Inicio Blog Página 13

Tú por mí, yo por ti, iremos juntas donde haya que ir

0

Nunca en un día festivo: es el “lema” de mi amiga más cercana. La primera vez que la escuché decirlo, fue en medio de una conversación de mujeres acerca de los listados de lo que debemos tener en cuenta cuando vamos a salir de fiesta.

– No tomar de más, si la salida es con personas que no son de mucha confianza

– Compartir la ruta del carro con las amigas o familia

-No ir a la casa de un desconocido

-Revisar que el trago sea servido de una botella recién destapada

No salir a tomar un domingo si el lunes es festivo, ante esta recomendación, las demás solo asintieron por cumplir, pero yo sabía a qué se refería, solo las dos sabíamos. 

Hace unos meses, ella salió con una de sus amigas. La salida involucró lo habitual, baile, fotos borrosas para IG, charlas trascendentales y también tontas, carcajadas estruendosas. “Un día oscuro nos dio por andar donde los malos tiran y dan”, dice Christina, y siempre había pensado que era así, cumplir con estos listados nos podía dar seguridad, pero ese día, un antiguo compañero de trabajo, un “amigo”, le escribió y llegó al lugar en el que ellas estaban.

Nosotras hemos vivido juntas por casi 6 años, es de esas amigas que es imposible no admirar, tiene un carácter fuerte, muy fuerte además del don de llegar a cualquier lugar, y con solo un comentario ser el centro de atención, brilla como ninguna otra, inspira respeto y es esa persona de la que todos quieres saber su opinión. Ese lunes llegó a las 5am más o menos, y la forma en la que pronunció mi nombre para llamarme, el gesto que tenía cuando entró, no se me va a olvidar nunca. 

Hasta ese día, siempre había visto la violación como una imagen aterradora y lejana, incluso como un momento, una escena de pesadilla que aunque dejaba una cicatriz, de alguna manera se quedaba en ese bucle de tiempo que nadie debería experimentar. Pero me equivoqué, nos equivocamos. Le pregunté qué quería hacer, si quería ir a Medicina legal, llamar a alguien. No podía bañarse, porque necesitábamos pruebas, y cada posible escenario descubierto detrás de cada pregunta, era más horrible que el anterior.

Van a decir que fue mi culpa, van a decir que yo me lo busqué, van a decir que yo ya lo conocía, van a decir que estaba tomada. Su fuerza pudo más que todos esos miedos, y por su fuerza, salimos para medicina legal. Era lunes festivo y las vías a esa hora estaban casi vacías. Abrí su ventana en un intento inutil de aliviarla un poco, de hacer del viento una compañía que limpiara lo que acababa de vivir. Entramos al lugar que parecía estar cerrado, y los 5 policías que estaban en una especie de recepción, nos vieron entrar y un silencio de milésimas de segundo marcó el después, ese después que nadie considera, lo que sucede a la escena de pesadilla, al bucle.

No me acuerdo si preguntaron qué necesitábamos o simplemente ese silencio hizo que ella dijera: Abusaron de mí. Tuvo la atención instantánea de los 5 policías, y al mismo tiempo una especie de incomodidad entre ellos, los llevó de nuevo a meter la cabeza en lo que estaban antes, el celular, un papel, el computador, lo que fuera que les ayudara a salir de esas tres palabras, a no verla a la cara. Una policía dijo sin ninguna seguridad, que ahí no la podían ayudar, que debíamos ir a La UPJ, que allá le hacían un exámen médico y luego ponía la denuncia, y de ahí salir para otro lugar. No, allá solo pone la denuncia, la contradijo otro policía sin mirarnos. 

Salimos sin comentar nada, no sabía que hacer, solo pensaba lo afortunadas que éramos por contar con un carro. ¿Y si tuvieramos que esperar un taxi? ¿Y si no tuvieramos para un taxi? ¿Y si tuviéramos que conseguir un bus desde aquí, cuál debería ser, en qué parada quedarnos?. Y después de ese momento de agradecimiento tan perturbador,  ¿y ella cómo se siente, debimos quedarnos en la casa, debí motivarla para que se bañara y se metiera en la cama, prepararle una aromática y abrazarla y no exponerla a ésto? 

Llegamos a la UPJ y de nuevo las tres palabras. La policía de la entrada logró que toda la frustración, ira, impotencia, odio, reaccionaran como fuego al que se le echa gasolina. Hasta las 8am. Ahh no, hasta mañana que llega no sé quién. Cuando estaba tomando aire y organizando las palabras para gritarle, un policía le dijo que sí, que la dejara seguir. Subió ella sola y me quedé esperando a la entrada. No debería estar ella sola. 

Cuando salió, tenía los ojos aguados de nuevo. Le pregunté qué le dijeron, y como pudo me respondió, básicamente di papaya… No debí reaccionar así, no debí devolverme esos 10 pasos y golpear la puerta y gritarle a las policías de la entrada, todas mujeres, todas indiferentes, todas daban asco, todas la revictimizaron, No mamá, agradezca que la dejamos entrar a ella. Intentaron cerrarme la puerta, iba a continuar mi ataque pero desistí cuando la vi a ella parada a mi lado diciendo de nuevo entre lágrimas: Yo no dí papaya.

Ella no debía estar sola.

Nos fuimos a la EPS para que le hicieran los exámenes médicos. Debía entrar sola, así que esperé afuera. Luego me escribió que debía quedarse hasta el martes porque en día festivo no estaba la Trabajadora social,  que podía entrar un acompañante para que le llevaran ropa o comida. Entré y después de un rato un doctor  hizo que el agradecimiento extraño apareciera, era la primera persona que le mostraba respeto, consideración. Hizo los exámenes, estuvo pendiente, le preguntó si quería poner denuncia, llenó unos documentos, guardó la ropa interior en una bolsa sellable, le informó que más tarde vendría la policía a hacerle algunas preguntas, le explicó cómo debía tomar los medicamentos, los efectos secundarios como las náuseas, la sensación de debilidad, el dolor de estómago.

Como dije antes, una de las principales cualidades de mi amiga, por no decir la más visible, es su carácter. Eso fue lo que él quiso quitarle, su fuerza, su poder. Rita Segato dice que la violación es un crímen expresivo por un medio sexual, es un mensaje que el violador da a la mujer y a los hombres, a “la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia”. 

No es algo sencillo de escribir, y resumir esas interminables horas en un par de páginas no va a permitir jamás describir la dimensión de lo que ella vivió, de lo que tuvo que pasar y de la marca imborrable que queda. Por ahora, solo voy a permitirme contarle al violador, que no logró su cometido, quiero contarle que la fuerza que ella siempre ha tenido, prevalece, que no le quitó nada, que lo que hizo solo habla de su insignificancia y necesidad de sentirse poderoso ante una mujer que siempre estará fuera de su alcance, quiero decirle al violador, que siempre será ese desecho que todas las personas querrán evitar, eso que inspira asco, no miedo, ni mucho menos respeto. 

A pesar de todo eso, de la inutilidad de la policía que no sabe cómo actuar en casos de denuncia de abuso sexual, de acceso carnal, a pesar de la burocrácia asquerosa que deben vivir las mujeres que denuncian, a pesar del machismo, de la cofradía de masculinidad que defiende a los violadores, a pesar de todo, ella no está sola, ella no cambió, ni está rota o destruída. Además de la rabia, de la rabia inmensa que siento, solo puedo decir:

Tú por mí, yo por ti

Iremos juntas donde haya que ir

“+57”: ¿causa o síntoma?

