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Espíritu navideño en Bojayá

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Para muchos colombianos la llegada del año nuevo significa un utópico fortín de nuevos objetivos e ilusiones pasadas por la ambigüedad de la embriaguez o la ingenua esencia navideña de pensar que el calendario define qué somos o qué vamos a hacer. Sin embargo, esta nociva visión de la vida que construimos como país, ha desdeñado la realidad propia de este cagadero.

Diciembre en algunas zonas del país fue un mes pasado por fiesta con el sabroso ritmo latino que obliga a romper las caderas, al son de melodías alegres; pero en otras regiones, en tan sólo este mes, fueron asesinados 25 líderes sociales y defensores de derechos humanos. Quienes defienden el territorio y la dignidad de los pueblos, hoy bailan al son de la metralla que inhóspita, no se detiene aún si los citadinos forzamos la ocasión para jugar a la eterna parranda.

Una de las noticias más leídas y releídas del mes fue la chiflada que se ganó el Gran Combo de Puerto Rico en la feria de Cali, pero, si miramos con detenimiento, la pequeña tragedia que significó exigir airadamente que subieran a Jessi Uribe, no es más que una paradójica escena carnavalesca que pone en evidencia cómo la voluntad del pueblo iracundo puede subir a cualquier Uribe, duélale a quién le duela.

Por otro lado, en una marginada región de nuestra simpática nación, la comunidad de Pogue, en Bojayá, denuncia estar siendo confinada por paramilitares integrantes de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia. Esta comunidad afro del Chocó conoce la violencia de primera mano: en 2002 fue campo de batalla en un enfrentamiento entre el bloque 58 de las extintas FARC y el bloque Élmer Cardenas de las AUC.

Igual que hoy, la disputa por el control de ese territorio del occidente del país trasciende la cada vez menos evidente, disputa político-ideológica y se convierte sobre todo en la conquista de un punto estratégico para el tráfico de drogas, ya que este es un punto que permite una veloz conexión entre el océano pacifico y atlántico.

Sabemos que son más de 300 paramilitares quienes están recluyendo a los habitantes de Bojayá ante el inminente riesgo de que se presente algún enfrentamiento con el ELN, que también tiene presencia e intereses en esta zona del Chocó. Me cuestiona pensar en la acción que nuestro frágil Estado ha tomado para garantizar los derechos de estos colombianos que, entre la selva, el barro y el olvido recibieron el nuevo año. Por ahora, y como es costumbre, el Ministerio de Defensa con ‘amplia diplomacia’ envío al comandante de la Séptima Brigada a verificar las condiciones de la región, lo que significa el desplazamiento de 50 hombres para aumentar el pie de fuerza que oscila en 100. ¡Ojo! por que serían 150 hombres en toda la región, no en Bojayá. Lo cual tampoco significa alguna acción militar que retorne los derechos de los ciudadanos.

Alarmante es, además, que la Defensoría del Pueblo lleva un año haciendo alertas tempranas, advirtiendo al gobierno de la delicada situación de seguridad de esta región. Es evidente que el gobierno ha hecho caso omiso a dichas advertencias, es más, creo que el gobierno también está de pachanga este mes, o estos meses. Espero pues que su propósito de año nuevo sea empezar a gobernar.

Ojalá que no nos sigamos haciendo los borrachos este mes y estemos más al tanto de la situación de Bojayá, o de Cauca, o Nariño…

Mientras siga sonando el reguetón con el que mis caderas sienten la culposa necesidad de contonearse con sazón de misoginia y la música popular, que no sé a qué hora se volvió tan popular, siga llenando cristales de alcohol, nosotros busquemos excusas para hacernos los brutos, hasta que el tiempo nos siga demostrando que la realidad es que no nos estamos haciendo.

Lo último | 25 de diciembre de 2019

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 Algunos de los hechos más importantes del 25 de diciembre de 2019.

1. En la madrugada del 25 de diciembre fue asesinado Reinaldo Carrillo Vera, integrante de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos -ANUC-. Un hombre armado entró a su vivienda mientras celebraba la navidad y le disparó en varias oportunidades. Esto sucedió en Pitalito, Huila.

La ANUC tiene por objetivo “organizar, capacitar y representar a los campesinos de Colombia y actuar como su interlocutor válido, como órgano asesor y consultor ante el gobierno y la sociedad para gestionar, defender y reivindicar sus derechos económicos, políticos, sociales y culturales asegurando el total respeto y cumplimiento de las garantías que le otorgan la constitución y la ley”.

2. Águilas Negras Bloque Capital amenazan a 15 integrantes del comité ejecutivo de Fecode, es la tercera amenaza que reciben durante diciembre. Cabe anotar que en los últimos meses el Centro Democrático adelanta una campaña de satanización contra Fecode, tachándoles de adoctrinadores.

3. El director de la policía, el general Atehortúa mandó a 400 días de vacaciones al inspector William Salamanca quien estaba investigando hechos de corrupción al interior de la Escuela Internacional del Uso de la Fuerza Policial Para la Paz -Cenop-, que anteriormente era liderada por Atehortúa, se trata de un contrato por más de 18.000 millones de pesos para la construcción de casas que no serían habitables. Salamanca también investiga la relación existente entre agentes antinarcóticos y narcotráfico.

4. Sobre el asesinato de cuatro líderes sociales desde el viernes hasta hoy, el Senador Gustavo Petro afirma en su cuenta de twitter que:

5. El Presidente Duque despidió al ministro de salud Juan Pablo Uribe, desde hace unos meses se rumora que el ministerio le será entregado al excandidato presidencial Germán Vargas Lleras ¿tendrá relación con el apoyo de Cambio Radical a la Reforma Tributaria?

6. El Senador Iván Cepeda calificó como chiste de mal gusto la estrategia de seguridad nacional del presidente Iván Duque:

7. Alfonso Romero, capitán retirado del ejército, confirma que el expresidente y hoy Senador Álvaro Uribe Vélez le exigía bajas al general (r) Mario Montoya, quien daba la orden de ahí para abajo.

8. El procurador general de la nación dice que si hay asesinato sistemático de líderes sociales en el país y hace un llamado al gobierno nacional para que actúe:

9. En plena Feria de Cali el Paro Nacional se mantiene:

El Joker de Todd Philips desde una perspectiva antisistémica

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En 2019 se estrenó una película basada en cómics que sorprendió al mundo por la presentación artística de un alto grado de oscuridad y de violencia social y estructural. A pesar de comenzar a rodarse con un presupuesto de tan sólo 55 millones de dólares —poco para una película de este tipo—, ha logrado recaudar más de mil alrededor del globo. Por supuesto, la película es el Joker, y con esta nota me estoy sumando a esa suerte de «fiebre colectiva» de masas que se ha desplegado luego de su estreno. Así que éste será otro escrito más al respecto, pero desde una perspectiva subjetiva que se considera antisistémica y lleno de «destripes».

El filme es oscuro. Y aunque ahora mismo se escapan de mis ojos las impresiones estéticas que me hacían sentir que Joker era una verdadera obra de arte, aún recuerdo parte de sus huellas, las cuales me dirigen a la soledad, la marginalización y el rechazo social sistémico-local que sufrió el protagonista, Arthur Fleck, una persona con variados trabajos mal pagos finalmente despedido, dependiente de la asistencia social para tratar su salud mental y que vivía con su madre, quien también resultó ser una gran farsa que marcó su evolución violenta y detonó la desconexión definitiva de sus hilos con el sentido del mundo social habitual.

