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ABC para entender lo que pasa en Afganistán

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Si sienten que la información sobre Afganistán es fragmentada, sin contexto y parece que todo pasó de la noche a la mañana, y referencian a Afganistán solamente por las películas de militares de Estados Unidos que regresan a sus casas tristes y con traumas, este artículo es para ustedes.

No vamos a ir hasta el principio de la historia de Afganistán, pero sí lo suficiente para entender al menos por encimita, lo que está pasando.

A. La monarquía, la revolución y la ocupación soviética

El Estado Afgano fue una creación del poder colonial británico, donde juntaron distintas etnias, y separaron a la fuerza fronteras que a la luz de los pueblos, eran inexistentes. A su vez, ha sido objeto de disputa imperial: desde Reino Unido y Rusia, hasta los Estados Unidos y la Unión Soviética, han buscado hacerse del control de lo que los especialistas entienden como ‘Estado Tapón’, por estar ubicado en un lugar geoestratégico de tránsito entre el norte, el centro y el sur del continente asiatico. 

A lo largo del siglo XIX Afganistán fue un protectorado británico. Alcanzó su independencia en 1919 para dar paso a una monarquía marcada por un carácter más o menos modernizante, que incluyó políticas que daban mayores garantías para las mujeres en términos, por ejemplo, de acceso a la escolaridad, derecho al voto, o al uso más laxo del velo musulman. 

En medio de una crisis económica y de una gran hambruna, tiene lugar un golpe de estado en 1973, que da paso a la fundación de la República de Afganistán. El nuevo gobierno, de tendencia autoritaria, es derrocado en 1978 por la célebre Revolución de Saur que funda la República Democrática de Afganistán.

La Revolución fue una insurrección militar dirigida por el Partido Democrático del Pueblo de Afganistán (PDPA), una organización partidaria que agrupaba distintas tendencias socialistas, unas más cercanas a la Unión Soviética y otras más distantes. En el poder y de forma inmediata, el gobierno revolucionario puso en marcha una serie de políticas progresistas que apuntaban a una completa relación de equidad entre las mujeres y los hombres, así como entre las distintas tribus, tanto nómadas como sedentarias. 

Asimismo dio paso a políticas de promoción de cooperativas económicas de base, acceso a empleo, educación primaria, básica y superior para mujeres y hombres, y una reforma agraria radical de expropiación, articulada a un decreto que ponía fin a la dinámica rentista y de endeudamiento que tenían los terratenientes sobre la población campesina. Una medida ambiciosa que buscaba afectar las estructuras feudales que aún existían en el momento.

En nebulosas circunstancias, recién inició la revolución, asesinaron al presidente Nur Mohammed Taraki, al mismo tiempo que sectores de la población se mostraban molestos con los decretos revolucionarios.

El PDPA no tuvo en consideración un factor clave en política: las dinámicas culturales de la sociedad. Si bien desde el periodo monárquico, el rey Zahir Shah tuvo relaciones de cooperación con la Unión Soviética, y la religión no se asumió con el fundamentalismo del presente régimen talibán; la fuerza disruptiva de los decretos revolucionarios que, al no contar con un proceso previo de ganancia cultural que procurase cambiar las mentalidades conservadoras, en especial del campesinado, causaron desazón dado que por ejemplo existìan vínculos tribales y afectivos entre los terratenientes y los agricultores, y la religión, relegada al ámbito privado, junto a políticos y gobernantes abiertamente ateos, generaron desconfianza entre unas comunidades con un agudo fervor religioso. 

Estos brotes de insatisfacción que se empezaban a hacer sentir, en plena guerra fria, sumado al asesinato del presidente Taraki—que no estaba completamente alineado a los intereses soviéticos—, fueron un caldo de cultivo para que el PDPA solicitara en 1979 el apoyo militar de la Unión Soviética. 

La intervención no sentó bien en el turbio ambiente que se vivía. Los precedentes represivos soviéticos sobre Hungría o Checoslovaquía llevaron a que en el plano internacional, sectores democráticos radicales y socialistas que no eran pro-URSS rechazaran la presencia de tropas extranjeras. A su vez, sectores campesinos se alinearon con terratenientes para combatir lo que sentían como una invasión extranjera de infieles, que afectaba a las comunidades musulmanas, desatando así el apoyo tanto de otros países musulmanes, como de los Estados Unidos, que veían una oportunidad para desestabilizar tanto al gobierno revolucionario afgano como a la misma Unión Soviética.

Cuando Taraki es asesinado, Hafizullah Amin asume el poder. La represión contra opositores e incluso contra integrantes del partido que fueron críticos contra su mandato, fue cruda. Fue Amin uno de los que más impulsó desde el partido la solicitud de intervención extranjera. Paradójicamente, a la llegada de las tropas soviéticas sería destituido de su cargo por el mismo partido y posteriormente ejecutado por las fuerzas de ocupación. Su ejecución se justificó con dos razones: de un lado, la represión que estaba poniendo en jaque al nuevo gobierno, y del otro, una supuesta relación con la CIA.

Mientras tanto, los Estados Unidos financiaban y les daban armas a los milicianos musulmanes afganos que gozaban de apoyo en las áreas rurales —en las urbanas el gobierno revolucionario tenía mayor popularidad—, estos milicianos eran los muyahidin o combatientes de la Yihad. 

Parte de los muyahidin se habían formado en concepciones fundamentalistas del Islam en madrasas o escuelas religiosas fundadas por el Reino de Arabia Saudita en Pakistán. Es importante tener en cuenta que, primero, Arabia Saudita es y ha sido un aliado estratégico de los Estados Unidos en la región, y segundo, que en este país es dominante la tendencia radical sunita del Islam conocida como wahabismo. En la actualidad, el Estado Islámico y los talibán comparten la misma interpretación fundamentalista del Corán que hace el wahabismo.

B. El régimen talibán

La intervención soviética duró hasta 1989, y estuvo envuelta por una sangrienta confrontación que dejó como saldo una profunda crisis, con un poderío de los combatientes yihadistas y de los terratenientes convertidos en señores de la guerra. Por su parte, el gobierno del PDPA sobrevivió con escasa legitimidad hasta 1992. De 1992 a 1996, Afganistán estuvo básicamente sin un gobierno central, serían los talibán —formados en 1994— con las armas y el respaldo previo de los Estados Unidos, quienes se harían del poder en 1996 gozando de gran apoyo al mostrarse como los reorganizadores del país.

Los talibán, o estudiantes de dios según la traducción del pashtun, fueron el ala muyahidin más radical. Con su gobierno hasta 2001 la producción de opio se volvió a levantar, mientras imponían un duro sistema de opresión sobre las mujeres, las diversidades sexuales, las niñas y los niños, y toda divergencia política, estableciendo un régimen fundamentalista que echó abajo los derechos civiles existentes, así como las reformas progresivas en materia económica y los limitados avances en materia de libertades políticas.

C. Estados Unidos ocupa Afganistán

Desde el proceso de configuración de Estados Unidos como Estado-nación, este país tuvo como propósito controlar todo lo que fuera posible fuera de sus fronteras (sistemas políticos, la economía, minerales, la cultura, rutas de comercio, plantas, el espacio, etc.). Este ejercicio de control, palabras más palabras menos, es el imperialismo estadounidense, pero allá lo conocen desde el siglo XIX como ‘el destino manifiesto’, con esta idea, la de ser los elegidos para ‘llevar progreso al mundo’, desde ese mismo siglo intervino en el caribe y centroamérica; en el siglo XX en Europa, Latinoamérica, África, Oriente medio, Asia y Oceanía, y la dinámica continúa todavía en el siglo XXI.

Este proceso de expansión se da por diferentes vías, una de ellas es la de ‘llevar la democracia’ a países que están siendo gobernados por ‘regímenes dictatoriales’, ‘terroristas’ o que están en crisis, por medio de la ocupación militar, como en el caso de Afganistán.

La caída de las Torres Gemelas se convirtió en la excusa de Estados Unidos, en cabeza de George Bush Jr., para interferir aún más en oriente medio, con el objetivo de eliminar la amenaza del terrorismo, lo que es todo y nada, ya que la noción de ‘terrorista’ se convierte en un enemigo común perfecto, porque cada gobierno le otorga unas cualidades y unas responsabilidades específicas según sus necesidades.

La Operación Libertad Duradera inició el 7 de octubre de 2001, después de que se supiera que al Qaeda estaba siendo protegido por el régimen talibán. Para evitar que les dieran protección, Estados Unidos e Inglaterra invadieron Afganistán. Se les sumaron en la primera semana de noviembre Australia, Canadá, Turquía, Alemania, Italia, Holanda. Para el 13 de noviembre ya las potencias tenían el control de Kabul, la capital. Francia y Polonia llegaron como refuerzo algunos días después.

En Afganistán, tres meses después de la salida de los talibán del poder, Estados Unidos ya había impuesto un presidente interino (7 de diciembre), respaldado por todas las potencias que proporcionaron soldados entre octubre y noviembre, y fue acompañado por la ocupación militar, desplazando a los talibán, lo que implicó un importante grado de legitimidad tanto en el pueblo afgano, como en la opinión pública en general. 

