empresa nacional para la extracción de hidrocarburos, esto, además, impulsado por las irregularidades que había en las concesiones entre el General de Mares y la Tropical Oil Company, denunciadas en gran medida por los sindicalistas.

Es así como en 1.951, gracias a las luchas sindicales en cabeza de la USO, el Estado colombiano inaugura la Empresa Colombiana de Petróleos (Ecopetrol), al tiempo que recuperan algunos de los bienes que estaban a nombre de la concesión entre el General de Mares y la Troco (Tropical Oil Company) para pasar a ser propiedad de Ecopetrol, pues la empresa extranjera sin mayor explicación, nunca entregó al Estado colombiano una flota de aviones y automóviles que debía devolver.

Luego de la creación de Ecopetrol una vez más, el gobierno de Colombia buscaría entregarle la administración de la nueva empresa a los extranjeros de la firma Foster Wheeler, quienes pasaron a presidir la nueva empresa nacional, a pesar de ser foráneos. Es así como, de nuevo la lucha sindical se haría presente, para que finalmente en 1.959 se asumiera la administración de Ecopetrol en dirección de colombianos.

La historia no terminaba allí, hasta ahora comenzaba, pues algunos territorios aún continuaban siendo administrados por empresas extranjeras, los cuales paulatinamente fueron entregados a la administración colombiana entre las décadas de 1.960 a 1.970.

Los frutos de la estatalización de la actividad de extracción de hidrocarburos, conseguida por la lucha sindical, fueron llegando como en efecto dominó, algunos de ellos fueron la generación de empleo, mejoras en las condiciones laborales en materia de seguridad y salud en el trabajo, estabilidad laboral, etc. En el campo económico, para 1.989 gracias a Ecopetrol, Colombia pudo ubicarse en el promedio de países medianamente competitivos a nivel mundial.

Para terminar, es importante precisar que el campo de búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo en Colombia está directamente relacionado con empresas extranjeras, pues son estas las que proporcionan la tecnología para ubicarlos, sin embargo, esto no es justificación para entregarles la propiedad de nuestras empresas nacionales, como Ecopetrol. Mientras que esto sigue ocurriendo, el movimiento sindical, en cabeza de la USO, mantiene viva la defensa y la disputa público-privada por Ecopetrol, pues a la fecha el Estado colombiano le ha concedido cerca del 20% de las acciones de la empresa a privados, esto durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2.002-2.010) y Juan Manuel Santos (2.010-2.018) y aún, hoy en día, busca seguir otorgándole la propiedad de Ecopetrol y la mayoría de sus ganancias a los intereses privados y extranjeros.

Lo que los cuentos de hadas no cuentan

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“(…) el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina. Blanca nieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina del palacio, y desde entonces todos pudieron vivir felices para siempre”. “(…) Se acercó a ella y apenas la besó, la princesa abrió los ojos tras su largo letargo (…) En aquel ambiente de alegría tuvo lugar la boda entre el príncipe y la princesa y éstos fueron felices para siempre”. “(…)Inmediatamente la llevaron a palacio y a los pocos días se casó con el príncipe, por lo que fue una princesa. Nunca más volvió con su madrastra, vivió feliz en palacio hasta el último de sus días” ….

Así podríamos seguir, revisando uno a uno los finales de los cuentos de hadas, en los que todos viven felices y comen perdices, pero ¿qué hay del resto?

Durante años, escuchamos de manera reiterada la frase “se casaron y vivieron felices para siempre” y entonces crecemos con la idea de que ese es el fin último de la vida, creemos en un amor liberador, que solo es bello y mágico, un amor que nos cambiará la vida. Vivimos con la idea constante de encontrar un príncipe azul, que se enamore de nosotras perdidamente solo con vernos y nos profese y prometa un amor eterno para así, POR FIN, ser felices por siempre. Nos alimentan con la idea que el amor de dicho príncipe nos liberará de todos aquellos “yugos, hechizos o maldiciones” que hemos tenido en la vida, así que ¿buscamos el amor o un salvador? pero, además de eso, nos generan la idea de que es necesario encontrar el amor “verdadero” para ser felices, es decir, tenemos que, aparte de todo, cargar con la idea que si no encontramos ese tipo de amor jamás lograremos ser felices, hasta ahí, más o menos llevadero.

Ahora hablemos de todo lo que no nos cuentan y descubrimos de golpe cuando emprendemos esa búsqueda.

Empecemos por la adolescencia, cuando nos sentimos “enamoradas” por primera vez, sí “ENAMORADAS”, porque no tenemos claro lo que es el amor pero de narices nos vamos pensando que es como nos han dicho en los cuentos, las películas etc… y entonces experimentamos las famosas “mariposas”, los nervios, el querer ser notadas por ese, nuestro primer príncipe azul, la ansiedad por el primer beso, por lo que creemos que es nuestro primer amor, porque nos han dicho que es eso, mariposas, nervios, ansiedad pero ¿qué es realmente el amor? no lo sabemos, con los años lo vamos descubriendo ¿o no?

Luego, de enfrentarnos a las sensaciones que nos genera ese “amor” viene algo de lo que no nos hablaron en los cuentos y es eso a lo que mal llamamos “tusa”, la terrible, indeseada y odiada tusa, que podríamos describir como una caída abrupta desde una nube de colores, pero ¿acaso eso le pasó a la Cenicienta? No, por supuesto que no, allí es donde surgen los diferentes cuestionamientos, así que empecemos.

¿Cómo es que pasamos de estar en un éxtasis completo a sentirnos “hundidas” en la oscuridad? pasamos de un estado a otro en cuestión de segundos, porque nos cuesta entender que las relaciones amorosas se comportan de manera cíclica, con altos y bajos, mejor dicho, se comportan como una montaña rusa y es en esos momentos donde empezamos a conocer todo aquello que no es completamente agradable, donde empezamos a conocer nuestros límites y aquellos que estamos y no dispuestas a negociar pero ¿por qué no nos lo advierten? quizá la respuesta está en el hecho de las reglas verbales con las que hemos crecido.

Bueno, ¿recuerdan a Blancanieves, Cenicienta, la Bella Durmiente y las mil princesas con las que nos quisieron enseñar acerca del amor? pues a esas reglas verbales me refiero: “El amor es bello, una magia, un quita penas, el amor te salva, el amor todo lo arregla y si tienes amor serás feliz eternamente hasta el final de tus días, el amor todo lo puede, quitar hechizos,  despertarte de un eterno letargo, salvar tu vida” y un millón de ETC, pero jamás nos dijeron que el amor complementa, nos dijeron COMPLETA, no nos dijeron que el amor CONSTRUYE y se CONSTRUYE; nos dijeron que llega así sin más, tampoco nos hablaron del apoyo, de la igualdad y de todos las formas de amar. No nos hablaron de los límites que debemos establecer, no nos hablaron de qué pasa cuando pasa su efecto, porque pasa, no nos dijeron que aparte de mariposas, sentimos vacío, incertidumbre y tristeza, no nos hablaron de eso, nos mitificaron el amor, nos vendieron unas ideas erradas y unos estándares de amor altísimos y quizá inexistentes.