De ese modo, como decía el filósofo esloveno Slavoj Žižek, Joker es un «nihilista extremo», pues niega el sentido del sistema capitalista configurado en Ciudad Gótica, pero a través de la violencia y el baile estetizado que da cuenta de su transformación es capaz de abrir paulatinamente —de modo inconsciente al principio— otro horizonte de sentido: el del caos y la disgregación de una convivencia naturalizada estructuralmente violenta. En palabras del propio Joker, «me he pasado toda la vida sin saber si realmente existía, pero existo. Y la gente está empezando a darse cuenta».

Luego de terminar de ver la película, una de las primeras cosas que pasaron por mi mente —pues quedé absorto por unos segundos— es cómo no nos matamos entre sí después de ver la denuncia clara de lo que está pasando en estos momentos en el sistema-mundo: de las injusticias, las exclusiones socioeconómicas, el recorte de gasto social, o las enfermedades mentales que produce y atiza el actual capitalismo. No se comprende, salvo que estemos alienados, tengamos falsa conciencia, ignoremos nuestra situación o simplemente nos hayamos acostumbrado a ella porque, de momento, no hay una opción mejor, cómo tras culminar la película no salimos continuamente a las calles de forma masiva a reclamar un gobierno mejor, cómo la pobreza y la desigualdad, que son altas, aún se mantienen en niveles socialmente gestionables, cómo la convivencia no se disuelve y entramos en una espiral de caos generalizado en la que tememos airadamente los unos de los otros y nos dejamos llevar por una vorágine en la que absolutamente nada importa, sólo nuestro despliegue encarnizado y violento de la potencia —y, aclaro, ejemplos como el de Ecuador, Chile o del movimiento colombiano del 21-N muestran que la potencia de la multitud sigue y seguirá viva; no en todos los casos hay conformismo alimentado por una «sociedad del cansancio», y no se persigue el caos generalizado como tal—.

No es como si yo tuviera deseos de saquear y matar a las élites responsables del funcionamiento del sistema actual. Sin embargo, era chocante ver a caras consternadas salir lentamente del cinema, como en una especie de ritual en el que han hallado a una deidad digna de un respeto semejante al que se puede sentir por la muerte. No obstante, la convivencia no se disgregaba: «Todos caminando hacia la muerte van», hacia la muerte pasiva, la muerte de nuestras capacidades, la aceptación de que el trabajo asalariado y el consumo han de vehiculizar nuestras formas de ser felices y plenos, no importa que tengamos que ser sobreexplotados para conseguir lo que otros con un simple movimiento de especulación financiera o una «mordida» de algún contrato público pueden lograr en unos instantes. No importa que nos dediquemos a una única tarea en la que desperdiciemos nuestro ser-siendo, sabiendo que podríamos perfeccionar nuestra naturaleza verdadera si las condiciones fueran distintas.

El grado de violencia estructural que nos escupe Joker a la cara es tal que, como mínimo, deberíamos estar reflexionando sobre cómo nos hemos aislado los unos de los otros en esta competencia encarnizada por sobrevivir, cómo hemos llegado a interiorizar las lógicas de comportamiento del darwinismo social vigente émulo del laissez faire y que destruye una y otra vez la solidaridad y la cooperación o las restringe a niveles afines a nuestros intereses egoístas; por qué nos deprimimos al constatar las limitaciones de nuestras posibilidades y sentir el encierro existencial de una economía-mundo en la que naciste con amplias desventajas construidas por el colonialismo, el imperialismo y el sistema sexo-género: o eres mujer, o eres un hombre pequeño, o eres negro, o eres homosexual, o eres mestizo, o eres indígena, o eres pobre, o una mezcla de alguna de las anteriores variables de clase; mientras que otros centros productivos, otras mujeres, otros hombres, otras fracciones de clase y bloques de poder se benefician de que estés así, sin la conciencia de la dominación, trabajando por un salario miserable, madrugando día a día, lomo a lomo, bajo el encierro de una gris oficina burocrática o la sombrilla del desolador sol de las calles o de sus lluvias abrumadoras y trágicas. Por qué, por qué vivir de esa manera y no pensar en que otro mundo es posible.

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¿Por qué aún lloro al volver a ver la escena en la que Arthur Fleck asesina al presentador y humorista que tanto admiró? ¿Qué tiene de especial esa escena? ¿Por qué conmueve? Mi madre decía: «Joker no mata sin razón; la película me ha hecho más empática frente a las personas con problemas mentales». Pero no es sólo eso, el quid no es el trastornado, el loco como tal: es precisamente él el que denuncia y actúa para revelar que la sociedad de clases está mal, pues premia a unos pocos y abandona a las mayorías. Es el loco el que evidencia de forma estrepitosa la locura naturalizada de la injusticia social. Por ende, el asunto no es que Joker sea un pobre enfermo, sino el funcionamiento de la sociedad que produce enfermos.

Arthur Fleck antes de asesinar a Murray dio un discurso crítico sobre cómo el sistema establece lo que está bien y lo que está mal, lo que es gracioso y lo que no. Sus primeros asesinatos, tres jóvenes accionistas de Wall Street que estaban acosando a una mujer y terminaron golpeándolo, tuvieron un cubrimiento mediático importante, recibieron la atención y el rechazo del propio Thomas Wayne, un influyente millonario de Ciudad Gótica que aspiraba a ser alcalde: el clásico político burgués. Pero si el mismo Joker hubiera caído muerto en la acera, se pregunta él mismo, ¿qué habría pasado? «Pasarían encima de mí; pasan a mi lado todos los días y nadie me nota. Pero esos tres, qué, ¿porque Thomas Wayne lloró por ellos en televisión?». Más adelante, agrega: el problema es que «ya nadie se pone en los zapatos de la otra persona». El sistema nos elimina la empatía, o mejor, la dirige selectivamente. El pobre y miserable, que también somos nosotros, no nos importa. Es una carga. A las élites no les importa. Pero esas élites «creen», insiste Fleck, «que nos quedaremos sentados y toleraremos todo como niños buenos, que no responderemos y atacaremos».

Cuando finalmente asesina a Murray después de espetar su siguiente «chiste»: «¿Qué obtienes cuando cruzas a un enfermo mental solitario con una sociedad que lo abandona y lo trata como una porquería?», mi reacción no es de espanto, sino de horror, de cierto shock conmovedor. El «chiste» es la muerte de Murray y todas sus causas. El que Fleck haya actuado así, curiosamente, detona en mí una inmensa empatía y un «dolor de hermosura irresistible» —en palabras de Pombo—, quizá porque a estas alturas de mi vida su discurso y su situación hacen que me vea reflejado en ellos. Joker se erige en el representante no autoerigido de los excluidos, de quienes hemos sentido la soledad como un estado silente y permanente, de quienes intentamos convertir el abandono en «arte», sin esperar nada más a cambio que la salvación propia. Pero no porque seamos los únicos responsables de nuestra posición, sino porque estructuralmente hay una producción de marginalizados como nosotros, más en países productivamente periferializados. Estructuralmente no podremos perfeccionar nuestra potencia como quisiéramos, por más esfuerzos que hagamos.

El asesinato parece adquirir entonces una dimensión antisistémica, una expresión visceral y desaforada de la rabia de los sectores subalternizados contra la mercantilización del mundo de la vida y el bloque de poder que se beneficia de esa mercantilización, aunque sin una táctica concreta respecto a la dirección de la violencia. Murray, distanciado de la vida de las clases populares, ejercía mediante la comedia y las burlas contra la existencia de Fleck funciones de hegemonía favorables al statu quo. Por eso el actuar del Joker, en tales circunstancias de precarización y ridiculización de su vida, no lo deslegitima ante las masas, sino que desata una serie de revueltas que descompondrán todavía más la convivencia de Ciudad Gótica.