Aunque el gobierno de Estados Unidos informó el asesinato de Bin Laden, fundador de al Qaeda, el 22 de junio de 2011, y enterraran su cuerpo en el mar, las tropas de Estados Unidos y demás potencias no fueron retiradas de Afganistán, sino que continuó la presencia y aumentó el despliegue militar.

Como se mencionó antes, la lucha contra el terror, está mediada por el supuesto de llevar la democracia a aquellos países que serán ocupados. Para Afganistán, esa ‘lucha’ significó una democracia ficticia que no fue más allá de imponer medidas superficiales, como elecciones que legitimaban al presidente impuesto, sin tocar temas estructurales, desconociendo además la historia y la cultura del pueblo afgano, mientras definían mecanismos que les permitieran extraer recursos recién descubiertos como cobre, oro, o litio, y tener injerencia en el productor de opio más importante del mundo.

El cambio de presidentes en Estados Unidos no se tradujo en avances importantes frente al desarrollo del país, por supuesto, Bush Jr fue quien impulsó la invasión. Obama el presidente demócrata (2009-2017) en 2009 envió 30.000 soldados más para luchar contra los talibán y supuestamente, las tropas regresarían antes de su campaña de reelección de 2012, pero en 2011, envió otros 33.000 soldados más. En 2014 dijo que era momento de darle un “fin responsable” a la invasión de Afganistán, sin embargo, en 2016 dijo que no lo haría y envió más soldados. Trump, presidente repúblicano (2017-2020), según indica el profesor e historiador Frank Molano, “inició acuerdos con los talibanes y aceptó la retirada de tropas yanquis hace cuatro años, los acuerdos entre los talibanes y EE.UU. incluyen el respeto a las explotaciones mineras de las multinacionales occidentales”, claro que antes del acuerdo, envió más tropas. .

Los 20 años de ocupación militar de Estados Unidos no implicaron ni paz, ni democracia en Afganistán, como tampoco la derrota de los talibán, sino bombardeos indiscriminados y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. La economía de la ocupación dependía  de cultivos de uso ilícito, a lo que se le puede sumar la explotación de las recién descubiertas riquezas minero-energéticas por parte de multinacionales en las que participan los capitales de los países que apoyaron la invasión, además del capital chino.

D. Las mujeres en Afganistán

Las mujeres, durante la ocupación que implicó una muy relativa disminución en el poder de los talibán, recuperaron algunos de sus derechos y libertades, como no usar el burka, el derecho al trabajo o el acceso a la educación. Sin embargo, durante la ocupación, la situación de las mujeres siguió enmarcada en la precariedad, cabe recordar que la mayor parte de los recursos destinados para “restaurar la democracia” en Afganistán, estaban siendo destinados para actividades militares. 

Según el informe del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 2019: Las mujeres y la paz y la seguridad, hasta esa fecha existía una diferencia de 60 puntos porcentuales entre las tasas de empleo masculino y femenino; para 2017, dos tercios de las niñas afganas no asistían a la escuela, según Human Rights Watch, teniendo en cuenta que una de las promesas de la ocupación en 2001, era la escolarización de todas las niñas.

 El informe también señalaba que:

 “3,5 millones de niños no asisten a la escuela, y de esta cifra el 85% son niñas. Solo el 37% de las adolescentes están alfabetizadas, en comparación con el 66% de los varones adolescentes (...) En la mitad de las provincias del país, menos del 20% de los docentes son mujeres, un obstáculo importante para la gran cantidad de niñas cuyas familias no aceptan que un hombre les imparta educación, sobre todo en la adolescencia (...) Alrededor del 41% de las escuelas no tienen edificios, y muchas carecen de muros de separación, agua y baños, lo cual afecta a las niñas de manera desproporcionada”.

Aunque la Constitución fue reformada y adoptó los tratados internacionales de Derechos Humanos, aún daba espacio para que la Ley afgana fuera interpretada EN CONTRAVÌA DE ESTOS, por ejemplo, señala que ninguna ley debe ser contraria a los principios de la sharia o ley islámica. Sharia significa “vía amplia” o “camino”, es una ley divina resultado de la traducción de los versículos del Corán en normas jurídicas. Hay tantas interpretaciones como escuelas islámicas en países islámicos y diferencias entre estos. Entonces, según la interpretación que se haga de esta, puede garantizar o no derechos a las mujeres.

En 2009 fue expedida una ley que restringía los derechos a la movilidad de las mujeres; modificaba la edad mínima de matrimonio, acercándola más a la infancia, así como el derecho al divorcio, disminuyendo las causales. Dado su extremismo antiderechos, la ley fue alivianada por la intervención internacional. 

La violencia basada en género continuó, como ataques en vía pública, bajo acceso a la justicia y, como ya se vió, bajo acceso a la educación. También hay que reconocer, que en el 2012, durante la ocupación de Estados Unidos, el parlamento tenía una cuota de 25% de escaños ocupados por mujeres, más de mil mujeres trabajaban como policías, dos mujeres habían ocupado ministerios, se constituyó el equipo de fútbol femenino, y fue inaugurada la primera universidad femenina del país.

Ahora, con la llegada de los talibán, las mujeres esperan el regreso de las prohibiciones que sufrieron entre 1996 y 2001. En las zonas rurales con presencia talibán, ya hay denuncias de un régimen de terror, no pueden salir solas y sin el burka; obligan a las niñas mayores de 15 años y las viudas menores de 45, a casarse con los milicianos; además, las mujeres son las protagonistas de los desplazamientos para huir de todo esto.

Entonces, la libertad duradera de la que hablaba Estados Unidos hace 20 años, no fue tan libre y no duró.

No me gusta trabajar

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Dice Engels que el trabajo es “la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”, así que estoy segura que soy una creación defectuosa.

En 1966 Raphael se hizo famoso con “La Canción del Trabajo”, es un cover al que le metió mano y lo convirtió en un himno a la resignación, a esperar que con el sacrificio algún día llegue algo mejor. Escucho esa canción hace años y me encanta ver el video con ese Raphael coqueto, pero hasta hace poco me fijé en ese mensaje tan triste que se escondía detrás de ese movimiento de pelvis. En el 2007 descubrí a Skampida y cada vez que los veía en concierto cantaba cual fan enamorada:

Van a trabajar para ganar,
el dinero con qué comprar
la comida para poder tener
la energía para ir a trabajar.

Me sentía como una traidora de esa clase trabajadora, que a la larga no cuestiona tanto la enajenación del trabajo.

Pese a que escucho esa canción hace tanto, vine a notar que no me gusta trabajar 11 años después, en 2018, cuando estaba viendo la última película de Winnie The Pooh “Christopher Robin: un reencuentro inolvidable”. Se trata de un man explotado laboralmente — Christopher Robin—, que buscaba ser aún más explotado, hasta que el pánico a los efelantes, su hija, y las criaturas que viven en el Bosque de los 100 Acres le hacen caer en cuenta de su error.

Y así fue que las canciones, Winnie The Pooh, y el descubrimiento de mi relación con el trabajo, me llevaron a encontrar El Derecho a la Pereza de Paul Lafargue. En ese momento mi vida cambió, me estrellé con Raphael y con Engels. Me sentía como una traidora de esa clase trabajadora que ama trabajar.

Un día cuando iba del trabajo a la casa, un trabajo chévere y que disfrutaba, pensé ¿Cómo le voy a contar a las personas que quiero esto que siento? ¿Cómo salir del clóset de las arengas sobre el derecho al trabajo, así, a secas? ¿Cómo les digo que el sacrificio laboral ya no es lo mío? Primero lo hice con mi familia, que por supuesto me apoyó y entendió. Lo mantuve en secreto con otras personas hasta que un día se lo conté a las integrantes del club de lectura al que una amiga, que conocí por el trabajo, me invitó. Cuando lo hice aprendí que no debo soltar semejante bomba sin contexto, por eso esta confesión es tan larga.

No soy una vaga, incluso, con toda seguridad, me atrevo a decir que pueden usar mi vida laboral para un comercial de gente emprendedora y echada pa’ lante que no se rinde ante la adversidad.

pueden usar mi vida laboral para un comercial de gente emprendedora y echada pa’ lante que no se rinde ante la adversidad. Así de horrible es.

Empecé a trabajar los fines de semana cuando tenía 16 años, y diariamente desde los 18 años con un emprendimiento familiar que pagó el pregrado de mi hermana, el mío y parcialmente el bachillerato de mi hermano. Trabajo duro y pesado. Cuando terminé la universidad seguí con la precariedad pero en formato prestación de servicios y conocí el trabajo extenuante y desagradecido. Las pesadillas con monstruos ahora eran protagonizadas por compañeros y compañeras.

Dejé de almorzar por estar trabajando, he tenido tres trabajos al tiempo, trabajé en jornadas que iban desde las 6 AM hasta las 3 AM del día siguiente, para luego entrar a las 8 AM, a eso le decía compromiso. Llegué a ser adicta al trabajo. A propósito de eso, ahora le dicen workaholic a la adicción al trabajo, cuando escuché eso por primera vez, entendí ‘workalcoholic’, me reconocí y pensé que era tomarse unos vinitos durante la jornada laboral, lo que no me parecía algo malo, a veces es justo y necesario.