¡Ah! y una cosa más, nos volvieron vulnerables y sumisas ¿no? La princesa que siempre debe ser rescatada, liberada, salvada (porque siempre estaba desarrollando tareas del hogar, era lastimada física y emocionalmente, su vida estaba llena de desigualdad), entonces, casi un requisito para encontrar el amor y a los hombres, el rol de salvadores, héroes e imprescindibles seres para la consecución de la felicidad, bueno, bueno, no podemos tirarles toda el agua sucia porque estos apuestos príncipes de ensueño también se enamoran perdidamente, solo que los hombres no crecen con un cuento de hadas, ellos crecen con superhéroes, ninjas y fuertes guerreros. Este juego de roles es, en principio inofensivo, pero con los años genera controversia.

Luego de la adolescencia, el amor y desamor de ese que creíamos que es nuestro primer amor, vamos aprendiendo a sortear las cosas, a entender un poco cómo es el tema y poco a poco experimentamos más y más cosas, más ilusiones, más tusas, pero no como algo “deportivo” sino como un tema de aprendizaje y poco a poco fortalecemos ese “criterio amoroso” y nos salimos del renglón, de lo que nuestras reglas verbales decían y poco a poco entendemos que el amor no se trata de sumisión, no se trata de soportar todo para vivir siempre en un estado de éxtasis, no es algo que llega, el amor se construye y deconstruye, el amor es un proceso de autodescubrimiento mutuo, es un proceso bidireccional que implica poner límites, implica expresarse, entender que no todo es color de rosa y que no debes dejar de lado tu esencia para ser amadx como mereces, que si bien el romance hace parte vital, no es el amor romántico la única forma,  pero ¡Ey! eso no va con lo que los cuentos de hadas cuentan.

Informe especial. Socialismo y democracia en el ELN

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El propósito de este texto es explicar cuáles han sido las dimensiones sistémicas y antisistémicas de las categorías socialismo y democracia en el ELN con base en un análisis político del discurso de documentos de sus congresos III —de 1996—, IV —de 2006— y V —de 2015—. Los sentidos antisistémicos de determinados conceptos políticos del ELN no son esenciales o universales, sino que han sufrido tensiones, contradicciones o transformaciones dependiendo del devenir de determinados procesos políticos. Los discursos antisistémicos constituyen, pues, un campo de torsión y disputa.

Arrojar luces sobre la trayectoria histórica de ideologías de actores armados como el ELN puede constituir uno de los pasos para legitimar la necesidad de una agenda de negociación con el Estado.

Si sólo quieres leer una síntesis del artículo, puedes pasar a la tercera y cuarta parte.

  1. Caracterización de la aparición histórica del ELN

La emergencia del Ejército de Liberación Nacional —ELN— entre 1964 y 1965 se circunscribe en un conjunto de circunstancias sociopolíticas nacionales e internacionales que explican cómo para ciertas organizaciones la lucha armada guerrillera se constituyó en el principal mecanismo de lucha y resistencia política. El influjo de la Revolución cubana, los efectos del proceso de La Violencia liberal-conservadora, la conformación y experiencia previa de las guerrillas liberales, la dictadura de Rojas Pinilla y, finalmente, el inicio del Frente Nacional, es el contexto en el cual se enmarca la aparición de un periodo de violencia revolucionaria y la fundación de las guerrillas de primera generación: FARC y ELN, en contraposición a las de segunda generación: M-19 o Quintín Lame (Pizarro, como se cita en Medina, 2009, p. 25).

Aunque habitualmente se entiende que La Violencia comenzó a partir del estallido social y político desatado luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948, para Medina, este periodo «se extiende desde 1946 hasta el primer gobierno del Frente Nacional» (2009, p. 50). Esto es comprensible si se tiene en cuenta el recrudecimiento de la violencia política que sufrió el gaitanismo y en general la oposición liberal durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez (Otálora, 1989).

Luego del Bogotazo, la instauración y represión a las juntas gaitanistas proclamadas en distintas partes del territorio nacional y la posterior represión, persecución y aniquilamiento contra tales juntas y la oposición (Alape, 1989) llevaron a la creación de guerrillas liberales para hacer frente a la ola de violencia estatal y paraestatal en ascenso, pues «los brazos armados militares y paramilitares del Estado buscaban con operaciones de exterminio a las disidencias homogeneizar políticamente a las comunidades del país» (Medina, 2009, p. 31). De ese modo, la ola de violencia partidista desatada tras estos procesos sociales hizo que ciertos sectores populares recurrieran a la resistencia armada guerrillera apoyada por el Partido Liberal.

Sin embargo, hubo una serie de circunstancias que llevaron a las guerrillas liberales a autonomizarse de la línea política del partido y avanzar en la construcción de proyectos más radicales, particularmente en las guerrillas del Llano:

A diferencia de las guerrillas del sur del Tolima dispersas, atomizadas en permanente confrontación, las guerrillas del Llano crecían numéricamente y se cualificaban políticamente hasta alcanzar niveles de autonomía que las llevó a confrontar la dirección del partido liberal y a tomar la iniciativa en la gestación de un proceso que habría de constituirse en un fenómeno claramente revolucionario (Medina, 2009, p. 34).

Así las cosas, las organizaciones guerrilleras del Llano fueron las que más avanzaron en la constitución de autonomía respecto a la dirección liberal y comenzaron a desarrollar proyectos con dimensiones antisistémicas bajo el influjo del marxismo.

Pero la situación de violencia contra pequeños y medianos campesinos y el temor de sectores liberales y conservadores por el eventual triunfo de un proceso antisistémico llevaron a que éstos apoyasen en 1953 un golpe de Estado dado por Rojas Pinilla para «pacificar» la situación de violencia del país:

En síntesis con el ascenso de Rojas al poder se trataba de ponerle freno a un proceso en el que se había ido gestando una nueva Nación, un nuevo país y un nuevo Estado distinto al que los intereses de las clases dominantes encontraban como legítimo (Medina, 2009, p. 38).

La llegada de la dictadura de Rojas Pinilla al ejercicio del poder estatal, apoyada por élites liberales y conservadoras, tenía, pues, un marcado carácter contrarrevolucionario y sistémico, más allá de que en junio de 1956 intentara construir otra fuerza social alternativa para legitimar una tercería contra el bipartidismo mediante la fundación del Movimiento de Acción Nacional —man— (Tirado, 1989).

Rojas Pinilla implementó una serie de políticas menos coercitivas para desarmar la actividad de las guerrillas: primero, ofreció una amnistía general e incondicional, con promesas de garantías para quienes depusieran las armas; segundo, ordenó la suspensión de las operaciones militares en las zonas de actividad guerrillera y, tercero, dio reconocimiento político a la insurgencia, lo que los habilitaba para «negociar con el gobierno» (Medina, 2009, p. 37). Las guerrillas que quedaron activas fueron las del sur del Tolima y el Sumapaz, territorios con mayor «influencia comunista».

Medidas de mayor impostación a «dividendos, acciones y bonos» a gremios económicos, la persecución a la prensa liberal, la matanza de estudiantes y el intento de arresto de Guillermo León Valencia, quien en 1957 se presentaba como candidato presidencial, detonaron un creciente malestar social contra Rojas Pinilla, y liberales, conservadores y gremios económicos dirigieron el proceso de huelga general que llevó a la dimisión del dictador en mayo de 1957 (Tirado, 1989, pp. 121-125) y, a la postre, al establecimiento del Frente Nacional, pactado en Sitges, España, por el líder liberal Alberto Lleras Camargo y el líder conservador Laureano Gómez, refrendado luego por vía plebiscitaria.