0

Un conjunto de cantantes colombianos del género urbano se unió a Karol G para interpretar una canción que representara a Colombia. Dicha canción recibió el nombre de “+57”, haciendo referencia al indicativo del país. Contrario a lo que los artistas deseaban, en lugar de que la canción se convirtiera en un éxito aplaudido por el país, estuvo en el foco de la controversia especialmente por una parte en la que sexualizan a una menor de edad: “una mamacita desde los fourteen”. La controversia fue tan amplia que incluso el presidente Gustavo Petro se pronunció al respecto. Como resultado de las críticas, los artistas cambiaron la letra por “una mamacita desde los eighteen”, para así no hacer referencia a una menor de edad (en Colombia, al menos. En otros países, la mayoría de edad puede llegar hasta los 21 años). 

En redes sociales se evidenciaron todo tipo de comentarios, pero un tipo en particular me llamó la atención. Muchas personas aprovecharon la situación para, como es costumbre, señalar que el reggaetón es el responsable de la degradación de la juventud y, por ende, es la causa de la sexualización de las menores. Sin embargo, esto no es cierto. 

Mi primera experiencia de acoso la viví a los 8 años. Por una emergencia familiar, un domingo en la mañana salí corriendo apurada a la farmacia para comprar unos medicamentos y no llevé chaqueta. Salí con mi blusita de tirantes con la que había dormido. En las dos cuadras que separaban a mi casa de la droguería recibí miradas sobre mis pechos de infante. Desconocía, antes de esa experiencia, que esa parte de mi cuerpo pudiera ser foco de atención. Dos señores que superaban los 50 años me sexualizaron con comentarios obscenos.

Esta experiencia no la nombro para poner el centro en mí, porque sé que ésta no es sólo mi experiencia, es la de la mayoría (sino es todas) las mujeres que fuimos criadas en este país: nuestras primeras experiencias de acoso fueron vivídas en la infancia, la preadolescencia o la adolescencia. Supimos a una edad muy tierna que ser mujeres implicaba que nuestro cuerpo no fuera tratado con respeto ni como una persona, sino que fuera considerado un objeto para el placer de los hombres. Y quienes nos acosaron y cosificaron no fueron justamente los hijos del reggaetón nacidos entre los 90 y los 2000; fueron los señores nacidos a mitad del siglo pasado. Para evidenciar la gravedad del problema, “según cifras de Medicina Legal solo en el último año, con fecha de corte al 10 de abril de 2024, se reportaron 19,192 casos de abuso sexual contra menores, es decir, 53 casos por día”. A esto hay que sumar la cantidad de casos no denunciados, como el mío, que se queda en un “piropo” y ante el cual ningún adulto en la calle interviene para defender a las niñas. 

Dicho lo anterior, me pregunto si en realidad el reggaetón es el responsable de que la cosificación de las niñas esté tan normalizada. Y para mí es clarísimo que la respuesta es un rotundo no. La sexualización de las niñas tiene una historia de larga data, que se evidencia en el hecho de que nuestras abuelas contrajeran matrimonio o fueran apresadas por un marido normalmente muchísimo mayor que ellas, cuando apenas eran unas niñas de 12, 13, 14 o 15 años. También se evidencia en que ellos, los señores que crecieron con otros géneros musicales, fueran nuestros victimarios cuando las hijas de los 90 estábamos creciendo. Ahora, de manera hipócrita, se lavan las manos con respecto a la responsabilidad que tienen en la reproducción de la cultura que cosifica los cuerpos de las mujeres tirando las culpas a un género musical. 

El reconocimiento de lo anterior no exime de responsabilidad a los artistas adultos que pudiendo comprometerse con la transformación de la cultura deciden reproducirla. Por supuesto que Karol G y compañía tienen responsabilidad por la reproducción de la cultura que objetiva a las niñas. Pero hay que reconocer que lo hacen justamente como reproductores de esa cultura y no como productores. 

Por lo tanto, el problema no es el reggaetón o estos artistas, sino que es más profundo: es la cultura colombiana que ha normalizado que los cuerpos de las niñas sean vistos desde la mirada de la perversión. En ese sentido, son ellos tan responsables como lo son los padres que regalan cirugías de implantes de senos a las niñas en sus 15 años, los hombres que acosan a las estudiantes, los hombres que comentan que deberían legalizar a las de 15 años, los familiares que a las niñas les dicen “ya tienes cuerpo de mujercita. Ya puedes casarte”, “¿ya tienes novio?” y demás comentarios con los que crecimos muchas de nosotras y que lo único que logran es que las niñas crezcan sintiendo que sus cuerpos son objeto de observación y son para el placer de un externo: los hombres. De igual modo, esos comentarios que educan a los hombres para ver a las mujeres como un objeto que existe para su placer y no como personas que merecen respeto. 

En consecuencia, todos nosotros tenemos la responsabilidad de no reproducir la cosificación de los cuerpos de las mujeres y en especial de las niñas. Esto no sólo recae sobre un género musical y tampoco fue el reggaetón el que produjo el problema. El reggaetón y las letras que son problemáticas son resultado de la cultura que los ha parido. En este sentido, para acabar con la sexualización de las niñas es necesario ampliar la mirada crítica y en lugar de lavarnos las manos tirando el agua sucia a un género musical, asumamos la responsabilidad que tenemos en la reproducción de esos imaginarios que conducen a ver a una niña de 14 años como una mamacita. La responsabilidad de transformar lo que está mal en esta sociedad es nuestra, de todos y especialmente de los hombres que acosan y sexualizan a las niñas. Sólo entonces no será necesario que una canción sea (de manera justificada) censurada, sino que la cultura no dará a luz ese tipo de producciones. 

Polo Polo y la paradoja de la representación

0

La representación de figuras afrodescendientes en contextos de poder político ha sido un asunto sensible que muchas veces camina sobre un terreno complejo y contradictorio. Desde las páginas de La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe hasta las actuaciones contemporáneas de figuras como Miguel Polo Polo en Colombia, emerge un debate que trasciende los límites temporales: ¿hasta qué punto quienes representan a las comunidades afrodescendientes defienden intereses colectivos?

En el siglo XIX, Beecher Stowe construyó a Tío Tom como un personaje devoto y compasivo que, aunque buscaba humanizar la causa abolicionista, se convirtió en un símbolo de sumisión frente al sistema esclavista. Frantz Fanon, en Piel negra, máscaras blancas, (1952) alerta sobre cómo algunas personas racializadas pueden internalizar los valores del opresor, reproduciendo la estructura de opresión desde adentro. Esta figura, lejos de representar la emancipación, valida y refuerza el statu quo.

Un ejemplo contemporáneo de esta dinámica puede encontrarse en Miguel Polo Polo, un político afrodescendiente colombiano que, según sus críticos, defiende posturas que no solo ignoran las demandas históricas de las comunidades negras, sino que parecen alinearse con los sectores de poder que perpetúan el racismo estructural. Al rechazar movimientos sociales como el feminismo o las luchas antirracistas, Polo Polo desempeña un papel que algunos identifican con el síndrome de Stephen Candie. Inspirado en el personaje Stephen, interpretado por Samuel L. Jackson en la película Django sin cadenas de Quentin Tarantino (2013), este síndrome describe a personas de comunidades oprimidas que no solo aceptan, sino que defienden activamente los intereses de sus opresores. Stephen es el esclavo leal al amo Calvin Candie, cuya fidelidad y celo por mantener el orden esclavista lo convierten en un agente eficaz del sistema que lo oprime.

