Inicio Blog Página 45

Chile y Honduras le apuestan al cambio

0

Triunfo de la izquierda y derrota de la derecha y el centrismo

19 de diciembre de 2021. En Chile es presidente Gabriel Boric. Fue el candidato de «Apruebo Dignidad» —haga de cuenta algo parecido al Pacto Histórico, guardando las debidas proporciones—, representó en la contienda electoral a los sectores progresistas y derrotó al candidato de extrema derecha José Antonio Kast, conocido por defender el modelo económico neoliberal que llevó al estallido social, y por reivindicar la dictadura de Pinochet —esa misma que recuerda con cariño la extrema derecha colombiana—.

Boric fue uno de los líderes durante las movilizaciones estudiantiles de 2011, poco después llegó al legislativo chileno. Sería Boric uno de los referentes del Frente Amplio que acordaría el pacto con los sectores de derecha que daría paso a la Asamblea Constituyente. 

Contrario a lo que se dice en medios, Boric no representaría «a la extrema izquierda» sino a una socialdemocracia no necesariamente anti neoliberal pero sí crítica del neoliberalismo, es decir, de las políticas privatizadoras de lo público; de la reorganización del Estado para la reducción del gasto social y el apoyo, vía beneficios fiscales, a la banca, a las grandes empresas y a las compañías transnacionales de extracción minera.

Su postura política se puede entender en el marco de una nueva socialdemocracia crítica del neoliberalismo, que rompe con la vieja socialdemocracia que en el caso chileno acordó la «Concertación».

En Chile la «Concertación» es entendida como el acuerdo entre los partidos herederos del pinochetismo con los socialdemócratas que para garantizar una supuesta transición democrática, emitieron medidas que buscaban no afectar ni el neoliberalismo que dejó la dictadura, ni el trato estatal de carácter autoritario hacia la protesta social. 

En su discurso de triunfo, Gabriel Boric habló en contra de la desigualdad y la violencia de género ya favor de la diversidad, señalando que su gobierno tendrá un trabajo articulado con organizaciones feministas. 

En síntesis, el candidato perdedor, José Antonio Kast, se mostró como heredero de Pinochet, mientras que Boric y su coalición se mostraron como defensores del legado del gobierno socialista democrático de Salvador Allende y la Unidad Popular. 

Honduras 

En Honduras ganó la candidata de izquierda en las elecciones del pasado 28 de noviembre. Se impuso al candidato conservador Nasry Asfura. Se trata de Xiomara Castro, quien construyó una alianza de centro izquierda, en la que la izquierda tiene mayor peso. Honduras viene de una sucesión de gobiernos autoritarios de derecha, que estaban acompañados de fuertes protestas frente a sus políticas neoliberales.

Esta sucesión comenzó tras el golpe de Estado al mandatario nacionalista de izquierda Manuel Zelaya, quien en ese entonces estaba alineado a los gobiernos progresistas / desarrollistas latinoamericanos. El partido Libertad y Refundación —que nace del Frente Nacional de Resistencia Popular, con integrantes del Partido Liberal de Honduras en alianza con organizaciones de izquierda— llega al gobierno reivindicando esa herencia así como las banderas de socialismo democrático, poder popular y soberanía nacional ante la injerencia en la política interna hondureña por parte de los Estados Unidos. 

Xiomara Castro fue candidata presidencial previamente, fue presidenta del sector de mujeres de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina, militante del partido liberal en sus años de juventud, y en el 2009 participó en la conformación del Frente Nacional de Resistencia Popular que se opuso al golpe de estado contra Manuel Zelaya, su esposo.

En la misma línea de Boric en Chile, Xiomara Castro llega con un discurso de crítica al neoliberalismo —cuyas políticas se profundizaron tras el golpe—, y en favor de la orientación económica estatal para el beneficio de la mayoría social y no solo de la banca y las grandes empresas. También es fuerte el componente de derechos hacia las mujeres y las diversidades sexuales, en los ámbitos reproductivos, económicos y políticos. 

En Chile y en Honduras las candidaturas ganadoras compitieron con la derecha, mientras que el centro purista quedó en tercer lugar. En ambos programas se incluye tanto un fortalecimiento de lo público y lo común, como un respaldo estatal hacia el impulso de microempresas.

Debilidades que pesan como una montaña: izquierdas y lucha electoral

0

En los círculos del maoísmo se usa con frecuencia una referencia para graficar el peso diferenciado que pueden tener las cosas en la lucha política y en la vida militante: decía el máximo dirigente de la revolución china en el discurso “servir al pueblo” de 1944 que una muerte “puede pesar mas que la montaña Taishan o menos que una pluma”. Si aplicáramos esta idea al contexto actual definido por las tensas y complejas alianzas electorales que se han tejido alrededor de grandes coaliciones de composición variopinta y en constante tensión interna, podríamos decir que la debilidad de las izquierdas para la disputa institucional pesa como una enorme montaña para el desenvolvimiento y concreción de perspectivas auténticamente progresistas y de cambio en el terreno electoral.

Hace pocos días conocimos el resultado final del parto de los montes que fue el proceso de confección de las listas alternativas para el senado y la cámara de representantes, el resultado —como en la fábula— fue decepcionante en la mayoría de los casos. La sensación que quedó entre muchas personas y organizaciones, que en diferentes intensidades y con distintos niveles de compromiso llevan años creyendo, construyendo y fortaleciendo el camino del cambio, fue en general de desilusión.

podríamos decir que la debilidad de las izquierdas para la disputa institucional pesa como una enorme montaña para el desenvolvimiento y concreción de perspectivas auténticamente progresistas y de cambio en el terreno electoral.

Vimos listas hechas desde Bogotá que pasaron por encima de las deliberaciones y el trabajo regional de meses, listas que sacrificaron referentes y liderazgos sociales y populares muy valiosos, en función de hacerle una pista de aterrizaje a politiqueros y clientelistas que quieren zafarse del desgaste que arrastran, arrimándose a la sombra del árbol de las candidaturas alternativas. A cambio, se supone que traerán sus caudalosas votaciones para las parlamentarias y para las presidenciales, cosa esta última que es por entero debatible.  

¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué las opciones alternativas que llevan años labrando este camino se ven de un momento a otro despojados del patrimonio cultural y político de cambio que a base de lucha dura y sacrificio han construido? La respuesta es que las izquierdas somos todavía débiles para afrontar la lucha electoral, de manera que la valerosa presencia que hemos sostenido en el conflicto social en sus más variadas dimensiones y formas, no ha podido traducirse —por ahora— en la construcción sostenida y estable de varias herramientas necesarias para avanzar en los caminos de la transformación, entre ellas —no la única— una alternativa electoral consistente y consecuente, que visibilice institucionalmente las corrientes de opinión y acción transformadoras que existen entre los movimientos sociales, que otorgue un peso electoral a la indignación colectiva y sobre todo que se niegue a seguir regalando un terreno valioso como el electoral-institucional para la lucha por un nuevo país.

“La gente vota por nosotros al sindicato, pero por la derecha para todo lo demás”: Abel Rodríguez Céspedes

Decía con razón Abel Rodríguez Céspedes que respecto a las izquierdas el electorado tiene comportamiento ambivalente: “La gente vota por nosotros al sindicato, pero por la derecha para todo lo demás” esta manera de asumir el rol de las izquierdas como quienes luchan, pero no por los que se vota, en parte ha sido reforzada por nuestras maneras de entender la disputa política. Las izquierdas ciertamente no han tenido fácil el camino de acceso a las instituciones por causas diferentes a su propia voluntad, las organizaciones populares han enfrentado y enfrentan múltiples obstáculos: leyes de partidos y sistemas electorales que impiden la expresión de las minorías políticas, violencia desaforada contra candidaturas y organizaciones políticas disidentes, estigmatización mediática y guerra jurídica contra gobiernos alternativos, además de un clima de desconfianza desde las propias militancias y círculos cercanos a las organizaciones populares respecto a unas instituciones que, como las colombianas, están salpicadas de vicios, corrupción y que han sido puestas inobjetablemente al servicio de los que más poder acumulan.    

Además de lo dicho, hay razones para nuestra debilidad presente que nos subordinan en el plano electoral a perspectivas que no compartimos, pero de las cuales tampoco podemos apartarnos, estas tienen que ver, por ejemplo, con la forma en que nos hemos construido como izquierdas. Durante décadas varios sectores de este lado del espectro político confiamos excesivamente en salidas no institucionales o en resoluciones por la fuerza de los problemas del cambio político, a tal punto que descuidamos pensar, prepararnos y organizarnos para una situación que, como la actual, nos muestra clausurados temporal o definitivamente varias de esas rutas que otrora parecían invencibles e inmediatas y que al contrario sitúa la lucha electoral e institucional en un plano de importancia.

La respuesta de muchos compañeros y compañeras frente a los sinsabores que nos ha dejado la configuración de las coaliciones y listas alternativas, ha sido machacar el argumento según el cual las izquierdas no deberíamos prestar ninguna atención a la disputa institucional, que nuestro propósito es de más largo aliento, construir poder popular, desde abajo, impugnar la democracia liberal burguesa, sus caudillismos e instituciones, etc. En mi opinión, todos esos son propósitos muy loables y estratégicos, pero no pueden seguir contraponiéndose antagónicamente —como hasta ahora— a la necesidad imperiosa de impulsar a quienes luchan en las calles, para que inunden con sus reclamos y propuestas las instituciones.

Esos argumentos predominantes que desconocen la importancia de la lucha electoral nos han dejado desarmados y confundidos para enfrentar la batalla por cambiar las cosas en este terreno que le hemos regalado completamente al adversario, para darle aire y legitimidad a las posiciones oportunistas que vampirizan el esfuerzo colectivo de las izquierdas pero luego les piden que su presencia no se note demasiado dentro de sus coaliciones para no asustar a los medios o molestar las posiciones conservadoras con las que coexisten.  

No estoy con estas ideas invitando al electoralismo sin ton ni son, ni a la instrumentalización de los espacios de organización social y popular en los que participamos y construimos, más bien convoco a pensar cómo desde nuestras organizaciones, militancias y trabajos, podemos hacer que posiciones y trayectorias más consecuentes jueguen un rol de mayor preponderancia en la disputa institucional y electoral, que sin duda, en la Colombia de hoy ofrece posibilidades para fortalecer las apuestas del cambio y la transformación, que siempre estarán truncos  sin la decisión, el trabajo, el acumulado, el saber y la valentía de las izquierdas.

Como señalé en un artículo anterior, las izquierdas dentro de las coaliciones electorales y dentro del pacto histórico en particular tiene el papel fundamental de constituirse en una corriente organizada que además de poner en jaque el avance de los puntos de vista conservadores en su seno, ayude a consolidar una vocación más decididamente progresista de ese espacio político que no puede seguirse dando por descontada. La disputa está en marcha y ahora más que nunca el propósito común del cambio profundo de nuestra sociedad necesita unas izquierdas vivas y con iniciativa, que no dejen un solo espacio libre para provecho del adversario y que sepan convertir los establos del régimen en trincheras de combate al servicio de la gente.

A la lista del Pacto Histórico al Congreso le faltó pueblo

1

Habría sido interesante ver en la lista de Congreso al Pacto Histórico, en los primeros lugares, a liderazgos indígenas, afro, de víctimas como las madres de Soacha, juveniles populares, de trabajadores, o liderazgos emergentes construidos al calor del Estallido Social contra el No Futuro.

Es una lástima que el excesivo centralismo, las lógicas de visibilidad de la clase media y la cultura política tradicional en la que tienen puesto asegurado las personas cercanas a las figuras más visibles, así estas personas no sean las más cualificadas y no cuenten con ninguna conexión con las bases sociales, haya primado y se haya impuesto sobre aquellos liderazgos de sello popular y periférico.

Si bien es claro que para que una lista cerrada logre llegar al Congreso debe tener a la cabeza una persona que atraiga votos, eso no supone automáticamente que todas las personas que le sigan deban ser las amistades de las mismas personas con visibilidad.

En la práctica se cumplió una de las alertas que habían en torno a la listas cerradas al congreso: que algunas de las dinámicas de la política tradicional se iban a imponer sobre una política realmente democrática, descentralizada, y en últimas, de corte alternativo.

La lista cerrada se había propuesto para garantizar, de un lado la consolidación de un bloque en el Congreso con una sólida unidad programática a la hora de alcanzar las reformas sociales necesarias para democratizar a Colombia en los planos económico, social, y cultural; y del otro, para permitir la llegada de liderazgos territoriales que no contaran con maquinarias y recursos. Por el momento parece que se garantizaría lo primero y no lo segundo.