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El disparo, la muerte, la conmoción, el inmenso dolor expresado en un asesinato convertido en horrorosa comedia. ¿Cómo hemos llegado hasta este punto?

Más allá de la importante discusión sobre las formas de ejercer la violencia y contra qué o quiénes, la película, arguye Žižek, «insta a realizar acciones inmediatas para cambiar la situación actual». Me quedo con eso. Pues la vida real en el sistema mundial capitalista, amigos/as, es muchísimo más cruel, y su violencia estructural, bajo el régimen de acumulación de la globalización financiarizada, ha llegado al descarado punto de amenazar la existencia de todo el planeta.

Esas élites, responsables de la debacle ambiental y social global, «creen que nos quedaremos sentados y toleraremos todo como niños buenos, que no responderemos y atacaremos».

Craso error.

Lo último | 24 de diciembre de 2019

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Así amanece Colombia:

  1. Fue asesinada Lucy Villareal, una lideresa que se dedicaba a la promoción de la cultura en Tumaco, justo después de que terminara de dictar un taller con niños y niñas.

2. A Julito y a Carlos Holmes Trujillo, nuevo mindefensa, les parece muy gracioso que el ministro no esté de fiesta, sino en Buritica por el asesinato de las ambientalistas Natalia Jiménez y Rodrigo Monsalve.

  1. “esto es sencillo, por esta zona no se mueve nada, sin que estos criminales lo sepan, ellos son los que saben quiénes entran y quiénes salen de la zona, se camuflan entre la población civil y perpetran sus fechorías” dice el comandante de la Policía de Burica, coronel Gustavo Berdugo. El gobierno sabe quiénes son, d´nde están y ¿qué hace al respecto?

El Senador Gustavo Petro señala que:

4. La liga femenina de fútbol colombiano iniciará el 2020 sin patrocinador principal. A diferencia de la masculina, solo durará tres meses.

5. J Balvin y el presidente Duque se reunieron para discutir el futuro de la cultura en Colombia. A la reunión no fueron invitadas las artistas que han apoyado el paro como Adriana Lucía, Dr. Krapula, Santiago Alarcón o Edson Velandia.

6. El Senador Gustavo Bolívar anuncia que radicará un proyecto de ley para pago por sesiones a las y los congresistas:

7. Juan José Echavarría Soto, gerente del Banco de la República se preocupa si el salario mínimo aumenta por encima del 5,5%. Cabe señalar que él gana cerca de 40 millones de pesos mensuales.

8. Hugo Ospina, líder del gremio de taxistas comentó: “hablé con el presidente Uribe y acordamos intercambio de favores, acaban Uber y nosotros no participamos del Paro”.

9. “Viva el Paro Nacional, ni un paso atrás” dice una pancarta colgada de manera anónima en un centro comercial en Piedecuesta, Santander.

Hace un mes: 10 ideas para explicar por qué del 21N al 21D hay mucho más que un mes de distancia

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Decir que lo que estamos viviendo desde el 21-N es un estallido social sin precedentes en el devenir del país suena a lugar común y lo es en efecto, si se tratara de enunciar la situación  y no de explicarla podría bastar con esa afirmación gastada, pero como bien nos enseñó el personaje del veterano profesor Fernando Robles[1], los lugares comunes —llenos de verdades como suelen estar— solo son útiles si nos obligan a pensar y hacernos las preguntas importantes y fundamentales, en este caso: ¿Qué hace de este un proceso de movilización tan singular? Me aventuro en este texto a sugerir algunas ideas que espero puedan ayudar en la resolución de esta cuestión y con ello, aportar en el entendimiento del nuevo piso de realidad que el paro nacional nos está dejando.

Soy un convencido que sin entender cabalmente este sustrato social, cultural y político emergente la intervención en la realidad para quienes aspiramos a ayudar a cambiar las cosas se hará sencillamente ineficaz.

Colombia ha sido un país altamente conflictivo desde el punto de vista social, en el que no han faltado huelgas, paros, movilizaciones, protestas, bloqueos, tomas de tierras, marchas, plantones… Todas ellas expresiones de inconformidad y resistencia valiosas e importantes pero que han sido casi siempre procesos protagonizados por sectores sociales o territorios localizados que no han logrado por diferentes razones concitar el apoyo activo de la mayoría social; esta historia la hemos visto una y otra vez: paran los indígenas, paran los estudiantes, paran los campesinos, paran los trabajadores, paran los profesores, paran los habitantes de Chocó y Buenaventura, paran los transportadores, pero todos paran por separado. Esta condición de atomización crónica de los reclamos y las disputas es justamente una de las cosas fundamentales que ha empezado a cambiar tras el 21-N, no solo porque muchas de las demandas y banderas históricamente disgregadas del movimiento social y popular han empezado a articularse para impugnar de conjunto al mal gobierno, sino porque se ha favorecido la incorporación a la lucha por un nuevo país de miles de nuevas personas que antes permanecían como espectadoras pasivas de la realidad nacional, excluidas de la mayoría de formas de participación política, lo cual hace del movimiento del paro nacional un sancocho, pero un sancocho muy valioso en la medida que avanza en constituir al pueblo como un actor colectivo de cambio que defiende una idea por ahora es informe pero esperanzadora en el mediano y largo plazo: no podemos seguir viviendo como hasta ahora y un nuevo país es necesario.

La llegada de las fiestas de diciembre nos ha puesto frente a una realidad inobjetable, hay menos gente en las plazas y calles movilizada, pero esta disminución cuantitativa –normal si tenemos en cuenta las arraigadas costumbres de nuestro pueblo y el circuito vital de la gente bajo el neoliberalismo que consiste en matarse trabajando todo el año para disfrutar unos pocos días de felicidad en diciembre— no refleja como sostienen los aúlicos del gobierno el apaciguamiento de la indignación que de hecho se sigue expresando en lugares y formas diversas: partidos de fútbol graduaciones, novenas, conciertos, redes, encuestas, etc. Todos estos escenarios se han ido tornando en altavoces a través de los que la ciudadanía manifiesta sus dolores y rabias pero también sus anhelos y sueños de cambio.

Es cierto que lo que hemos llamado paro nacional por ahora no ha logrado sostener la alteración de la producción y circulación de riquezas —salvo por las jornadas del 21-N y en menor medida del 27-N y el 4-D— y que Bogotá ha sido el epicentro de la rebeldía popular mientras en las regiones la movilización ha tenido comportamientos variopintos. No obstante, hay varias cosas para considerar aquí:

  • Primero la extrema dificultad que supone paralizar la producción en un país en el que la fuerza laboral está concentrada o en circuitos de economía informal y de subsistencia en las que no trabajar es equivalente a no comer, o en trabajos precarizados en extremo, en los que no hay sindicatos, ni contrato, ni garantías de estabilidad de ningún tipo, de manera que si la gente no se presenta todos los días a trabajar le despiden y punto, el modelo neoliberal no solo ha depauperado las condiciones materiales y de vida de las personas, sino que ha limitado al extremo las posibilidades y condiciones para que las personas puedan luchar por cambiar las cosas.