En el caso de Polo Polo, se observa una paradoja similar. Como político afrodescendiente, podría ser una figura clave para la lucha contra el racismo y la inequidad. Sin embargo, su discurso, que minimiza las desigualdades estructurales y ataca a los movimientos sociales progresistas, lo sitúa como un defensor activo de las narrativas que sostienen las jerarquías raciales y económicas en Colombia. Este comportamiento refuerza la percepción de que su representación política no busca subvertir el sistema, sino consolidarlo.

Tanto el “Tío Tom” de Beecher Stowe como Stephen Candie y figuras contemporáneas como Polo Polo nos recuerdan el riesgo de la representación simbólica. Angela Davis (1981) señala que «tener personas negras en posiciones de poder no significa automáticamente un avance para la comunidad». Cuando estas figuras reproducen los valores del sistema opresor, su presencia puede ser utilizada para justificar y perpetuar las desigualdades que dicen combatir.

Polo Polo no solo internaliza, sino que activa discursos que deslegitiman las luchas históricas de las comunidades negras. Al hacerlo, cumple una función doblemente dañina: neutraliza la crítica al sistema desde adentro y refuerza las narrativas conservadoras que niegan el racismo estructural.

Fanon describe cómo las personas racializadas que acceden a espacios de poder suelen adoptar las “máscaras blancas” del sistema, rechazando su identidad y sus raíces para ser aceptadas por la élite. Este fenómeno, evidente en la postura de Polo Polo, resalta la tensión entre la identidad personal y la representación colectiva. Mientras algunos líderes como Malcolm X o Manuel Zapata Olivella lucharon por empoderar a sus comunidades, otros adoptan una postura que perpetúa la marginación.

La representación afrodescendiente en espacios de poder debe ir más allá de lo simbólico. No se trata solo de ocupar cargos, sino de usarlos para transformar las estructuras de exclusión. Como sociedad, debemos cuestionar si quienes representan a las comunidades marginadas actúan en beneficio colectivo o si, como en el caso del síndrome de Stephen Candie, perpetúan las mismas cadenas que deben romper. La emancipación no pasa por el simple acceso al poder, sino por su uso transformador. En este sentido, el desafío para las comunidades afrodescendientes no es solo llegar al poder, sino asegurarse de que este sirva como una herramienta de justicia y liberación, de transformación social, no como un mecanismo para validar las desigualdades históricas.

El acto de Miguel Polo Polo al retirar las botas que honraban a las víctimas de los falsos positivos y arrojarlas a la basura trasciende lo político para convertirse en un gesto profundamente simbólico de desconexión con la memoria histórica de Colombia. Este hecho no solo afecta a las familias que han luchado por la verdad y la justicia, sino que también refleja una narrativa que niega las violencias estructurales que han marcado al país. Como señala Fanon, «el olvido impuesto por los opresores no libera, perpetúa la dominación».

Al ignorar las cicatrices de las víctimas, Polo Polo no solo desestima su dolor, sino que refuerza la indiferencia institucional hacia las comunidades más vulnerables. Este acto, en lugar de ser un gesto político de reconciliación, reproduce una lógica de exclusión que silencia a quienes más necesitan ser escuchados. En un país donde las víctimas luchan por mantener viva su memoria, los líderes deben asumir la responsabilidad de representar su dolor y sus demandas con dignidad y respeto.

El desafío de figuras como Polo Polo radica en comprender que la representación política no es un acto individual, sino un compromiso colectivo. Cuando esta representación se desvincula de las luchas históricas y la justicia, se convierte en una herramienta de perpetuación del poder opresor, dejando a las comunidades sin un verdadero defensor en los espacios de decisión. En este contexto, la lección es clara: la memoria no es solo un derecho, es un deber, y quienes ocupan espacios de poder tienen la obligación ética de preservarla y honrarla.

El ascenso de la Goebbels criolla

0

¿Quién no recuerda ese video culo de Victoria Eugenia Dávila, enunciando el buen ejercicio periodístico al cual iba a aspirar, luego de su salida de RCN? Sus palabras tímidas y lastimeras, nos llevaban casi al grado de credulidad. Dávila representaba a otro comunicador arrodillado, que, sin ningún logro trascendental, había sido exiliado de la nómina empresarial y convertido en un paria más, instituido en la máquina picasesos mediática colombiana. Resonemos también el motivo del exilio. Una supuesta investigación, acerca de una red de favores y acoso sexual al interior de la policía. Algo llamado: La Comunidad del Anillo (mis más profundas disculpas a J.R.R. Tolkien y su legado). A raíz de tan magnánima pesquisa y para deleite de la audiencia, nos quedó un registro de video, en el cual, nuestra profesional, ética y exhaustiva periodista, nos deja simplemente una exploración de cómo una fuente se inmiscuye en dicho entramado para develar el horror. Hecho por demás absurdo, al darnos cuenta que, dicha evidencia, simplemente expone a dos individuos, mayores de edad y en plenas facultades físico-psíquicas, alejadas de cualquier presión o amenaza, con el objetivo puntual de buscar un buen lugar para tener relaciones sexuales o hacer el delicioso, como es comúnmente conocido en nuestro país.  Los resultados de este despliegue periodístico fueron obvios. Una denuncia por invasión a la privacidad, la salida de Victoria Eugenia y lo más decadente, aparte de ser el hazmerreír, por más sonado y grotesco del caso, la supuesta evidencia no sirvió para absolutamente nada.

A este respecto, hubo incluso pronunciamiento de la FLIP. Organismo obtuso y mediocre, que, en el contexto nacional, pareciera que los únicos periodistas visibles son los que defienden los valores de la ultraderecha. La salvaguardia ejercida por esta entidad a Dávila fue categórica. Por lo anterior, cabe aclarar que la “periodista”, como cualquier otro individuo, que ejerza con verdadera entereza y ética la profesión, merece el apoyo y la protección que un gobierno pueda brindar. Aunque en este caso, podemos fácilmente inferir, que dicha defensa iba ligada a la oposición acérrima de Victoria Eugenia al mandato del neoliberal Santos y en la conservación del entonces poderoso uribismo de mierda. Era manifiesto y de esperarse que un personaje como Vicky estuviera para mejores cosas. El uribismo, era aún un fortín económico y empresarial que necesitaba buena publicidad, además de un lavado de cara excepcional. La capacidad exponencial de esta señora en cuestión, para crear propaganda, desinformar, generar pánico, estigmatizar y confundir, no podía desaprovecharse. Es de este modo, que llega a la otrora profesional e imparcial revista Semana, a transformarla en la letrina desinformativa que es ahora. Así, asciende nuestra Goebbels criolla, con todas sus facultades para poner al servicio del uribismo, empresarios y familias de siniestro actuar, su sicariato informativo.

No sería tan erróneo plantear que Dávila, seguida de otros “periodistas” de su mismo proceder, constituyen lo que posiblemente vendría a ser la primera línea del neoliberalismo colombiano. Obviamente, estaríamos hablando de individuos con el favor de las élites, con posibilidades socio-económicas y protegidos, no con escudos rudimentarios, sino con micrófonos y con el falso discurso de defensa a la libertad y amor a su país. Un patriotismo conservador, religioso y chimbo que nos han vendido con el paso de los años. Esta abstracción de lenguaje, en palabras de Erich Fromm, “adquiere mucha más importancia considerando las palabras que no se refieren a cosas, sino a sentimientos íntimos. Así, hablamos de amor, ¿y qué entendemos por amor? Resulta increíble, pero casi no hay nada en el mundo que no se llame amor. La crueldad, la dependencia, la dominación, y el amor verdadero, y el temor, la costumbre: a cualquier cosa que se llame amor” (Fromm 63-64). Aquella terrorífica expresión de “mano firme, corazón grande”, adquiere una singular relevancia. Como lo planteara Fromm, las huestes desinformativas del país, procuran la defensa de valores privados, sin temor a equivocarnos. El amor de patria que ellos llaman, está ligado a aquella abstracción de país que nos han querido imponer. Un lugar arcaico, de terratenientes, empresarios patronistas, estructuras gubernamentales podridas y permeadas por la mafia, además de un cúmulo de valores desagradables que han hecho pensar a la ciudadanía que defender la dignidad y los derechos mínimos, garantes de la subsistencia, es sinónimo de vagancia y vandalismo.