Mientras tanto, la política hecha desde Bogotá, oportunista, clase mediera y elitista, sigue siendo la protagonista, más allá de si es progresista o de izquierda, de centro o de derecha.

El ingreso de sectores subalternos a la participación política, con autonomía de las prácticas de la política tradicional clase mediera y elitista, sigue siendo urgente para garantizar la democratización y descentralización de las dinámicas políticas nacionales.

Algunos comentarios sobre el pasado debate presidencial «15 años color Colombia»

0

Las opiniones expresadas en este artículo son de la columnista y no del equipo editorial de la Revista Hekatombe.

Se trató de un foro en la Universidad de los Andes. Empezó con unas palabras cortas de una mujer blanca y acomodada que ha estudiado el país y con ese tono característico de intelectual uniandina; seguida de Fidel Cano y su “la población afro donde se reúnen muchos de los males que vive Colombia”, tal vez quería decir algo diferente, pero empezó metiendo las paticas.

Cada una de las personas precandidatas tenía cinco minutos para hablar y luego les hacían tres preguntas, fin. La mayoría de las exposiciones estuvieron cargadas de racismo, machismo, aporofobia y ese tono de gomelidad rola o paisa, que habla desde el desconocimiento de la vida real y la comodidad.

Sobre las intervenciones:

Mauricio Cárdenas

El típico riquillo de esos que no tiene clase, no en términos de clase social, sino de estilo, de Flow. Por supuesto, habló de su rol como académico y sus objetos de estudio, contó que es profesor en la Universidad de Columbia y después de escuchar sus intervenciones queda claro que están muy mal de profes allá. Propone hacer más diagnósticos sobre la situación de las personas afro en el país. Aquí básicamente no hay racismo estructural, sino que la institucionalidad no ha ofertado bien los programas que existen.

Sinceramente, después de escucharlo estuve tentada a quitar el programa. Cada día se esfuerzan en que los debates, foros, charlas, lo que sea, presidenciales, sean más sosos y lentos, confieso que me hace falta el picante de Germán Vargas Lleras con su blin blin, desordenando la metodología y haciendo parche con Petro para burlarse de los demás. Por culpa de esa pésima calidad de debates, mis comentarios pierden chispa y parecen el resumen de una asamblea eterna.

Alejandro Gaviria

No puedo con él, a Fajardo le reconozco la creatividad de escribir en servilletas, pero es que este man si es que no tiene gracia. Aplaudo que eliminó el rubor y ya se ve más decente, creo que eso es lo único. Él hizo equipo con Mauricio Cárdenas, claro, ambos ministros de Santos, pues no se van a sacar los trapitos.

Dice: “la paz es una promesa incumplida a las comunidades afro y todo es culpa del actual gobierno”, le faltó agregar la expresión “hermano”, tener un buso de Kung Fu Panda y lágrimas en los ojos para actuar igualito a Claudia López. Si Gaviria llega a ser presidente, cosa que no va a pasar, la culpa de todo la van a tener Petro y Duque, así, tal cual, póngale la firma.

Obviamente, para este “intelectual” que revolucionó las ciencias sociales, en Colombia no hay racismo estructural, sino falta de generación de capacidades y explicó, según él, que algo increíble hicieron los de la Universidad de los Andes y dijo en otros términos, algo que se puede traducir en jerga de a pie como: ”Solo Andes Lokas”.

Juan Manuel Galán (el que es el menos galán de los hermanos)

Pues empezó con un enfoque muy internacional, imitando la pésima estrategia de Lara en el debate sobre brutalidad policial. Habló más de Estados Unidos que de Colombia, además lo hizo mal y desde el racismo y la aporofobia, algo espantoso. Dijo algo así como que las personas negras son muy valiosas y por ejemplo Rosa Parks, Martin Luther King o una referencia equivocada de Vivian Malone. Que hasta pueden llegar a la presidencia como Obama. Se nota que, como los demás candidatos blanquitos no se prepararon, pillaron unas cifras y ya. Es que pudo nombrar por lo menos a Benkos Biohó y aclarar que no se refería a Israel Zúñiga, el senador de Comunes.

Esa intervención estuvo tan espantosa que da pena hablar más de ella. Sus argumentos claramente fueron extraídos de recuerdos vagos de películas y series de policías como de los noventa.

Jorge Enrique Robledo

Saber cómo están formulados los Tratados de Libre Comercio, conocer Quibdó o ser profesor universitario no significan que alguien tenga el país en la cabeza. Salió con que no hay racismo estructural, sino que, si la gente afro está en la mala, no es por el racismo, es porque son de Colombia. Al menos los otros candidatos trataban de disimular un poquito su racismo, pero Robledo no y hablaba con orgullo. Dice que va a eliminar el racismo con cuatro años de poemas y canciones a lo que marque. Queda la certeza de que el actúa desde el ejemplo, indicó que quienes sean racistas serán puestos en ridículo y pues él hizo el ridículo de principio a fin.

Jhon Milton Rodríguez

No hay mucho que decir de un pastor de Colombia Justa y Libre. Pues trató de verse bien, pero salió con lo típico, comentarios segregacionistas, del tipo “no soy racista, pero hasta he tenido jefes negros”. Tampoco existe el racismo estructural, sino que el problema es que falta fortalecer el emprendimiento.

Enrique Peñalosa

Fue el representante de la Coalición de la Experiencia, de la que se puede decir con toda seguridad, no aprende. Él es lo que es. Habló de canchas sintéticas que se iluminen por la noche, debe ser algo así como una pista de aterrizaje para las licuadoras voladoras. Tenía unas hojas para hacer la copialina pero no estaban bien escritas o la letra era muy pequeña. Dijo algo de la Universidad de Quibdó, pero me imagino que hablaba de la UTCH y ni siquiera comentó ninguno de los problemas que tiene.

Dictó una breve cátedra sobre la tenencia de la tierra en la Unión Soviética para, de una zancada, hablar de la necesidad de que las comunidades se organicen gerencialmente para conseguir inversionistas. En ese afán de explicar su idea, entendí que se trata del feudalismo 6.0.

Puso a Guayaquil como ejemplo de progreso, no sé si sea un guiño a los gobiernos de Rafael Correa. Lo cierto es que está obsesionado con la palabra obsesión, lo que me lleva a pensar que antes del debate escuchó alguna canción referente a este tema, pero seguro no fue la de Miguel Mateos.