El trabajo de Sánchez y Meertens interpretan el fenómeno del bandolerismo como expresión de resistencia campesina ante la violencia estatal (como se cita en Medina, 2009, p. 41). Pero un tipo particular de bandolerismo sembró la semilla para la conformación de las guerrillas de primera generación, bandolerismo que se desarrolló como un tipo de violencia antisistémica apoyada por antiguos guerrilleros liberales inconformes con la pacificación de la dictadura. En él los campesinos «se inclinan por desarrollar la lucha revolucionaria y dan origen a la nueva guerrilla [del ELN], muchos de ellos viejos guerrilleros liberales que se transformaron políticamente en los procesos de pacificación» (2009, p. 41). En la práctica, el cierre del sistema político del reparto bipartidista del poder estatal consolidado institucionalmente con el Frente Nacional «inauguraba una nueva fase de la violencia en el país: la violencia social y revolucionaria» (p. 42). Ante la exclusión política, el ELN obtuvo apoyo de sectores campesinos, del MOEC —Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino— y del MRL —Movimiento Revolucionario Liberal—.

En el plano internacional, la comprensión de las enseñanzas de la Revolución cubana llevó a considerar que una guerrilla pequeña apoyada masivamente podía derrotar a un ejército organizado y a privilegiar la opción político-militar por encima de una organización y trabajo social y político que pudiera disputar la hegemonía (Medina, 2009, p. 47). La exclusión social y política del régimen capitalista frentenacionalista facilitó este influjo insurreccional.

En ese contexto, en 1964 Fabio Vásquez, quien había sido entrenado militarmente en Cuba en el marco de la Brigada José Antonio Galán, escogió a San Vicente de Chucurí, Santander, como territorio del primer foco guerrillero del ELN:

La presencia de una base campesina rebelde unida a una experiencia guerrillera acumulada en la Violencia y a unos estrechos lazos de amistad y solidaridad entre familiares y amigos se combinaron para que lo que surgió en el ritual de un juramento de jóvenes en Cuba, comenzara a tomar forma en un espacio y tiempo determinados (Medina, 2009, p. 58).

Finalmente, el 4 de julio de 1964, bajo el liderazgo de Fabio Vásquez, se dio inicio a la primera marcha guerrillera del ELN hacia el Cerro de Los Andes, también en Santander. Algunos de estos primeros integrantes habían hecho parte de la guerrilla liberal de Alfredo Rangel. Posteriormente, tras meses de entrenamiento militar, en diciembre de 1964 el ELN emprende su primera acción político-militar, la toma de Simacota, la cual se constituiría en el mito fundacional de la guerrilla: «En la mañana del 7 de enero de 1965 la guerrilla entró en Simacota después de haber dado muerte al sargento de la policía que comandaba el puesto y a tres agentes de esa misma institución» (Hernández, 2006, p. 55). Por último, después de «de un mes de la toma de Simacota», según relata el dirigente eleno Milton Hernández, «la guerrilla regresa al Cerro de Los Andes» (2006, p. 57).

  1. Dimensiones antisistémicas desocialismodemocracia en el ELN

 2.1. III Congreso de 1996

El III Congreso de 1996, que criticó el voluntarismo y la esperanza excesiva del II Congreso de 1989, caracteriza este periodo como de ofensiva contrarrevolucionaria y debilitamiento político del ELN, pues reconoce que la guerrilla aún no había dimensionado los problemas internos que llevaron a la caída del llamado socialismo real soviético ni contemplado las implicaciones del ascenso de la hegemonía neoliberal de los Estados Unidos en el sistema mundial:

Desde fines de los 80 entramos a un periodo de contrarrevolución a nivel mundial. Por esos años se derrumbaron la mayoría de los regímenes conocidos como socialistas: la Unión Soviética, Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia y Albania. Se desplomó el bloque mundial que se contraponía al del Imperialismo y en general al del mundo capitalista (como se cita en Medina, 2009, p. 630).

Estas circunstancias históricas obligan a replantear qué se comprende por socialismo y, en consonancia con la importancia que pensadoras como Rosa Luxemburgo concedían a la democracia, apartarse del fenómeno de suplantación de la participación del «pueblo» por un cuerpo especializado de burócratas que manejan los poderes del Estado. Esta reflexión también ha de situarse para el ELN en el contexto de la reorganización sistémica de la economía y la política estatal colombiana alrededor de los excedentes del narcotráfico y la consolidación de una «narcoburguesía» (como se cita en Medina, 2009, p. 634).

El socialismo se defiende como un proyecto político alternativo al capitalismo y es parte integral de la estrategia global del ELN, pero debe ser articulado con un socialismo democrático y participativo según los retos que plantea la reorganización del sistema mundial dada tras el fracaso del socialismo realmente existente. Desde esta perspectiva, el socialismo ha de procurar la eliminación de la «explotación del hombre por el hombre» pero al lado de la construcción permanente de soberanía popular democrática y la combinación de «todas las formas de lucha», descentrando parcialmente el rol que había tenido la lucha armada. La búsqueda de la democracia requeriría entonces de la articulación de distintos sectores del campo popular, abriendo incluso la posibilidad de que esta construcción colectiva no necesariamente tuviera como piso común una orientación antisistémica:

El proyecto revolucionario requiere de la presencia de una forma de expresión amplia, flexible y democrática de masas en la que concurran los más variados sectores sociales, movimientos políticos regionales y locales identificados en unos principios programáticos que recogen intereses comunes de la sociedad y se expresan en propuestas políticas para el país. Sus decisiones las toma democráticamente y funciona con autonomía en todos los aspectos (como se cita en Medina, 2009, p. 644).

No obstante su apertura democrática, que los lleva a reivindicar un discurso de defensa de los DD. HH. y de denuncia cuando estos son violados por el Estado (Medina, 2009, p. 656), el ELN no abandonó su autodefinición como organización político-militar que actúa como vanguardia directora de las luchas del campo popular. El marxismo-leninismo siguió influyendo en la constitución de sus horizontes antisistémicos (como se cita en Medina, 2009, p. 645) y su concepción de democracia ya introducía aquí una orientación jerárquica. Pero al tiempo, la apertura del ELN a alianzas con otros sectores muestra el carácter flotante de conceptos como socialismo o democracia, pues estos otros sectores también entrarían en la disputa por los sentidos compartidos de estos significantes de cara a una nueva hegemonía articuladora de luchas alternativas.

La idea de poder popular también fue criticada por el ELN, pues ésta se había confundido con el poder ejercido en los territorios controlados militarmente por la guerrilla, cuando de lo que se trataba era del ejercicio de la autonomía organizativa de las comunidades. Esto ejemplifica el sentido flotante de poder popular, que desde esta definición no necesariamente tendría una dimensión antisistémica (Medina, 2009, p. 651). Sin embargo, la dirección revolucionaria continúa siendo relevante para que este poder popular pueda desplegarse.

Así las cosas, el ELN señala:

[…] la necesidad de construir la Organización política de masas en las distintas regiones, impulsar formas de organización y autogestión social que propiciaran economías alternativas, iniciativas de desarrollo y bienestar de la gente y sentaran las bases del nuevo modelo de Sociedad, Estado y Economía (Medina, 2009, p. 654).