El adiestramiento propagandístico, promovido por la radical Dávila, se instaura en aquella función fática del lenguaje, que alguna vez expusiera el estructuralista Roman Jakobson. En términos simples, dicho concepto nos enuncia que el ejercicio de este imprevisto de la comunicación, sostiene a como dé lugar el intercambio de mensajes o elementos simbólicos. Así pues, la vulgar defensa y propaganda a las estructuras de extrema derecha, clanes, e incluso presuntas mafias del paisaje nacional, es reiterativa, haciendo uso de la desinformación, la distracción y el ataque. El ideal es simplemente comprobar que el canal comunicativo permanezca aceitado, independientemente de las sandeces enunciadas. La vacuidad de los mensajes impera, siempre y cuando el populacho se mantenga perfectamente confundido y polarizado. Ya que, es la audiencia enceguecida quien da su parte de validez, como diría Slavoj Zizek: “Vivimos en una sociedad en la que se da una especie de identidad especulativa de los opuestos. Ciertas características, actitudes y normas de vida no son ya percibidas como si estuvieran marcadas ideológicamente, sino que parecen ser neutrales, no ideológicas, naturales, de sentido común” (Zizek 40).

Por lo anterior, no es de extrañarse que Vicky se venda como una devota a la nación. El mismo Goebbels hacía lo propio. En el escenario colombiano, tan solo ha sido echar mano de dos principios goebbelianos, para que nuestra señora periodista nutra su ignominia. Con el principio del contagio, ha reunido a todos sus detractores, incluido al gobierno, en su enemigo individualizado, mostrándose como una perseguida política. Y con el reciente caso Pegasus, su presunta vinculación, la disuade con la transposición, intentando, con sus continuos ataques, ensillar en hombros ajenos sus propios errores. Porque para Vicky, toda situación debe convertirse en propaganda y activismo político, simplemente, “si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.

REFERENCIAS

Fromm, Erich (1994). La Patología de la Normalidad. Editorial Paidós, Barcelona

Zizek, Slavoj (2017). Sobre la Violencia. Editorial Paidós, Barcelona

“La tristeza es rebelión”

0

Esa frase tan chimbita la leí en el cuento “La huesera”, que está en Perras de reserva de Dahlia de la Cerda. ¡Por favor lean ese libro! La frase se la tatúa una nena en honor a su mejor amiga mexicana que fue violada, torturada, tirada al río en una bolsa y encontrada seis meses después. Me sentí muy tocada por esas letras, porque en tiempos de demanda de felicidad ficcional, estar triste es una grieta que es necesario seguir abriendo hasta ver bien lo que tiene por dentro y poder hacer algo con eso.

Leyendo a otra de mis amadas, la Sara Ahmed (2019), resoné con su crítica al imperativo de la felicidad. Para la autora, la felicidad opera en nuestros tiempos como una tecnología, es decir, produce discursos y prácticas específicas que aseguran la perpetuación de ciertos tipos de relaciones donde ser felices se vuelve la principal de las aspiraciones y nos obliga a comportarnos de acuerdo a guiones que encajen en esa idea, así por dentro sintamos que nuestro ecosistema interno se descompone progresivamente y huele a podrido pidiendo auxilio antes de morirse.

Después de esa ñoñería, quisiera manifestar que hay muchos tipos de sujetos que me caen mal y que hacen que se me revuelva el huevito (que bien caro que está) cada mañanita. Poco a poco los iré desglosando en mis apariciones en esta revista, a ver si así se motivan a seguir leyendo porque el chisme tiene que ser siempre nuestro género literario favorito. En una columna pasada hablé de las carangas resucitadas, que son los peores engendros, y en segundo lugar se encuentran los coach emocionales.

Lxs coach replican la nefasta idea de la responsabilización del sujeto de todo aquello que le suceda, perdiendo de vista que el sujeto no vive en aislamiento y a costa de sus propias decisiones únicamente.

¿Se imaginan llegar a una cita con algún ser que despierte sus más pecaminosos apetitos y que les diga que es coach? Hágale caso a su profe de educación física y corra. Hace poco me puse de sapa a consultar cuánto cobraba un coach emocional, a ver si así encontraba alguna posibilidad de resurrección del apetito sexual en esa cita imaginaria, y lo que pude concluir es que he perdido plata toda mi vida por andar de “eres arte” leyendo libros gordos y comprando vino de 12 lks.

Un coach basiquito le puede cobrar entre $100 y $150 lks por sesión, peeeero yo me encontré una joya bombastic elefantastic. Resulta que un ser de internet le puede vender paquetes de sesiones con títulos como “12 meses de felicidad”, “Encaje del alma” (para erecciones espirituales… mentiri jeje) o “Transforma tu vida desde adentro hacia afuera” (que suena a laxante realmente). Cada paquete, dependiendo de la duración, puede tener un costo de entre 134 lks a 750 lks. ¿Kestapasanda?

Según las últimas cifras publicadas por el DANE, 3 de cada 10 personas en Colombia se encuentran en situación de pobreza monetaria. Eso significa que tienen ingresos de menos de $435.375 al mes, y a esto podemos sumarle el montón de gente que se gana un poquito más que eso y que hace que no sea contada en la cifra. Me parece re loco que una persona que se dedique al coach le diga al 30% de este país que es pobre porque quiere, que debe cultivar su felicidad y transformar su vida desde adentro y que eso le cuesta la mitad de su salario mensual.

Lxs coach replican la nefasta idea de la responsabilización del sujeto de todo aquello que le suceda, perdiendo de vista que el sujeto no vive en aislamiento y a costa de sus propias decisiones únicamente. ¿Me están pidiendo que le diga al cucho que vende BonIce que cultive su felicidad? ¿Qué le pida a la víctima del conflicto armado que construya el encaje del alma? ¿Qué le diga a mi cucha que cruce la frontera hacia su nueva vida cuando tiene más de 60 años y cero semanas cotizadas para pensionarse? ¡Qué nivel de desconexión con la realidad!

Para completar, abundan los mensajes en las redes donde nos dicen que podemos con todo, que nada es obstáculo, que vibremos alto y que si lo crees lo creas. ¡Ni mierda! La tristeza es rebelión. ¿Cómo no me va a hacer sentir triste esta realidad que habito? ¿este mundo tan injusto? ¿estas condiciones que tienden a empeorar? No me pidan que sea feliz, eso es un insulto, una contradicción evidente.

Cuando entendamos el poder de la tristeza, no para quedarnos nadando en ella, sino para exigir y actuar a diario para que nuestras condiciones sean menos tristes, habremos encontrado una grieta para un fueguito potencial.

La tristeza no es un “bajo” sentimiento o algo “blando” que hay que evitar. “Acaso es necesario prestar atención a los malos sentimientos no para superarlos sino para aprender de qué manera nos afecta lo que nos acerca, deseado o indeseado, como recurso ético” (Ahmed, 2019, p. 435). La gente que no se conmueve, no se sensibiliza y no se siente triste constantemente cada que abre sus ojos y sigue existiendo en este mundo, me genera desconfianza.