Francia Márquez

 No se puso de pie para hablar, no lo necesitó para pegarles la levantada de la vida. No les dijo perro, pero les mostró el tramojo, como decía mi abuela. Les explicó que estaban prometiendo lo mismo de siempre, que son hombres blanquitos y privilegiados incapaces y sin interés de nada, que todo lo piensan desde Bogotá.

No le bastó con tratarlos mal, sino que además les enseñó. Cada palabra de Francia emociona, zarandea, conmueve, es tan poderosa que tuve que evitar que se me escurrieran las lágrimas de la emoción. Qué diferencia con el debate sobre la brutalidad policial.

Habló de formas organizativas comunitarias, de justicia distributiva, de reparación, profundización de la democracia, etnodesarrollo. Gaviria quedó sano cuando ella le dijo que no entendía por qué les daban la plata a las universidades como los Andes y no a las públicas. Sobre la salud dijo que toca “erradicar” las EPS, mencionó la salud propia.

Dijo que negar el racismo es ser racista.

Si yo fuera la moderadora, habría pedido a todos los blanquitos y blanquita, que hicieran una fila para que Francia terminara su intervención dándoles una cachetada con el dorso de la mano, eso era lo correcto. En la fila no estaría Petro, porque él no es blanquito, aunque a veces si quiere parecer uno con esas amistades que se levanta.

Francia estuvo genial. Que espacios tan difíciles en los que está, debatir con personas horribles que se han formado para esto, que lo han tenido todo. Ella no se deja provocar, es impresionante, admirable.

Gustavo Francisco Petro

Pues normal, estuvo muy bien. Atacó a Gaviria y se puso de pie con esa pose coqueta con el público y que resulta engreída para la persona atacada. Como siempre deslumbró con sus frases bonitas: “Esa manera blanca y bogotana de mirar el territorio”, “en el verdadero nombre de la paz, hay que garantizar los derechos de las gentes”.

Dilian Francisca

Muy flojita, solo se le nota que fue gobernadora porque lo dijo. Propuestas bobas y no entiendo cómo se tomó más tiempo del estipulado para decir nada.

Recomendaciones a las y los precandidatos

Juan Manuel Galán: las series y películas gringas de policías de los 90, no son buenos referente para entender la situación de la población afro del país. Busca en Google «racismo estructural» y lee, para que te tengas una opinión informada.

Mauricio Cárdenas: el problema no es que falte una buena estrategia de comunicaciones para que la gente conozca la oferta institucional. Porfa también busca en Google qué es racismo estructural y busca «interseccionalidad» o escucha atentamente las intervenciones de Francia Márquez para que entiendas de qué se trata.

Alejandro Gaviria: no todo es la Universidad de Los Andes, así que saca la carita de allá y mira a tu alrededor. Deja de insistir que es necesario instalar capacidades, porque así demuestras que el incapaz eres tú por no ver el racismo estructural.

Jorge Enrique Robledo: toca preparar mejor las intervenciones y leer sobre racismo estructural, por ejemplo, la Universidad del Valle tiene unos textos rebuenos.

Jhon Milton Rodríguez: pues debes ser de los que creen que Jesús era todo rubio y de ojos claros… Dices que no eres racista y luego sales con un «peeero». No sé ni qué recomendarte.

Enrique Peñalosa: deja de ver oportunidad de negocio en todo. Es de muy mal gusto. Prepara mejor la copialina, procura usar letra más grande y con doble espaciado para que alcances a leer.

Francia: qué fuerza, qué power, qué actitud. Sigue así.

Gustavo Petro: como siempre, impresionante. Punto a favor, reivindicaste la importancia de la autonomía para las comunidades. Punto en contra, comparar la adolescencia con el desarrollo de la autonomía comunitaria. Por lo demás, muy bien solo a ti te queda bien desparramarte en la silla.

Dilian Francisca: estuviste, pero no estuviste. Respeta los tiempos de intervención, hablar más de la cuenta para decir nada, pues no aguanta.

Espero que mejoren los debates porque si siguen así pues no vale la pena ni verlos. Creo que deberían invitarme a moderar un debate, nos reiríamos y todo, sería la espectacularización de la política, pero en un plan tranqui y divertido.

Jóvenes detenidos en el paro deben ser judicializados por la justicia indígena: propuesta Misak

0

Colombia, 10 de diciembre de 2021. Con una declaración pronunciada por el Tata Pedro Velasco Tumiña, gobernador de Guambía, Cauca, el pueblo Misak se propuso como la instancia que adelante los procesos judiciales que avanzan contra los jóvenes capturados e investigados por su activismo o participación en primeras líneas, en el marco del estallido social contra el no futuro.

En una actitud contra hegemónica, señalan en la declaración que al haber sido el Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente – AISO convocante de la Minga/Paro Nacional, reconocen a quienes se hayan movilizado como hijas e hijos de su pueblo, y por tanto, como integrantes también del pueblo misak:

Hoy, con la memoria y la fuerza ancestral queremos manifestarle al pueblo colombiano, que AISO considera como suyos, hijos de nuestra tierra, herederos de nuestras luchas, a todos y cada uno de los jóvenes colombianos, sectores sociales, populares, étnicos, académicos y cívicos que han venido siendo víctimas de la represión estatal, ahora en forma de criminalización penal de la protesta social, que busca castigar el derecho a disentir, a soñar y a construir un mundo diferente.

Por esta razón y en consecuencia del reconocimiento público que hoy hacemos de la plena pertenencia de los jóvenes mingueros de todo el territorio nacional a nuestro pueblo, incluso a nuestro censo, solicitaremos, de la mano de cada uno de ellos, que los casos que vienen adelantándose en la Jurisdicción Ordinaria, sean en adelante conocidos por la Jurisdicción Indígena”.

En la declaración, sostienen que se encuentran amparados por la Constitución para llevar a cabo ese proceso desde la jurisdicción indígena, al reconocer a las y los manifestantes con procesos judiciales como parte de su pueblo:

“Las personas privadas de su libertad por hechos desarrollados durante la Minga o el Paro Nacional y/o judicializados por estos, son prisioneros y procesados políticos. Nuestra Jurisdicción, tal como lo mandata la Constitución Política de Colombia y nuestras propias normas, aplicará justicia en estos casos y lo hará de manera autónoma, sin prejuicios racistas o de clase, y donde encuentre conductas que deban ser sancionadas, lo hará, con sentido restaurativo, conforme a nuestras normas y constumbres, pero lo hará también, velando por los derechos fundamentales consagrados en la misma Constitución, en donde entre otros, se garantiza el derecho a la movilización y a la protesta”.

