Cuando ella tenía 16 años conoció a Gerlein. Él tenía 58 años. Él tenía poder, Aida y su familia no. Después de la fuga, abusaron de ella en Valledupar, su objetivo era “callarla”.
Las familias poderosas de la costa le -nos- robaron las elecciones a Gustavo Petro y a Ángela María Robledo.
Aida Merlano señaló que la gente que vota por la izquierda no necesita vender su voto porque tiene convicciones y principios políticos. En su cara fachas.
Ningún medio corporativo le para muchas bolas a las declaraciones de Aida Merlano, parece que no quieren que se sepa mayor cosa de la familia Char, Gerlein, o las razones por las que el presidente Iván Duque subió la recompensa para encontrarla.
La fiscalía es manejada por la familia Char y Germán Vargas Lleras.
Duque sabía que la familia Char compró votos para que ganara la presidencia.
El exgeneral Mario Montoya “habló” ante la JEP. Señaló que los falsos positivos fueron culpa de los soldados ignorantes de estratos 1 y 2, a los que tocaba hasta enseñarles a ir al baño y que él no tiene la culpa de nada. No mencionó nada de la directiva ministerial secreta 029.
Fue denunciado un cura de Kennedy por violar a una niña desde que tenía 10 años, a los 14 años la embarazó. Él asegura que eran novios.
Esmad ataca protesta feminista. La alcaldía desconoció su propio protocolo, enviando al Esmad a una protesta por el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, contra los feminicidios y en rechazo a la violación de un policía a una joven en Bogotá.
Colombia da un pasito hacia el Estado laico. Un policía ganó tutela para que no le obliguen a cantar el himno de la policía en el que se menciona a dios:
Oh, señor de los cielos, divino
Tú inspiraste con fiel voluntad
A tus hijos que honestos fundarán
Dulce fuente de fe y bienestar.
Muy del siglo XIX ¿no?
Luis Ernesto Olave, líder social del Chocó, denunció que en el departamento a diario hay muertos que no están reportados.
Las denuncias de Aída Merlano llevan a pensar qué el gobierno de Iván Duque es ilegitimo y la presidencia debería estar ocupada por Gustavo Petro y Ángela María Robledo.
La líderesa social Francia Márquez-Mina hace un llamado para que salgamos a las calles a solidarizarnos con la situación del país y exigir vivir en paz.
Hago un llamado a todos los colombianos para que en Solidaridad frente a esta situación que está viviendo el Cauca y otras regiones del país, salgamos a las calles a exigir tanto a los actores armados como al Gobierno Nacional de @IvanDuque nos permitan vivir en Paz.
Edison Lexander Lezcano Hurtado, desaparecido hace 18 años, fue encontrado en una fosa común en Dabeiba, una fosa de víctimas de ejecuciones extrajudiciales -mal llamados falsos positivos-, cabe recordar que en ese entonces era presidente Álvaro Uribe Vélez y estaba vigente la Seguridad Democrática.
Las olas del tiempo han apaciguado aparentemente los ánimos sociopolíticos, pero la guerra silenciosa de clases sigue latente. El llamado «paro nacional» del 21-N, desarrollado principalmente en Bogotá, sufrió en diciembre las consecuencias de la «reorganización navideña» del sistema social: ese periodo de consumo, descanso y dispersión que ha funcionado como una pausa de la cotidianeidad de las mayorías para continuar al año siguiente, con nuevos bríos, aceitando las ruedas de la explotación capitalista. Este ritual del sistema social también se repitió en 2018 para el caso del movimiento estudiantil: el 13 de diciembre fue la última marcha del año y el 14 de diciembre el gobierno Duque comunicó a la opinión pública el pacto de los históricos acuerdos. Diciembre, pues, ha generado pausas sistémicas que absorben la potencia política de la multitud.
Tal parece, entonces, que la coyuntura del 21-N ha terminado. Y quizá la cereza del pastel que confirmó su cierre fue el bloqueo de la Calle 30 y el consiguiente tropel del 21 de enero —el «21-E»— ocurrido en la Universidad Nacional, sede Bogotá, cuya escasa fuerza política mostró cómo la coacción determinada según nuestras desiguales posiciones sociales de clase nos había instado, en la práctica y el pensamiento, a continuar con la vida cotidiana: tengo que seguir estudiando, tengo que seguir vendiendo, tengo que seguir trabajando. Ese bloqueo-tropel ganó en espontaneísmo, en permitir la expresión de nuevas fuerzas estudiantiles, pero mostró la ausencia de organización político-militar y de horizonte de sentido político. La arremetida del Esmad, legitimada ahora por el «nuevo protocolo» de Claudia López, fue imbatible.
Aparte del problema interno de la élite sindical y las «élites solapadas» del Comité Nacional del Paro, queda por ver qué tan coyuntural y qué tan orgánico-estructural fue el 21-N. Posiblemente, desde una mirada más amplia de la historia, esta diferencia no resulte tan clara. Un compañero de Ciencia Política aventuró la hipótesis de que lo coyuntural del 21-N residió en sus medios de poder y la efectividad de su propuesta de cambio —ninguna se pudo constituir realmente—, pero no en sus causas, que fueron estructurales. Otros han aducido su falta de identidad interna: faltó asumirnos como movimiento social y comunitario —haciendo eco de la denominación de la Minga de 2008— y no como un «paro nacional». Sin embargo, en términos generales el proceso político no ha terminado y el 21-N sentó un precedente de lucha para el país.
Pero nuestro tema es la violencia antisistémica y quiero compartir en este espacio algunas anotaciones para construir nuevos sentidos sobre ella.
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En el texto Commonwealth Hardt y Negri establecen algunas pautas para el ejercicio de la violencia de la multitud. Su postura sobre los medios revolucionarios es que un proceso político antisistémico siempre será violento, siempre requerirá el uso de la fuerza —se equipara fuerza y violencia—, pero la pregunta, en realidad, es «qué tipo» de violencia ejercerá la multitud y «cómo actúa en dos campos de batalla» distintos: «la lucha contra los poderes dominantes y el hacerse con la multitud» (HyN, 2011, pp. 368-369). En ese sentido, respecto al ejercicio de la violencia las preguntas que hay que hacerse son las siguientes: 1) «¿qué armas y qué estrategias cuentan con mayor probabilidad de ser eficaces?»; y 2) «¿qué armas y qué forma de violencia tienen el efecto más benéfico sobre la multitud misma?» (p. 371). Según los autores, la respuesta a la segunda pregunta siempre deberá prevalecer sobre la primera. Su propuesta táctica, asimismo, descarta el derramamiento de sangre generalizado.
Los problemas del uso de la violencia en el movimiento estudiantil han tendido, de 2010 a 2019, desde mi corta experiencia, a enfocarse en las implicaciones de la violencia para el propio movimiento, lo que ha tenido como consecuencia que la problemática específicamente político-militar haya sido dejada de lado, o mejor, conquistada por la primacía absoluta de la «movilización pacífica». Fue así como algunas multitudes constataron en la coyuntura de la MANE de 2011 que «abrazar policías» era una táctica novedosa y efectiva para «desarmar» simbólicamente al Esmad y mandar el mensaje de que «no somos violentos, nuestras reivindicaciones son legítimas». El punto con este tipo de acciones era desmarcarnos del código vándalo/manifestante-legítimo hegemónico de las comunicaciones políticas del statu quo, pero no cuestionar el sentido mismo de este código. Fue nuestra forma de «hacernos» con la multitud.
Esto era entendible dadas las circunstancias sociopolíticas del país. La estructuración y construcción mediática de la hegemonía uribista filtraba las comunicaciones políticas de las multitudes estudiantiles —y en general, de cualquier movimiento social— cuando iban acompañadas de violencia. Los medios corporativos se enfocaban en el tropel, en el «vándalo», en el daño a «bienes públicos» o «privados», pero no en las motivaciones de las protestas. Y es que el virulento accionar de las guerrillas, altamente deslegitimado, era una circunstancia perfecta para activar un dispositivo que desprestigiaba la protesta social y que era reproducido por las prácticas violentas, aunque éstas a nivel interno tuvieran sus propias dinámicas de legitimación, en permanente tensión.
Aun en octubre de 2018, en el marco de una nueva coyuntura de movilizaciones estudiantiles que terminó en una negociación con el gobierno Duque, y bajo la idea de etapa de «posacuerdo» de La Habana, escribí para la Revista Hekatombe un artículo sobre los efectos disgregadores de la violencia contra la propia multitud. El problema aquí era el esbozado anteriormente: esta violencia reconfiguraba y reproducía la hegemonía, proceso facilitado por los ecos de los cruentas acciones insurreccionales de las guerrillas y la decadencia de su horizonte político por su involucramiento en la economía trasnacional del narcotráfico.
Este fenómeno de deslegitimación interna ya había sido expuesto por Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte al hablar de las hondas marcas sociales, aprovechadas por las «fuerzas del orden», que dejaron las insurrecciones proletarias francesas en 1848. Por esa razón para ese entonces yo veía en la huelga de hambre del profesor Adolfo Atehortúa —que no deja de ser violenta— un mecanismo simbólico con mayor potencialidad política a favor del movimiento.
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Pero en esta coyuntura del 21-N, dentro de mi limitado campo de experiencias, percibí algo diferente respecto al ejercicio de la violencia. Fue en el transcurso de las sucesivas movilizaciones que comprendí la importancia de un grafiti, de un rayón con un mensaje contestatario, de una capucha improvisada, de, como dice Caicedo (2013) en El atravesado, «arrojar la primera piedra». La idea de «abrazar policías» estuvo generalmente deslegitimada. Fue en el transcurso de la lucha social, al lado de mis compañeros y compañeras, que la violencia, habitualmente encasillada en la categoría de vandalismo, comenzó a tomar nuevos significados para mí.
Y estos desplazamientos de sentido no sólo están correlacionados con vivir un «posacuerdo» que, como dice Jairo Estrada (2019), se ha caracterizado por la simulación de la implementación de los Acuerdos ante la imposibilidad del gobierno Duque de acabarlos, sino con un deterioro de hegemonía del uribismo, expresada en los resultados adversos de las últimas elecciones regionales, su alta desfavorabilidad medida en encuestas recientes o la fuerza viva del cacerolazo que comenzó el 21-N, así se haya agotado pronto. Es de destacar, asimismo, que se haya planteado la idea de primera línea como estrategia autodefensiva para permitir el despliegue de las protestas sociopolíticas, y, de modo general, los impactos de la movilización chilena en términos de organización y uso de la violencia, al menos como fueron percibidos dentro del movimiento estudiantil y social colombiano, y a pesar de la abrumadora ventaja militar que favorece al Estado.