Trabajar no es placentero. Es correr con fechas absurdas, dedicarle un día completo a escribir un informe para que paguen cuando quieran, es tratar personas con actitudes poco gratas, gente pasivo-agresiva y también agresiva-agresiva. Aunque no todo es malo, gracias al trabajo tengo amistades bonitas, he aprendido y en ocasiones la he pasado muy bien.

Trabajar es necesario, no en vano contribuyó a la transformación del mono en hombre e inspiró a Engels, pero esta lógica de trabajo impulsada por el capitalismo y condimentada con una buena dosis de sacrificio gracias a la religión, ha llevado a que sea el centro de la vida de la humanidad y a que sea asumido como algo normal y hasta bueno, Lafargue era más brusquito al decirlo:

“Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos” (Lafargue, 1883).

Hace poco recordaba las preguntas típicas de las entrevistas laborales. Hay muchas que son recurrentes, siendo una de ellas la de «¿Cuál es tu mayor defecto?», cuando me la hacían siempre pensaba “no tengo defectos”, pero eso es impresentable, entonces decía cualquier cosa que la persona entrevistadora quisiera escuchar. Ahora, si me hacen esa pregunta, mi respuesta sería: “creo en los tres ochos, ocho horas para trabajar, ocho horas para el ocio y ocho horas para dormir, aunque no estoy convencida del primer ocho, porque debería ser un seis o un cinco”. Lo que me devuelve a lo que dije arriba, el trabajo es el centro de la vida. En lugar de salir a caminar, dedicarle más tiempo a estudiar, a ver series, a contemplar la vida, a jugar con las mascotas, las horas más productivas del día se van en el trabajo, y eso cuando se respetan los tres ochos.

En lugar de salir a caminar, dedicarle más tiempo a estudiar, a ver series, a contemplar la vida, a jugar con las mascotas, las horas más productivas del día se van en el trabajo, y eso cuando, se respetan los tres ochos.

Hace unos años tuve un trabajo envidiable, un contrato a término indefinido con todas las prestaciones de ley, es decir, en teoría, no estaba precarizada. Tenía que entrar a las 8 AM y la oficina quedaba en la 95, a una hora y media de viaje de mi casa, y luego, al finalizar, dos horas de viaje de regreso ¡De pie! En un bus lleno. No llegaba a disfrutar mis ocho horas de ocio, sino que completaba casi 12 horas del día dedicadas al trabajo. Una vez me invitaron a una conferencia para hablar de alguna cosa, supongo que de comunicación alternativa, pedí permiso una semana antes y el día de la charla me llamó la jefa y me preguntó: «pero no entiendo, ¿cómo la charla aporta al trabajo que estás haciendo?», y eso que ya le dedicaba todo ese tiempo de mi vida a esa oficina. Es que la explotación acordada nunca les basta, siempre quieren más y más.

la precarización laboral con figuras como las OPS o las consultorías, los emprendimientos e incluso con los contratos a término indefinido, no permitedisfrutar la vida, sino que nos matan un poquito cada día, y eso se acepta como si se tratara de algo natural.

Decir que no me gusta trabajar no significa que sea una mediocre, pues sigo siendo juiciosa, comprometida, me río, disfruto lo que hago y soy disciplinada, aunque ahora soy más apegada al criterio de las 8 horas. He tenido trabajos que me han gustado, donde me he sentido valorada y consentida, pero creo que la precarización laboral con figuras como las OPS o las consultorías, los emprendimientos e incluso con los contratos a término indefinido, no permiten disfrutar la vida, sino que nos matan un poquito cada día, y eso se acepta como si se tratara de algo natural.

Es un círculo vicioso lamentable en el que se sobrevive para trabajar, en el mejor de los casos, porque en el peor, el del desempleo, se anhela volver a la sobre explotación laboral, para desde ahí volver a despotricar del trabajo. Empleo y desempleo, dos caras de la misma moneda del funcionamiento del capitalismo.

No me gusta trabajar, pero tampoco estar desempleada y me pregunto ¿Toda mi vida estará atrapada en ese péndulo o podré conocer otra forma de vivir?

La Batalla Cultural, un legado del Paro Nacional en el que hay que insistir

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Luego de tres meses del inicio del estallido social en Colombia las reflexiones que se pueden construir frente a los resultados del Paro Nacional son muchas, algunas de ellas positivas y otras que han de ser revisadas por el movimiento social de manera crítica. Actualmente, se han consolidado espacios físicos de resistencia en los distintos territorios en donde se han venido desarrollando las diferentes actividades que mantienen vivo al Paro.

En estos espacios, es común evidenciar cómo se construyen ejercicios de democracia participativa, en donde al calor de la olla se realizan discusiones sobre las peticiones que se deben realizar al Gobierno Nacional, incluso al Distrital. De igual forma, es común evidenciar los desacuerdos entre organizaciones sociales, primeras líneas e individualidades que participan en estos espacios; dichos disensos en ocasiones parecieran tomar un rumbo irreconciliable y en cierta forma beligerante entre las y los diferentes actores que integran estos procesos.

Sin embargo, es importante resaltar una de las mayores ganancias del contexto del Paro Nacional. Esta es, el reconocimiento y la necesidad de las y los manifestantes y quienes los apoyan, de entender las problemáticas sociales colombianas como un asunto de clase social. Pues antes del gran estallido nacional del 28 de abril de 2021, la idea impuesta y en mayor medida aceptada en el sentido común colombiano, por el orden hegemónico económico, político y cultural, era la del completo rechazo a la lucha de clases y la normalización de la corrupción estatal, bajo los discursos de “todos somos colombianos, no a la lucha de clases ”, “no hay que radicalizarse” y “está bien que roben pero que hagan”… aun cuando durante la cuarentena ocasionada por la pandemia del Covid-19 existían, por ejemplo, personas alimentándose con carne de paloma en los barrios populares de la ciudad de Cali, mientras que a escasos kilómetros en la misma ciudad, en barrios de la élite financiera, como Ciudad Jardín, era común evidenciar los lujos y despilfarros de esta clase social. Lo anterior, con el beneplácito de la dirección del autodenominado centro político, la derecha y la derecha conservadora. Vale aclarar que, estas ideas aún permanecen en el sentido común de las mayorías, pero se resalta que existe una batalla vigente para contrarrestarlas, la cual ha tenido resultados positivos.

En ese sentido, es importante entender que una de las primeras ganancias del Paro Nacional es el reconocimiento de las personas de los barrios populares con las demandas del estallido nacional, por cuanto se entendió que la protesta era justa, que tomar partido ante las desigualdades no es un pecado y que quien no protestaba era porque no le hacia falta nada. Naturalmente, quienes protestan están cansados de la informalidad y la falta de oportunidades que generalmente se concentran en unos cuantos grupos sociales acomodados.

La batalla cultural fue una de las primeras hijas del Paro. A pesar de que muchos jóvenes en ocasiones han asegurado que su protesta no tiene que ver con aspectos políticos, quizás por desconocimiento de lo que teóricamente es la política o quizás como respuesta natural a la corrupción de la élite colombiana que la disfraza de política… lo cierto es que el reconocernos como la gente del barrio, la gente que trabaja en las empresas, en la informalidad, las y los emprendedores que inician desde abajo y por qué no, las y los sin futuro, los olvidados por el Estado, en contraposición al discurso de “la gente de bien”, “las familias de bien” y “los ciudadanos”, como sinónimos de acumulación de riqueza, explotación laboral de terceros y normalización del narcotráfico como sustento económico, es un ejercicio político en donde se disputa lo que es culturalmente aceptado y/o anhelado.

Desde los sectores populares hemos venido recuperando nuestra dignidad y les recordamos a los poderosos que como clases populares existimos, les recordamos que no nos avergüenza pertenecer a un barrio popular y que estamos dispuestos y dispuestas a reclamar lo mínimo, lo básico, lo que nos ha sido arrebatado, eso que ellos mismos nos vendieron con la idea del Estado Social de Derecho: la igualdad de oportunidades y la vida digna.

Esta disertación no busca romantizar al Paro Nacional como un ente abstracto, perfecto y poseedor de las soluciones que necesita el país, pues se entiende que el estallido social está integrado por seres humanos en determinadas condiciones, y como es bien sabido, al interior de los espacios de protesta en ocasiones se reproduce la violencia sin sentido entre manifestantes y hacia la comunidad, al igual que la violencia por razones de género, o la estigmatización de los espacios de discusión política y la lucha, en cierto modo infantil, por protagonismos irrelevantes para la comunidad en general.

Más allá de las reformas perjudiciales para las clases populares que se han podido tumbar y de las peticiones que se están buscando negociar con el Gobierno, se resalta la lucha transversal que se ha venido dando desde los grupos populares para hacerse con la hegemonía cultural, respecto a no naturalizar y romantizar la pobreza, la corrupción y el narcoestado.

La batalla cultural que nace del Paro Nacional debe perdurar en el tiempo, es un legado para las futuras generaciones y, en la lógica de Antonio Gramsci, las organizaciones sociales, las primeras líneas y las individualidades que integran en este momento y a futuro los espacios del Paro Nacional, deben constantemente auto revisarse, respecto a si las prácticas organizativas que realizamos, las disputas protagónicas y los escenarios de violencia al interior del movimiento social son realmente contrahegemónicos y alternativos a los modelos políticos y culturales que actualmente ejercen el poder en Colombia.