Como elección simbólica, la declaración fue pronunciada desde el monumento a la Resistencia en Puerto Resistencia-Cali, el pasado 9 de diciembre. También resaltaron que el pueblo Misak fue testigo de la violencia paramilitar en contra de la población movilizada, así como de la violencia ejercida por la Fuerza Pública, que actuaba con uniforme y en forma de infiltración. 

Para el Tata Pedro Velasco, las manifestaciones de indignación que están siendo perseguidas por el Estado colombiano no son entendidas en realidad, y por ese motivo son tratadas como problemas concernientes a la seguridad nacional:

“El gobierno no debe entender que la lucha por la dignidad y la memoria traducida en la rebeldía sea vista como algo anormal dentro de esta democracia del gobierno tradicional-liberal, que todo lo quiere acomodar a sus intereses. Las dignidades y las rebeldías son procesos que nunca deben ser vistos como un problema de seguridad nacional, sino como un compromiso de debate a todos los sectores económicos, políticos y académicos, pero también llegando a los procesos sociales”.

Cabe recordar que el pueblo Misak protagonizó desde el 2020 las acciones anticoloniales de derribamiento de estatuas de figuras de la conquista y del poder colonial, y posicionaron las consignas “¡A tumbar para avanzar!” y “¡La fuerza de la gente!”.


No acuso a la gente joven que no salió a votar por los Consejos de Juventud

0

Es injusto acusar a la juventud que participó masivamente del paro nacional por no votar copiosamente en la jornada de votación para la elección de los Consejos Municipales de Juventud (CMJ) y los Consejos Locales de Juventud (CLJ). Aquí van algunos argumentos: 

1. Los CMJ y CLJ son instrumentos desconocidos por la juventud, en términos generales inoperantes, con pocas facultades para cambiar cosas, al gobierno nunca le ha importado darles un lugar de relevancia, una muestra de ello es que las elecciones llevaban 10 años sin efectuarse.

2. En la convocatoria electoral hubo desorden a más no poder, problemas con el censo, con la fecha de votación, con las fechas de inscripción de candidatos, la pedagogía fue insuficiente. Los del gobierno hicieron más fuerza emitiendo comerciales contra el paro nacional. 

3. En Colombia hemos visto desarrollarse una crisis de representación en la cual la juventud, especialmente, ha impugnado la institucionalidad tradicional. Era iluso pensar que la juventud inconforme iba a lanzarse a copar esa institucionalidad criticada a la que no considera legítima. Este es un error de cálculo habitual de quienes creen que las calles alimentan las urnas mecánicamente. 

4. No es que la protesta no pueda reflejarse en votos, pero no es la única traducción posible ni deseable y tampoco esta ocurre sin que existan mecanismos para catalizar y traducir la acción callejera en acción institucional. Esto sigue por hacerse. 

5. La tarea de construir significantes comunes para la rabia justa, la indignación y la rebelión contra el no futuro es una tarea de las juventudes en toda su diversidad, pero también es una tarea intergeneracional de todos quiénes estamos en la idea que este país cambie.

Hay que escuchar a los jóvenes con respeto, aprendiendo de ellos y ellas, pero también hay que exigirles que sin la arrogancia que tanto se confunde con la irreverencia, escuchen las experiencias y planteamientos de quienes desde otros lugares y tiempos han luchado y luchan. Mientras ese diálogo esté roto será difícil avanzar en la fundamental tarea de construir pueblo para derrotar a los de arriba.

Piotr Kropotkin: el aristócrata anarquista

0

Un 9 de diciembre de 1842 nació un aristócrata ruso, que aburrido del conservadurismo de su entorno, escapó hacia el estudio de las ciencias, poniendo énfasis en la geografía y la biología, aunque dejando también espacio al estudio de la historia y la economía.

Emocionado con la teoría de la evolución desarrollada por Darwin, dedicó parte de su vida a demostrar como en la evolución de las especies, el apoyo mutuo también era fundamental. Su propósito era, además de dar su aporte a la teoría de Darwin, desmentir las interpretaciones que estaban dando lugar a lo que se conocería como darwinismo social, en las que se pretendía mostrar la competencia descarnada y el egoísmo como factores de evolución.

En el terreno político, se inclinó por el anarquismo que puso en diálogo con su teoría del apoyo mutuo de las especies. Un anarquismo de sello colectivo, que sin anular al individuo, discutía con el anarco individualismo de Stirner. Falleció en la Rusia del gobierno bolchevique un 8 de febrero de 1921.

A continuación compartimos un fragmento de uno de sus textos más conocidos: «La moral anarquista».

El pensamiento en la historia

La historia del pensamiento humano recuerda las oscilaciones del péndulo, las cuales hace ya siglos que perduran. Después de un largo período de sueño, viene el despertar; y entonces se libera de las cadenas con las que todos los interesados –gobernantes, magistrados, clérigos– le habían cuidadosamente amarrado. Las rompe. Somete a severa crítica todo cuanto se le había enseñado; y pone al desnudo la vanidad de los prejuicios religiosos, políticos, legales y sociales en cuyo seno había vegetado. En aras de su espíritu de investigación se lanza por caminos desconocidos, enriquece nuestro saber con descubrimientos imprevistos: crea nuevas ciencias. 

Pero el enemigo sempiterno del pensamiento –el gobernante, el magistrado, el religioso– se rehacen en seguida de la derrota. Reúnen poco a poco sus diseminadas fuerzas, remozan su fe y sus códigos, adaptándolos a nuevas necesidades; y, valiéndose de ese servilismo de carácter y de pensamiento que ellos mismos tan cuidadosamente cultivaron, aprovechan la desorganización momentánea de la sociedad, explotando la necesidad de reposo de unos, la sed de riquezas de otros, los desengaños de algunos –sobre todo los desengaños–, vuelven paulatinamente a su obra, apoderándose primero de la infancia, por la educación.