Cuando entendamos el poder de la tristeza, no para quedarnos nadando en ella, sino para exigir y actuar a diario para que nuestras condiciones sean menos tristes, habremos encontrado una grieta para un fueguito potencial. En los días más tristes de mi vida es cuando me he dado cuenta que no estoy sola en el mundo, que no merezco sentirme así, que se siente brutal ser abrazada por otra fragilidad y que hay que juntarse a llorar, a sentir, a crear instantes revolucionarios que hagan de mis lágrimas la mayor de las gasolinas.

Muchas gracias, son 100 lks a mi Nequi.

Referencias

Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica al imperativo de la alegría. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

DANE. (2024). Pobreza monetaria. Recuperado de https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/pobreza-y-condiciones-de-vida/pobreza-monetaria

De la Cerda, D. (2022). Perras de reserva. Madrid: Sexto Piso.

¿Me odio? Lo monstruoso en La Sustancia

0

También vi La Sustancia de Coralie Fargeat, protagonizada por Margaret Qualley y Demi Moore, quien ya nos había llevado hasta el límite en la película Gi: Jane (1997), cuando calva se enfrentó a John James Urgayle (Viggo Mortensen) y sus pantaloncitos cortos.

La Sustancia condensa gore y horror corporal, además de rendir homenaje a varios clásicos del cine como El Resplandor (1980), Odisea del Espacio (1968), Alien (1979 y 1997), o La muerte le sienta bien (1992) aunque no esté en la lista de los especialistas del séptimo arte.

Ya se han escrito muy buenas reflexiones sobre esta película, una que me gustó mucho fue «No llegar a ser, pero haber sido» de Giovana Suarez Ortíz, que fue publicada, por supuesto, en la Revista Hekatombe, por lo que no es mi interés abordar los mismos temas, sino que quisiera comentar algo adicional a lo que ya se ha dicho, pero con algunos spoilers.

Una vez que Sue se separa, decide audicionar, con éxito, en el programa que reemplazaría al de Elisabeth Sparkle, de entrada empieza a trabajar y esto es lo que me llama la atención: no tuvo que presentar ningún papel. Más allá del inconveniente del documento de identidad, no hacen referencia a los papeles correspondientes en EE.UU al certificado de afiliación a la EPS; fondo de pensiones; ARL que es muy importante por los riesgos laborales causados por la actividad física; la hoja de vida con certificados organizados en un solo pdf, ni ninguno de los documentos que suelen solicitar en las empresas durante el proceso de contratación.

Si es posible que una Sustancia saque la mejor versión de una, parece que también garantiza que salga la “mejor versión” de un proceso de contratación.

Fuera de chiste, luego de hablar con mi hermana y mi mamá, voy a señalar cuatro elementos que nos interpelaron:

  1. Sonríe

Elisabeth y Sue son obligadas a sonreír en situaciones límite, porque las mujeres bellas lo hacen. Lo cierto es que el tema de la sonrisa es complejo para las mujeres, porque hay maneras de hacerlo, la fórmula adecuada puede ser el hilaris vultu de la virgen María, que, según la definición de mi hermana, consiste en un semblante alegre con decoro, pero como en el capitalismo es necesario el elemento provocador, toca agregarle algo de picante para demostrar satisfacción.

Hablando sobre la película, mi hermana que es experta en los tipos de risa en la pintura del siglo XVII y, en no sonreirle a cualquier persona, se acordó de la vez que en un trabajo, después de una visita técnica para la exposición de un artista, este le dijo: «para que lo tengas en cuenta: resulta insoportable que no sonrías».

Las mujeres serias no somos agradables y supongo que alguna vez nos han dicho que debemos sonreír. Para pedir ayuda, después de llorar en el baño… hay que sonreirle a la vida, siempre complacientes y resignadas. Aquí no vale la pena hacer ninguna referencia a Sonríe (2022) que no problematiza el tema en cuestión, sino que se queda en una maldición floja y autodestructiva. De pronto en la siguiente expliquen qué pasa y nos obliguen a dedicarle una reflexión, nunca se sabe.

  1. Son la misma persona

Cada vez que Elizabeth o Sue se comunicaban con el dealer de La Sustancia, él insistía en qué ella es una, es la misma persona. ¿Qué significa ser la misma persona en un ambiente en el que se le exige no ser ella misma?

  1. Enfrentarse al espejo

Una de las escenas más impactantes de La Sustancia es cuando ella se asesina. Sue golpea a Elisabeth contra el espejo, despreciando no solamente su aspecto, sino lo que ella representaba, una mujer madura que está siendo olvidada, y pasa los días atragantándose, viendo televisión, odiándose.

Sabemos qué significa enfrentarse al espejo. Puede ser el reflejo rápido en una ventana, cuando nos peinamos, o en esos espejos con aumento que se encargan de ampliar los poros. Nos odiamos por nunca ser suficiente, suficientemente altas, bajas, curvas, planas. 

Elizabeth dice que se odia hasta los huesos, porque además el desprecio es por no encajar en un “deber ser” que, en últimas, solo busca saciar a un conjunto de personas que se han socializado en el patriarcado. Bien lo señala Gloria, interpretada por América Ferreira en Barbie de Gerwing (2023).

“Pero nunca olvides que el sistema está amañado. Así que encuentra una manera de reconocer eso, pero también sé siempre agradecida. Nunca hay que envejecer, nunca ser grosera, nunca presumir, nunca ser egoísta, nunca caer, nunca fallar, nunca mostrar miedo, nunca salirse de la raya”. 

  1. Sobre el monstruo

En el cuento La Subasta, la autora ecuatoriana María Fernanda Ampuero, nos propone la discusión sobre lo monstruoso. Sin spoilers, el cuento plantea que en medio de una subasta de personas, la protagonista rompe con la “normalidad” de la situación. Rodeada de machos que ofrecen dinero por los cuerpos de las mujeres, mientras las exhiben como trofeos y las sexualizan, ella decide convertirse en monstrua, saliendo de los estándares de lo que debe representar una mujer -ser vulnerable, temerosa, bella, pura-.

La Sustancia me hizo pensar en ese cuento y en qué es realmente lo monstruoso. ¿Es un monstruo el monstruo de Elisabeth, Sue y lo que sea que salga de Sue?, ¿son monstruosos los estándares de belleza?, ¿son monstruos los hombres que arrinconan a Elisabeth y explotan a Sue?, ¿las y los espectadores del show de año nuevo que terminan bañados en sangre al mejor estilo del Resplandor y Carrie (1976)?, ¿las personas que se encargaron de subirle el rating al programa de Sue?

A diferencia de La Subasta, la monstrua no es resultado de un ejercicio de protección, sino de rudeza y desprecio de sí misma; de buscar ser la mejor versión de la mejor versión. Elisabeth-Sue deja de tener “cada parte del cuerpo en su lugar”, como indican los dos hombres encargados del casting, para demostrar ser el resultado de la belleza artificial e imposible que nos vende el capitalismo.

La Sustancia no pretende ser una fábula que termina en una autocrítica por parte de Elisabeth, sino que se convierte en una invitación a preguntarnos sobre lo monstruoso en nosotr_s: ¿promovemos este tipo de belleza homogénea?, ¿nos pasa al igual que a Regina, Gretchen y Karen en Chicas Pesadas (2004), que odian sus caderas, hombros y pantorrillas?