 

  • Segundo, los sectores cuyos repertorios de acción colectiva y protesta implican el bloqueo de vías nacionales y paralizar el flujo de producción y transporte de mercancías y riquezas no han entrado aún de lleno a la movilización: indígenas, campesinos, mineros tradicionales, transportadores y trabajadores precarizados. Aun con todo lo dicho, no se puede perder de vista lo fundamental: que una amplia mayoría antes indiferente respecto a lo que pasaba en el país y prisionera del hechizo autoritario durante años, se ha atrevido a desafiar la normalidad en las horas, modalidades y condiciones en que puede hacerlo, no es correcto despreciar como tibios o poco contundentes gestos como los que hemos visto en los últimos días: vecinas resistiendo a la policía para evitar retenciones, ciudadanos siguiendo bajo su propio riesgo carros sin identificación de la policía en que se llevan manifestantes, gente saliendo de largas y extenuantes jornadas de trabajo a movilizarse, artistas donando su trabajo al paro, señoras sacando las cacerolas en sus edificios así eso les cueste enfrentarse a sus vecinos… Todos ellos demostrativos que hay una ciudadanía que está abriendo los ojos y aprendiendo a luchar tras 40 años en los que nada ni parecido a lo que estamos viviendo había ocurrido.

Ha empezado a crecer una corriente de opinión que sin mirar mucho nuestra realidad concreta y apoyándose en comparaciones superficiales con las protestas de Chile, Ecuador, Hong Kong y Paris —todas ellas producto de unas dinámicas globales comunes pero ancladas a contextos socio—históricos muy específicos— e impotente frente a la indiferencia del gobierno de Duque, que lejos de escuchar las demandas de la calle ha avanzado en su agenda de reformas contra la gente, señala que este mes de paro no ha servido para nada, evaluar de esa manera el movimiento de indignación que empezó el 21-N constituye en mi opinión un profundo error, porque muchos de estos juicios son ahistóricos en el sentido que no consideran las muchas situaciones complejas y particulares que nuestro pueblo ha tenido que enfrentar y superar para atreverse a salir a las calles otra vez [2].

Si bien los triunfos de la movilización por ahora son de naturaleza política, no es menos cierto que antes de ganar la partida en la realidad es fundamental vencer en el terreno simbólico y cultural, dicho de otra manera antes de triunfar un proceso de transformación han debido transformarse primero las mentes y corazones de las personas que lo materializan, este proceso de metamorfosis es el que estamos viviendo, puede que no sea tan fácil de ver ni entender ahora, pero Colombia no es ni será la misma después de este mes.

Algunos de los rasgos y tendencias más interesantes que nos ha dejado este mes de movilización y que a mi juicio, deben hacer parte de los balances y proyecciones que colectivamente hagamos de lo ocurrido son:

  1. Las mujeres y los jóvenes de las ciudades son los sujetos de la movilización: ellas y ellos constituyen el baluarte fundamental del paro nacional, es allí donde con más intensidad se sienten las pulsiones del cambio, y quienes más energía social han aportado en las jornadas de protesta. Jóvenes y mujeres se movilizan desde lógicas de transversalidad e interseccionalidad en las que se conjugan múltiples experiencias, reclamos, lenguajes, identidades y símbolos que otorgan gran riqueza, diversidad y potencia a la movilización.

Las barriadas en que viven los sectores populares, que son quienes sienten con más rigor los efectos de las políticas del mal gobierno siguen siendo espacios por regla general indiferentes a las dinámicas de movilización y en los que necesitamos cavar trincheras profundas a fin de atraerlos a la orilla del cambio; sin ganar esas personas a la lucha será imposible acumular una mayoría decisiva que empuje un nuevo bloque histórico de protagonismo plebeyo, puesto que es en esos sectores de la población donde se han afincado los núcleos duros del uribismo en términos culturales, sociales y electorales.

 

  1. La empatía contra el individualismo neoliberal: tras décadas en que las subjetividades de las mayorías fueran colonizadas por el credo yoista, individualista y de autosuperación del neoliberalismo, ha resurgido la necesidad colectiva de ponerse en el lugar del otro, particularmente cuando ese otro sufre y es oprimido, no en vano uno de los leit motiv predominantes en las pancartas, carteles y piezas comunicativas en relación con el paro ha sido el de la empatía que ha llegado para impugnar a la manera de ser y sentir neoliberal hegemónica que siempre ha negado radicalmente la preocupación por intereses distintos a los propios.

 

  1. La gente sí tiene patria. Los símbolos nacionales en el proceso de movilización: Las izquierdas renunciamos por entero a reivindicar la patria y los símbolos nacionales hace muchos años, pero las recientes jornadas de movilización han puesto en evidencia nuestra equivocación a ese respecto, porque la gente sí tiene patria, porque los símbolos nacionales que la derecha ha intentado apropiar como exclusivamente suyos pertenecen en realidad a una comunidad social muy amplia y porque la bandera, la camiseta de la selección y el himno nacional no son automáticamente sinónimos de un proyecto de dominación, son más bien significantes flotantes cuyo contenido, siempre contingente, si bien puede ser útil para las derechas y su proyecto social y económico de perpetuación de los privilegios para quienes siempre han tenido todo, pueden ser también un eje de estructuración identitaria de un proyecto de cambio que ponga en la mesa la idea que la patria es defender la gente más sencilla, no solo llevar pulseras e izar banderas mientras se tienen cuentas en Suiza y Panamá como hacen los privilegiados en nuestro país.

 

  1. El papel del vecindario: sin duda las movilizaciones de Ecuador, Chile y en menor medida de Haití jugaron un papel de chispa detonante del sentimiento de rebeldía del pueblo colombiano, la crisis del modelo económico y social neoliberal que provocó estallidos sociales de intensidades y características diferenciadas en otros países de la región latinoamericana sirvió para construir la idea de la rebelión contra el mal gobierno como un asunto del sentido común para los pueblos, la situación conflictiva del continente ofreció referentes, palabras comunes, símbolos y ejemplos a un país en el que se ha incubado ya desde hace un tiempo un claro sentimiento de descontento en relación con el estado de cosas pero al que no le ha sido fácil encontrar las formas de vehicularlo. Ver por televisión el desmoronamiento del “milagro chileno” y la fuerza del movimiento indígena en Ecuador derrotando el paquetazo de Moreno sin duda perfiló una imagen y un sentimiento de rebeldía continental común, que fue un enorme estímulo al proceso de movilización en nuestro país, si una cosa queda clara con esta situación es la necesidad imperiosa de buscar mecanismos más efectivos de coordinación y hermanamiento de las disputas entre los pueblos de América Latina.

 

  1. El paro-carnaval y la cristalización de nuevos repertorios de la acción colectiva urbana: la incorporación de una serie de agentes urbanos con escasa experiencia previa en la movilización, generó un proceso desbordado de inventiva popular en el que se fundieron las maneras clásicas de hacer y expresar la política reivindicativa y nuevos códigos y formas  generando una síntesis que logró entremezclar las ya conocidas marchas, mítines y plantones con los conciertos, las verbenas callejeras, las clases al aire libre, las tardes de poesía, las batucadas, las natilladas, las novenas populares… Claro que muchas veces antes la acción colectiva popular ha estado mediada por formas carnavalescas, pero en este caso el paro completo ha sido un carnaval, lo que imprimió a esta movilización en particular el ambiente de una fiesta multicolor y sonora, una gran parranda de la gente contra el mal gobierno que hizo de pegarle a la cacerola un verbo: “cacerolear” y que hizo tantas versiones como pudo de una canción que cantaba la resistencia partisana contra el fascismo durante la segunda guerra mundial no por una sentimentalidad antifascista a priori, sino porque la escuchó cantada por un grupo de ladrones en una serie de televisión.