Mancuso y la mentalidad paramilitar

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“Antes de todo fuimos víctimas… que fui perseguido y acorralado por la guerrilla, que fui víctima de persecución y secuestro como lo fueron el resto de mis vecinos y guiado por ello para que los acompañara según lo que decían en aquel momento a combatir el enemigo de la nación colombiana y fortalecer la institucionalidad y la democracia”.

Así inició su segunda intervención ante la Comisión de la Verdad, Salvatore Mancuso antiguo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, justificando la necesidad de la justicia por mano propia, la imagen del victimario héroe, que se ve obligado a tomar las armas para defenderse, a mostrar ese hombre que se equivoca, que sufre y se arrepiente.

No es desestimar todo lo que dijo Mancuso, porque reconocer su responsabilidad dentro del conflicto social, político y armado colombiano es fundamental para avanzar hacia la reconciliación y la verdad. Que Mancuso de nuevas imágenes y escenarios de los ya comprobados nexos de paramilitares con políticos, policía, ejércitos, ganaderos y civiles, sus barbaries, masacres y violaciones a los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, abre nuevas preguntas, pero también permite, como lo decía una víctima, “entender y no olvidar” lo que paso en la historia reciente del país.

Lo que hay que tomar con pinzas es la reiterada posición de Mancuso en su discurso, en la que intenta legitimar ese relato de la víctima que quería ser salvadora, pero al final se equivocó. Ese hombre que, al ver el sufrimiento de los otros, sus semejantes, su clase —no pobres, no campesinos, no mujeres, no indígenas—, inicia un recorrido para crear una organización al margen de la ley, pero gestada en el seno del Estado para defender a sus indefensos compatriotas.

Que los hermanos Castaño Gil y él —Mancuso— al ver la inoperancia e ineficiencia del Estado, se vieron obligados a armarse y asumir la responsabilidad colectiva de autodefenderse y atacar a todos aquellos que causaban daños a la población, a convertirse en el Estado que no existía, a ser la ley y el verdugo que las comunidades pedían —o que no pedían—.

Para Mancuso fue tal el éxito de las estructuras paramilitares y su aceptación que las poblaciones les solicitaban construir hospitales, escuelas y barrios, pero si pusiéramos el mapa de la Colombia que el ex jefe paramilitar describe y uno actual de las zonas de influencia del paramilitarismo, las imágenes serían completamente opuestas.

Salvatore excluye en su relato que las razones económicas, políticas y culturares, fueron elementos estructurales para el nacimiento y expansión del paramilitarismo, y las nombra como secuelas de la lucha antisubversiva, en donde las masacres, asesinatos, desplazamientos y torturas fueron consecuencias inevitables para conseguir sus objetivos individuales ‘heroicos’.

Cabe decir que dichos medios —o la supuestas consecuencias según el relato paramilitar—, eran completamente contrarios a la defensa real de quienes son considerados víctimas del conflicto, y eran mas bien el mecanismo para el mantenimiento y protección de intereses económicos y políticos de familias influyentes en cada una de las regiones donde hacían presencia.

Es necesario cuestionar y desarmar este sentido construido del paramilitarismo como una narración de héroes y villanos en donde los jefes paramilitares ocupan el papel de protagonista, ese “Rambo”, ese “Bolívar del Sinú” (como nombraban los medios a Carlos Castaño) que con miedo y temor no quiere perder esta batalla y por eso recurre a cualquier clase de estrategia legal e ilegal para llegar al poder o cedérselo a otros héroes financiadores y cómplices.

Hoy ese sentido común se mantiene tanto en la narrativa de los paramilitares como en partidos políticos, instituciones públicas y estatales que en su intento por salvar a la indefensa Colombia no les queda otro camino que salvarnos con plata y plomo.

Alcalde y personero de Funza confunden bandera anarquista con bandera del ELN

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Según informó el Comité de Paro de Funza y Mosquera, en la jornada de protestas del pasado 20 de julio (2021), un grupo de jóvenes, en una acción política-simbólica, izó la bandera rojinegra anarquista (con franjas diagonales) en un parque de Funza, Cundinamarca.

Extralimitando sus funciones, el personero municipal Fernando Tovar, se acercó al lugar para bajar la bandera, diciendo que se trataba de la bandera del ELN. Pese a que tanto el colectivo juvenil que la izó, como otras personas que estaban en el lugar le explicaron que estaba equivocado, el funcionario decidió no hacer caso y seguir criminalizando.

Pocas horas después, en una transmisión en vivo, el Alcalde de Funza, Daniel Bernal,  insistió en la criminalización de la bandera y del colectivo juvenil que la izó: “En nuestro Parque Principal algunos muchachos han izado una bandera hoy roja y negra, una bandera que en tiempo atrás perteneció a un grupo al margen de la ley, una bandera que hoy no sabemos si han retornado los colores para volver a hacerle apogeo o apología, mejor, a este grupo que nosotros ya veíamos como parte del pasado, o si es que algunos muchachos están haciendo nuevamente resurgir esta clase de grupos.”

La ciudadanía movilizada del municipio de Funza y el Comité de Paro de Funza-Mosquera le están exigiendo al alcalde que se retracte ya que sus señalamientos ponen en riesgo la seguridad jurídica y física del colectivo juvenil que izó la bandera anarquista. 

Sobre la bandera rojinegra de franjas diagonales

Se dice que fue García Oliver, el célebre anarquista español, quien propuso la bandera rojinegra hacia la década de los años 30’s, como una forma de articular a la bandera roja, —un símbolo histórico del movimiento obrero que para ese entonces no estaba restringido solo a los partidos comunistas—, con la bandera negra que era asociada directamente al anarquismo, reivindicada desde el siglo XIX por Louis Michel o Mijail Bakunin.

La propuesta de García Oliver era además una forma práctica para lograr unidad simbólica entre la Federación Anarquista Ibérica y la Confederación Nacional del Trabajo. Desde entonces, la bandera estuvo relacionada primero con la tendencia del anarquismo denominada «anarcosindicalismo», y algún tiempo después con el anarquismo social y organizado.

La bandera anarquista tiene franjas diagonales, a diferencia de la bandera de la insurgencia del ELN, con franjas horizontales, una bandera que es compartida además por las organizaciones insurgentes que adoptaron la reivindicación de «Liberación Nacional» como el Movimiento 26 de Julio (M-26-7) cubano, o el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua. 

Este tipo de bandera rojinegra fue retomada de la insignia de las fuerzas insurgentes del líder revolucionario y general nicaragüense Augusto Nicolás Calderón Sandino (1895-1934). Este era el significado en palabras de Sandino: “Rojo y negro son los colores incendiados de nuestra bandera para simbolizar Libertad o Muerte, es decir, propósito firme de ser libres, soberanos e independientes. Patria y Libertad son las palabras oficiales que usa nuestro Ejército, a la terminación de cualquier escrito, con el objeto de mantener en nuestro pueblo el concepto de Patria Libre”. 

Según la sandinista disidente Mónica Baltodano, parece que los colores fueron retomados por Sandino de anarquistas mexicanos que ya los empezaban a usar a principios del siglo XX, pero aún no con la misma masividad que la Confederación Nacional del Trabajo y la Federación Anarquista Ibérica durante la guerra civil/revolución social española.

Teniendo en cuenta la historia internacional detrás de estos colores y de estas banderas, es evidente que resulta absurdo inscribir su uso al de una única agrupación, en un solo país. 

Respetados personero y alcalde de Funza, de vez en cuando no viene mal leer para no criminalizar, y claro, para no quedar mal.

Pensar históricamente la crisis haitiana

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Frank Molano Camargo
Universidad Distrital Francisco José de Caldas

El 7 de julio las noticias se escandalizaban con la muerte violenta del presidente haitiano Jovenel Moïse a manos de un grupo armado que llegó hasta su residencia y lo ejecutó. Entender este suceso exige, sin duda, una mirada de larga duración que sitúe este asesinato en el marco de la historia global de la dominación colonial, imperialista y capitalista sobre una sociedad como Haití.

Una breve historia de un estado-nación paria

El 6 de diciembre de 1492 comenzó la tragedia haitiana. Ese día Cristóbal Colón, creyendo haber llegado a la India se encontró con el pueblo Taino y lo denominó “indio”. Se trataba de gente amistosa, pero su tierra fue denominada como “la Española” y se declaró propiedad de la corona. Se discute sobre el tamaño de la población, entre 500 mil y tres millones. Colón quería oro y como no lo había en abundancia inauguró el tráfico de personas esclavizadas con la venta de tainos. En pocas décadas la población originaria disminuyó por las enfermedades, los malos tratos y la persecución violenta contra quienes se rebelaron.

En el siglo XVII los franceses le disputaron a España el control de la isla y establecieron en la parte oriental una próspera colonia con población africana secuestrada y esclavizada para explotarla en las plantaciones azucareras, la isla fue conocida como «la perla de las Antillas». La esclavitud llevó al pueblo negro a la primer revolución anticolonial y antiesclavista del mundo entre 1791-1804.

La esclavitud llevó al pueblo negro a la primer revolución anticolonial y antiesclavista del mundo entre 1791-1804.