Esto muestra cierto rasgo performativo y más local del socialismo, pues su construcción parte del apoyo a la construcción de economías alternativas de espacios concretos y no de un gran momento politico-militar decisivo de toma del poder estatal a partir del cual construir el socialismo. El socialismo es un proyecto de nuevo Estado, pero también propende por su eliminación:

La meta rectora de nuestra lucha y la razón central de nuestros sueños, son la conquista de una sociedad sin clases, que suprima la explotación del hombre por el hombre. Donde haya libertad y autogobierno de la comunidad y sea innecesario el Estado como aparato de dominación. Un Estado social cimentado en la propiedad colectiva y social de los medios de producción, en el que cada cual aporte según su capacidad y reciba según su necesidad. Que suprima las condiciones de alienación y garantice la riqueza, el bienestar, la libertad, la felicidad y la realización del hombre y la mujer como centro de la sociedad (como se cita en Medina, 2009, p. 661).

A diferencia de la lectura de Medina según la cual las anteriores líneas se interpretan como una búsqueda del socialismo y la transformación del Estado, se puede ver que en realidad hay dos proyectos antisistémicos que, aunque pueden estar relacionados, no tienen la misma radicalidad. El primero, el del comunismo, el cual busca la sociedad sin clases, la abolición de la dominación estatal y la potencia del autogobierno comunitario. Por contraste, el segundo, el del socialismo, se apoya en una transformación de la dominación estatal capitalista para socializar los medios de producción. El primero busca abolir el Estado, el segundo lo reorganiza hacia un horizonte no capitalista. Este último sentido de socialismo es más visible cuando la conquista de un socialismo antisistémico se ve matizada por la propuesta de un socialismo democrático propio que en el programa mínimo del III Congreso pretende la concreción de un nuevo modelo de desarrollo:

En estas condiciones, levantamos un Programa Mínimo para la Colombia de hoy y para un Nuevo Gobierno, de mayorías, independencia nacional y amplia participación. Que abra los causes de la democracia y la participación comunitaria; viabilice un nuevo modelo de desarrollo, de distribución equitativa de la riqueza. Cuya preocupación sea el bienestar de la población y el desarrollo nacional en las relaciones con el exterior, las multinacionales y la banca mundial (como se cita en Medina, 2009, p. 662).

De esa forma, se reconoce que el problema del desarrollo capitalista está anclado a la existencia de poderes mundiales que se benefician del «desarrollo del subdesarrollo». Pero, conscientes de que no es posible un aislamiento total del sistema mundial capitalista, el ELN propone dimensiones sistémicas alternativas para plantear nuevas relaciones de mayor autonomía frente al capital extranjero y la deuda con la banca multilateral, pero bajo el proyecto de un nuevo desarrollo capitalista —agroindustrial— organizado por el Estado y que logre el crecimiento económico. De ahí la importancia de la «transferencia tecnológica».

Más aún, el ELN propone la consolidación del desarrollo sostenible —por lo cual no renuncia a la explotación de la naturaleza— y la combinación de modos de propiedad: «Privada, estatal, colectiva, comunitaria y solidaria […], fomentando de manera especial y desde el Estado, la construcción de un polo de economía popular que conduzcan hacia “una verdadera democracia económica”» (Medina, 2009, p. 633).

Esta «democracia económica» del Estado socialista pasa por la expropiación de latifundios improductivos, monopolios y empresas trasnacionales para fomentar una competencia que no perjudique a los pequeños y medianos empresarios, de cara a un proyecto de modernización-industrialización situado, es decir, según las necesidades de pueblos y gentes (2009, p. 674). El socialismo es, entonces, «garante de todos los intereses de la pluralidad de fuerzas que convergen en el esfuerzo común de construir una sólida economía nacional, [y] debe constituirse en el principal mecanismo regulador del intercambio comercial» (p. 672).

Así pues, el Estado socialista regula el mercado, quita a algunos sujetos y empresas el control sobre bienes y servicios considerados indispensables, sin cuestionar su relacionamiento como mercancías, y los pone al servicio de la población. Pero no suprime el mercado (Medina, 2009, p. 672). Es por esto por lo que este socialismo, en primera instancia, lo que pretende es mejorar las condiciones de acumulación e inserción a la economía-mundo capitalista y no su abolición; en suma, aumentar la complejidad sistémica del capitalismo:

Si bien es cierto que nuestro modelo de desarrollo socialista debe partir de una realidad económica, que no se corresponde con los mayores avances científicos y tecnológicos, de todas maneras aspiramos a descubrir, apropiarnos e incorporar estos primeros escalones de la economía mundial (como se cita en Medina, 2009, p. 671).

Los significantes flotantes de democracia socialismo se funden en la idea de que la participación en este sistema de «todos los sectores sociales» lleva a una economía mixta del desarrollo que convive con relaciones de producción capitalistas que «no reproducen sus formas más degradantes» (Medina, 2009, p. 670). Explícitamente el III Congreso sostiene que el sistema financiero socialista tiene la función de hacer más eficaz al mercado: «El nuevo sistema financiero también debe garantizar los recursos y mecanismos indispensables para un ágil y eficaz funcionamiento del mercado y al servicio de una política de distribución y redistribución de la riqueza en función del bienestar de la sociedad» (como se cita en Medina, 2009, p. 673).

Simultáneamente, el socialismo hace planes constantes para aumentar la productividad de cara al mercado externo (2009, p. 674). La diferencia con el modelo soviético reside en que el socialismo eleno cuenta con pequeños y medianos empresarios que respaldan el nuevo nuevo modelo de desarrollo socialista, pero su avance también incluye el despliegue de formas de autogestión obrera en todas las etapas del proceso productivo, en contraposición a que éstas queden en manos de la planificación de una élite estatal (p. 671).

En suma, la democracia socialista defiende un proyecto de articulación de todos los sectores sociales y no sólo de aquellos que ejercen poder popular, es plural, protege derechos humanos individuales y colectivos y reconoce la posibilidad del conflicto, pero esta apertura lleva a que su concepción de socialismo y democracia oscile una y otra vez entre dimensiones sistémicas y antisistémicas:

La democracia socialista parte de reconocer y constatar la diversidad, no sólo de fuerzas sociales que participan en el Poder Popular, sino además, de las diferentes etnias, culturas, partidos y movimientos políticos y motivaciones ideológicas, que configuran un amplio espectro de pluralidad y que, en un permanente proceso de intercambio, discusión, emulación e incidencia mutua, van construyendo un legítimo consenso nacional, donde es posible disentir sin el temor de ser reprimido (como se cita en Medina, 2009, p. 676).

Las dimensiones sistémicas del III Congreso Medina las recoge del siguiente modo:

En general, el programa mínimo del ELN, promulgado por el III Congreso, es de naturaleza social y democrática y más allá de los aspectos relacionados con la construcción de un nuevo gobierno, las reivindicaciones planteadas en él no desbordan el orden institucional y expresan más bien un modelo de sociedad democrática construida sobre la justicia social, el desarrollo autónomo de la sociedad y el estado colombiano (subrayado ajeno al texto, 2009, p. 666).

2.2. IV Congreso de 2006

A pesar de la defensa de la pluralidad, la posibilidad de disenso democrático y la defensa de un proyecto de desarrollo —agroindustrial— presentes en el III Congreso, en la Declaración política del IV se toma como ejemplo de gobiernos socialistas a Cuba —que cuenta con partido único— y Venezuela —dependiente de la renta petrolera—.