 

  1. La resistencia a la violencia y la Primera Línea: sobre todo en las movilizaciones masivas, la tensión entre la gente que pedía no emplear formas de manifestación violenta y quienes las defendían fue notoria, esta contradicción se produce en un marco en el cual un amplio sector de la sociedad colombiana se manifiesta contraria y harta respecto a cualquier forma de violencia tras 50 años de guerra interna que dejó desastrosas consecuencias para la gente y una consciencia colectiva en muchos sentidos conservadora, con lo cual defender la violencia como justa es mucho más difícil. En esto no hay que confundir los medios con los fines, la violencia revolucionaria solo es tal, cuando la mayoría social la entiende y la acompaña de lo contrario es el aventurerismo heroico de un grupillo de genios que cree entender mejor que los demás la realidad y que intenta imponer su punto de vista a toda costa.

La Primera Línea tomada del pueblo chileno, expresa la justa idea de la autoprotección popular frente a la brutal represión policial, pero esta se sitúa lejos de las clásicas nociones del tropel universitario, la Primera Línea está concebida para cuidar la movilización, favorecer el repliegue y defender a la gente teniendo siempre como fundamento la aceptación y legitimidad que deriva del entendimiento y apoyo de la gente respecto a su necesidad y justeza.

 

  1. Asambleísmo popular como una nueva forma de organizar y gestionar el descontento colectivo: aunque germinales todavía, hay que advertir con mucho optimismo el desenvolvimiento de las asambleas populares sectoriales, barriales y generales como escenarios y procesos políticos en los que las gentes directamente auto-organizan y auto-dirigen los procesos de movilización y lucha en los que se involucran, si bien su uso durante el paro ha sido hasta ahora reducido y limitado, puede decirse que las asambleas populares aportan un ingrediente de democracia y participación protagónica desde abajo que interpelan no solamente las formas de democracia ritualizada que defiende y agencia la elite, sino las propias maneras en que entendemos en los sectores alternativos la participación y la construcción con las y los diferentes.

 

La proyección de liderazgos populares, la construcción de una institucionalidad popular en tanto espacios de politización y de inteligencias colectivas masivas con vocación de permanencia y poder que se incorpore como elemento integrante de la cultura política de los subalternos, es sin duda, una proyección que debemos apuntar a sostener en el tiempo frente a este punto.

 

  1. La desconfianza en las estructuras políticas y gremiales, la tensión generacional y la crisis de representación: el proceso de paro nacional puso también en evidencia, que si bien el pueblo esta dispuesto a movilizarse por las causas que considera justas, lo hace desconfiando de las estructuras gremiales clásicas, sobre todo de las organizaciones sindicales a las que considera un espacio de minorías privilegiadas y a las organizaciones y partidos políticos a las que juzga como portadoras de intereses instrumentales ajenos y que en todo caso desvirtúan la movilización; esta tensión entre ciudadanía organizada y no organizada que ya había aflorado en el paro estudiantil nacional del año pasado, contiene en este caso concreto  un claro matiz generacional que enfrenta a los y las luchadoras más veteranas y a las nuevas generaciones que se están incorporando a la lucha y que no quieren ser representadas por nadie en lo que podría ser una concreción a la colombiana de los movimientos de código abierto de Hong Kong y París, hay dos versiones extremadas en estas perspectivas enfrentadas de las que hay que cuidarse: el síndrome de adán, propio de las nuevas generaciones que se fundamenta en el desprecio de las experiencias y los acumulados precedentes y la terquedad de las y los luchadores experimentados que consideran que sus experiencias y vivencias son a pruebas de toda crítica y autocrítica. En este aspecto, es necesario ensayar fórmulas que no antagonicen artificialmente la tensión entre lo nuevo y lo viejo y que ayuden a tejer puentes entre las nuevas expectativas y experiencias y los horizontes de movilización y resistencia de quienes han enfrentado al régimen en los tiempos de reflujo.

 

  1. La recomposición relativa del bloque dominante: el libreto de los de arriba para hacer frente a la movilización popular ha alternado entre varios caminos, por un lado, desprestigiar mediáticamente a las y los convocantes intentando ligarles con agentes externos desestabilizadores como Venezuela, el foro de Sao Paulo y Rusia, aumentar los niveles de represión pura y dura que el pueblo paga con su vida, integridad y libertad, convocar falsas conversaciones con quienes no están movilizados para dilatar y escamotear los debates que las ciudadanías plantean en las calles, y más recientemente el intento de reconfigurar el bloque de poder sumando fuerzas parlamentarias y políticas, otrora distantes, con el fin de empujar la agenda de medidas antipopulares que originó la movilización y con ello  remozar la gobernabilidad del régimen, los acuerdos entre el Centro Democrático, Cambio Radical, la mayoría del partido de La U y algunos liberales, que otorgan a Duque una nueva condición en términos de su capacidad de maniobra en el legislativo, pero el acuerdo logrado es frágil, si bien puede servir hasta un punto a la clase política para salir de las afujías presentes, no deja de representar a los ojos de un sector cada vez más amplio de la población  un proyecto de pasado que ya no se identifica con los sentires y necesidades de las mayorías del país, es decir se trata de una victoria táctica en medio de una derrota estratégica que por supuesto no es irreversible.

 

  1. La situación populista en un país que cambió los medios, los referentes y la articulación que se necesitan para transitar el camino del cambio: en Colombia el auge de la lucha de los últimos días con sus subidas y bajadas ha mostrado un país que cambió, pero como siempre, no irreversiblemente, ante esta comprobación una pregunta necesaria es ¿cómo sostener el ánimo de transformación que se ha expresado en las calles? ¿Quién y cómo puede interpretar el descontento presente para situarlo en una perspectiva de cambio cuyo contenido sigue en lo esencial en disputa? Sin pretender poseer las respuestas decisivas, hay tres ideas que quisiera aportar a este respecto:

La primera es que en la actualidad son el partido Alianza Verde y todos los independientes – es decir la versión más descafeinada ideológica y políticamente del campo alternativo—  quienes han ido posicionándose favorablemente en el tablero mediático y político nacional para capitalizar el descontento, la posibilidad de evitar el afianzamiento de esta opción de cambio gatopardiano depende en buena medida de la capacidad de los sectores y corrientes más decididamente transformadoras por darle un giro a sus maneras de hacer y expresar la política, incluida la electoral.

Segundo sin intervenir decididamente en los medios hegemónicos de producción ideológica y cultural[3], sin emprender una batalla más y mejor planificada por la producción de sentido común, sin posicionar referentes capaces de conmover, representar y enorgullecer a las mayorías movilizadas será muy difícil convertir el actual proceso de movilización en proyecto político de cambio para la larga duración.

Tercero, en Colombia está en pleno desarrollo una situación populista, es decir un espacio y un tiempo limitado en el que el tablero político se ha movido, en el que muchos de los consensos políticos sobre los que se asientan los relatos dominantes pueden ser impugnados y en el que se puede abrir paso la constitución de una nueva voluntad colectiva que aprovechando la falta de capacidad de respuesta y auto reforma del bloque dominante, sea capaz de jalonar un proceso en sentido de cambio que ayude a mejorar la vida de la gente y a conquistar en el mediano plazo fortines que permitan avanzar en el logro de transformaciones progresivamente más profundas, el éxito de este proceso es una ruta por descubrir, en el que la experimentación, la mente abierta, la audacia, la reflexión crítica sobre lo que hemos hecho, intentado y pensado constituyen aspectos esenciales.