Este acto de dignidad fue duramente castigado por los imperios de la época y por las nacientes republiquetas latinoamericanas. Haití nació como una nación paria. Para lograr algo de reconocimiento internacional en 1825 el presidente haitiano Jean-Pierre Boyer firmó un nefasto acuerdo con Francia, Haití debía pagar una indemnización de 150 millones de francos por los bienes perdidos en la revolución y reducir en un 50% los aranceles a las mercaderías francesas. Esto hizo fracasar cualquier posibilidad de construir un proyecto de nación.

El 22 de junio de 1826 inició el Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Bolívar para unir a las nacientes naciones. Haití, que había jugado un papel clave en el apoyo a las luchas emancipatorias no fue ni siquiera convocado. La criollamenta esclavista y blanca satanizó a Haití como el peor ejemplo en contra de la gente de bien, propietaria “legítima” de esclavos. Temían que sus propios esclavos terminaran rebelándose.

Los siglos XIX y XX haitianos: las dictaduras militares-terratenientes

El siglo XIX, como lo sostuvo el gran intelectual haitiano Gérard Pierre-Charles, a quien cito textualmente, tuvo las siguientes características que marcan hasta hoy a la sociedad haitiana:

… la República quedó reducida a una caricatura en que sobresalían los rasgos del presidente –amo y señor– y las señas aún más violentas del general-caudillo-terrateniente. Haití se volvió un escenario en el que se daba la opresión y la marginalización creciente de las mayorías campesinas, mientras que las luchas por el poder entre las fracciones rivales de las élites reducían los espacios de libertad y de legitimidad. El militarismo se impuso, haciendo trizas las formalidades constitucionales. Tal realidad de arcaísmo medieval y luchas civiles desembocó en la crisis social y política de principios del siglo XX. Era una crisis permanente que creó las condiciones favorables para que el expansionismo estadunidense se impusiera a la soberanía de la República.

Así la evolución del país en el siglo XIX, en un mundo dominado por el colonialismo y el racismo, quedó condicionada por dicho entorno y bajo la bandera de un nacionalismo siempre hecho explícito en el proteccionismo económico (prohibición constitucional de acceso a la propiedad territorial a los blancos). Éste se combina con un celo constante por la soberanía nacional y la afirmación del orgullo racial del negro. A nivel popular se da la resistencia muda, el cimarronaje, la disimulación o los estallidos arrasadores (Haití: pese a todo la utopía, 1999, p. 38).

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada, primero, por la ocupación militar de Estados Unidos entre 1915 y 1934, luego por el etnocidio instigado por el trujillato (la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, 1931-1960 en República Dominicana). Para las masas empobrecidas haitianas cruzar la frontera era una esperanza de encontrar trabajo en los cañaduzales de República Dominicana, pero con la crisis global del capitalismo de 1929 el trujillato encontró en los migrantes haitianos el chivo expiatorio para responsabilizarlos de la crisis económica, lo que desencadenó el genocidio sistemático de unos 30.000 haitianos. En 1937 se hizo tristemente célebre la denominada masacre de Perejil. En octubre de ese año los soldados dominicanos llevaban una rama de perejil y a quienes consideraban haitianos les exigían que pronunciasen esta palabra, para quienes tenían como lengua materna el criollo haitiano les resultaba difícil y esto les costaba la vida.

Esta violencia trujillista mutó entre 1957 y 1986 cuando los Duvalier (François, el padre, apodado “Papa Doc” y su hijo Jean-Claude, “Baby Doc” hicieron del terrorismo de estado el arma de control favorita para defender el saqueo familiar del erario haitiano. Los grupos paramilitares de los Duvalier, conocidos como los “Tonton Macoute” secuestraron, torturaron, mataron y desaparecieron a 60 mil personas de la oposición, acusada de castrista. Este régimen criminal fue apoyado por Estados Unidos para contener la supuesta expansión marxista en el Caribe.

La dictadura Duvalier fue desmontada por un golpe militar. En 1987 se promulgó una nueva Constitución, y en 1988, en medio de gigantescas protestas se dieron las primeras elecciones en que fue electo Leslie Manigat, a su vez derrocado por el general Henry Namphyn, también derrocado por el general Proper Avril que se autoproclama presidente.

En 1990 se vivió una primavera democrática. La movilización popular y la organización del movimiento «Lavalas» (Inundación) llevó a la presidencia a Jean Bertrand Aristide, un exiliado antiduvalier, quien gobernó dos años hasta que el general Raul Cédras, con el apoyo de Estados Unidos lo derrocó. En la última década del siglo XX Haití se convirtió en un fallido protectorado de Naciones Unidas que no pudo evitar el deterioro social y político que le devolvió el control del gobierno a Aristide hasta 2005, en medio de pobreza y violencia desbordada.

El neoliberalismo mafioso del siglo XXI

El 12 de enero de 2010 un violento terremoto destruyó a Puerto Príncipe, murieron unas 300.000 personas, 200.000 quedaron heridas y más de 1.5 millones quedaron sin hogar, de un total de 3 millones de personas que vivían en la capital de Puerto Príncipe. Se cree que el terremoto de 2010 fue el peor desastre en la historia de Haití. Todavía hoy no se ha logrado la reconstrucción del terremoto, un fenómeno natural que agravó estructuras históricas de violencia, corrupción y saqueo.

En Haití existe en los últimos años una lucha encarnizada entre sectores de las clases dominantes, agrupados en dos bloques. De una parte, la extrema derecha conformada por el denominado grupo de los 184, del que hacen parte empresarios como el norteamericano Andy Apaid, el partido Partido Haitiano Tèt Kale que gobierna desde 2011, primero con Michel Joseph Martelly 2011-2016 y luego con Jovenel Moïse (2016-2021), su proyecto político es hacer de Haití no un estado de derecho sino un espacio para todo tipo de negocios, mientras la población sucumbe de hambre, desempleo y enfermedad.

El otro sector es la oposición totalmente fragmentada, compuesta por herederos políticos de Aristide, políticos tradicionales y cúpulas del debilitado sindicalismo haitiano. Sus dos expresiones políticas más nombradas son el movimiento Matris Liberasyon y Sector Democrático Popular, ambos sectores se acusan mutuamente de complicidad con el régimen actual, de ser proclives a la corrupción y de querer apropiarse de las ayudas internacionales, el principal recurso económico con cuenta el país.

Además, la crisis social y la corrupción de todas las instituciones incluida la policía ha permitido que el narcotráfico global encuentra en Haití un paraíso y una ruta efectiva hacia Europa y Estados Unidos, lo que agrava aún más el panorama.

La coyuntura reciente del asesinato de Jovenel Moïse

En 2020 un estallido social contra la corrupción inició la nueva crisis de Haití.

Desde 2016 el empresario bananero, Jovenel Moïse, del Partido Haitiano Tèt Kale gobernaba el país. En 2020 debieron convocarse las elecciones y Moïse debió dejar el cargo el 7 de febrero 2021, no obstante, no quiso abandonarlo, sino que propuso reelegirse en las elecciones de 2022. Su gobierno fue acusado de robarse las ayudas internacionales, entre ellas el saqueo del Fondo Petrocaribe con el que desde 2006 Venezuela apoyaba a Haití. Moïse aprovechó la pandemia para gobernar por decreto y ampliar el autoritarismo político. 

Ante las protestas populares estableció una legislación que asumió que la protesta social era terrorismo y por eso se justificaba el asesinato de las y los manifestantes, así de fondo esperaba garantizar las ganancias de empresas y corporaciones extranjeras que usurpan el territorio. Un artículo reciente de la revista Nueva Sociedad muestra los terribles contrastes:

Actualmente, el país se hunde en la mayor de las miserias: 4 millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza y una enorme inseguridad alimentaria. Sin embargo, la familia de Andy Apaid acaba de obtener 8.600 hectáreas de tierras cultivables y 1,8 millones de dólares a través de un decreto del 8 de febrero con vistas a producir stevia para la empresa Coca Cola. Sería conveniente que las numerosas ONG en Haití aprendieran a reflexionar sobre las fuentes del empobrecimiento de los haitianos.

Además, Moïse dio vía libre a la conformación de grupos paramilitares que inicialmente atacaban los barrios proclives a la protesta social, pero, a medida que han controlado el microtráfico y otras economías mafiosas se extendieron por todo el país.

El pasado 30 de junio dos líderes de la oposición, Diego Charles, periodista, y Antoinette Duclair, activista política, fueron asesinados.

La mañana del 7 de julio grupos armados ingresaron a la residencia del presidente Moïse y lo asesinaron. Esta muerte es parte de un drama histórico de larga duración en que la violencia, la pobreza, el imperialismo y la corrupción se han dado sitio para sacar ventaja y hacer de la miseria del pueblo un negocio rentable.

El futuro inmediato es incierto.

UN escritor de Abajo

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Una carta del Che Guevara al célebre escritor Ernesto Sábato me llevó a la primera búsqueda bibliográfica en una biblioteca de libros impresos en el año 1999. Para ser más específico la búsqueda la hice en la biblioteca de la Marichuela de Usme. En ese lugar, hace casi dos décadas pude leer por primera vez un ejemplar del libro:  Uno y el universo.