#23 de octubre: por el reconocimiento a las Mujeres Buscadoras en Colombia

0

La desaparición forzada, al igual que la tortura y la violencia sexual, son tres de los más grandes y dolorosos flagelos que han acompañado al conflicto armado interno en Colombia. Crímenes que muestran la absoluta deshumanización de la guerra cuyo principal objetivo es lacerar lo más profundo del alma y acabar la esperanza por la vida.

Los responsables son los actores armados legales e ilegales, quienes usaron este crimen como una forma de borrar la verdad y la memoria del país; pero también es responsable el Estado colombiano y todas las instituciones que por décadas ignoraron a las víctimas de estos hechos e incluso burlaron su dolor e invisibilizaron sus demandas. Y por supuesto, también es cómplice silenciosa: la sociedad, la amplia mayoría de la población que desconoce el impacto de estos hechos para las víctimas y la magnitud de este delito sobre la historia del país.

Acorde con datos de la UBPD en Colombia se han registrado 111.640 personas dadas por desaparecidas. De sus historias de vida surgen las personas buscadoras quienes en el 95% de los casos son mujeres: madres, hermanas, hijas, esposas y abuelas que se niegan a dejar en el olvido a sus familiares. En este sentido, en la Unidad se registra, además, que 21.028 mujeres adelantan procesos de búsqueda ante esta institución. 

Pero las mujeres no solo buscan a las personas desaparecidas, buscan la verdad de los hechos para alcanzar la justicia y reparación que les permita caminar hacía el perdón. Para esto, han aprendido a buscar archivos, recoger relatos y reconstruir la historia. Han aprendido de las rutas de atención legal y del abrazo del acompañamiento psicosocial.

Esta ardua labor, que incluso las ha revictimizado a través de la persecución y estigmatización expresada en todas las formas de violencia (física, psicológica, sexual, simbólica y económica), en los últimos años ha estado acompañada por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas UBPD institución que fue creada a partir de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana en el 2016 en el marco del Sistema Integral para la Paz. 

Así, las mujeres se han juntado, organizado y luchado con la misma bandera de la búsqueda de la verdad sobre los hechos ocurridos con sus seres queridos. Sus corazones se juntan para no perder la esperanza, para luchar por la dignidad y para que la restitución de sus derechos se haga realidad con logros como la aprobación de la Ley 2364 de 2024 por medio de la cual se reconoce y protege de forma integral los derechos de las mujeres buscadoras de víctimas de desaparición forzada; ley en la cual se declara del 23 de octubre como el Día Nacional de las Mujeres Buscadoras. 

Sabemos que la búsqueda no se dará solo un día y que las personas dadas por desaparecidas están en la mente y el corazón de las mujeres buscadoras todos los días; pero también sabemos que esta conmemoración, es un abrazo simbólico a su lucha y a sus logros, a sus gritos de dignidad que también se traducen en arte, en música y en poesía como el  Poema Ausencia de la Autora Aura María Díaz madre buscadora de César Ariel Sepúlveda Díaz, detenido desaparecido el 5 de septiembre de 1994 en Oiba, Santander. 

Escucho la voz que nunca llega
el timbre que nunca suena
los pasos que imagino y no se sienten
la mirada que cada vez es más profunda
pero se aleja…

y, me resisto a pensar que nunca llegues.
No pasará la edad cuando te fuiste
no pasarán los juegos a escondidas
sigo sintiendo los abrazos y besos
de hijo ausente y escucho hoy con más
fuerza la última vez en que mi dijo
ya regreso.

Te observo a través de la ventana
que entra sigiloso…para devolverme los abrazos perdidos,
los besos protegidos,
y para acompañarme a recoger las
lágrimas vertidas por mis ojos   
tantos años, para recoger la dignidad
perdida, para recoger la infamia y el
olvido y para sobreponerme a la terrible
indiferencia de los pueblos.

El papel de los intelectuales en Colombia

0

Hace algunos días, tuvimos el deleite de leer el artículo del escritor colombiano Mario Mendoza para la revista Cambio. Dicha producción, podemos sintetizarla en una monserga plagada de recursos estilísticos, propios del oficio literario, los cuales, en una labor desafortunada, tratan de centrarnos en una crítica sosa y vacía al gobierno de turno.

 Quizá Mendoza, al mejor talante de los intelectuales de antaño, enfila sus líneas en un discurso contracorriente y marginal, emulando los patéticos personajes que construye en sus novelas. Este segmento de pseudointelectuales, que reptan en alocuciones grisáceas, o como mejor los conocemos en el teatro nacional, los tibios, son aquellos actores camaleónicos que cómodamente asientan sus críticas y visiones de mundo, en una bella oficina con biblioteca, galardones y títulos de prestigiosas universidades como telón de fondo. Izquierdas o derechas para ellos son lo mismo. 

La táctica es simple: independientemente de las desgracias históricas por las que ha atravesado nuestro territorio, seguiremos tratando de ubicarnos en lo inexistente, en aquel grado cero que alguna vez formulara Roland Barthes y que inexorablemente nos indicará su inviabilidad. En este sentido, ¿Cuál vendría a ser el propósito de los intelectuales en Colombia? Al parecer, simplemente asumirse como académicos tradicionales, ciudadanos del mundo, cercanos a los vetustos capitales cotidianos, representados por élites insensibles, que lanzan sus opiniones a aquellos exclusivos ciudadanos que van al club, ávidos de consumir experiencias culturales por Europa y sus alrededores. En pocas palabras, no nos representa el populacho, ni somos aquel rico de dudosa procedencia. Somos lo que esta sociedad colombiana ordinaria y decadente necesita.

Esta inutilidad del intelectual colombiano, ese que figura en los medios y posee arduos deseos de gobierno, nos recuerda a aquella práctica mal interpretada por los estudiosos de la edad media y conocida como auctoritas. Estos presuntos y modernos bendecidos por el conocimiento, con la autoridad ético-moral de señalar el buen camino a un pueblo maldecido por el mal gusto y la ignorancia, son quienes nos guiarán por un nuevo pasaje a sociedades más igualitarias, que luego los idolatrará como a aquel Prometeo dador de la bendición del fuego. 

Como lo planteara el semiólogo Umberto Eco en su obra La Estrategia de la Ilusión, “La práctica del recurso a la auctoritas es un aspecto de la cultura medieval que una óptica laica, iluminista y liberal nos ha llevado, por un exceso de obligada polémica, a juzgar mal y a deformar. El estudioso medieval aparenta siempre no haber inventado nada y cita continuamente una autoridad precedente. Serán los padres de la Iglesia oriental, será Agustín, serán Aristóteles o las Sagradas Escrituras o estudiosos del siglo anterior, pero jamás debe sostenerse nada nuevo, si no es haciéndolo aparecer como ya dicho por algún predecesor. Si lo pensamos bien, es lo opuesto de lo que se hará desde Descartes hasta nuestro siglo, en que el filósofo o el científico de valía son exactamente aquellos que hayan aportado algo nuevo (lo mismo vale para el artista desde el romanticismo o, quizá, desde el manierismo en adelante)”. (Eco 102).

Este ejercicio de vender humo, aquel que ponen en pericia nuestros modernos intelectuales, como un guión pobremente escrito, en defensa de los valores tradicionales y con la intención de depreciar lo progre, tildándolo de prácticas carentes de argumentos epistemológicos, científicos y novedosos, es un brillante recurso que tristemente los ha encumbrado en hombros de gigantes para una gran parte de incautos transeúntes. 