En el siguiente párrafo el ELN (2006b) propone una serie de reformas sistémicas alternativas que no necesariamente tendrían que llevarse a cabo por el «nuevo Estado socialista» sino que, más bien, parecerían constituir un conjunto de demandas al Estado colombiano:

El plan de sustitución debe contemplar el desarrollo agrícola para los campesinos, la devolución de los territorios expropiados por el Estado a través del paramilitarismo, créditos de fomento, programas de producción agrícola rentables, una política eficiente de comercialización, con garantías de compra de los productos por parte del Estado, la dotación de una infraestructura económica y social para el sector rural productivo (p. 30).

Más aún, el ELN defiende la indemnización a las comunidades afectadas por las fumigaciones, lo que refuerza la idea de que el ELN está haciendo demandas al orden social vigente.

En el IV Congreso la guerrilla insiste en la noción de democracia del III Congreso: un campo agonista que parte del reconocimiento de la diferencia y no de su aniquilamiento o subsunción como en el antagonismo; reconocimiento que es estratégicamente relevante realizar:

Para el ELN en Colombia la realidad es diversa y existen múltiples experiencias; es necesario respetar el pensamiento de muchos buscando el reencuentro, la confluencia; porque si se pretende construir nueva sociedad desconociendo lo diverso y lo múltiple, la conquista de los objetivos será muy esquiva (2006a, p. 41).

Sin embargo, a diferencia de la amplitud expuesta en el III Congreso, la democracia aquí es concebida en algunas partes como «ejercicio directo de las mayorías» y no de todo el pueblo o todos los sectores sociales. Pero no es, en todo caso, la democracia sistémica hegemónica «pregonada por el capitalismo y el imperialismo» (2006b, p. 46), sino la directa «participación» de las mayorías para definir «su destino, su futuro y su autodeterminación» (2006b, p. 46), a pesar del interés del ELN de reglar su lucha político-militar por el Derecho Internacional Humanitario, el cual no fue instituido democráticamente —interés que estimula, de todas formas, la complejidad interna del sistema internacional de derechos, el cual protege los derechos humanos de civiles en el escenario de un conflicto armado interno—.

La democracia, en todo caso, es autogobierno de mayorías sin la mediación de la representación. Pero, a la par que es dirección de mayorías y defiende el pluralismo, esta democracia no renuncia, paradójicamente, a construir un consenso para todos (p. 47).

Para el IV Congreso el poder popular que funda la democracia es independiente de lo que el ELN concibe como proyecto para las masas. Se trata, en cambio, del ejercicio de acciones de rebeldía y resistencia propias de las masas. Es un poder cuyos horizontes y articulaciones políticas se van gestando en el despliegue de la lucha. Lo que el ELN intenta, de todas formas, y como lo expuso en el III Congreso, es actuar como vanguardia de este poder popular democrático (2006b, p. 47) para la constitución de una paz con justicia social. La salida negociada al conflicto armado pasaría por esta pretensión (p. 48).

Para el ELN el socialismo es un nuevo sistema social orientado, como en el III Congreso, por el humanismo. Nace de las propias trayectorias políticas de los pueblos y gentes. Y han existido, como se resumió en la Declaración, experiencias de socialismo real en distintos Estados que el ELN reivindica, particularmente las de Cuba y Venezuela. Estos socialismos se enfrentan a efectos excluyentes del capitalismo como la pobreza (2006b, p. 51). Sin embargo, a diferencia del capitalismo, y esto es interesante para evidenciar su carácter de significante flotante, la guerrilla reconoce que el socialismo es todavía incipiente en las realidades sociales y está marcado por la indeterminación (2006b, p. 53)

Si las luchas políticas contemporáneas están signadas por el ideal de que «otro mundo es posible» y la esperanza radica en la construcción articulada de nuevos consensos políticos alternativos (ELN, 2006b, p. 53), el socialismo mismo como propuesta está sujeto a constante cambio según los resultados parciales de la disputa por sus sentidos hegemónicos, que bien podrían ser sistémicos alternativos, tal y como fueron desarrollados en el III Congreso.

Y es que el programa del IV Congreso insiste como en el anterior en que el «nuevo gobierno» socialista ha de conseguir el desarrollo «sostenible y sustentable» (2006b, p. 59) —con lo cual sigue la matriz capitalista de racionalización ecológica en la explotación de recursos naturales— a partir del despliegue de un proceso constituyente desatado por unas mayorías vencedoras, al tiempo que la «nueva institucionalidad democrática» promueve la creación de mecanismos de participación directa de las comunidades a nivel local y regional (p. 56). El ELN sigue concibiendo un desarrollo comprendido como crecimiento, pero «en función del bienestar de las mayorías de la población» (p. 58).

El IV Congreso también reitera la necesidad de plantear «nuevas relaciones con el capital extranjero» (2006b, p. 56) y la deuda contraída con la banca multilateral, pero no explícitamente su eliminación, prohibición o impago: «Se adoptará una política independiente y soberana del FMI y BM. En ese sentido se replantearán las relaciones de subordinación de los organismos monetarios internacionales» (2006b, p. 56), lo que apunta más, por ejemplo, a una renegociación de la deuda externa.

El mercado mundial y las pequeñas y medianas empresas —en particular las del sector agroindustrial— continúan siendo fenómenos prioritarios para el nuevo Estado. Lo que se lograría con el socialismo industrializador es, en principio, la mejora de los términos de intercambio en el comercio exterior y satisfacer el consumo interno: «Se impulsará una industria alimentaria nacional que resuelva las necesidades del consumo interno, que busque establecer relaciones comerciales, justas y equitativas, en el mercado internacional» (ELN, 2006b, p. 58).

Es interesante ver cómo el socialismo democrático bascula entre el ejercicio de las mayorías y la participación «de todas las expresiones sociales y políticas». Pero lo que no varía es el horizonte hegemónico del desarrollo. Para el desarrollo de las ciudades el programa del IV Congreso propone «el encuentro y confluencia de todas las expresiones sociales y políticas para construir entre todas y todos la Ciudad que anhelamos» (ELN, 2006b, p. 60).

Es tal la centralidad del discurso del desarrollo en esta propuesta socialista que el ELN presupone que todas las comunidades indígenas pretenden el desarrollo y no la organización y gobierno autónomo de sus formas de producción y reproducción de la vida, sean o no desarrollistas:

Se harán realidad los derechos de los indígenas a su cultura, territorio, autonomía y autoridades. Participarán activamente en la construcción del nuevo país y el Nuevo gobierno, propendiendo por su desarrollo social, económico y cultural. Se respetará y motivará su cultura ancestral (cursiva ajena al texto, 2006b, p. 61).

2.3. V Congreso de 2015

Aunque en el V Congreso hay una crítica a la democracia burguesa colombiana, en la Declaración política reconocen los esfuerzos democratizadores de gobiernos de izquierda y centroizquierda latinoamericanos, sin distinguir entre sus dimensiones sistémicas —alternativas— y antisistémicas. De ese modo, celebra los procesos políticos de los gobiernos de Morales, Rousseff, Vásquez, Correa o Bachelet, «al tiempo que [acompañan] la heroica resistencia de Cuba, Venezuela y Argentina contra la agresión imperialista» (ELN, 2015b).

El documento Guerra revolucionaria, poder popular y nueva nación del V Congreso parte por considerar que el socialismo es una categoría que se ha «enriquecido» con el paso del tiempo según las cambiantes circunstancias del orden social vigente y «el consolidado teórico y práctico propio, expresado en más de 50 años de lucha» (ELN, 2015a, p. 1), aunque en la actualidad el ELN requiera una «recomposición» de sus fuerzas (2015a, p. 19). La «nueva sociedad socialista» se erige así como una alternativa «en defensa de la humanidad, la vida y el planeta» (p. 1) puestas en peligro por el capitalismo.