Llegue un poco tarde al mundo de la lectura, la literatura y el universitario. Por principios del azar o la incertidumbre, no lo sé, hoy usted está leyendo este escrito. Paradójicamente, buscando una puerta que diera sentido a la existencia, un día me encontré una entrevista escrita en una revista del malpensante. La entrevista se la hacían a un señor de Transilvania. El señor era Cioran. Con un aforismo en la entrevista este filosofo planteaba que: “Leer es la única forma de no perder el tiempo”. 

En la Universidad Distrital, en el año 2003, la profesora Meyra Páez me sedujo al camino de la hermenéutica literaria y el uso del diccionario. Acepté su invitación para poder comprender lo que me decía en sus clases. Sentía en ese momento que su discurso era bello, estético y erudito, pero a su vez ininteligible. La bibliográfica del curso de la profesora Meyra era extensa y nutrida, por ella compré mi primer libro del escritor Edward Said, titulado Orientalismo en la librería Acuario del centro de Bogotá.

Yo soy de pensamiento libertario y la escritura ha sido una forma de buscar sentido a mi existencia, así como un espacio terapéutico. El escritor del libro El escritor y sus fantasmas, el argentino Ernesto Sábato, en alguna ocasión dijo: “pienso que cualquier forma de totalitarismo es repudiable” y “La demagogia es a la democracia lo que la prostitución es al amor”. Me inscribo en esos postulados.

Mi experiencia política electoral como la de muchos colombianos y colombianas puede estar resumida en la obra literaria de Fernando Vallejo: Mi hermano el alcalde. Los invito a leer esta gran obra literaria que, en el año 2003, obtuvo el premio de literatura Rómulo Gallegos. Este libro cuenta la historia de un loco que cree en la vida y la humanidad, pero su historia es narrada por otro que no cree en lo mismo. La obra en sí, es una sátira a la democracia y a sus mentiras, intrigas e ilusiones.

Hace algunos días, al revisar las redes sociales en la computadora, me encontré con una gran cantidad de mensajes de solidaridad, alerta y preocupación. Los mensajes advertían de unas amenazas que el concejal de la otra galaxia había hecho público en las redes. Lo que más me asombró del libelo fue que compartiera yo la primera plana, como una noticia de algo, al estar también mi nombre en la lista de personas amenazadas.

Yo soy un Trabajador social de la Universidad Nacional de Colombia. Me hice Trabajador social, porque el trabajo social como profesión y disciplina de las ciencias humanas y sociales es una apuesta ética y política. Sé distinguir entre la politiquería y nunca he buscado ganar adeptos a ninguna causa. El solo hecho de tratar de convencer a alguien de algo me parece un gesto de colonización e irrespeto. Tengo además la plena convicción que ningún problema social o político en ninguna circunstancia se solucionará a través de la violencia.

Hace casi 20 años ingresé a la Universidad Distrital a estudiar una licenciatura. Por razones económicas y personales, como pasa comúnmente a muchos jóvenes hoy, abandoné la carrera después de haber intentado de todas las formas no claudicar, entre tener que decidir si morirme de hambre y no tener dinero para pagar el transporte para ir a dormir a mi casa.

Una vez estuve al punto de tener que taparme con periódicos porque no tenía dinero para satisfacer mis necesidades humanas básicas. En un acto de lucidez laboral, entonces, me lancé a las calles del centro de Bogotá y me hice librero, ya que esto me permitía rebuscarme y el poder ir a la biblioteca a escribir: “cuando tenía ganas de suicidarme”, en palabras de Cioran.

He trabajado de librero con orgullo pedagógico y espíritu estoico, como el Bucanero del barrio Isla del Sol de Tunjuelito. Aunque he tenido algunas veces que pasar una temporada en el infierno para poder vender las obras como lo tuvo que hacer Arthur Rimbaud con su obra cúspide. En Colombia generalmente el comprador de libros, aunque sea erudito es tacaño. Y, los eruditos más eruditos, como el maestro y poeta León de Greiff, casi siempre andan sin un peso.

Finalmente, lo único que puedo decir es que no hay nada de qué preocuparse, en un país que se desmorona y que se va terminando de caer a pedazos, en un país de chapolas negras y almas en pena en donde los muertos votan, cobran subsidios, hacen contratos y desfalcos públicos. lo mejor será entregarse al vicio y condena de la literatura. Estudien vagos, es máxima la diatriba.   

Para la guerra, nada

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Reseña de Pedro Alejandro Ríos. Escritor Integrante Mesa Amplia Arte y Cultura MAAC.

Hace unos días y de forma genuina llegó a mí un ejemplar del libro: Para la guerra, nada, un texto de literatura infantil y, por ende, para todo el mundo, escrito por Marta Gómez e ilustrado por Daniela Violi, y no pude dejar de recordar el sonido de la canción de la cual nace este libro, y nace este mensaje que llena por montones el alma y el ser.  No dejo de sentir a flor de piel ese profundo y revelador mensaje de esperanza que le ha dado a Colombia, y a los ciudadanos del mundo, esa canción con el mismo nombre de la obra que hoy nos convida, y es este mismo sentimiento el que me ha dejado el leer y ver este libro.

Un sentir colmado de tranquilidad y fe en que desde distintos puntos de resistencia se sigue construyendo, fortaleciendo y amando, el sueño diario de paz, la consolidación de una era más allá de las armas y de los discursos de miedo, más allá de todo ello, hoy, el sentir es esperanzador desde las calles y las páginas de obras como la que hoy he querido comentar.

La propuesta de este libro y este movimiento  cultural- social, y literario,  no es otra que el cantar de la paz; el grito artístico y resistente desde la paz como cotidianidad; la paz como resurgir de una nación empecinada con la guerra, pero desde las páginas hacia los más chicos; un país para la paz, un país cansado y ante todo,  hastiado de asesinar de todas las formas y narrar desde todos sus frentes una guerra que parece infinita, pero a su vez, parece enclenque ante el movimiento que genera esta obra.   

El libro es profundamente ilustrado, conmovedoramente escrito y genuinamente elaborado. Veo esta obra acompañando a nuevas generaciones en el camino continuo hacia la paz, en la construcción de un país que sueña con fortalecer los cantos de la imaginación, de la felicidad y la humanidad. Ya me monto en este sueño, desde las páginas de una canción hecha libro y de un país hecho para sumar voces y forjar bases que canten, cuenten y se adentren a los sentires más profundos de una Colombia que quiere desde las páginas, pasar esas continuas y devastadoras décadas de guerra y siniestros pensares.

Quiero también decir que el libro es un movimiento, y es de millones; es de los sentires, de la esperanza y de estos sentires que se siguen expandiendo, sembrando, y creciendo; ojalá germinando en el corazón de todos, incluyendo los que se han llamado a sí mismos, guerreros.  Y lo creo porque como acto seguido después de leer el libro, he vuelto a ser un niño soñador y decido en la reflexión que genera la obra: el soñar es hacer y la paz es un acto simple y diario, por tanto, profundamente revolucionario.

Creo en ello, y creo en el poder del título del libro y creo que a la guerra históricamente en este país se le ha dado todo: primeras planas, políticas públicas, narración literaria, sentimientos profundos y los hilos de poder de este país. Desde la literatura colombiana (Y quiero hacer especialmente énfasis en ello) se ha narrado todos los actos de barbarie y olvido, se le ha dado a la guerra el título de grandes obras, y se le ha dado la vida de grandes obras. Por eso es tan revelador encontrarme con este libro, justamente escribiendo, para entender y comprender que desde mi escritura: Para la guerra, nada.

Y con este libro también comprendo que, yo puedo participar de este gran convite de paz y letras y por ello:  para mi escritura, la paz que me da Mireya, los vientos y las historias de Boyacá, para la guerra, nada. Puede entender también, desde las páginas genuinas de este libro que, para mi madre los cuentos de mi abuela, y para mi padre los recuerdos de mi infancia, para la guerra, nada. Esto es el libro, un tejido de paz desde las palabras y los actos de amor diario.     

Creo en el poder de la palabra y en el poder del: para guerra, nada, un movimiento de gente incontable que se mueve por los suelos y las arenas más duras de este país, con el afecto suficiente para resistir desde la palabra.  Además, creo en el todo para los nuevos escenarios, para las nuevas ciudadanías y la convergencia entorno a las letras de paz. 

Días que resumen años: (I Parte)

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Antes del 28-A algo ya venía cambiando

Se vinieron abajo las estatuas de un pasado incuestionado y plagado —como todos los pasados sobre los que se fundan las naciones colonizadas— de olvidos y silencios, se descosieron las costuras con las que estaban unidos sólidamente los consensos que mantenían a la mayoría social situada entre en el aguante mudo de los sufrimientos y la pasividad escéptica, tuvieron que recular quienes que con arrogancia desde posiciones de poder se habían acostumbrado a ponernos a pagar los platos rotos cuando llegaban los tiempos difíciles, se rebelaron los hijos e hijas del neoliberalismo a quienes tan eficazmente habían engatusado con el cuento de la auto superación, la ilusión del consumo al debe, y la sobre estimación del esfuerzo individual.

Muchas cosas han pasado después del 28- A, no obstante, LO MÁS IMPORTANTE en relación con este levantamiento popular inédito en Colombia es que por fin las batallas, victorias y derrotas acumuladas de tantos años, los dolores enquistados de tantas generaciones, encontraron un feliz punto de coincidencia y erupción simultánea.