Hay dos razones para el optimismo de la voluntad en estos días: primero el régimen y el bloque dominante están en crisis, segundo los y las de abajo abandonan progresivamente la pasividad y abrazan nuevas concepciones, ideas, símbolos y sentires, en este interregno la osadía y el atrevimiento para ensayar rutas heterodoxas es condición necesaria para que la movilización iniciada el 21-N y este mes que ha resumido años de resistencias no se quede en nuestro ya amplio anaquel de las posibilidades frustradas. Es fundamental atreverse a ganar aquí y ahora.

[1] Que aparece en la película Argentina Lugares Comunes puesta en circulación en 2002.

[2] Por ejemplo, una situación de guerra de más de cinco décadas cuya preponderancia mediática copo la consciencia de las mayorías y las situó al lado de los proyectos de la derecha, uno de los efectos más importantes de este estado de guerra fue el desestructuramiento del tejido social y popular sobre el cual reposaban los procesos de reclamación colectiva. La guerra sigue en muchos territorios es verdad, pero funciona menos ahora como dispositivo de legitimación de los proyectos e ideas de los que mandan la indignación por los crímenes en Caquetá y por el hallazgo de las fosas comunes en Dabeiba así lo comprueban.

[3] Aquí hay que registrar un muy importante avance, en términos de la generación y difusión de contenido contra hegemónico que ha servido para burlarse y denunciar las actuaciones y argumentarios de las elites y para restar fuerza a los conglomerados empresariales mediáticos que integran el bloque de poder y han construido relatos e interpretaciones de la realidad favorables a la perpetuación del estado de cosas, la debacle de RCN y la imposición de agendas que fluyen de las redes a los medios tradicionales muestran este como un importante terreno de batalla.

Por una pancarta a favor del Paro Nacional, la policía pone comparendos

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22 de diciembre de 2019. El pasado viernes un grupo de jóvenes colgó una pancarta en el puente peatonal de la Av, Boyacá con Américas, con el mensaje «No + empresarios, políticos y policías corruptos, sucios e inservibles. ¡Viva el Paro Nacional! Colombia lucha por su dignidad”. Minutos después llegó la policía y les hizo retirar el pasacalle.

La policía les hizo sacar todas las cosas de su maleta y billetera, al ver que los jóvenes estaban grabando pidieron el IMEI de sus celulares. Según la policía debían ser puestos dos comparendos uno por colgar el pendón y el otro por el mensaje. Minutos después llegaron cerca de ocho policías, varios de ellos sin identificación. Sumado a ello, les retuvieron sus documentos por 90 minutos.

En el marco del paro nacional, la policía nacional ha perseguido mecanismos de difusión de la protesta, mediante el allanamiento a medios independientes y colectivos gráficos, la pasada censura a los carteles en el Aeropuerto El Dorado, o la conducción de reporteros independientes.

A continuación, compartimos el comunicado con la descripción de los hechos:

La falta de planeación rigurosa ocasiona estragos en la comunidad josefina

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San José de Suaita es, seguramente, un lugar del cual pocos colombianos han escuchado alguna vez en su vida, siendo un corregimiento del municipio de Suaita, al sur del departamento de Santander, está ubicado sobre la cordillera oriental, a 240 kilómetros de Bogotá, hace parte de la hoya del río Suárez y durante una parte del siglo XX fue un referente de industrialización del país, pues albergó la fábrica de hilados y tejidos «San José de Suaita», un complejo agroindustrial creado en 1908 por la familia Caballero Barrera, hasta convertirse en la principal industria textil del país y un importante motor económico de la región. San José es un lugar ideal para el descanso, alejado del ritmo desenfrenado de la ciudad, con calles empedradas, casas muy bien conservadas y con una amabilidad desbordante entre sus habitantes, su principal atractivo turístico es la cascada de Los Caballeros, una caída de agua de cerca de 100 metros, con una piscina natural, que resulta un lugar estupendo para visitar y pasar un rato agradable.

Foto: Cascada de los caballeros. Tomada de internet.

Hacer un barrido por la historia de San José de Suaita, es hacer un barrido por algunos de los factores determinantes en la ruralidad colombiana, pues en ella se encontrará desde el fenómeno del latifundio que se consolidó junto con la conformación de la República, el desarrollo de la violencia entre liberales y conservadores a mediados del siglo XX, el declive de la industria nacional bajo la inoperancia de los diferentes gobiernos de turno, el éxodo de cientos de jóvenes hacia las ciudades principales e intermedias en busca de “nuevas alternativas”, configurando poco a poco un corregimiento envejecido, la continua potrerización de grandes extensiones de tierra, la deforestación exacerbada en zonas de reserva, una ganadería ineficiente bajo un uso intensivo del suelo, la pérdida de la soberanía alimentaria, el debilitamiento progresivo del agro, en particular, desde la década de los noventa tras la caída del pacto cafetero y, más recientemente, la consolidación del turismo como una alternativa económica para algunos pocos, alimentando una economía especulativa.

Sin embargo, el presente artículo no busca hacer un barrido por la historia de San José, busca analizar las consecuencias de una reciente medida adoptada por la administración municipal, en cabeza del alcalde Heber Suárez, asumiendo el cierre de la única vía carreteable de ingreso y salida al corregimiento, por la que transitan las comunidades de Suaita, La Vega, San José, La Curva, San Antonio, entre otras, hasta llegar al municipio de Guadalupe, un cierre vial en plena víspera decembrina, cuando cientos de familias y conocidos aspiran a compartir las festividades y la temporada vacacional con sus seres queridos. A continuación, se analizará la situación someramente con un poco más de profundidad.

En primera instancia hay que recordar que las vías terciarias no son un tema de poca monta en la apuesta por lograr un verdadero desarrollo rural en Colombia. Representan el 69 % de toda la red de carreteras del país, con aproximadamente 142.284 kilómetros, también vale la pena recordar que el 65% de las vías terciarias se encuentran en regular o mal estado y San José no es la excepción en tal problema. Mejorar las vías de comunicación es una tarea necesaria para reducir las enormes brechas entre campos y ciudades, para permitir que las y los campesinos asuman un papel protagónico en la vida nacional, visibilizar los problemas de aquella Colombia profunda y olvidada.

En segunda instancia la comunidad josefina no está en desacuerdo con realizar la obra, sino en la temporada del año en que se va a realizar y sin haber adelantado de manera previa un plan de contingencia sensato y serio por parte de la administración municipal. La obra en cuestión se refiere al “Mejoramiento de las vías urbanas en la cra 8 entre cll 5 y 6 y la cra 5 entre calle 6ª y diagonal 3 del municipio de Suaita”, contrato de obra pública N°161 de 2019, por un monto de $813.360.129, firmado el 30 de septiembre del presente año, con un plazo de ejecución de tres meses.

El contrato fue firmado entre el alcalde municipal y Nelson Raúl Triana Cárdenas, representante legal de la Unión Temporal Vías Terciarias, consorcio con el que la administración municipal ya ha celebrado contratos previos, uno de ellos en el mes de julio de este año por un poco más de setecientos millones de pesos. Valdría la pena hacer veeduría al cumplimiento de dichos contratos y la forma de adjudicación de los mismos, pues no son montos nada despreciables dentro de las finanzas municipales.

El descontento en la comunidad es evidente, la obra implicó el cierre de la única vía de ingreso carreteable al corregimiento desde el 18 de diciembre y aunque se dice que las obras terminarán el 31de diciembre, la desconfianza en el cumplimiento de las fechas es manifiesta. De acuerdo con versiones de la comunidad, la obra no realizó los ejercicios de socialización correspondientes, al menos no en los tiempos estipulados en la norma, en tanto no se realizaron las medidas de mitigación ante los impactos generados por el cierre vial, pues la vía “alterna” es una trocha que en tramos se hace intransitable, razón por la que muchos visitantes desistirán de entrar al corregimiento en la temporada decembrina.