Como sujetos politizados en busca de otro mundo posible nos queda la tarea de pensar una y otra vez las formas de la violencia y construir «contrahegemonía». Discutir qué violencias son legitimables y actuar en consecuencia en dos frentes diferentes, aunque imbricados a distintas escalas: la lucha contra los poderes dominantes y nuestro propio hacernos como multitud. Para ello es fundamental el consenso interno sobre los sentidos de la violencia, y no el mero actuar unilateral de las vanguardias de las organizaciones clandestinas. No es sólo hallar qué violencia es aplicable, sino acompañarla con prácticas de sentido que muestren por qué pueden estar legitimadas y cuál es su eficacia, tanto interna como externamente, y sin perjudicar, en la medida de lo posible, a la multitud. Se requiere vencer el cerco mediático, romper con los códigos que seleccionan las «formas correctas» y «civilizadas» de las acciones políticas, construir comunicaciones y medios alternativos y seguir «conquistando» las redes virtuales. Usar nuestro trabajo material o inmaterial al servicio de nuestras causas políticas —con análisis, cuento o poesía— pero fortaleciendo la reflexión y sensibilidad crítica individual y comunitaria, más allá de la propaganda ideológica. Y potenciar entre nosotros mismos nuestra propia fuerza como multitud, sin pretender que en una única coyuntura ya se abrirán las puertas de una revolución definitiva.
De todas formas, el «hacernos con la multitud» tiene sus límites. La exageración de este criterio ha llevado a que personajes sistémicos alternativos como Daniel Samper o Antonio Navarro Wolf hayan rechazado los bloqueos de vías pues estos «perjudican a la ciudadanía». Pero son estos momentos de disrupción de las multitudes marchantes los que muestran la fuerza del movimiento, su capacidad de irrumpir en la vida cotidiana y paralizarla, de incomodar y señalar que algo está ocurriendo. En general, sin más armas que la agrupación masiva de nuestros cuerpos y nuestras mentes, en un contexto de simulación u oposición a que el sistema político colombiano se complejice, marchamos, caminamos la palabra, y arriesgamos nuestras vidas en cada paso a pesar de la asimetría militar de fuerzas. Eso sí, como decía Lenin, si las circunstancias cambian, hay que adaptarnos rápidamente, pues idealmente cada acción «violenta» o «pacífica» de las multitudes debe ir acompañada de un análisis situado de las correlaciones de fuerza a fin de alcanzar efectividad política.
De ahí la importancia de considerar que la disputa por otro mundo posible y la denuncia de las injusticias producidas por éste también es cultural, que hay que librar una guerra de posiciones para legitimar lo que desde la perspectiva de otras multitudes resulta «violento». Hardt y Negri en Commonwealth reivindican conceptos de Gramsci para entender una transición política, en particular el de revolución pasiva y el de guerra de posiciones en tiempos no revolucionarios —en oposición a la guerra de movimientos leninista, armada, insurreccional— en cuanto estrategia prolongada de disputa cultural y política no armada, la cual está conectada con la búsqueda de la revolución activa en tiempos revolucionarios. De ese modo, revolución pasiva y activa, institución e insurrección —dentro de los términos de Hardt y Negri, que rechazan, repetimos, un derramamiento generalizado de sangre— han de ser objetivos que se persigan simultáneamente.
Esto implica, por ejemplo, pasar de un «Abajo Duque HP» a un «Abajo Duque», pero también abajo «el sistema mundial capitalista», «la globalización neoliberal» o «el capitalismo dependiente colombiano», junto con las distintas matrices de opresión de clase, raza y género. Conectar lo coyuntural con lo orgánico. Y ser estratégicos en la localización de estos nuevos mensajes.
Respecto al comentado tropel del 21 de enero de 2020 ocurrido en la Universidad Nacional, sede Bogotá, quienes tiraron piedras a la «fuerza/violencia estatal disponible» tuvieron la oportunidad de expresarse políticamente ante los medios, pues ese tropel había recibido una cobertura mediática importante. Había alta expectativa social debido a que se vería la aplicación de los protocolos de la nueva alcaldesa de Bogotá, los cuales constituyen una muestra de complejización y adaptación sistémica interna institucional del sistema político para reducir el «entorno caótico» de la protesta social violenta. Sin embargo, hubo silencio y se perdió la posibilidad de expresar nuestras causas. El silencio no nos conviene. Tenemos que gritar no, decir basta, exclamar que rechazamos este orden de cosas, y ello requiere de formación política. Pero una violencia aislada de los medios que construyen y mantienen hegemonía no habla por sí misma. Es muda y adversa.
Reflexionar y «elevar la conciencia» sobre la idea de violencia estructural y dominación para la construcción de nuevos sentidos comunes en Colombia podría ayudarnos a gritar no más fuertemente. Pues «di piedra y me contestaron con metralla» (Caicedo, 2013). Pero incluso sin la aplicación directa de la coerción militar, la violencia sistémica es latente. Étienne Balibar (2015), verbigracia, habla de una extrema violencia estructural de la fase global del actual capitalismo: la amenaza del fin de la especie por la crisis ecológica. Estos conceptos podrían dar más insumos para caracterizar que el sistema político colombiano es el campo de cristalización y condensación siempre parcial de un choque permanente de fuerzas y de relaciones desiguales de poder, se alimenta de injusticias sociales, permite el ejercicio continuo de la violencia militar, paramilitar o «común» para conservarse intacto —como en el caso de los asesinatos selectivos a líderes o lideresas sociales—, y, por ello mismo, puede y debe cambiar.
Algunas fuentes
Balibar, E. (2015). «Violencia, política y civilidad». Ciencia Política, 10(19), 45-67.
Caicedo. A. (2013). «El atravesado». En Cuentos completos. Alfaguara.
Hardt, M., y Negri, A. (2011). «Intersecciones insurreccionales», «Gobernar la revolución» y «De singularite 2: Instituir la felicidad» (pp. 347-383). Commonwealth. El Proyecto de una revolución del común. Madrid: Akal.
Marx, K. (2003). El 18 brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels: Madrid.
El ahogo que sentimos las y los ciudadanos ante la creciente inseguridad en el país nos ha llevado a revivir viejos demonios. A todos en algún momento se nos ha pasado por la mente la idea de la violencia como único recurso para la solución de problemas, que, si lo pensamos con cabeza fría, los problemas son estructurales.
No, no podemos volver a revivir un debate que la historia se encargó de deslegitimar. Desde el siglo pasado se conformaron en Colombia estructuras/grupos para solucionar disputas de forma violenta, alternas al Estado, bajo la bandera de la legitima defensa, el anticomunismo y la defensa de la propiedad privada, este fenómeno muto a estructuras de poder regionales y nacionales conocidas como autodefensas o paramilitares.
Fue tan poderoso este discurso de salvadores-victimas, que lograron un pacto no solo con elites regionales sino también con las élites nacionales, la famosa ´parapolítica´, que llevó al país a uno de los periodos más violentos en su historia.
La Seguridad Democrática se convirtió en el canal discursivo y político para la expansión y consolidación del paramilitarismo, así como las configuraciones de poder en cada uno de los lugares en donde hacia presencia. Quien tiene las armas es quien tiene el poder y ese poder es legítimo porque se es víctima de un enemigo ¿Cuál? Cualquiera que vaya en contra del Statu Quo o la seguridad que el Estado no da y por tanto otro actor debe entrar a garantizar.
Fue tal el impacto de este llamado a la ´legítima defensa´ que ya no se trató de un derecho sino de un lujo, porque cualquiera no podía ejercerlo o pedirlo, solo los grandes terratenientes, gobernantes y políticos tuvieron acceso a lo que ellos se encargaron de justificar por las malas como algo bueno o como la única solución para la ola de violencia que ellos mismos crearon.
Ahora volvemos a esa misma posición, tenemos como enemiga a la inseguridad y nos venden de nuevo como un viejo salvador a ´la legitima defensa’, nos desvían la mirada hacia quienes son producto del problema y no a quienes, y que está lo está causando, además nos dicen, soluciónenlo como puedan.
No exijan mayor inversión social, trabajo, oportunidades y políticas de reinserción social. ¡NO! por el contrario si se matan entre ustedes, así sea por simple sospecha, para ellos es más fácil volver a posicionar ese discurso de la necesidad de un actor violento que sea Estado donde el Estado hace años que no está.
Por esto hoy necesitamos defender el debido proceso, buscar una reestructuración del sistema penal hacia la reinserción social efectiva, la inversión en educación, trabajo y oportunidades. Cuestionar quienes son los que piden a gritos el retorno del estatuto de autodefensa de los ochentas y a qué se refieren cuando dicen que este permitirá ‘equilibrio social, orden y seguridad’ ¿Para quiénes? ¿A costa de qué? ¿Quiénes son los jueces? ¿Quiénes son los buenos muertos y los malos? ¿Quiénes portaran las armas? Y ¿Quiénes recibirán las balas?
La producción indiscriminada de basura y el cambio climático y sus efectos nocivos son el síntoma de una enfermedad estructural que se llama: capitalismo salvaje. Con la implementación de la corriente política y económica neoliberal hoy se mercantiliza en este sistema, como lucha individual a las acciones contra el cambio climático, mientras, en cada esquina sin control alguno, nos venden basura con agua azucarada para hacernos (In) felices.
Nos venden soluciones paliativas a un problema conjunto y debemos comprarlas en el mercado a un alto precio al mejor postor corporativo. Pero, de lo que debemos hablar al interior de nuestras sociedades es del anticapitalismo como política para la vida y la posibilidad de su preservación en el planeta a futuro: desde ahora.
Parece que las grandes corporaciones tienen libertad para contaminar mientras se nos manipula de manera grotesca, planteándonos que la mejor manera de paliar esta situación del cambio climático es la de no reproducirnos más como especie. Sin embargo, las grandes corporaciones siguen contaminando con toda libertad y vendiendo en anuncios televisivos y de redes sociales, elementos reutilizables solo en nombre que, la gente consume en masa acríticamente.
El reto es hacer que nuestras vidas sean sustentables en colectivo, ya que de poco sirven las exhortaciones a las acciones individuales, mientras las grandes corporaciones, en especial las de combustibles fósiles que son responsables de la mayoría de las emisiones de carbono en el planeta y, las embotelladoras de bebidas azucaras que tienen lleno el mar y los océanos de envases de plástico y, nuestro cuerpos enfermos de diabetes y cáncer, se llenan los bolsillos reproduciendo la muerte a diestra y siniestra.