El espíritu del niño es débil, y fácil, por lo tanto, el someterlo por terror: a esto apelan. Lo intimidan, y le pintan los tormentos del infierno, le hacen ver los sufrimientos de las almas en pena, la venganza de un Dios implacable; más tarde le hablarán de los horrores de la Revolución, explotarán cualquier exceso de los revolucionarios para hacer del niño “un amigo del orden”. El religioso lo habituará a la idea de ley para acatar mejor lo que él llama la ley divina. El abogado le hablará también al niño de la ley divina, para mejor someterlo a los textos del código. Y el pensamiento de la generación siguiente tomará ese tinte religioso, ese tinte autoritario y servil a la par –autoridad y servilismo van siempre tomados de la mano–, ese hábito de sumisión que demasiado se manifiesta entre nuestros contemporáneos.

Durante estos períodos de adormecimiento, raramente discuten cuestiones de moral. Las prácticas religiosas, la hipocresía judicial las sustituyen. No hay crítica, se dejan llevar por la costumbre, por la indiferencia. No se apasionan en pro ni en contra de la moral establecida; hacen lo que pueden para ajustar exteriormente sus actos a lo que pretenden profesar. Y el nivel moral de la sociedad desciende cada vez más. Se llega a la moral de los romanos de la decadencia, del antiguo régimen, del fin del régimen burgués.

Todo lo que había de bueno, de grande, de generoso, de independiente en el hombre, va embotándose, se oxida como un cuchillo sin uso. La mentira se convierte en virtud, la conducta mediocre en deber.

Enriquecerse, gozar del momento, agotar su inteligencia, su ardor, su energía, no importa cómo, llega a ser el lema de las clases acomodadas, así como también el de la multitud miserable, cuyo ideal es el de parecer burgués. Entonces la depravación de los gobernantes, del juez, del sacerdote y de las clases más o menos acomodadas se hace tan repulsiva, que empieza la otra oscilación del péndulo.

La juventud se emancipa poco a poco, arroja los prejuicios por la borda. Vuelve la crítica. El pensamiento despierta primero en algunos; pero insensiblemente el despertar alcanza la mayoría; dado el impulso, la revolución surge.

Y a cada momento la cuestión de la moral se pone sobre el tapete. ¿Por qué seguiré yo los principios de esta moral hipócrita? –se pregunta el cerebro emancipado del terror religioso–. ¿Por qué determinada moral ha de ser obligatoria?

Emma Goldman: compromiso, farra y anarquía

0

Pillen, la gran Emma Goldman nos cuenta, desde la experiencia, cómo el compromiso y la farra, si cada uno tiene sus espacios, van de la mano.

Viviendo mi vida, 1933

Me sumergí en el trabajo con todas mis fuerzas y estaba tan absorbida por él que lo demás no existía. Mi labor consistía en conseguir que las chicas que pertenecían al oficio secundaran la huelga. Con este propósito se organizaron mítines, conciertos, encuentros y bailes. En estos acontecimientos sociales no era difícil hacer comprender a las chicas la necesidad de hacer causa común con sus hermanos en huelga. Yo tenía que hablar a menudo y cada vez me perturbaba menos subir a la tribuna. Mi fe en la justicia de la huelga me ayudaba a dramatizar mis exposiciones y transmitir convicción. En unas cuantas semanas mi trabajo llevó a montones de muchachas a participar en la huelga.

Estaba viva de nuevo. En los bailes era una de las más alegres e incansables.

Estaba viva de nuevo. En los bailes era una de las más alegres e incansables. Una noche, un primo de Sasha, un muchacho muy joven, me llevó aparte. Con gravedad, como si fuera a anunciarme la muerte de un compañero querido, me susurró que bailar no era propio de un agitador. Al menos, no con ese abandono. Era indigno de una persona que estaba en camino de convertirse en alguien importante en el movimiento anarquista. Mi frivolidad solo haría daño a la Causa.

La insolencia del muchacho me puso furiosa. Le dije que se metiera en sus asuntos, estaba cansada de que me echaran siempre en cara la Causa. No creía que una Causa que defendía un maravilloso ideal, el anarquismo, la liberación de las convenciones y los prejuicios, exigiera la negación de la vida y la felicidad. Insistí en que la Causa no podía esperar de mi que me metiera a monja y que el movimiento no debería ser convertido en un claustro. Si significaba eso, no quería saber nada de ella. «Quiero libertad, el derecho a expresarse libremente, el derecho de todos a las cosas bellas». Eso significaba anarquismo para mí, y lo viviría así a pesar del mundo entero, de la cárcel, de las persecuciones, de todo. Sí, viviría mi ideal, incluso a pesar de la condena de mis compañeros más próximos.

Había ido exaltándome cada vez más, hablando cada vez más alto. Me encontré rodeada de mucha gente. Se oían aplausos mezclados con gritos de protesta de que estaba equivocada, de que uno debería considerar a la Causa por encima de todo. Todos los revolucionarios rusos habían hecho eso, nunca habían sido conscientes de sí mismos. Querer disfrutar de cualquier cosa que nos alejara del movimiento no era más que egoísmo. En la algarabía, la voz de Sasha era una de las que más se oían (…).

Al Pacto Histórico le falta una pata para andar

0

Los medios de comunicación hegemónicos que tanto influyen en cómo vemos y estamos en el mundo, han querido instalar en la consciencia colectiva que el Pacto Histórico es esencialmente y desde su nacimiento un proyecto de izquierda radical, invariablemente se refieren a esa coalición política como “uno de los extremos políticos”. ¿Argumentos que sustenten estas afirmaciones? muy pocos, pero no importa, lo repiten y lo repiten sin matizar y sin profundizar -como es esperable en estos reproductores de la ideología dominante- y de tanto que circula, para mucha gente semejante despropósito ha terminado convertido en verdad.

Para hablar de izquierda y derecha es importante siempre preguntarse cuándo, dónde y quién, pues no es lo mismo ser una obrero de izquierdas en la década del 30 del siglo pasado en la Italia fascista, que ser una campesina de izquierdas en la Colombia de hoy.