El marxismo-leninismo es un cuerpo teórico que ha estado presente en los tres congresos para delimitar la comprensión del socialismo, pero en el V se postula que el socialismo está en «permanente construcción»; asimismo, el socialismo, que continúa siendo el objetivo general de la estrategia política, ha de tener en cuenta «la reflexión crítica de los modelos socialistas que se agotaron a finales de la década de los años ochenta» y «nuestras raíces indoamericanas» (2015a, p. 2).

La transición al socialismo requiere como «objetivo estratégico intermedio» el ejercicio de un «nuevo gobierno» de mayorías «de profundo contenido programático popular» (ELN, 2015a, p. 3), pero tácticamente la guerrilla contempla alianzas con «fuerzas progresistas» (2015a, p. 22) o incluso el llamado «centro político» (p. 16). Más concretamente, el ELN plantea la necesidad de construir una Dirección Revolucionaria Unificada «que pueda establecer alianzas con sectores democráticos» (p. 8), así estos sean sistémicos alternativos y no necesariamente revolucionarios.

Esto es así porque la forma en que el ELN concibe la democracia recoge el acumulado de los dos congresos anteriores en el sentido de basarse en el reconocimiento del conflicto y la diferencia política, así ésta sea minoritaria (2015a, p. 23). Este reconocimiento también incluye como novedad el autorreconocimiento del ELN como victimario, esto es, como un actor que en determinadas circunstancias también ha dejado víctimas civiles (2015a, p. 23).

Pero, además, el análisis de la guerrilla contempla que el ascenso de un gobierno de izquierda «en alianza con sectores democráticos» puede ser un modo de solucionar una crisis de gobernabilidad desatada anteriormente y, asimismo, una alternativa para la transición a un socialismo democrático participativo y autogestionario. Esta opción sistémica alternativa puede trazar, en últimas, «la continuidad estratégica del proyecto revolucionario» (ELN, 2015a, p. 8). La dimensión antisistémica de la unidad y «alianza con sectores democráticos» que participan en el juego de la democracia liberal vigente sólo es posible bajo un horizonte de futuro, esto es, si funciona como estrategia para la construcción futura del socialismo:

En el escenario de crisis de gobernabilidad pueden presentarse procesos transicionales como la Asamblea Nacional Constituyente, un Acuerdo Nacional, un pacto de paz o un triunfo electoral de la izquierda en alianza con sectores democráticos que instauren un gobierno diferente» (cursiva ajena al texto, ELN, 2015a, p. 8).

En ese orden de ideas, la inclusión de Jaime Pardo Leal como referente de trayectoria histórica de lucha política (ELN, 2015a, p. 5) es reflejo de la apertura democrática del ELN, pero también de la condición de democracia como significante flotante, pues Pardo Leal con su candidatura presidencial privilegió la disputa canalizada por las instituciones de la democracia burguesa colombiana por sobre el carácter disruptivo y radical antisistémico que, al menos en principio, habría podido ofrecer la lucha armada. A esta idea de democracia hay que añadir la defensa de los derechos humanos contra el «terrorismo de Estado» (ELN, 2015a, p. 17), de las «economías sociales» y de la «plurijuridicidad» de «los pueblos indígenas, afro-descendientes, países vecinos y otros pueblos o comunidades en proyección de construcción de nueva nación» (2015a, p. 29).

  1. Naturaleza político-antisistémica del ELN y «solución política» al conflicto

Las oscilaciones entre lo sistémico —alternativo— y lo antisistémico son rasgos particulares de los contenidos políticos de los tres congresos aquí analizados. Pero lo cierto es que tales discursos, en cuanto estructuradores de prácticas sociales, tienen una «naturaleza política» independientemente de la extrema violencia que ha ejercido el ELN a lo largo de su historia. Aún más, el ELN ha defendido la idea de «democracia socialista» y de reconocimiento de la diferencia, así ello implique limitar la radicalidad de sus objetivos estratégicos para la construcción de la «patria socialista». El ELN ha manifestado su deseo de pasar más tajantemente del antagonismo —que niega la diferencia política— al agonismo —que la reconoce—.

A diferencia del IV Congreso, cuya mención a la salida negociada al conflicto tiende a ser esporádica, el V considera más abiertamente la posibilidad de una salida negociada—aspecto que fue explicitado en la respectiva Declaración política— y reconoce directamente que su participación en él ha dejado víctimas. De acuerdo con la guerrilla:

Como ELN hace más de 50 años nos alzamos en armas, porque entendimos que las vías legales estaban cerradas para las luchas del pueblo, hoy así lo seguimos considerando. El gobierno [Santos] ha planteado su disposición a poner fin al conflicto armado, y para ello ha convocado a la insurgencia. Asistimos a este diálogo para examinar la voluntad real del gobierno y del Estado colombiano; si en este examen concluimos que no son necesarias las armas, tendríamos la disposición de considerar si dejamos de usarlas (cursiva ajena al texto, 2015a, p. 9).

 No es pretensión de este trabajo, desde luego, hacer una valoración sobre las limitaciones del orden social vigente para una salida negociada mediada por la idea de reformas en pro del significante flotante de la «paz con justicia social». Pero lo que muestra este análisis político del discurso es justamente el carácter político del ELN, análisis basado en una trayectoria histórico-discursiva que se ha pretendido acotar, sin agotar, a documentos relacionados con sus tres últimos congresos, y que muestra los cambios, desarrollos y valoraciones que la guerrilla ha tenido alrededor de las nociones de socialismo y democracia. Una salida negociada al conflicto debe tener como condición el reconocimiento político de la trayectoria discursiva del ELN y para ello es menester comprender sus dimensiones sistémicas alternativas y antisistémicas alrededor del objetivo general del «socialismo democrático», con todas las contradicciones, correcciones, avances o retrocesos que ello ha implicado a lo largo de la historia del conflicto social armado. Tal examen redunda en mostrar los problemas estructurales del capitalismo colombiano y global, articulados y legitimados por las intervenciones del imperialismo estadounidense en la región.

  1. Conclusiones y perspectivas

Los distintos sentidos de los significantes flotantes reflejan la disputa interna por los sentidos compartidos de socialismo y democracia en la construcción de hegemonía dentro del ELN.

En el III y IV Congreso es particularmente persistente la idea de desarrollo como crecimiento, repitiendo las matrices discursivas capitalistas de las teorías de la modernización de Rostow o Lewis. En ese sentido, la lucha política antisistémica pareciera reducirse sistémicamente a una lucha por el desarrollo en el moderno sistema-mundo pero con un Estado socialista democrático que planifica y regula el mercado para mejorar los términos de intercambio en la economía mundial. No obstante, los sentidos antisistémicos de este objetivo dependerán de qué tanto se pueda superar un sistema político socialista que, en realidad, complejiza internamente las condiciones de acumulación, corre el riesgo de quedarse en esa complejización o, peor aún, desplomarse y mantener las condiciones de dependencia y periferialización productiva, como en el caso venezolano.

El IV Congreso, a diferencia del III, matiza su concepción de democracia bajo la idea de dirección de mayorías, también presente en el V Congreso. Sin embargo, en todos los congresos es manifiesta la defensa del pluralismo y de reconocimiento de la diferencia, el conflicto y aun de los derechos humanos. Ello, no obstante, hace que lo que se comprenda por democracia también dependa del desarrollo de la disputa por los sentidos compartidos que otros sectores diferentes al «campo antisistémico» puedan dar.