El cambio climático exige una respuesta pública y colectiva en la agenda de los países y sus Estados, el individualismo y el consumismo neoliberal, nos culpa de la crisis y, nos plantea el ser autosuficientes comprando en sus hipermercados, pero el meollo de la transformación, debe estar situada en que debemos ser más interdependientes como especie humana, en la búsqueda de soluciones y concesos a un problema planetario que pone en riesgo la supervivencia de la vida en general.
Debemos consumir menos e innovar más en la construcción de alternativas de bajo consumo de carbono y plástico y toda forma de basura, pero ante todo el sistema debe ofrecer opciones eco-ambiéntales viables y sustentables para todos: desde todos, ya que somos parte del planeta y, el planeta hace parte de los mundos que podemos construir y deconstruir en nuestros cerebros.
Que no se nos siga reproduciendo el eufemismo de las mentes vacías, del llamado: “Desarrollo Sostenible” en la televisión y la radio, como la panacea y meta de la historia de los bolsillos de la des-humanidad de unos cuantos bribones(as), sino que a través del diseño, construcción y ejecución conjunta de la política pública de lugar-relacional, desde la creatividad en los espacios y territorios en los que habita nuestra pluridiversidad, cultural, ecología y social; se nos tenga en cuenta como seres sentipensantes: en la trasformación de un futuro desierto; en un espacio y lugar relacional para la vida y para vivir sabroso.
En este escenario de los mundos posibles que somos, los partidos políticos deben estar dispuestos a desafiar al dogma del neoliberalismo, y la izquierda eurocéntrica en particular al imperialismo global, las ínfulas de burgueses hollywoodenses, para poder articularse con las luchas de los movimientos sociales y las nuevas configuraciones de ciudadanías emergentes. Para, así buscar: la trasformación de la estructura capitalista y, dar un fin real a la política en el mundo, un fin que debe ser la supremacía de la vida ante la codicia. De lo contrario seguiremos rumbo a la autodestrucción de nosotros y nosotras mismas.
Suele pasar que, desde tendencias ideológicas opuestas, a veces nos refiramos a propuestas con las que no estamos de acuerdo como ‘no–propuestas’, es decir, como cosas sin sentido que parecen romper con un plan más amplio y coherente. Esto puede pasar porque no las vemos relacionadas y muy coherentes con nuestros planes, o bien porque les otorgamos a las personas y clases que las representan cierto beneficio de la duda, pues queremos creer que lo que deriva de esas propuestas –o las propuestas mismas– no es suficiente para no estar de acuerdo en otros asuntos.
En mi opinión, ambas interpretaciones son algo indulgentes, la primera porque podemos minimizar el riesgo real que encarnan aquellos sujetos o sectores que creemos “no tienen una agenda política definida” –el llamado centro político, por ejemplo–; la segunda, porque al describir ciertas acciones solamente como desaciertos, “descaches” o como cosas que contrarían pero no alteran en su conjunto un plan con el que quisiéramos estar de acuerdo, podemos perder de vista que esas cosas que queremos explicar y exculpar son, sin más, parte de apuestas políticas e ideológicas con las que, en definitiva, no coincidimos –y, probablemente, no coincidiremos.
Esto lo creo en general y recientemente lo he pensado con y por la nueva alcaldía de Bogotá, a propósito de cuál es la propuesta de ciudad que se impulsó con el eslogan “El cambio es imparable”. Una interpretación que ha parecido darse a algunas de las acciones de la nueva administración es que son desafortunadas o descachadas, pero que eso no implica que se tenga una propuesta de ciudad con la que no coincidimos sectores “alternativos” y de izquierdas. De otros lados, se ha dicho que lo hecho hasta ahora es más bien una muestra de que no hay una propuesta de ciudad sino un modelo de “ciudad a pedacitos”, lo que llamo una no–propuesta de ciudad.
Siguiendo con la idea de que esas interpretaciones pueden ser indulgentes, vale la pena enunciar algunas de las propuestas y acciones de Claudia López y su equipo de trabajo, varias de las cuales se ha dicho son “descaches” o decisiones desafortunadas; y no solamente desde la posesión sino desde las campañas electorales de 2018 y 2019, esto porque pasado apenas un mes de la entrada en funciones es poco lo hecho y mucho lo criticado, sin embargo, como dicen las mamás “desde el desayuno se sabe cómo va a ser el almuerzo”: Se podría decir que la campaña fue como el algo que se toma antes de desayunar, la posesión y los nombramientos del gabinete han sido los ingredientes del desayuno, por lo que debe examinar su calidad; el primer mes apenas es la preparación y la servida en la mesa… Luego de ello hay que pensar en cómo será el menú del almuerzo, y así.
Lo primero que hay que recordar es que antes de pensar programáticamente en Bogotá, Claudia López fue formula vicepresidencial en una coalición que hizo un plan de gobierno para el país, esto es, un proyecto de sociedad con todas sus letras. A pesar de tener puntos en común en algunos temas, la cercanía del programa de la llamada “Coalición Colombia” con gremios empresariales, así como la falta de contundencia en asuntos sociales relevantes como educación y salud, ni la propuesta ni el candidato que encabezó esa alianza propiciaron un acuerdo que uniera a distintas fuerzas alternativas y de izquierdas para alcanzar la presidencia. El desafortunado final de la historia lo estamos viviendo ahora muy a pesar de que Claudia López apoyara a Gustavo Petro en segunda vuelta, no sin antes hacerle suscribir públicamente una serie de “mandamientos” tallados en piedra que iban desde lo más genérico, como el cumplimiento de los resultados de la consulta anticorrupción, hasta afirmaciones tan específicas como “el impulso a la iniciativa privada, el emprendimiento y la formalización”.
Pasadas las elecciones presidenciales, la apuesta de Claudia López por la alcaldía de Bogotá continuó su rumbo entre las mismas líneas: anticorrupción y emprendimiento privado. Esto aterrizado al contexto bogotano significó la ratificación de un discurso institucionalizado sobre otro eslogan, el de “construir sobre lo construido” que, en la práctica, implica continuar lo que la administración de Peñalosa dejaría “amarrado” –algo similar a lo escrito en pierda–, y esto tiene doliente específico, a saber, el metro elevado, pues es innegable que el inamovible de la pasada alcaldía es el proyecto de movilidad de Peñalosa basado en buses de TransMilenio y que ese metro no es más que un proyecto de alimentador.
En efecto, durante la campaña por la alcaldía de Bogotá el tema de movilidad acaparó gran parte de la agenda programática y, sobre éste, Claudia López no puso en cuestión el proyecto Metro Elevado dejado por Peñalosa a pesar de las irregularidades denunciadas públicamente. Su propuesta de movilidad consistía básicamente en hablar de un sistema integrado y multimodal de transporte distrital y regional, que incluye la segunda línea de Metro hasta Suba y Engativá, el Regiotram y la no construcción de la Troncal de TransMilenio de la Avenida 68.
Y ya vemos que ha venido pasando en este tema: el desayuno ha sido la ratificación del gerente del Metro, tan cuestionado por la forma en la que se cerró la licitación del proyecto con apenas un oferente y a menos de una semana de terminar el periodo de ese gobierno; otro ingrediente ha sido la adjudicación de la troncal de TransMilenio por la Avenida 68, contradiciendo abiertamente lo afirmado en campaña, comprometiendo los recursos para una eventual segunda línea de metro y, con ello, manteniendo la apuesta peñalosista de un sistema de transporte anticuado y muy lejos de ser la solución a los problemas de movilidad de Bogotá.
En otros asuntos, difíciles de rastrear y muy por detrás de las discusiones sobre el Metro, llamaron la atención –y no por buenas– propuestas recicladas sobre convivencia, como la reedición de la cultura ciudadana mockusiana enfocada en “el cumplimiento de las normas de convivencia y en la regulación cultural (…), y en darle mayor legitimidad a las instituciones de seguridad” –entiéndase el Esmad. Al respecto, cabe recordar que el hoy secretario de gobierno, al referirse a modificaciones en los protocolos del Escuadrón Antidisturbios, planteó que, si fueran vestidos de blanco, eso influiría positivamente, como si el tratamiento de guerra de la protesta social fuera una cuestión de estilo y color.
Ya en funciones, durante la primera jornada de movilización nacional, Claudia López nos puso a hablar de protocolos y fue vehemente al decir que el Esmad sería el último recurso, pero por lo que vimos en Bogotá, especialmente en zonas como Suba y Kennedy, los pasos previos del protocolo fueron tramitados en tiempo exprés y la represión a la protesta social no se hizo esperar. Al finalizar el día, las palabras de la alcaldesa alcanzaron para agradecer la valentía de la Fuerza Pública y alimentar el mito de “los vándalos” que tan bien ha funcionado para generar pánico y estigmatizar a quienes nos movilizamos masivamente… – con esto el desayuno gusta cada vez menos.
Otro de los temas de discusión durante la campaña tuvo que ver con la defensa de los derechos de las mujeres y la equidad de género, tanto que, en la recta final, grupos feministas y distintos sectores de mujeres de la ciudad convergieron alrededor de la candidatura de Claudia López porque consideraron que era la más indicada para impulsar la agenda de las mujeres en Bogotá. No obstante, una vez comenzaron a conocerse las personas que encabezarían las secretarías, hubo un descontento generalizado por la designación en la Secretaría de la Mujer. Sin desconocer las calidades académicas y profesionales de la nueva secretaria, lo cierto es que los sectores de mujeres que apoyaron a Claudia esperaban que esta entidad quedara en manos de una persona con experiencia activa en temas de género y, sobre todo, que fuera cercana a las disputas que las mujeres se han dado en la ciudad.
A propósito, merece una pequeña mención la forma en la que se presentaron por redes sociales a las personas que encabezarán las distintas secretarías de Bogotá: Los fotogramas que evocan lugares no muy bogotanos, acompañados de frases como “La nueva secretaria es mamá de…”, y exaltan títulos universitarios de élite nacional o extranjera, dejan un mensaje claro, tan claro como la piel de la mayoría de las personas nombradas, y muy asociado al mérito tecnocrático y academicista que parecería ponerse por encima de experiencias de vida hechas en las calles y con la gente.