Los límites entre la izquierda y la derecha son un asunto muy discutido en la academia y en la política, la complejidad del asunto ha hecho que mucha gente salga a decir que tales diferencias no existen más o que ocuparse de esas diferencias hoy no es útil para leer la realidad contemporánea, aquí claramente no compartimos esa perspectiva negacionista y vaporosa del mapa político, pero considerando los modestos fines de este texto, creemos que basta decir dos cosas: primero que para hablar de izquierda y derecha es importante siempre preguntarse cuándo, dónde y quién, pues no es lo mismo ser una obrero de izquierdas en la década del 30 del siglo pasado en la Italia fascista, que ser una campesina de izquierdas en la Colombia de hoy. Segundo, si bien hablar de izquierdas y derechas es hablar de contextos específicos, también es hablar de universos simbólicos compartidos, de valores, tradiciones, símbolos, sentidos de la vida y la sociedad comunes, programas e ideas, así que para seguir con el ejemplo, puede que ser de izquierdas en la Italia de 1930 y en la Colombia de hoy no sea lo mismo pero sí hay un conjunto de elementos compartidos, de hilos comunicantes que unen a quienes consciente o inconscientemente se han situado de ese lado del tablero político.

si bien hablar de izquierdas y derechas es hablar de contextos específicos, también es hablar de universos simbólicos compartidos, de valores, tradiciones, símbolos, sentidos de la vida y la sociedad comunes, programas e ideas

El problema con la narrativa mediática del Pacto como el estandarte de la izquierda radical, además del miedo que eso infunde en la gente para distorsionar la voluntad democrática de cambio, es que la izquierda de tanto escucharlo interiorice esa narrativa y termine renunciando a desempeñar su papel de ancla progresista y de sujeto colectivo portador de un horizonte construido históricamente que quiere transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales profundas dentro de esa agrupación de fuerzas diversas que es el Pacto Histórico. No se trata que todas las fuerzas del Pacto Histórico piensen o vean las cosas como lo hace la izquierda, pero sí que la izquierda no se olvide de su concepción del mundo y sus objetivos por estar en la coalición.

El más avezado pedagogo de que el Pacto Histórico no es de izquierda ha sido el propio Petro, pese a que es Petro también el que de forma permanente acude a los universos simbólicos y programáticos de la izquierda para deslindar de las derechas o como herramienta retórica, en cualquier caso la ambigüedad frente al lugar que se ocupa en el espacio político y la tensión interna son características ineludibles de los populismos, y es que el proyecto de Petro es esencialmente eso, un proyecto populista, entendido el fenómeno populista lejos de su perspectiva peyorativa mediatizada y asumiéndolo en la clave planteada por el teórico argentino Ernesto Laclau y por la teórica Chantal Mouffe, es decir como una manera de construir lo político que utiliza la tensión social y la lógica adversarial para contraponer unos sectores, programas, ideas y valores dominantes contra un actor colectivo plural y complejo, subalterno y emergente que es el resultado de la articulación de muchas demandas, identidades, sectores y perspectivas diferentes, incluso contradictorias pero que suman fuerzas sociales y electorales para derrotar al adversario común.

Lo peor que podría pasar en Colombia es que el Pacto Histórico conquiste el gobierno hipotecado por sectores conservadores

Dirigir una unidad de esa naturaleza precisa de mente abierta para tejer alianzas que permitan conquistar la esquiva mayoría pero también firmeza para poner fronteras claras sobre qué es lo que está afuera del proyecto de cambio, es decir para señalar con claridad quiénes y qué políticas son las que no caben en el proyecto de sociedad que los populistas intentan empujar, solo sumar sin mirar a quién ni cómo, sumar por sumar, sumar para ganar sin tener en cuenta ningún criterio, por puro pragmatismo, solo incrementa exponencialmente las elevadas dificultades que de por si tiene un gobierno de cambio cuando intenta administrar las instituciones y las políticas públicas al servicio de intereses diferentes a los que históricamente han mandado. Lo peor que podría pasar en Colombia es que el Pacto Histórico conquiste el gobierno hipotecado por sectores conservadores que limiten las posibilidades de hacer cambios verdaderos como los que espera la gente.

Estamos claros que para que funcione electoralmente la coalición del Pacto Histórico tiene que ser amplia, tiene que ser una alianza con gente diferente, tiene que ser de puertas abiertas, habrá  que tragarse sapos (más),  habrá que prescindir de purismos,  habrá que convivir con agentes y con ideas que no representan una visión de cambio profundo de la sociedad, si se quiere la coalición tiene que ser como dijo el primer comandante del M-19 Jaime Bateman Cayón alguna vez “un sancocho” cocinado con muchos ingredientes, pero para este sancocho no todos los ingredientes sirven ni funcionan igual.

El Pacto Histórico es, como ya se ha señalado, una coalición en la que existen sectores organizados, corrientes de opinión, personalidades, que con trayectorias y apuestas diferentes nutren y pluralizan un espacio político que está lejos de ser monocromático como dicen los medios; las correlaciones de fuerzas y debilidades al interior del Pacto están enmarcadas en una cultura política históricamente construida alrededor de caudillos carismáticos y en este caso marcadas por un actor concreto: Petro, el de los votos -aunque no los consiguiera él solo-, el del carisma – aunque no es el único con capacidades- y el que tiene los reflectores mediáticos encima, puede gustarnos más o menos, pero esa condición plantea unas relaciones de poder específicas al interior del Pacto en las que Petro termina teniendo un rol definitivo.

No obstante es fundamental recordar, pese a que la cultura política y mediática caudillista diga otra cosa, que el actual momento de cambio que vive el país no se lo debemos únicamente a Petro y su trabajo valioso sin duda, ha sido el resultado de muchas luchas, de muchos dolores, de mucha valentía, audacia y decisión de la gente, del trabajo anónimo de miles de personas que han decidido tejer organización y movilizarse aun en las horas más oscuras, muchas de esas personas son y han sido militantes y activistas de izquierda, cuyos acumulados no pueden ser relegados y sobre todo -lo más preocupante- no pueden elegir auto relegarse para no molestar al caudillo.

La tarea de las izquierdas dentro del Pacto Histórico es ardua pero fundamental, existir como corriente organizada, tener opiniones y argumentaciones propias, disputar a los sectores más conservadores del Pacto la dirección y la hegemonía del proceso, luchar porque programáticamente ahora, y en el gobierno después, la ruptura con el fascismo neoliberal sea lo más profunda posible y los cambios y transformaciones que se pongan en marcha tengan el mayor alcance. Lo que en las izquierdas del Pacto Histórico no nos podemos permitir es que por la posibilidad de estar en el barco ganador por primera vez en muchos años terminemos desdibujándonos en una campaña y un eventual gobierno condicionado por fuerzas conservadoras en ascenso que han aterrizado en paracaídas para vestir los ropajes de moda: los del cambio. Nuestro destino después de tantos años de trabajo duro no puede ser el del castor de la metáfora gramsciana que asediado por los cazadores que quieren arrancarle los testículos, prefiere arrancárselos el mismo sin luchar para que dejen de perseguirle.