Así pues, democracia socialismo funcionan —como lo reconoce el V Congreso para el caso del socialismo— según las particulares trayectorias de lucha de la guerrilla y las posibilidades de articulación con otros sectores —no necesariamente antisistémicos—, trayectorias enmarcadas en un sistema mundial capitalista que vio la caída del «bloque socialista» pero que, asimismo, años después es testigo del declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China. Aunque actualmente no se viven los soplos guerrilleros desplegados tras la Revolución cubana, el Acuerdo de paz con FARC ha abierto nuevos campos de confrontación política y dejado efectos democratizadores cuyas dimensiones aún no se pueden establecer y que la alta votación de Gustavo Petro o el protomovimiento del 21-N en 2019 han desplegado, a pesar de las resistencias sistémicas.

Ante el reto de una salida negociada, el ELN enfrenta, pues, las posibilidades de que sus dimensiones antisistémicas sean convertidas en sistémicas. La opción inversa es su esperanza estratégica. Lo que es claro es que un mero Estado socialista no cambia per se la acumulación globalizada del sistema mundial y de ahí las contradicciones expresadas en los programas económicos expuestos en el III y IV Congreso, aunque su constitución puede detonar un nuevo ciclo de luchas más radicales a nivel global en pro de un nuevo sistema o de un «mundo donde quepan muchos mundos». Esperamos mostrar que, en definitiva, el sentido de lo antisistémico no es esencial sino que es un campo de permanente confrontación.

El presente trabajo podrá mejorar si se incluyen los documentos políticos referidos al I y II Congreso y más literatura complementaria que permita hacer un recorrido histórico-discursivo sobre los significantes democracia y socialismo y sus respectivas relaciones teórico-políticas en el ELN. La creación de herramientas conceptuales que interpreten los objetivos y resultados de la confrontación entre las guerrillas y el Estado como trayectorias que producen desarrollo capitalista o refuerzan o complejizan la periferialización productiva en un régimen de clases podría abrir nuevos horizontes de análisis. Esto requeriría complementar los análisis políticos del discurso con estudios académicos sobre las situaciones políticas y económicas concretas desplegadas a lo largo de la historia del ELN; estudio que también podría ser ampliado a FARC-EP o cualquier otra guerrilla, de modo que se superen visiones de la lucha guerrillera restringidas a la idea de «guerra contra la sociedad» o «amenaza terrorista».

Referencias

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¡Viva el centro! Sobre la política despolitizadora 

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“El centro es la opción política que permite el recambio de elites sin que las elites se inquieten”

Pablo Iglesias Turión

El avance del modelo neoliberal es directamente proporcional a la despolitización de todos los asuntos de la vida colectiva e individual de una sociedad. Y es que las terribles injusticias que trae aparejado el fundamentalismo de mercado son padecidas de mejor gana si las entendemos como simple mala suerte o como producto de nuestro esfuerzo insuficiente. Despolitizar la vida y los sufrimientos cotidianos, le sirve objetivamente a quienes mandan para que las cosas sigan exactamente como están. Ese sentido común hegemónico despolitizado opera en la forma en que racionalizamos y procesamos las experiencias que nos rodean, así cuando vemos a un anciano en silla de ruedas que vende dulces en un semáforo al sol y al agua, leemos esa visión terrible como una historia de superación y esfuerzo, en lugar de la materialización de las estructuras económicas de desigualdad; o cuando normalizamos culpar a los pobres cuando roban para comer, en lugar de señalar al sistema social y económico que los empobrece. La responsabilidad es siempre de uno, esa es la misma narrativa alrededor de la que se vienen juntando los líderes de la extrema derecha mundial en relación con la pandemia: cada uno es responsable de cuidarse como pueda.

Si a una tarea consagran esfuerzo los operadores ideológicos y políticos al servicio de los neoliberales y las derechas  —muy pocos de los cuales se presentan o reconocen como tal, porque ser de derecha sabiendo lo que eso significa, no es para enorgullecerse— es a vender y generalizar una manera de entender la realidad, según la cual, el hecho de que la gente no tenga salud, educación, comida, trabajo digno o vivienda, no es un problema que pase por variantes o discusiones políticas, sino un asunto de merecimiento individual, producto del esfuerzo que cada persona empeñe en forjarse sus propias condiciones de vida; de hecho todo intento por politizar esos fenómenos seriamente es inmediatamente rechazado, cuando se trata de llevar este ejercicio más allá, señalando quiénes son culpables e invitando a la acción, es abiertamente satanizado. ¡Recuerden a Duque después del desastre del día sin IVA diciendo: “no se trata de buscar culpables”! Seguramente hemos oído una idéntica retórica en los que dicen que hacen política, pero sin confrontar y sin polarizar.

En ese universo de la no política se mueven a sus anchas y crecen en audiencia posiciones funcionales al poder, pero que presumen de otra cosa, quienes las encarnan les da lo mismo afirmar hoy que son de centro derecha, porque igual mañana pueden ser de centro izquierda, de acuerdo a como soplen los vientos. La política del extremo centro, cuya convicción es no tener convicciones, que no se la juega por nada, que no toma partido, que aplica el marxismo línea Groucho —“estos son mis principios, pero si no le sirven tengo otros” —, se presenta como la alternativa posible, tolerable y tolerada por el poder, precisamente porque este la sabe inofensiva. El centro repite hasta la saciedad: “no confrontar, no polarizar”, pero los hechos revelan que, ciertamente, no adversan ni polarizan a la derecha de la que suelen decir que está llena de buenas personas un poco equivocadas, en cambio siempre atacan furiosamente a su izquierda. El centro está llamado a cumplir una innoble labor aquí y en todas partes: llegadas las circunstancias parecer de izquierda para sabotear el cambio y atajar el desprestigio de la derecha, un rol en resumen eminentemente conservador.

Está de moda decir que ya no hay izquierdas ni derechas y ante la impotencia y los errores de unos y otros lo mejor es decir “como todos son iguales pues me pongo en el centro”, y si bien es cierto ese eje de expresión de la conflictividad (izquierda-derecha) puede ser complejo de situar hoy, y puede resultar gastado dadas las vueltas que ha dado el mundo, lo que es un engaño en toda regla es decir que se puede hacer política para gustarle a todo el mundo, obviando la conflictividad y la lucha; es reaccionaria y conservadora toda posición que olvida que la disputa política es cuestión de amigos y enemigos, de polaridad y lucha como recordaba Perón citando a Mao, de fuerza y persuasión como planteaba Gramsci en su célebre metáfora del centauro. Por eso una posición política que quiera dejarlos contentos a todos, en el fondo está hecha para no cambiar nada.

Lo hondo que se ha arraigado esta perspectiva despolitizadora explica por qué muchas personas que sostienen convicciones progresistas y de cambio respecto a varios asuntos, terminan de buena fe asumiendo como punto de vista esa impostura de equidistancia refinada con retórica librepensadora. El peor error que pueden cometer las izquierdas para sortear esta situación es querer parecerse al centro o prestarse para cargarle ladrillos a la espera de recibir reciprocidades improbables de ese espacio político, no se trata de llevar la izquierda al centro si no de atraer a miles de personas que genuinamente quieren cambios, del centro a la izquierda.