Y no se puede olvidar un hecho pintoresco sucedido en campaña, cuando Claudia López en declaraciones públicas sobre sus propuestas de educación habló de la pertinencia de unas carreras universitarias sobre otras, con un enfoque neoliberal y de mercado. A pesar de que la hoy alcaldesa negó lo dicho, borró de sus redes sociales los mensajes que hacían referencia al tema y se excusó diciendo que habían sido publicados sin consultarle, la noticia fue verificada y contrastada con el programa de gobierno en el que se afirma expresamente que al menos 20.000 cupos gratuitos en educación superior irían para “programas técnicos, tecnológicos y profesionales pertinentes para aprovechar las oportunidades de innovación y empleo de Bogotá y la región. Oportunidades que han identificado los empresarios, la academia, la Cámara de Comercio, Probogotá, Connect, y el Consejo Regional de Competitividad”.
Muy acorde con ese enfoque, la estrategia que ha manejado desde la primera semana de “tablero en mano” para explicar las decisiones que se han tomado, más que todo aquellas que contradicen de cabo a rabo lo dicho en campaña, parece invocar la imagen de la maestra como una autoridad incuestionable que se ampara en criterios académicos (técnicos y jurídicos) y exige a sus estudiantes (la ciudadanía) que tomen el dictado y entiendan por qué no se puede hacer otra cosa. La lección parece ser “no podemos cambiar ni hacer nada porque esto (Metro elevado) o aquello (Troncal Transmilenio Avenida 68) ya está licitado o estudiado, y así no resuelva lo que debería resolver (problemas de movilidad), nosotras (la ciudad, la gente) debemos ver que es así, que es cierto y que no puede ser de otra forma”. Es como si la nueva cultura ciudadana debiera ser una sometida al papel, al contrato y no a exigir garantías de derechos, de bienestar y dignidad.
En fin, podríamos seguir enumerando otras salidas en falso de Claudia López, sin embargo, los puntos acá enunciados de manera superficial, podrían dar cuenta de que las decisiones de Claudia López, desde las designaciones en secretarías y direcciones hasta las ratificaciones de lo dejado por Peñalosa y su trato a la protesta social, están lejos de distanciarse de esa propuesta de ciudad. Decir lo contrario, creo, pasa por ambivalencias basadas en la necesidad de creer que necesitamos rodear esta nueva administración porque nada puede ser peor que Peñalosa y, en últimas, porque muchos sectores alternativos apoyaron la candidatura de Claudia en 2018. Justamente pasa por ser indulgentes para preservar ciertas esperanzas.
En otras palabras, a las interpretaciones indulgentes de la nueva administración, esas que afirman que hay una propuesta de ciudad con algunos desbarajustes, o que no hay una propuesta de ciudad sino partes y discursos desarticulados, podría contraponer la idea de que no solamente sí hay una propuesta de ciudad integral, sino que dicha propuesta responde de manera eficiente a construir sobre lo dejado por Peñalosa y culminarlo. Ante este panorama, la opción de una política trasformadora será hacer oposición activa y beligerante que incluya programa y propuesta de ciudad para las próximas elecciones.
Apéndice. Cuando de propuestas de ciudad hablamos, recuerdo la semana en la que destituyeron a Gustavo Petro de la alcaldía de Bogotá. Además de la necesidad de saber en tiempo real quien era la alcaldesa o alcalde encargado, una transmisión de noticias de medio día me hizo pensar en cuán distinta es, justamente, la propuesta de la Bogotá Humana: Rafael Pardo, designado como alcalde encargado, iba en un helicóptero recorriendo la ciudad y más o menos la respuesta que daba al reportero era “estamos retomando el control de Bogotá” … No sé muy bien qué esperaba ver desde la altura –quizás las movilizaciones en favor de Petro–, lo cierto es que esa imagen fue suficiente para creer que el establecimiento quería neutralizar y revertir lo que había avanzado hasta ese momento la Bogotá Humana, esa propuesta de ciudad que veían tan distinta a la que están acostumbradas las clases dominantes de este país.
El 15 de enero de 1988, con tan solo 34 años de edad, cinco sicarios, entre los que se encontraba un miembro de la Armada Nacional, cegaron la vida del poeta popular y líder sindical Manuel Gustavo Chacón, recordado en la Unión Sindical Obrera en Barrancabermeja y en el Magdalena Medio como un líder comunitario alegre y conversador, presto a interpretar su flauta y a declamar sus poemas en los eventos sindicales y sociales.
Más de 30 años después de su asesinato, su memoria pervive desde la fuerza de la vitalidad y del compromiso con las causas sociales, como una figura paradigmática de la resistencia a la máquina elitista de muerte e injusticia, que al día de hoy sigue cobrando la vida de cientos de líderes y lideresas sociales, y cuyo recuerdo, pese a las adversidades, continúa alimentando la esperanza por la construcción de un país democrocrático, en paz y con justicia social.
En Revista Hekatombe lo evocamos con uno de sus poemas más conocidos y tristemente vigentes: Quiero situarme, escrito en 1987, un año antes de su partida.
Cabe resaltar, con Gabriel Celaya, que “No es una poesía / gota a gota pensada /no es un bello producto / no es un fruto perfecto/ es lo más necesario/ lo que no tiene nombre; / son gritos en el cielo/ y en la tierra son actos. // Porque vivimos a golpes / porque apenas sí nos dejan / decir que somos quien somos. / Nuestros cantares no pueden ser /sin pecado un adorno; /estamos tocando el fondo, /estamos tocando el fondo”.
Quiero situarme
Quiero situarme.
Quiero situarme en los umbrales de la muerte
para saber qué siente un mártir
cuando en la congoja de su vida luchadora
penetran en su cuerpo las mordaces y
asesinas balas del silencio
Que con la sangre a torrentes,
quieren llevarse a los luchadores
de mi querido y sufrido pueblo.
Quieren con este deplorable hecho
Amordazar las conciencias de mi ninfida pureza,
Que busca la igualdad de nuestra tierra
en la extensión inmensa
de acabar con la miseria.
Y son los gestores
de este sanguinario acto,
los uniformes que defienden mi bandera,
y en sus guardias guarnecen
y protegen a los sicarios
con su sombra traicionare,
y los dejen caminar por nuestras sendas,
como perros rabiosos
con licencia para llenar de sangre de inocentes criaturas
esta tierra de mi Colombia bella.
Y son esos mismo uniformes,
llenos con la carne envejecida
de mayores sin conciencia,
que lograron su altura con medallas
corroídas a peso de represión
con violencia, torturando y masacrando a nuestros hijos,
En julio de 2008 Aaron Hillel Swartz publicó el manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto, en el que se aparta de la idea neoliberal del conocimiento como privilegio y en cambio, allanó el camino para hablar del acceso al conocimiento como derecho.
Se dedicó al hacktivismo y como resultado de ello, ahora tenemos Open Libraryuna base de datos de libros colaborativa y de acceso público, que actualmente posee 14 millones de libros disponibles. Tor2Web, una red que permite la navegación anónima en internet. Y DeadDrop para el envío de documentos anónimos sin que sean expuestos, actualmente conocido como SecureDrop, usado por medios de comunicación para proteger a sus fuentes.
En 2011 Aaron fue acusado por descargar 4,8 millones documentos académicos, reseñas y artículos protegidos con derechos de autor del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT por las iniciales de su nombre en inglés). El 6 de enero fue detenido cerca de Harvard por la policía del MIT y un agente del Servicio Secreto de Estados Unidos. Los cargos fueron por fraude electrónico, informático, entrada imprudente a un ordenador protegido y daños, hurto mayor y acceso no autorizado a una red. El 12 de septiembre de 2012 la fiscalía federal registró nueve delitos más, lo que significaba una pena de más de 50 años de prisión y una multa de cuatro millones de dólares.
El 11 de enero de 2013, Aaron se suicidó con 26 años de edad.
Aaron fue perseguido y acusado por usar su talento no para enriquecerse sino para democratizar el conocimiento. A continuación, les compartimos el manifiesto para que lo lean, reflexionen sobre él y lo compartan.
Manifiesto por la Guerrilla del Acceso Abierto
La información es poder. Pero como con todo poder, hay quienes lo quieren mantener para sí mismos. La herencia científica y cultural del mundo completa, publicada durante siglos en libros y journals, está siendo digitalizada y apresada en forma creciente por un manojo de corporaciones privadas. ¿Querés leer los papers que presentan los más famosos resultados de las ciencias? Vas a tener que mandarle un montón de plata a editoriales como Reed Elsevier.
Están aquellos que luchan por cambiar esto. El Movimiento por el Acceso Abierto ha luchado valientemente para asegurarse que los científicos no cedan su derecho de copia, sino que se aseguren que su trabajo sea publicado en Internet, bajo términos que permitan el acceso a cualquiera. Pero incluso en los mejores escenarios, su trabajo sólo será aplicado a las cosas que se publiquen en el futuro. Todo lo que existe hasta este momento se ha perdido.
Ese es un precio muy alto por el que pagar. ¿Forzar a los académicos a pagar dinero para poder leer el trabajo de sus colegas? ¿Escanear bibliotecas enteras para sólo permitir leerlas a la gente de Google? ¿Proveer artículos científicos a aquellos en las universidades de élite del Primer Mundo, pero no a los niños del Sur Global? Es indignante e inaceptable.
“Estoy de acuerdo,” dicen muchos, “¿pero qué podemos hacer? Las compañías detentan los derechos de copia, hacen enormes cantidades de dinero cobrando por el acceso y es perfectamente legal –no hay nada que podamos hacer para detenerlos.” Pero sí hay algo que podemos hacer, algo que ya está siendo hecho: podemos contraatacar.
A ustedes, con acceso a estos recursos –estudiantes, bibliotecarios, científicos– se les ha otorgado un privilegio. Ustedes pueden alimentarse en este banquete del conocimiento mientras el resto del mundo queda fuera. Pero no es necesario –de hecho, moralmente, no es posible– que se queden este privilegio para ustedes. Tienen el deber de compartirlo con el mundo. Y lo han hecho: intercambiando contraseñas con colegas, haciendo solicitudes de descarga para amigos.
Mientras tanto, aquellos de ustedes que se han quedado fuera no están cruzados de brazos. Han estado atravesando agujeros sigilosamente y trepando vallas, liberando la información encerrada por las editoriales y compartiéndola con sus amigos.
Pero todas estas acciones suceden en la oscuridad, escondidas en la clandestinidad. Se les llama robo o piratería, como si compartir la riqueza del conocimiento fuera el equivalente moral de saquear un barco y asesinar a su tripulación. Pero compartir no es inmoral –es un imperativo moral. Sólo aquellos que están cegados por la codicia se negarían a hacerle una copia a un amigo.
Las grandes corporaciones, por supuesto, están cegadas por la codicia. Las leyes bajo las que operan lo requieren –sus accionistas se sublevarían por mucho menos. Y los políticos que se han comprado los apoyan, aprobando leyes que les dan el poder exclusivo de decidir quién puede hacer copias.