Foto: Obras de contrato N°161 de 2019. Que se deben culminar el 30 de diciembre de 2019.

En tercera instancia, los afectados por el cierre vial no son únicamente las familias que no se podrán reunir durante este cierre de año, son las implicaciones económicas para los productores de la región, quienes ya están dudando en sacar algunos productos de sus fincas, pues los costos de transporte para llevarlos por la vía alterna son mayores, reduciendo el margen de ganancia en la cosecha, que de por sí, ya es bastante bajo. Por una canastilla de naranja los compradores pagan aproximadamente $5.000 (sí la compran) y por una de mandarina entre $15.000 y $18.000, es decir, pagan aproximadamente a $700 el kilogramo.

En cuarta instancia, pese al descontento generalizado que la medida generó vale la pena analizar la falta de capacidad organizativa de la comunidad para presionar alternativas hacia las entidades o instancias correspondientes. Un fenómeno que se ha generalizado cada vez más en algunas comunidades rurales, denotando una perdida de tejido comunal y un velo de resignación, soportado en: “solo queda esperar que cumplan y que no se roben el dinero”. En el caso de San José la comunidad lleva un par de años asumiendo con cierta resignación medidas lesivas hacia el corregimiento, como quitar el único matadero existente, inclusive, el mismo municipio a hoy no cuenta con matadero y pesé a ser un municipio productor de carne, deber enviar el ganado fuera para que sea sacrificado y ahí sí comprar nuevamente la carne; el no contar con un médico o ambulancia permanente en el puesto de salud; la explotación de recursos naturales por privados, sin ningún tipo de tasa compensatoria para el municipio o; la falta de apoyo para el desarrollo agropecuario en la región, entre otras.

El quinto aspecto a analizar es la fragilidad que le significa a una economía soportarse fundamentalmente en el turismo, pues la historia da cuenta que, ante eventuales crisis, el turismo es uno de los primeros renglones que se ve sacrificado. En ese orden de ideas, comerciantes, transportadores, restaurantes y demás sectores fundados en la economía de servicios no tendrán el mejor cierre de año en San José. Vale la pena mencionar lo interesante que sería desarrollar en la región una apuesta ecoturística amplia, sostenible, sustentable e integradora, que le represente un crecimiento social y económico al corregimiento y, por conexidad, al municipio, y no a un par de privados que en la actualidad se están llevando la mayor parte del pastel, dejando solo la carga negativa al pueblo.

Como penúltimo punto, se debe decir que la reivindicación de los ejercicios de planeación con enfoque territorial no aplica solo para las zonas de conflicto armado, debe ser una apuesta de todos los territorios de la geografía nacional. El alcalde municipal parece desconocer o no importarle la realidad del corregimiento más grande de su jurisdicción, pues un mandatario comprometido con el bienestar de su comunidad, buscaría alternativas reales en miras a mitigar los impactos negativos que una obra de este tipo pueda generar, algo que evidentemente no pasó. Planear con enfoque territorial implica también contratar profesionales idóneos, con empatía hacia las comunidades y no como el ingeniero de obra que, bajo un tono de superioridad, me respondió en días anteriores “meto la hijueputa maquina y que se quede el pueblo incomunicado”, una respuesta que a todas luces denota desidia y falta de compromiso social.

Para cerrar, no dejan de llamar la atención los recurrentes contratos celebrados entre la administración municipal y la “Cooperativa de Transportadores del Saravita Ltda”, por objetos como el suministro del combustible para la maquinaria del municipio, entre ellos: uno por $234.358.000 en marzo del 2019, ¿Será que el municipio no tiene la capacidad de proveer el combustible para su propio parque automotor, a tal punto que se debe comprar por fuera?; otro punto que genera cuestionamiento es el alquiler de una camioneta para el traslado del alcalde y funcionarios de la alcaldía, por un monto de $76.699.997 con la misma empresa. Tampoco dejan de llamar la atención los reiterados contratos con Jorge Leonardo Basto Anaya, en temas referentes a manejo adecuación de vías y obras de infraestructura, con quien en solo dos contratos ascendió a un poco más de seiscientos millones de pesos. Son simplemente temas que llaman la atención y de los cuales se encuentra la información fácilmente en la página del SECOP.

Como cereza del pastel y aprovechando que es temporada decembrina y se pueden pedir algunos deseos, aprovecharé y pediré dos: 1) ojalá que al menos una parte de los cien millones de pesos que la administración municipal ha destinado para la celebración del cierre de año, con el contrato 189 de 2019, incluyan a las comunidades agraviadas por la decisión del cierre de la vía, como una medida mínima de compensación por las pérdidas económicas que esto les va a significar; 2) ojalá me tenga que tragar mis palabras y el 31 de diciembre la vía esté habilitada para el tránsito vehicular y la obra concluida, así el daño ya se haya hecho, pues la mayoría de visitantes entran al corregimiento históricamente sobre el 28 de diciembre.

Lamentablemente la falta de ejercicios de planeación rigurosa no es un tema exclusivo de Suaita, es un fenómeno más común de lo pensado, incluso en las ciudades capitales, dejando nefastas consecuencias a las comunidades y llevando en ocasiones a detrimentos patrimoniales millonarios, en tanto se juega con las ilusiones y expectativas de los pueblos que añoran a mejorar sus condiciones de vida.

No se deje tumbar si lo contratan por prestación de servicios

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En nuestro país el contrato de prestación de servicios se ha convertido en el haz bajo la manga de las empresas para vincular trabajadores y no tener que asumir la responsabilidad de pagarles prestaciones sociales (primas, cesantías, vacaciones) y seguridad social (salud y pensión), que debería asumir obligatoriamente el empleador en el caso de vincular al trabajador por medio de un contrato laboral. Precisamente, ocurre esto porque el contrato de prestación de servicios se caracteriza por no crear una relación laboral entre la entidad contratante y el contratista, pues este es de carácter civil y comercial, mas no laboral.

Es así como las entidades «compran» los servicios específicos de una persona (natural o jurídica), y la ley obliga al contratista a pagar el 100% del valor de su seguridad social para poder recibir sus honorarios.

¿Le suena familiar? ¿es usted contratista? ¿o conoce a alguien que lo sea?… Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es afirmativa, quiere decir que este artículo se ha realizado para usted.

Es posible que usted o sus familiares estén vinculados a una empresa o a un empleador por contrato de prestación de servicios cuando en realidad deberían estar contratados directamente por empresa. Analice lo siguiente: si usted presenta algún tipo de subordinación continuada o dependencia continua de un superior jerárquico, es decir, sigue ordenes de un jefe en cuanto al modo, cantidad o momento sobre cómo debe realizar su trabajo. Si sus funciones son esenciales e inherentes a la entidad, es decir, están directamente relacionadas con el quehacer diario de la empresa. Si siente que hay similitud entre las circunstancias de su trabajo (cumplir un horario, condicionamientos, relación de subordinación) frente a las de los empleados contratados directamente por la empresa. Y si adicionalmente, ha recibido remuneración por prestar de manera personal el servicio o le han renovado varías veces el contrato, es posible que la empresa lo haya contratado por prestación de servicio para no tener que pagarle domingos, festivos, horas extras, recargos nocturnos, caja de compensación, salud, pensión, vacaciones, primas, cesantías etc., etc., etc. Cuando en realidad debieron haberlo contratado por medio de un contrato laboral, con las garantías que este implica.