Para entender en su real dimensión la importancia de lo que entró en escena a partir de la irrupción del 28-A, hay que renunciar a todo presentismo adánico y a toda matriz explicativa espontaneísta. El 28-A ha sido el punto de confluencia de factores que se venían acrisolando en la larga duración y que a veces a ritmo lento, a veces rápido, a veces de forma imperceptible y otras más visibles venían alineándose. Como el viejo topo de las leyendas socialistas decimonónicas bajo nuestros pies se estaba desmoronando imperceptiblemente la legitimación activa o pasiva el orden social, económico y político que durante muchos años ha resultado funcional a los intereses de quienes mandan. El 28-A no empezó el proceso de cambio, sino que marcó el nacimiento de un país nuevo que tiempo atrás venía gestándose.

La minga indígena del 2008 que enfrentó al autoritarismo uribista en Cali, la lucha estudiantil del 2011 contra la mercantilización de la educación, las huelgas de los trabajadores petroleros contra la multinacional Pacífic Rubiales en el 2012, las luchas contra la mega minería en Marmato, Santurbán y contra la represa del Quimbo, la reconfiguración poderosa del movimiento feminista que ha puesto en cuestión todo, los paros agrarios del 2013, el paro de profesores del 2015, la lucha por el SÍ en el plebiscito de 2016, de nuevo los estudiantes en 2018 exigiendo financiación para las universidades, por solo mencionar algunas disputas durante los últimos años pueden parecernos pompas de jabón desperdigadas en el aire, pero más allá de sus resultados inmediatos fueron forjando una consciencia colectiva nueva, pariendo nuevas lecturas sobre lo que los de arriba nos han hecho con sus políticas, renovaron nuestro vocabulario, remozaron nuestros repertorios de lucha y nos fueron mostrando un camino.

Mientras Chile, la capital neoliberal de América Latina, borraba en las calles el legado del dictador Pinochet, vino el  21-N de 2019 que nos permitió asomarnos con esperanza a un despertar colectivo que evidenciaba una cualidad nueva: ya no se trataba de un rosario de sectores que asincrónicamente se la jugaban más o menos en solitario, apostando con todo en contra, empezamos a ser un pueblo, no esa sumatoria de individuos anónimos que compartían el lugar de nacimiento y algunos símbolos o marcos de socialización cultural, sino el colectivo que se sabe unido por intereses comunes y se encuentra al calor de la cacerola y la marcha para luchar por sus siempre postergados intereses y derechos, los de arriba bramaron con furia como siempre, invocaron fantasmas, mataron a Dilan, dijeron que Maduro, que el foro de Sao Paulo, que se estaban metiendo al edificio del lado, pero el huracán de la gente revolcó las cosas, aunque por corto tiempo.   

En septiembre de 2020 vimos cómo la policía mató con brutalidad a Javier Ordoñez al interior de un CAI  lo que produjo el inmediato estallido de indignación de una juventud que aprendiendo de las protestas antirracistas en los EEUU, agotada por la brutalidad policial y desafiando el confinamiento, se lanzó a las calles a denunciar y enfrentar el proceder de una institución que arropada por los medios hegemónicos y exculpada incondicionalmente por la narrativa de las manzanas podridas ha procedido con brutalidad de manera sistemática contra la gente sencilla. Con las jornadas de septiembre quedó al desnudo que el brazo armado de los poderosos no está ahí para protegernos o cuidarnos a todos y todas en igualdad de condiciones, sino para portarse fuerte con los débiles y débil con los fuertes.

La pandemia catalizó la crisis, pero mal venimos viviendo desde hace tiempo; Hobsbawm, el historiador británico, en un artículo sobre la primera violencia en Colombia dijo que el nuestro era un pueblo que sublimaba su propia capacidad de aguante en su gusto por el ciclismo, pero las copas por fortuna se rebosan por muy despacio que se llenen, los días que vivimos en Colombia han sintetizado luchas del pasado, décadas de carencias materiales y espirituales, ausencias de derechos, precariedad, violencia, postergación y aislamiento. El estallido del paro es tan polifónico en demandas, formas y sectores, porque múltiples son también los padecimientos que tanto tiempo se ha guardado nuestro pueblo.

Se han encontrado pues en estos días dos corrientes subterráneas que nacieron en el pasado y que combinadas han removido los cimientos del presente: las luchas y legados de quienes han batallado antes que nosotros que, aunque viejas tienen el corazón joven, y la crisis de un modelo de sociedad orientado a defender los odiosos privilegios de una minoría que vive a nuestras expensas y aspiraba a que no nos diéramos cuenta nunca de lo que estaba pasando; Lenin solía decir que había días en la historia en que no pasaba nada y días en que pasaban años, estos días que vivimos momentos históricos de verdad, lo son porque resumen años de maltratos, esperanzas y luchas de un pueblo que está decidido a inventarse otro futuro, a construir otra Colombia en la que vivir no valga tantas penas.

Estallido contra el No Futuro: un estallido de organización desde abajo

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Uno de los resultados del Estallido Social ha sido la autoorganización de sectores ciudadanos que antes no estaban en contacto con la organización social ni con ningún ejercicio político de resistencia o exigibilidad de derechos.

Una de esas experiencias autoorganizativas ha sido la conformación de Primeras Líneas (PL) para defender con escudos a la ciudadanía movilizada de los ataques del Escuadrón Móvil Antidisturbios, fuerza policial que acostumbra pasar por encima de los protocolos establecidos para el tratamiento de la protesta social.

En 2019, siguiendo el ejemplo de Chile, Hong Kong y Francia, se conformó una primera línea conocida como Escudos Azules, con integrantes que venían, en lo fundamental, del mundo estudiantil-universitario. En 2021 las primeras líneas se generalizaron en el territorio nacional, con personas jóvenes informales, precarizadas, desempleadas, y que no necesariamente estaban escolarizadas. 

Las PL, echando mano de formas intuitivas de organización, y con discursos de indignación frente al estado de cosas actual, se han mostrado como una expresión ciudadana que si bien presenta ciertas contradicciones (muchas de las contradicciones propias de lo popular y sus contextos), ha logrado erigirse como un nuevo actor que está haciendo historia en la dinámica de la protesta nacional. 

Ésta forma intuitiva de organización y de elaboración de un discurso de resistencia, se ha ido construyendo en el proceso del Paro por jóvenes excluidos de la dinámica laboral formal y de la educación superior. Jóvenes que vieron en las primeras líneas un escenario para hacerle frente, en un nivel práctico a la represión, y en un nivel simbólico, a la anulación estatal y social, ya que con la exposición de sus vidas, hacen notar al Estado y la sociedad que sus vidas existen.

Las PL no son un grupo homogéneo, por el contrario, se trata de un estallido de grupos diversos. Por ejemplo, en un solo punto de resistencia, pueden existir distintas primeras líneas.

Algunas PL se conformaron en su mayoría por personas que no tenían ningún tipo de formación en ideas políticas consolidadas previamente, y que desconfían por completo de todas las personas que sean ajenas a su colectividad, mientras que otras PL tienen en su interior a jóvenes que establecieron algún tipo de contacto con organizaciones juveniles barriales en las que el debate político sobre la realidad nacional estaba presente, lo que supone algún efecto  en la disposición de articulación con otros sectores movilizados, yendo así más allá del grupismo. 

Las posibilidades organizativas y las concepciones políticas, en tanto formas de ir entendiendo y caracterizando la realidad social, van dándose en el ejercicio mismo de la protesta, siendo un aprendizaje colectivo que va a tono con el ritmo rápido de los sucesos, en función de la composición plural de las primeras líneas en cuanto a niveles de exclusión y marginalidad social, de influencias previas, y los diversos contextos de los que provienen las personas que las integran. 

Las otras primeras líneas

Siguiendo el ejemplo de las PL juveniles-populares, organizadas para resistir en los ataques del ESMAD, otros sectores sociales conformaron diversas formas de Primera Línea. Algunas son:

– Primera línea psicológica: para dar primeros auxilios psicológicos a la ciudadanía movilizada.

– Primera línea ecuménica: conformada en Cali por religiosos de distintas tendencias del cristianismo para proteger a sus comunidades religiosas en las movilizaciones.

– Primera línea contable: que da asesorías gratuitas para la conformación de fundaciones y veedurías ciudadanas, y brinda clases gratuitas de contabilidad y finanzas para la ciudadanía en los barrios.

– Primera línea jurídica: integrada por abogadas y abogados que defienden los derechos de la ciudadanía movilizada.

– Primera línea académica: en proceso de organización, enfocada en articular el saber académico con las luchas callejeras y veredales. 

– Mamás Primera Línea: un grupo de madres cabeza de familia, que en Portal Américas de Bogotá, decidieron crear una PL de resistencia del estilo juvenil-popular.

Pero el estallido de organización social va más allá

Arrancando el mes de junio, el equipo Hekatombe iba caminando por una calle del centro de Bogotá. No era un día de grandes movilizaciones, pero la protesta se sentía en el ambiente. A lo lejos se escuchó un bafle con rap a todo volumen —algo frecuente en esas calles—, de pronto a la música rap se conjugó el grito “¡Nos están matando!”, “¿Ese es el futuro que quieren?”, un grito desgarrado lanzado por dos mujeres hip hoppers que iban en bicicleta, con el bafle amarrado en la espalda de una de ellas.