No hay justicia alguna en obedecer leyes injustas. Es tiempo de salir a la luz y en la gran tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública.
Necesitamos tomar la información, donde sea que esté guardada, hacer nuestras copias y compartirlas con el mundo. Necesitamos tomar las cosas que están libres del derecho de copia y agregarlas a este archivo. Necesitamos comprar bases de datos secretas y ponerlas en la Web. Necesitamos descargar journals científicos y subirlos a redes de compartición de archivos. Necesitamos pelear una Guerrilla por el Acceso Abierto.
Si somos los suficientes, alrededor del mundo, no sólo enviaremos un fuerte mensaje en oposición a la privatización del conocimiento –la haremos una cosa del pasado. ¿Vas a unírtenos?
Sin embargo, este articulo no busca ahondar en las consecuencias de los incendios forestales que desde septiembre atacan con mayor intensidad, sino que, busca dar un paso atrás y enfocarse en uno de los agravantes, que si bien algunos lo toman como un fantasma que recorre el mundo, es tan real como el modelo extractivista a nivel global.
Tomado de https://www.eltiempo.com/vida/medio-ambiente/huelga-mundial-por-el-cambio-climatico-en-colombia-y-el-mundo-414520
Los incendios forestales en Australia no son un evento aislado, por el contrario, son resultado de un fenómeno mundial que afecta de manera importante el sur global y Colombia no está exenta. Desde hace días se han presentado incendios en diferentes departamentos del país, siendo los más afectados Cundinamarca, Córdoba, Santander y Antioquia. Sin embargo, este flagelo no es nuevo, en agosto del 2019 la amazonia ardió como nunca, dejando como consecuencia 2.5 millones de hectáreas de selva completamente arrasadas.
La cuestión aquí es preguntarse ¿Por qué sucede esto? Para no ir tan atrás y hablar de los cambios sucedidos tras el pedido de industrialización y la consolidación de un modelo de producción capitalista, que trajo consigo afectaciones sociales y especialmente ambientales, un modelo que impuso un mundo en llamas.
Tras la renuncia de los países latinoamericanos al modelo de industrialización por sustitución de importaciones y su posterior apertura al modelo neoliberal y al mercado global, se generó un cambio en la división internacional del trabajo, de las formas y los productos propicios para el comercio exterior. Los países con menor nivel tecnológico en la industria y con dificultades financieras se vieron condenados a ser la despensa de materias primas de aquellos países que dominaron el comercio y la producción, que aún mantienen sus imperios.
Esta transformación en la producción a nivel global, derivó en la falsa idea (que aun hoy es vigente en la gran mayoría de gobiernos de Latinoamérica) de que son necesarias políticas enfocadas en el extractivismo como la única o más confiable forma para lograr el desarrollo económico en la región.
Aquí es importante hacer un paréntesis que puede incomodar, quizá, a ciertas personas que lean este artículo. Ningún gobierno en América Latina ya sea desde el ala neoliberal o desde el ala progresista a tomado una real determinación por alejarse de este sistema como forma de conseguir el desarrollo económico, sino que han enfocado sus diferencias en la forma en la que son distribuidas a nivel social las rentas producidas por el comercio de commodities, mas no han sido tajantes en el abandono y el impulso de este modelo, y menos aún, se han arriesgado a la experimentación de nuevas formas de producción. Justo en este punto es donde se hace visible la base de la catástrofe. No muchos de ellos le hacen frente al modelo, no muchos de ellos se preocupan por el ambiente y no muchos de ellos quieren cambiarlo y con ellos me refiero a la elite política y económica a nivel global.
En este sentido, podríamos decir que en gran medida las consecuencias de estas acciones que sobrecargan el planeta y aportan cada día más al cambio climático, son derivadas de acciones y de voluntades políticas que no asumen que gracias a ellos este planeta va en vía a la destrucción. Por el contrario, se ha puesto en la escena publica un discurso que ubica las individualidades como las causantes del calentamiento global, no obstante, esto es una vista reducida y liberal de la responsabilidad.
¡Pero esperen! esto no quiere decir que cada uno y cada una de nosotras no podamos aportar desde la individualidad para la reducción de la huella de carbono, por el contrario, es una invitación a sumar esfuerzos para presionar a quienes se han hecho los de los oídos sordos para que asuman su gran responsabilidad. Desde hace unos años esta demanda está cobrando fuerza a nivel global, además ha aumentado el número de manifestaciones en contra de ellos, esos que tratan el cambio climático como un fantasma buscando esquivar de cualquier forma la critica al sistema. En este panorama es donde debemos aumentar los esfuerzos y exigir desde lo local hasta lo global que ¡el planeta se respete carajo!
Tanto para aquellas personas que tienen un interés genuino por acercarse al espíritu democratizante y emancipador del feminismo, como para aquellas que repiten de forma mal intencionada que “el feminismo es igual al machismo” y solicitan reiteradamente que se les explique qué es el feminismo solo para sabotear y no para informarse, compartimos a continuación un fragmento del libro Feminismo para principiantes, de la profesora y escritora española Nuria Varela. Un fragmento que es útil para tener unas coordenadas (muy) generales del feminismo, que no es más que una invitación en la profundización de esta importante postura ética, política y filosófica.
¿Qué es el feminismo?
Por: Nuria Varela
Me declaro en contra de todo poder cimentado en prejuicios, aunque sean antiguos.
Mary Wollstonecraft
El feminismo es un impertinente —como llama la Real Academia Española a todo aquello que molesta de palabra o de obra—. Es muy fácil hacer la prueba. Basta con mencionarlo. Se dice feminismo y cual palabra mágica, inmediatamente, nuestros interlocutores tuercen el gesto, muestran desagrado, se ponen a la defensiva o, directamente, comienza la refriega.
¿Por qué? Porque el feminismo cuestiona el orden establecido. Y el orden establecido está muy bien establecido para quienes lo establecieron, es decir, para quienes se benefician de él
las que defendieron que esos derechos incluían a todos los seres humanos —también a las humanas—, terminaron en la guillotina mientras que ellos siguieron pensando que el nuevo orden establecido significaba que las libertades y los derechos sólo correspondían a los varones.
El feminismo fue muy impertinente cuando nació. Corría el siglo XVIII y los revolucionarios e ilustrados franceses —también las francesas—, comenzaban a defender las ideas de «igualdad, libertad y fraternidad». Por primera vez en la historia, se cuestionaban políticamente los privilegios de cuna y aparecía el principio de igualdad. Sin embargo, ellas, las que defendieron que esos derechos incluían a todos los seres humanos —también a las humanas—, terminaron en la guillotina mientras que ellos siguieron pensando que el nuevo orden establecido significaba que las libertades y los derechos sólo correspondían a los varones. Todas las libertades y todos los derechos (políticos, sociales, económicos…). Así, aunque existen precedentes feministas antes del siglo XVIII, podemos establecer que, como dice Amelia Valcárcel, «el feminismo es un hijo no querido de la Ilustración». Es en ese momento cuando se comienzan a hacer las preguntas impertinentes: ¿Por qué están excluidas las mujeres? ¿Por qué los derechos sólo corresponden a la mitad del mundo, a los varones? ¿Dónde está el origen de esta discriminación? ¿Qué podemos hacer para combatirla? Preguntas que no hemos dejado de hacer.
¿Por qué están excluidas las mujeres? ¿Por qué los derechos sólo corresponden a la mitad del mundo, a los varones? ¿Dónde está el origen de esta discriminación? ¿Qué podemos hacer para combatirla? Preguntas que no hemos dejado de hacer.
El feminismo es un discurso político que se basa en la justicia. El feminismo es una teoría y práctica política articulada por mujeres que tras analizar la realidad en la que viven toman conciencia de las discriminaciones que sufren por la única razón de ser mujeres y deciden organizarse para acabar con ellas, para cambiar la sociedad. Partiendo de esa realidad, el feminismo se articula como filosofía política y, al mismo tiempo, como movimiento social. Con tres siglos de historia a sus espaldas, ha habido épocas en las que ha sido más teoría política y otras, como el sufragismo, donde el énfasis estuvo puesto en el movimiento social.
El feminismo es una teoría y práctica política articulada por mujeres que tras analizar la realidad en la que viven toman conciencia de las discriminaciones que sufren por la única razón de ser mujeres y deciden organizarse para acabar con ellas, para cambiar la sociedad.
Pero además de impertinente, o precisamente por serlo, el feminismo es un desconocido. «Del feminismo siempre se dice que es recién nacido y que ya está muerto», dice Amelia Valcárcel. Ambas cuestiones son falsas. El trabajo feminista de los últimos años ha proporcionado material suficiente como para rastrear la historia escondida y silenciada y recuperar los textos y las aportaciones del feminismo durante todo este tiempo. Ha sido tan beligerante el ocultamiento del trabajo feminista a lo largo de la historia que sabemos que este libro, con el paso del tiempo, se quedará viejo no sólo por las nuevas aportaciones, cambios, éxitos sociales o nuevas corrientes que irán apareciendo, sino porque el trabajo de recuperación de nuestra historia añadirá a la genealogía del feminismo nombres, acciones y textos desconocidos hasta ahora.
A estas alturas de la historia lo que parece incorrecto es hablar de feminismo y no de feminismos, en plural, haciendo así hincapié en las diferentes corrientes que surgen en todo el mundo.
Sobre la segunda afirmación, que «ya está muerto», mucho nos tememos que corresponde más a un deseo de quienes lo dicen que a una realidad. Todo lo contrario. A estas alturas de la historia lo que parece incorrecto es hablar de feminismo y no de feminismos, en plural, haciendo así hincapié en las diferentes corrientes que surgen en todo el mundo. De hecho, podemos hablar de sufragismo y feminismo de la igualdad o de la diferencia, pero también de ecofeminismo, feminismo institucional, ciberfeminismo…, y podríamos detenernos tanto en el feminismo latinoamericano como en el africano, en el asiático o en el afroamericano. Como se cantaba en las revoluciones centroamericanas del siglo XX: «Porque esto ya comenzó y nadie lo va a parar.» Y es que uno de los perfiles que diferencian al feminismo de otras corrientes de pensamiento político es que está constituido por el hacer y pensar de millones de mujeres que se agrupan o van por libre y están diseminadas por todo el mundo. El feminismo es un movimiento no dirigido y escasamente, por no decir nada, jerarquizado.