El proyecto de cambio tiene más garantías de éxito si las izquierdas participamos de forma decidida en su concreción y consolidación, la izquierda es la pata que le hace falta para andar al Pacto Histórico.

Por: Felipe Marín Guzmán y Rafael Núñez para Al Poniente y Revista Hekatombe.

«Encanto» de Disney, ¿un guiño al proceso de paz?

0

Advertencia: el presente análisis contiene algunos spoilers o «destripes».

Otra película de Disney, esta vez inspirada en Colombia, intenta repetir la fórmula de Coco de «disneyficar» realidades latinoamericanas para así ofrecer un producto «diferente» y obtener éxito comercial.

Acostumbrados como estamos a la hegemonía cultural estadounidense, expresada en todo un complejo industrial-cultural de grandes empresas y filiales y megaproducciones en las que no participamos, nos resulta agradable ver «nuestras realidades» en pantalla —más si involucran a actores y actrices colombianos— y sentirnos reconocidos como un lugar legítimo de mundo por distintas jerarquías culturales que operan a nivel global.

El héroe o heroína entonces ya no es el clásico avenger con la misión de vencer villanos cósmicos o conjurar conspiraciones y amenazas militares dentro de los Estados Unidos, ni tampoco la típica mujer blanca que, llena de estereotipos de género, como en Blancanieves, encuentra su realización personal en ser rescatada por un hombre. En Encanto nos encontramos con Mirabel Madrigal, una preadolescente colombiana que tiene que iniciar una lucha por su reconocimiento social como «individuo», pues es la única integrante de la familia Madrigal que no dispone de un «don» —es decir, el «superpoder» de los superhéroes tradicionales—. Estos dones son puestos al servicio de la comunidad local y finalmente Mirabel encuentra su «realización» en la reconstrucción de su tejido social familiar, con magia incluida.

En Encanto nos encontramos con Mirabel Madrigal, una preadolescente colombiana que tiene que iniciar una lucha por su reconocimiento social como «individuo»

Así que, sí, la familia Madrigal es «mágica», interactúa mágicamente con el mundo. Pero más importante aún: el origen de esta familia tiene que ver con el conflicto social armado colombiano, o al menos con su larga historia de violencia social y política. En Encanto, la cabeza de esa familia es otra mujer: la Abuela Alma, quien hace todo lo necesario para que no se apague la llama de la Vela, la fuente de poder de los Madrigal. Esto la lleva a tomar distintas precauciones frente a eventuales amenazas y la primera parte de la película desarrolla por qué Mirabel representaba un peligro cada vez más claro y tenía, por ende, que ser apartada de la familia. Lo que al final se cuenta es que esa actitud tan dura de la Abuela Alma tiene que ver con su condición de víctima, pues su esposo habría sido asesinado por hombres a caballo que se tomaron el pueblo y desplazaron forzadamente a la comunidad a la que ella pertenecía.

Momentos antes de esa revelación, la película ya ubicaba imágenes del conflicto. La destrucción de la casa, supuestamente por las imprudentes acciones de Mirabel, evocaba situaciones de guerra visibles en la destrucción física de pueblos ocupados por grupos paramilitares o guerrilleros. De una u otra forma, ese «pasado» del conflicto armado en realidad seguía latente en los personajes, principalmente en la resistencia y rigidez psicológica de la Abuela Alma. Y es frente a las heridas históricas dejadas por esa guerra que la familia Madrigal construye, esta vez con apoyo solidario de todo el pueblo, una nueva casa.

Aunque la película no despliega una postura concreta en relación con actores armados, su mensaje general es de reconstrucción del tejido social, solidaridad comunitaria y reconciliación familiar, así estos fenómenos, al parecer, hayan sido compartidos solamente entre la misma población no combatiente. Desde luego, como en general ocurre en las películas de Disney, la dicotomía «buenos y malos», insuficiente para comprender la complejidad de nuestro conflicto, sigue haciéndose presente; sin embargo, leída en este contexto, pareciera que un subtexto de Encanto es mirar el conflicto de cara a la constitución de un nuevo porvenir de solidaridades, pero sin la repetición del ciclo de odios y rencores que, dentro de una estructura de clases sociales y desigualdades estructurales —esto último no lo muestra Encanto—, posibilitan la reproducción continuada de la guerra.

Sería absurdo afirmar que una defensa del proceso de paz se desprende explícitamente de Encanto, sin embargo, lo que sí muestra el film es que la vía guerrerista/revanchista, la salida autoritaria, no es el camino para tratar las heridas históricas del conflicto y reconstruir tejido social-comunitario.

Es esta referencia histórica al conflicto social armado la que hace que el relato de «superación» y redención del personaje principal, Mirabel, en su búsqueda de reconocimiento, no parezca huero y se acople sin más a la ideología estadounidense de empoderamiento o promoción del turismo extranjero a través del filtro de la democracia liberal y el mercado —cosas que igualmente hacen—. Y al menos para mí Encanto me dejó una invitación a mirarnos a nosotros/as mismos/os, a entender cómo el conflicto nos ha marcado, aunque más allá de fantasiosas supersticiones y dones comprendidos en el marco de una versión disneyficada del «realismo mágico». Y es justamente en este mirarnos que hay que ir más allá de la película.

Sería absurdo afirmar que una defensa del proceso de paz se desprende explícitamente de Encanto, sin embargo, lo que sí muestra el film es que la vía guerrerista/revanchista, la salida autoritaria, no es el camino para tratar las heridas históricas del conflicto y reconstruir tejido social-comunitario.

Adenda: a cinco años de la implementación del Acuerdo Final de Paz con la exguerrilla de FARC-EP hay que seguir exigiendo el cumplimiento de sus reformas estratégicas y para ello será clave la elección de un nuevo gobierno estatal que contenga los efectos regresivos de cuatro años de simulación y perfidia del bloque de poder uribista, hoy en decadencia. Es el Acuerdo, con reformas que empiezan a tratar las causas estructurales de la guerra, una de las ventanas más importantes para la reconciliación y la constitución de nuevos horizontes políticos y sociales diferentes a los del capitalismo realmente existente. En ello es clave analizar los distintos énfasis de la implementación del Acuerdo hechos por cada actor en disputa y recordar que el Acuerdo no se puede reducir a la reincorporación, juzgamiento o participación político-estatal de los/as exguerrilleros/as.