El capital cultural les ha servido para mantener su trono. El confunde y reinarás, aún los sigue invistiendo con ese manto de clarividencia y lucidez que claramente los ha catalogado como los únicos seres cerebrales con la capacidad de enderezar el camino, después de décadas de inepta tradición intelectual en Colombia. Este delirio renacentista e ilustrado colombiano del cual padecen algunas mentes, es el reflejo de una simple pulsión capitalista. El ejercicio de poder, en el terreno nacional, no solo lleva una tensión egoica, sino un deseo explícito de control burgués. Las relaciones de poder y economía, a su parecer, no pueden estar ligadas al equilibrio social. Nos encontramos pues, frente a una de las relaciones más desafortunadas en la historia nacional: una intelectualidad al servicio de los grandes capitales. 

La matriz mediática ha vinculado perfectamente las dos caras de la moneda. Por un lado, los medios tradicionales se encargan de alimentar la estupidez de sus consumidores, mientras los cacaos, aquellos que promulgan la voz del intelecto y la crítica argumentativa, por citar un ejemplo la revista Cambio en la cual se consigna el artículo de Mario Mendoza, atrae a sus huestes de tibieza, individuos considerados dignos de dicho imprevisto. 

Referenciando nuevamente a Umberto Eco, a razón del fenómeno de la televisión: “en contacto con una televisión que solo habla de sí misma, privado del derecho a la transparencia, es decir, del contacto con el mundo exterior, el espectador se repliega en sí mismo. Pero en este proceso se reconoce y se gusta como televidente, y le basta. Vuelve cierta una vieja definición de la televisión: “Una ventana abierta a un mundo cerrado” (Eco 213). Sin lugar a dudas, los medios y en términos generales la producción cultural, intervienen en la construcción particular. 

La polarización acaecida en un país como el nuestro, en gran medida se emplaza en la lógica individualista del sustrato intelectualoide. Que cómodo y práctico resulta ser un erudito de la élite colombiana, lanzar expresiones ambiguas al estilo Fajardo, sosteniendo simplemente una pose que no me aleje de mis beneficios y con la firme certeza que Daniel Coronell abogará por mí en su revista Cambio, llenar estanterías en tiendas de cadena con novelas genéricas al estilo Mendoza, hacerme el cómico como el triste payaso de Daniel Samper o simplemente mostrar mi incompetencia en un ministerio de educación como Alejandro Gaviria, suspirando y refunfuñando por la inalcanzable presidencia. 

Basta con echar mano a un libro tan controversial como La Biblia, para toparnos con lo siguiente: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo (Apocalipsis 3: 15-17). Esperemos los vomitivos para el próximo 2026.

REFERENCIAS

  • Eco, Umberto (2012). La estrategia de la Ilusión. Editorial de Bolsillo, Barcelona

No llegar a ser, pero haber sido

0

Recuerdo cuando, adolescentes, mis amigas y yo deseábamos que nos crecieran las tetas, un signo inequívoco de que habíamos llegado a ser mujeres bellas. Pasaron los años y unas querían más tetas, otras menos kilos, otras deseaban un culo más grande, otras más pequeño… Cintura, ojos, orejas, manos, dedos, abdomen: todo estaba por hacerse, a los 20, a los 30, a los 40 (la década en la que ahora estoy). Ver la película de la directora francesa Coralie Fargeat La sustancia me hizo pensar que nunca llegaremos a ser, pero que sí llegará el día en que dejemos de ser.

La historia de Fargeat comienza en el punto en que la carrera televisiva de la bella Elisabeth Sparkle toca fondo, y la razón es su edad. Para ajustarse a las exigencias de juventud de su trabajo, se somete a un tratamiento incierto y clandestino que la obligará a vivir en un ciclo en el que, una semana, tendrá el cuerpo de una veinteañera, la mejor versión de sí misma según la empresa que le proporciona el tratamiento; y la siguiente semana, el cuerpo que ha llevado durante cincuenta años.

La Sustancia sigue la lógica de una película de acción: una mujer mayor puede bajar ágilmente unas escaleras o arrastrar un cuerpo sin dificultad, mientras que una joven sin entrenamiento golpea con la potencia cinematográfica de John Wick.

La película nos sitúa en un universo lleno de colores cálidos, cuerpos hermosos y miradas masculinas que determinan cómo y hasta cuándo se es una mujer bella. El escenario es Los Ángeles, la ciudad que también enmarca a la protagonista de Revenge (2017), otra película de Fargeat que, como La Sustancia, tiene una estética propia del cine serie B, con exceso de sangre, efectos especiales prácticos y tomas cliché de masculinidades que se regocijan en sí mismas hasta lo ridículo. Adicionalmente, La Sustancia sigue la lógica de una película de acción: una mujer mayor puede bajar ágilmente unas escaleras o arrastrar un cuerpo sin dificultad, mientras que una joven sin entrenamiento golpea con la potencia cinematográfica de John Wick. Así también ocurre con la protagonista de Revenge, una Rambo sin experiencia militar, pero movida por una venganza casi mística contra las masculinidades que la trataron como un simple objeto de decoración y placer.

Es evidente que Fargeat ha reflexionado mucho sobre los roles de género en torno al deseo femenino de belleza y la obsesión masculina por el poder. Vale la pena buscar en Internet Reality+, un corto de 22 minutos en el que Coralie cuenta una versión más amable de La Sustancia. Más allá de corregir estos estereotipos, la película expone cómo la representación mediática de los roles de género opera con ellos y los perpetua. Por ejemplo, una niña ansiosa por disfrutar del show en vivo de Sue (la versión joven de Elizabeth) se viste como ella en el momento cumbre de la estrella televisiva. Las gigantescas vallas publicitarias promocionan su figura, mientras las permanentes referencias y apariciones de Sue en otros programas refuerzan su imagen.

El constante cambio de cuerpos divide la identidad de Elizabeth hasta el punto de generar un rechazo entre ella y Sue. Elizabeth sufre al contemplar la belleza de su otro yo; le avergüenza el cuerpo que una vez fue suyo, y por ello se aísla y se resigna a estar del otro lado de la pantalla. La televisión, que indica que el presente no es el tiempo en que vive, se convierte en el nexo que une dos mundos: el de las jóvenes bellas y el de las mujeres envejecidas. Las primeras protagonizan los programas; las segundas los observan desde el sofá, rodeadas de comida chatarra. Pero no debemos confundirnos, que la perspectiva de la historia sea la de una mujer considerada “caduca” no implica que el mundo de Sue sea ideal. Al igual que Elizabeth, Sue “no es” es solo un proyecto de futuro.

A pesar de su belleza y del rápido reconocimiento que alcanza, la vida de Sue se muestra únicamente como un camino hacia el ser, encarnado en la película por la celebración del año nuevo. Será en ese momento, el 31 de diciembre, cuando Sue finalmente se convierta en la presentadora del programa de fin de año con más de 50 millones de espectadores en todo Estados Unidos. Mientras tanto, Elizabeth, que ya fue, se alimenta rompiendo la dieta necesaria para mantener los estándares de belleza que ahora son exigidos a Sue. Esta última, por su parte, también rompe las reglas del intercambio de cuerpos, acelerando el envejecimiento de Elizabeth.

En pocas palabras, la película nunca nos muestra a alguien que “sea”, nos pone frente a una identidad femenina que solo será o dejará de ser. Pero, ¿un futuro y un pasado de qué? De aquello que Naomi Wolf denomina “el mito de la belleza” en su libro homónimo de 1991.