Además de ser una teoría política y una práctica social, el feminismo es mucho más. El discurso, la reflexión y la práctica feminista conllevan también una ética y una forma de estar en el mundo. La toma de conciencia feminista cambia, inevitablemente, la vida de cada una de las mujeres que se acercan a él. Como dice Viviana Erazo:
«Para millones de mujeres [el feminismo] ha sido una conmoción intransferible desde la propia biografía y circunstancias, y para la humanidad, la más grande contribución colectiva de las mujeres. Removió conciencias, replanteó individualidades y revolucionó, sobre todo en ellas, una manera de estar en el mundo».
La base sobre la que se ha construido toda la doctrina feminista en sus diferentes modalidades es precisamente la de establecer que las mujeres son actoras de su propia vida
Ángeles Mastretta explica esta aventura personal con trasfondo poético en su libro El cielo de los leones:
«Las puertas que bajan del cielo se abren sólo por dentro. Para cruzarlas, es necesario haber ido antes al otro lado con la imaginación y los deseos. [...] Una buena dosis de la esencia de este valor imprescindible tiene que ver, aunque no lo sepa o no quiera aceptarlo un grupo grande de mujeres, con las teorías y la práctica de una corriente del pensamiento y de la acción política que se llama feminismo. Saber estar a solas con la parte de nosotros que nos conoce voces que nunca imaginamos, sueños que nunca aceptamos, paz que nunca llega, es un privilegio de la estirpe de los milagros. Yo creo que ese privilegio, a mí y a otras mujeres, nos los dio el feminismo que corría por el aire en los primeros años setenta. Al igual que nos dio la posibilidad y las fuerzas para saber estar con otros sin perder la índole de nuestras convicciones. Entonces, como ahora, yo quería ir al paraíso del amor y sus desfalcos, pero también quería volver de ahí dueña de mí, de mis pies y mis brazos, mi desafuero y mi cabeza. Y pocos de esos deseos hubieran sido posibles sin la voz, terca y generosa, del feminismo. No sólo de su existencia, sino de su complicidad y de su apoyo».
Y es que uno de los perfiles que diferencian al feminismo de otras corrientes de pensamiento político es que está constituido por el hacer y pensar de millones de mujeres que se agrupan o van por libre y están diseminadas por todo el mundo.
La disputa sobre el feminismo comienza con su propia definición. Por un lado, como dice Victoria Sau: «Atareadas en hacer feminismo, las mujeres feministas no se han preocupado demasiado en definirlo.» Y por otro lado, sabido es que quien tiene el poder es quien da nombre a las cosas. Por ello, el feminismo desde sus orígenes ha ido acuñando nuevos términos que histórica y sistemáticamente han sido rechazados por la «autoridad», por el «poder», en este caso, por la Real Academia Española (RAE), cuya «autoridad» hace décadas que está cuestionada por el feminismo. Así, dice el Diccionario de la RAE ¡en su vigésima segunda edición del año 2001!: «Feminismo: doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres».
Tres siglos y los académicos aún no se han enterado de que exactamente eso es lo que no es el feminismo. La base sobre la que se ha construido toda la doctrina feminista en sus diferentes modalidades es precisamente la de establecer que las mujeres son actoras de su propia vida y el hombre ni es el modelo al que equipararse ni es el neutro por el que se puede utilizar sin rubor varón como sinónimo de persona. ¿Pensará la Academia que las mujeres no tenemos derecho al aborto, por ejemplo, puesto que los hombres no pueden abortar? Siguiendo a Victoria Sau,
«el feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII y que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquélla requiera».
En la definición se hace hincapié en el primer paso para entrar en el feminismo:«la toma de conciencia»Imposible solucionar un problema si antes éste no se reconoce. De hecho, para Ana de Miguel,
«como ponen de relieve las recientes historias de las mujeres, éstas han tenido casi siempre un importante protagonismo en las revueltas y movimientos sociales. Sin embargo, si la participación de las mujeres no es consciente de la discriminación sexual, no puede considerarse feminista».
la idea es comparar el feminismo con unas gafas violetas porque tomar conciencia de la discriminación de las mujeres supone una manera distinta de ver el mundo
Por eso nos gusta utilizar la metáfora de las gafas violetas que ya dejó por escrito Gemma Lienas en su libro El diario violeta de Carlota, un estupendo manual para jóvenes. El violeta es el color del feminismo. Nadie sabe muy bien por qué. La leyenda cuenta que se adoptó en honor a las 129 mujeres que murieron en una fábrica textil de Estados Unidos en 1908 cuando el empresario, ante la huelga de las trabajadoras, prendió fuego a la empresa con todas las mujeres dentro. Ésta es la versión más aceptada sobre los orígenes de la celebración del 8 de marzo como Día Internacional de las Mujeres. En esa misma leyenda se relata que las telas sobre las que estaban trabajando las obreras eran de color violeta. Las más poéticas aseguran que era el humo que salía de la fábrica, y se podía ver a kilómetros de distancia, el que tenía ese color. El incendio de la fábrica textil Cotton de Nueva York y el color de las telas forman parte de la mitología del feminismo más que de su historia, pero tanto el color como la fecha son compartidos por las feministas de todo el mundo.
Es tener conciencia de género, eso que a veces parece una condena porque te obliga a estar en una batalla continua pero consigue que entiendas por qué ocurren las cosas y te da fuerza para vivir cada día.
Dice la Real Academia en su tercera acepción de impertinente: «Anteojos con manija, usados por las señoras.» Así que, trayéndonos los impertinentes a la moda del siglo XXI, la idea es comparar el feminismo con unas gafas violetas porque tomar conciencia de la discriminación de las mujeres supone una manera distinta de ver el mundo. Supone darse cuenta de las mentiras, grandes y pequeñas, en las que está cimentada nuestra historia, nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestra economía, los grandes proyectos y los detalles cotidianos. Supone ver los micromachismos —como llama el psicoterapeuta Luis Bonino a las pequeñas maniobras que realizan los varones cotidianamente para mantener su poder sobre las mujeres—, y la estafa que supone cobrar menos que los hombres. Ser consciente de que estamos infrarrepresentadas en la política, que no tenemos poder real, y ver cómo la mujer es cosificada día a día en la publicidad. Supone conocer que la medicina —tanto la investigación como el desarrollo de la industria farmacéutica—, es una disciplina hecha a la medida de los varones y que las mujeres seguimos pariendo acostadas en los hospitales para comodidad de los ginecólogos, una profesión en España copada por varones.
Supone, en definitiva, ser conscientes de que nos han robado nuestros derechos y debemos afanarnos en recuperarlos si queremos vivir con dignidad y libertad al tiempo que construimos una sociedad justa y realmente democrática.
Supone saber que, según Naciones Unidas, una de cada tres mujeres en el mundo ha padecido malos tratos o abusos y que en España son más de un centenar las mujeres asesinadas cada año por sus compañeros, maridos, novios o amantes. Supone, en definitiva, ser conscientes de que nos han robado nuestros derechos y debemos afanarnos en recuperarlos si queremos vivir con dignidad y libertad al tiempo que construimos una sociedad justa y realmente democrática. Es tener conciencia de género, eso que a veces parece una condena porque te obliga a estar en una batalla continua pero consigue que entiendas por qué ocurren las cosas y te da fuerza para vivir cada día.
Porque el feminismo hace sentir el aliento de nuestras abuelas, que son todas las mujeres que desde el origen de la historia han pensado, dicho y escrito libremente, en contra del poder establecido y a costa, muchas veces, de jugarse la vida y, casi siempre, de perder la «reputación». De todas las mujeres que con su hacer han abierto los caminos por los que hoy transitamos y a las que estamos profundamente agradecidas.
El feminismo es como un motor que va transformando las relaciones entre los hombres y las mujeres y su impacto se deja sentir en todas las áreas del conocimiento.
En eso consiste la capacidad emancipadora del feminismo. El feminismo es como un motor que va transformando las relaciones entre los hombres y las mujeres y su impacto se deja sentir en todas las áreas del conocimiento. El feminismo es capaz de percibir las «trampas» de los discursos que adrede confunden lo masculino con lo universal, como explica Mary Nash. Ésa es la revolución feminista. No es una teoría más. El feminismo es una conciencia crítica que resalta las tensiones y contradicciones que encierran esos discursos.
Asegura Amelia Valcárcel que el feminismo:
«compromete demasiadas expectativas y demasiadas voluntades operantes. Incide en todas las instancias y temas relevantes, desde los procesos productivos a los retos medioambientales. Es una transvaloración de tal calibre que no podemos conocer todas sus consecuencias, cada uno de sus efectos puntuales, ya sea la baja tasa de natalidad, la despenalización social de la homofilia, la transformación industrial, la organización del trabajo...».
Y añade:
«Nada nos han regalado y nada les debemos. [...] Ya que hemos llegado a divisar primero, y a pisar después, la piel de la libertad, no nos vamos.»
La llevamos con orgullo porque su luz nos da la libertad y la dignidad que hace ya demasiado tiempo nos robaron en detrimento de un mundo que sin nosotras no puede considerarse humano.
Ése es el espíritu del feminismo: una teoría de la justicia que ha ido cambiando el mundo y trabaja día a día para conseguir que los seres humanos sean lo que quieran ser y vivan como quieran vivir, sin un destino marcado por el sexo con el que hayan nacido.
«Educar seres humanos valientes, dueños de su destino, tendría que ser la búsqueda y el propósito primero de nuestra sociedad. Pero no siempre lo es. Empeñarse en la formación de mujeres cuyo privilegio, al parejo del de los hombres, sea no temerle a la vida y por lo mismo, estar siempre dispuestas a comprenderla y aceptarla con entereza es un anhelo esencial. Creo que este anhelo estuvo y sigue estando en el corazón del feminismo. No sólo como una teoría que busca mujeres audaces, sino como una práctica que pretende de los hombres el fundamental acto de valor que hay en aceptar a las mujeres como seres humanos libres, dueñas de su destino, aptas para ganarse la vida y para gozarla sin que su condición sexual se lo impida».
El feminismo es la linterna que muestra las sombras de todas las grandes ideas gestadas y desarrolladas sin las mujeres y en ocasiones a costa de ellas: democracia, desarrollo económico, bienestar, justicia, familia, religión…
Las feministas empuñamos esa linterna con orgullo por ser la herencia de millones de mujeres que partiendo de la sumisión forzada y mientras eran atacadas, ridiculizadas y vilipendiadas, supieron construir una cultura, una ética y una ideología nuevas y revolucionarias para enriquecer y democratizar el mundo.