En el transformismo posibilista nada bueno nos espera, la tarea de las izquierdas es, independientemente del rótulo que se quiera poner, la gente o los símbolos con los que prefiera identificarse y desde la autocrítica seria, ganar mayorías alrededor de ideas de cambio auténticas, plurales, dialogantes pero claras, por encima de caudillos, pero asumiendo que los liderazgos son necesarios, privilegiando la lucha de ideas y argumentos paciente con la gente, pero desenmascarando con energía y sin piedad los valores de los de arriba y de quienes los defienden aun cuando quieran verse como nuestros amigos. La idea del centro ha sido constantemente utilizada para enmascarar la derecha, de centro se llama el partido de la extrema derecha colombiana y de centro se llamaban los herederos del franquismo en España en tiempos de la transición en 1978 (también se llamaban Centro Democrático).

Los presos políticos españoles en tiempo del franquismo, relata el poeta Marcos Ana en sus memorias, tenían un chiste y es que alguna vez un condenado a muerte gritó antes de ser fusilado ¡Viva el centro! Todo el mundo se reía porque nadie creía que a alguien lo fusilaran por ser de centro. Todas las causas que han permitido la redención de la humanidad y que siguen valiendo la pena defender en nuestros días, están muy lejos de la moderación ramplona que postula el centro, frente a un mundo que grita injusticias y miserias no caben puntos medios ni centros.

Porque otras formas de amar-nos son posibles: cuestionando el mito del amor romántico

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En esta onda del cambio, asumido no solamente desde lo colectivo, sino también desde lo personal, surge un tema muy importante para mí, que en los últimos 10 años ha estado presente en mi mente, en mis charlas más cotidianas con mis amigos más cercanos, en mi accionar e incluso lo puse sobre la mesa en algunas clases en la universidad cuando era estudiante de Trabajo Social.

El tema al que me referiré en el presente artículo, es el amor romántico, éste dado desde mis vivencias, desde mis experiencias, que por lo que me he dado cuenta, es una de las experiencias más compartidas por la gran mayoría de mujeres, y con personas pertenecientes a la comunidad Lgbtiq con las que he tenido acercamiento y también con las que me encuentro en lecturas.

Desde que empecé a relacionarme amorosamente en mi adolescencia con chicos, empecé a notar que las relaciones amorosas, podían llevarnos al mejor de los paraísos, nos hacía sentir plenas, como envueltas en una burbuja casi irrompible de felicidad, en definitiva, nos lleva al éxtasis, pero al mismo tiempo, nos hace sentir que son complicadas, absolutamente frágiles, permeadas por sentires como los celos, la dependencia emocional, la desconfianza, las inseguridades, las desigualdades, el engaño, la mentira, el sufrimiento, es decir, en la mayoría de casos dolorosas. Si, llegamos a este punto del sufrimiento es porque el desamor ha estado presente, y es éste precisamente, el que nos hace notar que el amor como nos lo han vendido en los cuentos de hadas, en las novelas y la tradición judeocristiana, no es como lo pintan.

Nos encontramos entonces en situaciones totalmente desconocidas para nosotrxs, sintiendo y sufriendo lo que tradicionalmente nos han enseñado que es el amor, lo que debemos “aguantar” “tolerar” por no perder a la persona amada, porque si, nos han reducido el amor único y universal hacia una sola persona, porque especialmente, las mujeres hemos adquirido el rol de salvadoras, creyendo ingenuamente que nuestro devoto y ciego amor transformará a los donjuanes en hombres monógamos, fieles y honestos. Por ello, al día de hoy adoptamos conductas hacia nuestras parejas, donde pretendemos curar al alcohólico, al mentiroso, al problemático.

Nos les voy a mentir, este rol de salvadoras, me ha resultado atractivo, ya que, en el fondo anhelamos convertirnos en seres imprescindibles, para que ellos nos permitan tener su eterno amor y agradecimiento, además de hacerlos sentir en deuda por nuestros aparentes comportamientos benévolos. Este mito, nos ha enseñado que, si eres virtuosx, paciente y sobre todo tienes fe, tu pareja cambiará como por arte de magia, casi como por un milagro, su promiscuidad, su desestabilidad, su machismo.

¡Y si! el mito que nos metieron desde pequeñxs es que el amor todo lo puede, todo lo soporta, éste convierte al sapo en príncipes azules, nos promete que nos convertiremos en el centro de sus vidas, que seremos su núcleo, que en palabras de Coral Herrera (2018) todo aquel

 “discurso basado en un romanticismo patriarcal nos hace creer que el amor es una energía mágica e inagotable que surge por sí sola y se mantiene igual en el tiempo”.

Se siente una completa mierda entender que hemos vivido en una completa mentira, ¿no?  Esa lógica nos quiere sumisas, ingenuas, engañadas, creándonos además la necesidad de ser amadxs de una manera absoluta, sin peros, sin males, sin dolores, todo, en un mundo inmerso en fantasías, que al mismo tiempo, reproduce un sistema patriarcal- capitalista donde lo que importa es la dominación completa de los cuerpos y de las vidas en general, manteniendo a los hombres (especialmente blancos-mestizos y heterosexuales) en la cima del poder, gozando de sus privilegios y sosteniendo la desigualdad, sosteniendo la “normalidad” que supuestamente está bien y de la cual no se debe siquiera cuestionar o tratar de transformar.

Amigxs, esa visión hegemónica del amor no deja nada bueno, es dominante, crea roles de sumisión, genera espacios dentro de las relaciones románticas basadas en la desigualdad y nos sumerge en una realidad fantástica totalmente alejada de la realidad, que honestamente se torna inalcanzable, haciéndonos construir relaciones fundadas desde la infelicidad, la tristeza y la frustración. El abandono a estas visiones universalistas, se hace necesaria para no solo para el disfrute máximo del amor, sino para que así, las relaciones románticas o de parejas empiecen a cambiar, éstas deben sentirse, vivirse, y lo más importante ponerse en constante tensión, porque no hay una sola forma de amar, el amor es plural, es decir, es diverso.

El amor entonces, desde lo que he sentido, vivido, lo que he leído y discutido, debe dejar de conocerse como un mecanismo de opresión sobre el otrx, éste no puede seguir sosteniendo lo ya conocido e inmiscuyéndonos en idilios inexistentes o temporales, apuntando a la transformación tanto individual como colectivo desde los patriarcados que nos habitan, entendiendo que el amor ahora no es un asunto íntimo y privado, sino que por el contrario es un asunto de carácter social y político, que nos incumbe a todxs, y en ese todxs, este tema no solamente debe ser conocido y tratado por las mujeres sino también por esos hombres criados bajo romanticismos patriarcales y machistas. Que, al mismo tiempo, nos haga reconocer que el amor no solo se reduce a la pareja, el amor como lo dije anteriormente es plural, y se expresa en otras formas de relacionamiento, como, por ejemplo, en la familia, en los amigos, en los conocidos, en la naturaleza, en los animales, en las comunidades y en la sociedad.

Otras formas de querernos son posibles, otras formas de relacionarnos son posibles, queremos relaciones basadas en el buen trato, en la libertad, en la igualdad, en el placer y cuidado mutuo, la solidaridad, la empatía, en la honestidad y en la ternura, queremos relaciones basadas en la realidad, desde nuestros contextos, en el compañerismo, dejando atrás las dependencias emocionales y el miedo a la soledad, entiendo principalmente que no es para siempre, no es eterno, y especialmente que este es cambiante, no es estático, por lo tanto hay que estarlo cuidando, resignificándolo, cuestionándolo.