En los transmilenios y en las calles, es frecuente encontrarse con jóvenes haciendo pedagogía sobre las razones de la protesta, o explicando la dinámica del Estado o la economía nacional. Las paredes están llenas de carteles, murales y stencil con mensajes alusivos a la situación de violencia estructural, antidemocracia y desigualdad social que se vive en Colombia. 

En zonas humanitarias, barrios y carreteras, mamás de jóvenes movilizados, vecinas y vecinos, o también primeras líneas, organizan ollas comunitarias que son garantía de alimentación diaria para decenas de personas.

En zonas rurales, cabeceras municipales o en barrios urbanos cercanos a zonas rurales, se organizan mercados campesinos. En otros puntos se construyen bibliotecas populares y museos itinerantes que tienen como tema la protesta social.

Además, son autoconvocadas asambleas populares para acordar los cronogramas de movilización y los pliegos de exigencias, y para dialogar sobre la coyuntura nacional, asumiendo temas políticos que históricamente habían sido vistos por gran parte de las personas como ajenos a su cotidianidad, temas que han sido apropiados históricamente por las élites, políticos profesionales, burócratas, tecnócratas o la academia. Estamos, por tanto, ante una apropiación popular, no sectorizada, de la política y el ejercicio de la política —más allá del plano electoral— en muchos barrios y veredas. 

Se trata de una ciudadanía movilizándose de múltiples formas, sin ningún tipo de chapa o nombre, y también de ciudadanas y ciudadanos que participan en la protesta, aportando en dinero o en especie, para la organización de ollas comunitarias, la pinta de murales, el equipo de defensa de primeras líneas, implementos de salud para brigadas de salud nuevas o existentes, o la financiación de acciones concretas adelantadas por medios alternativos de comunicación como Revista Hekatombe. La ciudadanía de a pie está financiando el Paro Nacional.

Pero también, al calor del estallido social contra el No Futuro, han emergido nuevas organizaciones con nombre propio a lo largo y ancho del territorio nacional. En Hekatombe charlamos con integrantes de algunas de ellas y esto nos contaron:

La red Usme violeta: la Colectiva Yansa: Mujeres de la Quinta, citaron a una asamblea de mujeres en Usme, luego del caso de violencia sexual perpetrado por la Policía contra Alison en Popayán-Cauca. Al espacio llegan mujeres independientes y organizadas que acuerdan construir una red de mujeres. Pese a ser estigmatizadas en escenarios de encuentro del Paro en Usme, por el hecho de ser mujeres y feministas, se van fortaleciendo y expandiendo, ganando a su vez reconocimiento local. 

En la red, nos cuentan que las mujeres aportan en función de sus saberes y capacidades. Se trata de mujeres lideresas comunales, jóvenes bachilleres, universitarias, artistas, profesionales y vecinas del barrio. Se han tomado el Puente de la Dignidad, han elaborado pancartas reivindicativas, se han juntado para dialogar y debatir sobre la coyuntura y la dinámica local del paro y organizaron LA NOCHE SIN MIEDO, en la que hicieron el mural “mujeres usmeñas en resistencia”, un toke, una batucada y una venta de libros y ropa para financiar la jornada. Así mismo, han financiado sus actividades con realización de estampados y pintucaritas para las y los niños. 

Una lideresa comunal fabricó las pañoletas moradas con las que se identifica la red. Otras mujeres se han encargado de hacer ollas comunitarias, y en su conjunto, organizaron una brigada de salud cascos rosados que desde el Salón Comunal del barrio Villa Nelly, da primeros auxilios a las primeras líneas de Usme y en general, a la ciudadanía movilizada que queda herida por los ataques del ESMAD, junto a brigadas para la defensa de derechos humanos.

La red Usme violeta, ha buscado además ser una de las “tejedoras de unidad” en el Paro local de cara a la Asamblea Popular de Usme, junto a redes y organizaciones de derechos humanos, primeras líneas y ciudadanía independiente. De ese esfuerzo conjunto, uno de los resultados fue la reunión que expidió un comunicado de acuerdos y exigencias iniciales, que fue publicado por Hekatombe.

En este momento la red se encuentra proyectando su quehacer y su organización mientras apoya acciones como el performance realizado por la Juntanza de mujeres del Sur Oriente de la que escribiremos a continuación.

Juntanza de mujeres del Sur Oriente: en Bogotá, mujeres de las localidades de San Cristóbal, Usme, Antonio Nariño, y Rafael Uribe Uribe, se conocieron en medio del estallido social contra el No Futuro, y decidieron encontrarse para juntar esfuerzos en la disputa política por el cambio social, con acento en las luchas antipatriarcales. 

Se identifican así: «Somos nuestras vivencias, las de nuestras madres, abuelas, amigas y hermanas, intentando subsistir tanto en el país más desigual de América Latina, como en el sur de la capital y en nuestra condición de mujeres». 

El pasado 24 de junio, llevaron a cabo un plantón artístico y pedagógico frente al Colegio «Nuestra Señora Del Pilar Del Sur» debido a que «sistemáticamente ha vulnerado la libertad de expresión y pensamiento crítico de las estudiantes». La protesta se realizó como una expresión de rebeldía «ante la institucionalidad patriarcal». 

Entre sus exigencias, la Juntanza reivindica también la realización de una educación antipatriarcal con espacios seguros para niñas, jóvenes y mujeres. Han venido impulsando el establecimiento de la Asamblea Popular permanente feminista.

Juntanza de mujeres del Cesar: como lo contamos en Hekatombe, la Juntanza es un espacio horizontal de encuentro, diálogo, debate y coordinación en el que convergen mujeres campesinas, universitarias, profesionales, firmantes del acuerdo de paz, divergencias sexuales, mujeres de consejos comunitarios de comunidades negras y lideresas sociales. Lideraron la primera marcha feminista en la ciudad, crearon la guardia feminista y además, el primer Pilón feminista, una danza de comparsa que abre el Festival de la Leyenda Vallenata. Pueden ver sus acciones y proyecciones en la nota enlazada. 

El Comité de Derechos Humanos de Usme: sumado a las organizaciones y redes existentes defensoras de derechos humanos, en varios puntos de la geografía nacional, ciudadanía movilizada se ha juntado para construir comités y colectivos con este mismo fin. Ese es el caso del Comité de Usme, una juntanza de voluntades individuales, tiempos y capacidades en pro tanto de la defensa de derechos humanos, como del aporte para la realización de asambleas populares barriales, en términos pedagógicos y metodológicos.

Una de las personas que integra el Comité manifestó que el enlace que han procurado con la alcaldía local de Usme para hacer seguimiento de denuncias y casos de vulneración de derechos, no ha sido respetado por el ente administrativo, y que por el contrario, han venido adelantado solidaridades con organizaciones existentes de derechos humanos de la localidad.

Finalmente, es de destacar otra de las experiencias de organización desde abajo en el marco del Paro Nacional: el antimonumento a la resistencia construido en el Puerto de la Resistencia en Cali-Valle del Cauca.

El periodista Uruguayo Raúl Zibechi lo caracterizó de la siguiente forma en una columna del medio de comunicación mexicano La Jornada:

“se trata de un antimonumento, bien distinto y hasta antagónico respecto de los que construye la cultura colonial y patriarcal de la clase dominante. (…) una obra colectiva y comunitaria, hecha desde abajo por los de abajo, anónima; por tanto, mientras los monumentos tienen autor, que recibe sus beneficios, Resiste fue hecho por el pueblo y está dedicado al pueblo, mientras los monumentos de arriba están dedicados a varones blancos, militares las más de las veces, violentos y genocidas que reciben el patético nombre de héroes. (…) enseña todos los colores de la vida, en contraste con la mortecina uniformidad de los monumentos de arriba. Fue construido con los materiales de la resistencia (como los escudos de la autodefensa) y de la vida cotidiana, aquellos que la comunidad fue aportando en silencio y con el entusiasmo de ver reflejada su identidad en una obra que nadie podrá olvidar”.

Una obra artística de sello comunitario y popular, que implicó un alto grado de organización para su realización y se traduce en un éxito cultural del Paro al erigirse sobre un territorio en el que se vivió por varios días una experiencia de poder desde abajo, en un contexto de derribamiento de monumentos que dan cuenta de la escritura de una historia colonial-criolla que excluyó a múltiples sectores de la sociedad.

En ese sentido, desde Revista Hekatombe consideramos que las victorias del paro no solo se miden por la derrota de medidas del gobierno que afectan a las clases populares y medias, sino también por el proceso de configuración de una cultura política distinta, marcada por la posibilidad del vínculo directo con la política por parte de la ciudadanía de a pie, y por el cuestionamiento de la hegemonía uribista y a la ideología neoliberal —que implica el individualismo, el respaldo a la privatización de lo público, el mito del esfuerzo y el emprendimiento perdiendo de vista la estructura económica de desigualdad, etc—. En contravía, la exigibilidad de derechos al Estado, y las edificación de solidaridad y apoyo mutuo en las comunidades barriales vuelve a tomar fuerza.