La llevamos con orgullo porque su luz es la justicia que ilumina las habitaciones oscurecidas por la intolerancia, los prejuicios y los abusos. La llevamos con orgullo porque su luz nos da la libertad y la dignidad que hace ya demasiado tiempo nos robaron en detrimento de un mundo que sin nosotras no puede considerarse humano.
En el presente artículo quisiera reivindicar sucintamente el uso de la categoría «imperialismo» como una forma adecuada de entender los conflictos que han emergido en «Oriente Medio» desde el siglo XX, particularmente en Irán, los cuales tienen como bases históricas la conquista, colonización y expansión del sistema mundial capitalista mediante la creación, por Inglaterra y Francia primero y por Estados Unidos después, de un espacio de reparto e intervención político-militar ejercido sobre territorios árabes y persas para el control de la producción de petróleo, dentro del cual la creación del Estado de Israel ha sido clave. Debido a la extensión del texto, se puede optar por leer directamente las secciones 2 pero especialmente la 3.
Hablar de imperialismo no es de «mamertos»: el imperialismo europeo
Tras la hegemonía subordinada y dependiente del uribismo se consolidó en la cultura política colombiana la idea de que hablar de imperialismo era de «mamertos», «chavistas» o «marxistas guerrilleros»; «imperialismo» significaba exagerar peyorativamente la realidad histórica y vociferar un desmesurado sentimiento antiestadounidense como excusa para tapar nuestras propias incapacidades económicas, políticas y sociales. Era rechazar la «democracia», las instituciones liberales, el «progreso», el «desarrollo». No hay, desde ese relato, ningún «imperialismo»: Estados Unidos es un aliado de Colombia y sus intervenciones en el mundo están encaminadas a defender «Occidente» y la democracia contra el crimen trasnacional del «narcotráfico» y la amenaza global del «terrorismo». Las guerrillas, quienes usaban la categoría de «imperialismo estadounidense» para denunciar las intervenciones del Coloso del Norte contra Colombia y la región latinoamericana, habían perdido la batalla político-ideológica por la «conquista» del sentido común.
¿Pero qué se quiere decir cuando se habla de imperialismo? Hablamos, en principio, de una práctica —ataques imperialistas, intervenciones imperialistas— pero especialmente de un tipo de orden político-económico mundial. Es célebre la concepción de Lenin del imperialismo como «última fase del capitalismo» —aunque según Eric Hobsbawm, Lenin quería decir que era «la más reciente»—, pero también la réplica de Arendt, reivindicada por David Harvey, de que no es la última sino la primera: «El argumento de Arendt [reside] en que el imperialismo centrado en Europa durante el periodo 1884-1945 constituyó el primer intento de dominio político global por parte de la burguesía».
En la obra de Eric Hobsbawm La era del Imperio, 1875-1914, este periodo de tiempo designa un hecho histórico inédito en su época caracterizado por la expansión de un orden mundial en el que «países “avanzados”[dominan] a los “atrasados”»; en suma, los centros capitalistas más desarrollados subordinan y absorben político-económicamente a las «atrasadas» periferias colonizadas. Entre 1875 y 1914 había emergido «un nuevo tipo de imperio: el imperio colonial»: un puñado de Estados capitalistas europeos —especialmente Inglaterra, Francia, Países Bajos, Alemania, Bélgica y Portugal— se habían repartido África y el Pacífico por administración colonial directa o indirecta. Entre 1884 y 1885 se institucionalizó el reparto de África entre las potencias europeas con la Conferencia de Berlín; en 1887 Francia se anexó los hoy territorios de Vietnam y de Camboya y consolidó la «Indochina francesa» bajo la figura administrativa del «protectorado».De acuerdo con Hobsbawm, durante la era del imperialismo europeo:
«No quedó ningún estado independiente en el Pacífico, totalmente dividido entre británicos, franceses, alemanes, neerlandeses, norteamericanos y —todavía en una escala modesta— japoneses. En 1914, África pertenecía en su totalidad a los imperios británico, francés, alemán, belga, portugués y, de forma más marginal, español, con la excepción de Etiopía, de la insignificante república de Liberia en el África occidental y de una parte de Marruecos, que todavía resistía la conquista total».
Como se ve, el imperialismo para Hobsbawm, y así se concibe hoy, tiene una dimensión económica según la estructura sistémica centro-periferia —aunque no se reduce a la parte económica, que es condición necesaria pero no suficiente—.
En consonancia con la perspectiva neomarxista de análisis de sistemas mundiales, el capitalismo tiene crisis cíclicas de sobreproducción. David Harvey las llama de sobreacumulación. En estas grandes crisis emergen excedentes de producción y fuerza de trabajo incapaces de articularse a la economía para obtener rentabilidad. Están representadas por las ondas o ciclos de Kondratiev, los cuales ilustran, desde su comienzo histórico en 1776-1778, las dos principales fases del ciclo económico capitalista: (A) de crecimiento, de la mano de avances tecnológicos y técnicos controlados por monopolios u oligopolios, y (B) de estancamiento o reestructuración. La transición de la fase (A) a la (B) se da por una crisis de sobreacumulación. Según este esquema, desde la primera Revolución Industrial fechada entre 1780 y 1790 ha habido en total cuatro ciclos de Kondratiev.
La forma de solucionar tales crisis, de acuerdo con Harvey, tiene tres derroteros: inversiones a largo plazo y extensión del gasto social —ajuste temporal—, búsqueda de nuevos mercados y «nuevas capacidades productivas» y de recursos —ajuste espacial—, o una mezcla de ambas. La necesidad sistémica de resolver los problemas de tasa de ganancia, y el hecho de que las burguesías de los países europeos no optaran por el ajuste temporal —es decir, por inversiones sociales en sus propios países—, explicarían que la crisis se resolviera mediante un ajuste espacial liderado por el imperialismo inglés y francés del siglo XIX y que tendría como consecuencia la colonización y el reparto de África y el Pacífico. Es decir, la «búsqueda de nuevos mercados y nuevas capacidades y de recursos» que demandaba el ajuste espacial para resolver la crisis capitalista llevó a la explotación —esclava— de mano de obra africana y asiática y a la «modernización» de sus economías para la obtención de las materias primas necesarias para los procesos centrales de producción y la creación de mercados para comprar manufacturas europeas; esto es, en último término, la periferialización, la inserción dirigida y desigual de territorios colonizados y explotados al sistema-mundo moderno.
Así pues, el imperialismo decimonónico, sostiene Harvey, es uno de los hechos históricos que ha podido gestionar una crisis cíclica estructural. En ese sentido, el imperialismo es un modo de ajuste espacial: creó mediante la administración colonial de territorios anexados por potencias centrales una nueva espacialidad capitalista para abrir nuevos mercados y obtener mano de obra y materias primas a bajo costo según las necesidades de su desarrollo productivo. De ahí que el control del petróleo en cuanto combustible de la economía mundial sea tan clave.
El imperialismo europeo en Oriente Medio
Uno de los problemas del imperialismo en cuanto hecho o era histórica que entra en decadencia aproximadamente en 1914 —con el inicio de la Primera Guerra Mundial— o que culmina con las independencias asiáticas y africanas es que puede dejar sin suelo la comprensión de fenómenos como la intervención de Inglaterra y Francia en «Oriente Medio», el imperialismo estadounidense o más recientemente los imperialismos ruso y chino. Pero fue justo algunos años antes de la Primera Guerra Mundial que, en consonancia con los desarrollos de una economía-mundo en expansión y el ascenso del antisemitismo europeo a finales del siglo XIX, se empezó a consolidar «Oriente Medio» como espacio de intervención colonial-imperialista.
Durante la Primera Guerra, dos años antes de la Declaración Balfour —que mostraba el apoyo del gobierno inglés a la creación de un Estado judío en territorio árabe—, Gran Bretaña había negociado con los árabes liderados por Husayn ibn Ali debilitar el Imperio otomano a cambio de la independencia de los pueblos árabes. Sin embargo, tales acuerdos resultaron ser un engaño pues, a la par, Gran Bretaña había acordado con los franceses el reparto y control de territorios con población árabe ocupados por los otomanos. Esta última negociación franco-británica se dio a través del acuerdo secreto de Sykes-Picot de 1916, el cual trazó las fronteras artificiales coloniales de Irak y Siria y la continuación del imperialismo europeo iniciado «oficialmente» en la Conferencia de Berlín.
Fuente: Wikipedia.
Con la Declaración Balfour los árabes vieron frustrados nuevamente sus intentos de independencia, pues Gran Bretaña había utilizado la influencia de sectores del pueblo judío en Estados Unidos para que este país lo apoyara en la Gran Guerra. Después del término de la Primera Guerra Mundial y el consiguiente fin del gobierno del Imperio otomano en Medio Oriente, con aprobación de la Sociedad de Naciones, Gran Bretaña creó el Mandato Británico de Palestina en 1920 y fomentó la migración judía a esos territorios. También ocupó Irak y Jordania.
El Imperio persa —hoy Irán—, por su parte, vivía el influjo constante del Imperio británico y de Rusia, cuyas aspiraciones coloniales habían sido provisionalmente zanjadas por el acuerdo anglo-ruso de 1907. La consolidación de la influencia británica limitó en la práctica el poder político soberano de Persia, de gran mayoría poblacional islámica chiíe, aun cuando mantuvo un gobierno propio monárquico-constitucional desde 1906 hasta la Revolución islámica de 1979 que depuso al sha. Para Hobsbawm, «el hecho de que ninguna otra potencia imperialista pudiera desafiar al Reino Unido y Rusia salvaguardó posiblemente la existencia de Persia como estado». Pero esa «independencia» nominal no implicó que el Imperio británico a través de empresas no pudiera ejercer control político sobre los recursos petroleros de Persia.
Después de que en 1908 «la concesión de William Knox D’Arcy» descubriera petróleo en la ciudad de Masjed Soleiman, bajo el clima favorable del acuerdo anglo-ruso, el británico D’Arcy fundó en 1909 la Anglo-Persian Oil Company. Según el investigador Pedro Costa Morata:
«Desde ese momento, el gobierno británico se mantuvo como protector de la compañía y de sus actividades, llegando a enviar, desde la India [una de sus grandes colonias], un destacamento de soldados para velar por la seguridad de los empleados y la integridad de las instalaciones».
En 1925, con la dinastía Quayar en decadencia, ascendió Reza Khan al ejercicio del poder central. Comienza la dinastía Pahlavi. Pero esta dinastía no pudo mejorar sustancialmente los términos de la jugosa concesión otorgada a D’Arcy. Se trataba de un asunto de poder, en el que la correlación de fuerzas favorecía la obtención de altas remuneraciones de la Anglo-Persian en detrimento de las que pudo haber recibido el Estado persa bajo otra negociación. Para 1933 Persia sólo llegó a avanzar en la obtención de un 20% de ganancias, con un 80% restante para la empresa británica. Con la Segunda Guerra Mundial, y luego de la alianza provisional del sha de la época con el régimen nazi, Persia fue ocupada por rusos y británicos. El descontento general seguía creciendo.