Pero, ¿Qué hacer? Dijo Lenin…

Pues bien, contacte un abogado de confianza y presenten una demanda ante un juzgado laboral. Si el contrato ya se liquidó, aún mejor, pues de llegar el juez a sentenciar que su contrato más que por una relación comercial, en la realidad, tenía sus cimientos en una relación laboral, el empleador deberá pagar el total del valor de las prestaciones sociales que dejó de pagarle durante el desarrollo de sus labores, así mismo, deberá pagar el porcentaje que le corresponde de salud y pensión, y adicionalmente, las moras e indemnizaciones a las que haya lugar. En el derecho laboral, prima la realidad sobre lo formal, es decir, lo que importa es lo que pasó o está pasando por encima de lo que esté escrito en el contrato.

Para terminar, hago un llamado a no ceder los derechos, pues estos, se han ganado a costa de sangre, tiempo y sudor, en cientos de luchas sociales. A pesar de las necesidades económicas diarias no se debe renunciar al derecho al trabajo y mucho menos al trabajo digno. Tenga presente que, el neoliberalismo ha creado sus herramientas para arrebatarle a las clases populares lo que por simple humanismo les pertenece, así que es importante recordar que, un pueblo informado y organizado es más difícil de ser explotado.

Un 17 de diciembre más… Bolívar de nunca olvidar

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Un 17 de diciembre más… Aquel de 1830 marcó la suerte actual de al menos 513 millones de personas.

Pero, lo más exacto es decir que esa fecha determinó el presente del mundo entero, porque en su desenlace fatal se truncó la utopía de establecer el equilibrio del universo que él proyectó en su mente febril, y que logró vislumbrar con nuestra independencia respecto a la España tiránica: de él dijo el poeta que despierta cada 100 años cuando despierta el pueblo.

Cuando despierta lo hace para conmover los cimientos de todo cuanto existe, tronos o imperios, pereza y mediocridad. Su voz estremece la parsimonia, su alocada mirada perturba la calma, es rayo que irrumpe en el gris de la normalidad, porque en sus campañas nada es normal, todo es revolución, y su ímpetu, como tormenta en el Caribe, remueve la playa llena de agitación, y de ella insurge con furia renovada auspiciado por el ilustre negro Pétion.

Vuelve y juega Bolívar: ¿por qué le temen aún? ¿Por qué se urdió contra él la más cobarde felonía? ¿Acaso porque sabían que su idea de redención social sería semilla en fértil tierra de esclavos o asalariados?

Su mensaje profundo debe ser revelado para nutrir a nuestros hambrientos de un pan para el alma: originalidad, movilidad, astucia y valor, sigue siendo la simiente de aquel sueño llamado COLOMBIA.

¡Oh, COLOMBIA! voz sonora para corazones bravíos, será admiración del mundo entero, hoz en el pescuezo del tirano, abrigo de la virtud y la libertad; más será libertad con igualdad y justicia, no la ponzoña del norte, auspiciada para amordazar, acobardar y comprar almas menos nobles.

Aún está por cumplirse su sueño: COLOMBIA aun no llega, pero se asoma desde hace dos siglos con brazos vigorosos y el estandarte que cubre su torso de tricolor ha de ser el símbolo de la grandeza y la humildad hecha victoria.

Ella es semejanza de su mentor, porque él la esculpió con fina piedra de virtudes humanas, con argamasa de indio y negro, pero también de europeo, para crear aquel microcosmos que no es indio ni negro ni europeo, que lo reúne todo para ser americano, nuestro americano, original: mestizaje creador.

Vuelve y juega Bolívar: porque entre pólvora y humo se eleva. Es del tipo de Da Vinci y Miguel Ángel, nuestro Alejandro o Catón, continuador de Manco Capac y Guaicaipuro, de los Benkos cimarrones, porque su talla es universal, inspirador de las juanas aguerridas, como la adorable Manuelita, fuego incandescente del sexo combativo, que no débil, más aún cuando de la libertad se trata, que se echan a pelear en la primera fila.

Dilema del periodismo formal: la verdad o desaparecer ¿Revolución en la comunicación social?

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Las actuales movilizaciones que se realizan en Colombia no tienen precedentes, por lo menos no en la historia reciente. Su fuerza y dimensiones han dejado en evidencia la debilidad moral del gobierno: sin nada que decir, sin proyecto de país, sin soluciones, solo se sostiene a través de la fuerza bruta que le proporciona el aparato policial y militar y a través de la aún más bruta fuerza de los medios de comunicación afectos a la élite corrupta que nos mal gobierna.

Pues bien, respecto a estos medios mucho se viene diciendo, desnudándose cada vez más y con mayor descaro su papel auspiciador del sistema actual de cosas que la gente ya no quiere más.

Cada vez más voces y manos se suman, a través de redes y demás medios alternativos que proporciona la tecnología, a la denuncia enfática contra la manipulación de la información de las grandes cadenas de comunicación, contra la mentira y la custodia del statu quo que ejercen ciertos periodistas. Ya han sido descubiertos en sus motivos e intereses.

Por eso, la función del periodismo colombiano está en cuestión. Atraviesa una crisis de credibilidad sin precedentes. Puede decirse, incluso, sin temor a exagerar, que los medios de comunicación ya jamás serán vistos igual, de esta agitación social serán quizá los más perjudicados, quienes saldrán peor librados en cuanto a credibilidad y transparencia.

Ante esta situación insalvable para estas empresas de la información, se abre un importantísimo debate sobre las formas, objeto y práctica de la profesión del periodismo. Su condición ética debe redefinirse, la formación de quienes la ejercen debe revisarse para que sean más que sonrisas bonitas y maneras refinadas.

En esto debe tomar parte urgentemente las facultades de comunicación social. Es menester un diálogo en ese sentido, que involucre a lo sociedad en su conjunto y a los periodistas y las periodistas que aun gozan de prestigio, para encaminar, de una vez por todas, esa profesión como un servicio social, más que como un negocio.

No quiere decirse aquí que de inmediato renuncien al ánimo de lucro y ganancia que proporciona cualquier empresa, pero su misión y objeto debe estar altamente condicionada por la ética, la objetividad y la verdad, porque, contrario a lo que se ha hecho creer, estas no son relativas, a no ser que se quiera retorcer los hechos.

Lo más relevante es que, frente a esa crisis, desde otro flanco se está gestando una transformación en la comunicación social, modificándose su lógica y carácter. Esta se está democratizando, la información ya no es exclusividad de noticieros privados, sino que, en contacto directo con las realidades sociales, cada vez más personas vienen ejerciéndola con grandes efectos en las conciencias de las multitudes.

En ese sentido, la gente en la calle está aprendiendo a informar. Es más, los liderazgos que están surgiendo al calor de la movilización social, están aprendiendo a comunicar más y mejor. Con carisma, lenguaje sencillo, mensajes claros y carácter firme, están logrando tocar las fibras más sensibles de la sociedad.

Algunos artistas son ejemplos de esto: con la sensibilidad que los caracteriza, han logrado en un mes, más o menos, conectar con la gente y llevarles un mensaje de lucha, rebeldía y esperanza.

Estos fenómenos en desarrollo superarán con gran ventaja los inmensos gastos que algunos magnates hacen en las empresas de comunicación. La verdad se está imponiendo y el periodismo formal tendrá que ajustarse a ella si quiere sobrevivir. Insistir en la manipulación y el engaño, los hará desaparecer.

Son impredecibles las consecuencias que una gran movilización social puede desencadenar, los efectos que causa y los cambios que genera. En esta ocasión, la comunicación social también será revolcada por el estruendoso río de multitudes que desborda las calles de Colombia.