En pocas palabras, la película nunca nos muestra a alguien que “sea”, nos pone frente a una identidad femenina que solo será o dejará de ser. Pero, ¿un futuro y un pasado de qué? De aquello que Naomi Wolf denomina “el mito de la belleza” en su libro homónimo de 1991. Según Naomi, se trata de “la ideología de la belleza, último baluarte de las viejas ideologías femeninas”, el modo en que se castiga y se contiene a las “feminidades liberadas” del mundo contemporáneo, sea bajo el discurso de la salud, del cuidado corporal, de la “mujer de valor”. En La Sustancia, la belleza no solo mueve a Elizabeth en su intento de recuperar la lozanía de su juventud, sino también grandes flujos de capital que se basan en la fascinación que produce la cara y el cuerpo de Sue. Este mito también afecta a los hombres de su entorno y a aquellas mujeres que, al haber dejado de ser, se resignan al consumo de imágenes televisivas. Imágenes que, según el productor del programa, necesitan mujeres “más jóvenes, más buenas (hot), ya que a los 25 años empieza a disminuir la fertilidad”.

En lugar de preocuparnos por llegar a ser o porque nos alcance la brutal realidad de haber sido, Fargeat utiliza en el cierre referencias cinematográficas (de las cuales está llena la película), para hacernos una propuesta. Como en 2001: Odisea al espacio de Stanley Kubrick se anuncia el comienzo de algo nuevo con el poema sinfónico de Richard Strauss Así habló Zaratustra, eso que comienza es la llegada de un monstruo al set del programa, un nuevo personaje que, finalmente, hará realidad el sueño de Sue de convertirse en una estrella de televisión. Pero la propuesta de Coralie sabe a quienes les habla: el monstruo que busca el amor de sus espectadores fracasa, como fracasaron Quasimodo y Frankenstein en su debido momento, y el show en vivo desemboca en una lluvia de sangre que recuerda la escena final de Carrie (1976), la película de Brian de Palma.

Al final, el carácter mítico de la belleza se pliega sobre sí mismo y explica las constantes imágenes de tres palmeras meciéndose que se repiten a lo largo de la película y que ahora son una añoranza de las estrellas nocturnas que parecen reflejarse sobre el suelo del Paseo de la fama de Hollywood (Hollywood Walk of Fame) con el que termina la película, y con el que, al comienzo de la misma nos relatan el triunfo y declive de Elizabeth Sparkle, dejándonos listas para ver el momento en que su carrera no da más.

No es desorden, es poder popular: El llamado de Petro frente a las élites y sus intentos de golpe

0

Hoy, 11 de octubre de 2024, el presidente ha convocado a concentraciones en plazas de todo el país para demostrar a las élites que sus intentonas golpistas no tendrán éxito, pues el pueblo lo respalda. Inmediatamente, surgieron voces del periodismo corporativo manifestando su hartazgo e, incluso, su asco hacia esta constante convocatoria a las calles y el poder popular, criticando que el presidente, como jefe de Estado, debería comportarse “a la altura de la dignidad” del cargo.

Los titulares repiten incansablemente la supuesta “falta de método” del presidente, aluden a que sus discursos son “aéreos” o insisten en que debería hablar más del Cauca y menos de Palestina. Estos ataques no son sólo contra Petro, sino también contra el proyecto de cambio que lidera. Las mismas voces que critican el poder popular son las que han pasado años quejándose de los mecanismos constitucionales, como las consultas populares y previas, tachándolas de obstáculos para el “desarrollo” y el “crecimiento económico”. Son esas mismas voces que se incomodan ante un Congreso con más mujeres racializadas, jóvenes y líderes de organizaciones campesinas, indígenas y afrodescendientes que resisten y proponen alternativas al proyecto neoliberal de muerte desde cargos de responsabilidad en ministerios y departamento administrativos. 

Son también esas voces quienes defienden la “santidad objetiva” de la junta directiva del Banco de la República y piden constantemente el regreso de la tecnocracia formada en los Andes para servir a los dueños del país. No pueden aceptar que tecnócratas al servicio de la democracia popular, comprometidos con la democracia, lideren el Ministerio de Comercio o el de Minas y Energía que es importante decirlo es un ingeniero de la universidad pública. Les desconcierta que haya tantas mesas de paz abiertas en busca de la paz total, y extrañan la “sobriedad de Santos”, quien tardó ocho años en llegar a un acuerdo con las FARC, dejando conflictos sin resolver, como en los nueve procesos de paz anteriores de los últimos 40 años, que no tocaron las raíces de nuestra guerra. Porque nunca les ha importado silenciar de manera definitiva los fusiles en Colombia.

No entienden la urgencia de reformar la estructura del Estado para que los recursos públicos dejen de beneficiar exclusivamente a los grandes grupos económicos y, en su lugar, se destinen a garantizar los derechos humanos de los ciudadanos humildes. Esta incomprensión surge porque, a diferencia de la mayoría, quienes atacan el proyecto de Petro tienen asegurados esos derechos (o eso les han hecho creer): no conocen el hambre, la falta de acceso a la salud, la incertidumbre sobre si tendrán una pensión o cómo sobrevivirán el próximo semestre con sus trabajos de mierda.

Constantemente se burlan del presidente, lo caricaturizan, y aseguran que sus políticas y objetivos que intenta fijar como jefe del Estado son imposibles, sueños irrealizables para ellos y ellas. Pero esto no es desorden, es diversidad; es el poder popular tomando forma en el Estado. Es un proceso en curso que solo lleva dos años. Lo que perciben como caos es simplemente el miedo de los de arriba ante la fuerza de los de abajo que buscan democratizar la vida en su totalidad. No es desorden; es la tensión entre los tiempos de la acción colectiva y la burocratización institucional, algo que no se resuelve con un CONPES, y eso los desestabiliza. Su miedo se traduce en constantes llamados a la “gobernabilidad,” que en realidad es un llamado a “dejarnos gobernar,” a reducir la democracia a sus propios intereses, poniendo muros frente a las aspiraciones de igualdad, libertad y fraternidad que sustentan la legitimidad de cualquier república moderna.

Por eso, el presidente Petro ha pasado casi un año haciendo un llamado constante a activar el poder constituyente que reside en el pueblo, instándonos a asumir nuestra mayoría de edad y a organizarnos para reclamar nuestro espacio en la toma de decisiones públicas. Reitera que avanzará tanto como el pueblo lo acompañe, y por ello nos corresponde a nosotros hacer nuestra parte.

Es precisamente esta conexión con el poder popular lo que permite a este gobierno afirmar con orgullo que no ha necesitado reprimir con la mutilación de ojos o el asesinato de personas a quienes protestan en su contra para ejercer autoridad. Esa sintonía con la diversidad popular se demostró hace apenas unas semanas, cuando el gobierno, en lugar de ceder a las presiones de los dueños del negocio del transporte, se comunicó directamente con los camioneros de base para construir junto a ellos rutas de resolución de sus necesidades sin permitir que otros usaran sus movilizaciones para desestabilizar.

Es esa sintonía con el pueblo que le permitió a este gobierno por primera vez en 20 años de seguridad democrática demostrar una preocupación real y no hipócrita por la fuerza pública que está compuesta de hijos del pueblo y mejorar sus condiciones materiales desde las raciones de comida hasta las mesadas de los retirados.

A un día de conmemorar el 12 de octubre de 1492, debemos reivindicar la diversidad del pueblo, que ha resistido a las élites, quienes hoy luchan con rabia por aferrarse a un poder que ya no les pertenece. Debemos seguir defendiendo desde nuestras trincheras las victorias alcanzadas y seguir avanzando para mantener el gobierno después de 2026. Es imperativo consolidar un partido democrático y unitario que trascienda los límites del marco liberal que esas élites hipócritas nos quieren imponer y lograr mayorías absolutas en el Congreso, para dejar de depender de aquellos tibios que también nos desprecian.