El imperialismo estadounidense en Persia —Irán—
En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, y reprimida por los británicos la Gran Revuelta Árabe iniciada en 1936 —que mostró las debilidades políticas del Mandato Británico—, se vivió un desplazamiento en la correlación geopolíticas de fuerzas y el sionismo pasó su alianza central de Gran Bretaña a EE. UU, en consonancia con el ascenso de este último país como primera potencia mundial. En ese contexto se dio la Declaración de Baltimore por la Organización Sionista Americana, que habló de la creación en Palestina de un Estado judío y del fin del Mandato Británico sobre Palestina. Este cambio dentro de los centros del sistema-mundo y el desplazamiento del sionismo dentro de él llevó a que la profesionalización y modernización del ejército israelí —sobre la base de Hagana— se diera con el apoyo de Estados Unidos gracias a las negociaciones del líder sionista David Ben-Gurión, futuro primer primer ministro israelí.
El fin del Mandato Británico se dio el 14 de mayo de 1948 y Ben-Gurion declaró con apoyo de la ONU la creación del Estado de Israel en Tel Aviv. Al día siguiente comenzó la descoordinada reacción militar de los países árabes recientemente constituidos y, posteriormente, el surgimiento de la Guerra árabe-israelí de 1948.
El sionismo se benefició de sus alianzas con los centros imperialistas del sistema mundial, en una primera fase con los británicos para aprovechar el cambio capitalista en la estructura de propiedad de la tierra y la modernización del aparato productivo agrícola ejercidas en contra de la población árabe —cada vez con menos tierras—, y en una segunda con los estadounidenses para la modernización de sus fuerzas militares, algo vital para la consolidación de Israel como Estado tapón de los conflictos en Oriente Medio causados por la injerencia imperialista sobre el petróleo.
Por otro lado, luego de ser elegido democráticamente, el primer ministro nacionalista Mussadiq, contra la oposición del sha, y apoyado por movimientos sociales, algunos de carácter insurreccional, concretó en 1951 la nacionalización del petróleo en Irán, que estaba en manos de la Anglo-Iranian Oil Company —antes Anglo-Persian Oil Company—, reacia a ceder en sus amplias prerrogativas concesionarias. Pero Mussadiq tuvo que enfrentar el bloqueo económico del Imperio británico, el cual impidió que pudiera exportar petróleo a la economía mundial, y sus esfuerzos por romper el cerco comercial, aun pidiendo ayuda estadounidense —que no sería dada—, fueron mermados.
La intervención de la CIA y de servicios secretos británicos expulsó a Mussadiq del poder en 1953 y favoreció la represión del movimiento popular que lo apoyaba en favor del general Zahedi, respaldado por el sha Mohammad Reza Pahlevi. Posteriormente, el gobierno reestablecido del sha, alineado con Estados Unidos, tuvo que pagar una millonaria indemnización a la Anglo-Iranian y se creó la National Iran Oil Company que «”venderá” a un consorcio internacional la mayor parte del crudo». En este consorcio cartelizado de empresas petroleras la Anglo-Iranian —British Petroleum— controlaba el 40% del crudo, mientras que la Shell, con un 40% de participación británica, controlaba el 14%. Las petroleras estadounidenses por fin pudieron entrar por el petróleo iraní, y la Standard Oil of New Yersey —futura Esso—, Texaco, Mobil, Gulf Oil, la Standard Oil of California —futura Chevron— y el Grupo Iricon controlaban el otro 40%. Una última compañía francesa controlaba el 6% de crudo restante.
Fuente: El petróleo, tragedia y muerte de la monarquía iraní de Pedro Costa Morata.
El reinado político del cartel de las «siete hermanas» comenzaba a establecerse, al menos hasta que la OPEP, fundada en 1960 en Bagdad como reacción a la dominación extranjera sobre un recurso estratégico, pudiera ejercer un contrapeso efectivo luego del ascenso en Libia de Gadafi en 1969. El imperialismo británico también había recibido un duro golpe en Oriente Medio después del ascenso de Nasser en Egipto y la nacionalización del Canal de Suez en 1956. Pero más importante para Irán, una revolución islámica fundamentalistaantiestadounidense liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini terminó en 1979 con la dinastía Pahlevi y la autoritaria monarquía títere de Mohammad Reza.
Con la Revolución de 1979 las relaciones entre Estados Unidos y el nuevo Estado de Irán cambiarán radicalmente, con un antagonismo que pervive hasta la fecha, detonado en el presente por el asesinato ordenado por Trump del alto mando militar Qasem Soleimani, segundo hombre más poderoso de Irán detrás del ayatola Ali Jamenei. La Revolución islámica acabó con el anterior consorcio internacional petrolero en el que «los beneficios se repartían, en teoría, a partes iguales», e Irán obtuvo«la total soberanía de sus recursos petroleros». Pero esto no ha implicado que Irán no haya hecho negocios petroleros con empresas europeas.
El medio británico BBC News Mundoretrata momentos claves de esta tensa relación. Aparte del golpe autoritario contra Mussadiq orquestada y ejecutada por Estados Unidos e Inglaterra y la Revolución de 1979, cabe destacar los siguientes hechos:
La toma de la embajada de Estados Unidos entre 1979 y 1981 por parte de un grupo de estudiantes iraníes y el secuestro de ciudadanos estadounidenses, la cual fue posteriormente avalada por la naciente república islámica de Irán. Washington, dice BBC, «rompió relaciones diplomáticas […], congeladas desde entonces».
La invasión de Irak a Irán desata una cruenta guerra entre estos dos Estados de 1980 a 1988. Estados Unidos apoyó al régimen iraquí de Saddam Hussein, el mismo que usó armas químicas contra la población iraní y que después invadiría y desmantelaría en 2003 bajo la falsa acusación de tener armas de destrucción masiva.
La fundación en 1982 de la organización político-militar de Hezbolá en Líbano con apoyo de Irán. Su ideología es antiestadounidense y antiisraelita.
En las postrimerías de la guerra entre Irak e Irán, un buque de guerra de EE. UU. mata en 1988 a 290 personas luego de derribar un avión de la empresa Iran Air. Nunca hubo una disculpa oficial estadounidense por este crimen.
En 2002 George Bush hijo declara a Irán como integrante del «eje del mal», junto a Corea del Norte e Irak, debido a su programa nuclear —Estados Unidos se arroga el derecho de decidir quién puede poseer este tipo de armamento y quién no—. Fruto de ello, «la comunidad internacional aplicó fuertes sanciones a las exportaciones del petróleo iraní y su economía entró en crisis».
Reflexiones finales sobre el imperialismo estadounidense
La privilegiada posición de Estados Unidos en el sistema mundial capitalista pero, al tiempo, su declive hegemónico como primera potencia ha tenido como consecuencias:
1) una reconfiguración del imperialismo estadounidense respecto al europeo tras la concreción de los procesos de descolonización en Asia y África. El imperialismo europeo implicaba la existencia efectiva de colonias, pero en este «nuevo imperialismo» —siguiendo a Harvey— las políticas de Estados «independientes» pueden ser presionadas mediante el endeudamiento y el diseño de políticas para el «desarrollo» y el pago de la deuda —papel del Banco Mundial y el FMI—, la acumulación por desposesión de excedentes de deuda o sanciones económicas con graves repercusiones para el país, afectado en términos de inserción en la economía-mundo. El complejo industrial-militar y financiero estadounidense siempre estará como una «jerarquía en la sombra» que actuará como respaldo último a estas medidas cuando la función de hegemonía haya decaído. Según la investigadora Ana Esther Ceceña, este deterioro hegemónico ha llevado a EE. UU. a militarizar todavía más sus relaciones internacionales como forma de resolver sus crisis. Esto lo afirmó en una publicación de 2003 y es una tendencia que parece confirmarse en el actual conflicto con Irán y el asesinato de Soleimani.
2) un reposicionamiento más conservador y proteccionista para enfrentar la pérdida de hegemonía global y los perjuicios de la globalización en territorio propio —Trump—, dada la incapacidad de Estados Unidos de seguir dirigiendo el «imperialismo colectivo» —con Rusia o China, o incluso de sus aliados europeos—; lo que ha llevado, por ejemplo, a emprender guerras comerciales con China como reacción a la reducción de la brecha tecnológica y la pérdida de mercados y tasas de ganancia;
3) finalmente, la desestabilización producida por la llegada de Israel a Oriente Medio,sostiene Ana Esther Ceceña, está dirigida a no permitir que se constituya un bloque de poder árabe o árabe-persa que perjudique sus intereses geopolíticos en la región respecto al control del petróleo. Le basta con garantizar equilibrios geopolíticos parciales que aseguren ese suministro en un clima de conflicto, para lo cual Israel es clave. Está por verse, en este sentido, qué tan erróneo fue el asesinato de Soleimani
Adenda: la subordinación estratégica colombiana frente a Estados Unidos
El Estado colombiano ha adoptado desde hace más de un siglo una política exterior frente a Estados Unidos de, en palabras de Renán Vega, «subordinación estratégica». De acuerdo con el ideólogo uribista Alfredo Rangel, citadas por el propio Vega, «la forma más eficiente de garantizar nuestra soberanía nacional es mantenernos como fuerte aliado bajo la sombrilla protectora de los Estados Unidos».
Estados Unidos, pues, se consolidó primero como potencia regional en el sistema-mundo. Su influencia sobre Panamá, Nicaragua —favoreciendo militarmente a las dictaduras de la Familia Somoza— o Colombia fueron eslabones al servicio de ese fin. El desarrollo particular de las dos Guerras Mundiales —pese a la Gran Depresión de 1929— que puso fin a los imperios coloniales europeos, llevaría a que Estados Unidos ejerciera la hegemonía mundial, desplazando parcialmente a los antiguos centros imperialistas: Inglaterra y Francia, y a ocupar, como ya se vio, una injerencia cada vez mayor en la política de Oriente Medio. Lo que se ha podido apreciar hoy por hoy ha sido, por contraste, distintas demostraciones de fuerza frente al deterioro de su hegemonía en un sistema-mundo, más multipolar, sí, pero gobernado por hegemones igualmente capitalistas —aunque tengan rostro chino o ruso—, y en desaceleración económica.