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Marta Lucía Ramírez o la mafia que nos gobierna

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Un golpe mediático contra la hegemonía uribista ha causado la revelación de los periodistas Julián Martínez y Gonzalo Guillén según la cual Marta Lucía Ramírez pagó junto con su esposo la suma de 150 mil dólares para liberar temporalmente de prisión a su hermano, Bernardo Ramírez Blanco, quien había sido condenado por una corte de Florida por narcotráfico. La vicepresidenta se ha defendido diciendo que ese pago no fue una fianza sino una garantía para que su hermano se presentara ante la «justicia estadounidense».

La denuncia pública, publicada en la Nueva Prensa, comenta que Bernardo Ramírez reclutó en 1997 a dos «mulas» colombianas, Alejandra Osorio Vargas y Miguel José Aguilera, que vivían en Miami. La idea era que ellos viajaran a Aruba y regresaran a Miami con decenas de cápsulas de heroína en sus estómagos para que fueran entregada al reclutador, Bernardo. El plan falló, pues la operación estaba siendo monitoreada por la DEA: así, cuando las «mulas» regresaron a Miami, las cápsulas fueron detectadas; luego confesaron e incriminaron a Bernardo. Finalmente, Osorio y Aguilera acordaron con la DEA un encuentro para entregar simuladamente la droga a Bernardo y éste fue capturado cuando la iba a recibir.

La hoy vicepresidenta no ha negado ninguno de estos hechos, sólo los ha edulcorado con la idea de que fueron una «tragedia familiar». Pero no los reveló en 1998 cuando fue ministra de Comercio Exterior de Pastrana, ni cuando fue ministra de Defensa de Uribe. Tampoco los reveló cuando fue senadora del Partido de la U, ni en sus variados intentos presidenciales. Su poder político impuso silencios ocultamientos, sostenidos durante más de dos décadas, y la idea de «tragedia familiar» ahora pretende minimizar la dimensión política de las revelaciones, como si se trataran de un mero asunto «privado-personal-no político» que trajo mucho sufrimiento familiar.

Las revelaciones son significativas en una coyuntura en la cual Marta Lucía Ramírez se había mostrado implacable contra el narcotráfico y el gobierno del que hace parte está ejecutando e intensificando políticas de sustitución forzada de cultivos ilícitos que criminalizan a los pequeños cultivadores de coca, lejos del espíritu del PNIS —Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos— y, por ende, de lo acordado en La Habana por el Estado colombiano con FARC-EP.

El/la campesino/a cultivador/a de coca tiene que sufrir los efectos de la militarización de los territorios y la erradicación forzada en tiempos de pandemia, los cuales se han traducido en: 1) aumento de la conflictividad social, principalmente en lo que respecta a violaciones de derechos humanos por parte de la fuerza estatal y grupos armados según lo ha denunciado Marcha Patriótica; y 2) problemas de salud pública gracias a militares que esparcen el nuevo coronavirus a las comunidades.

Por contraste, el hermano de la vice, a pesar de haber usado a otras personas como «mulas» y haber tenido la posibilidad de escoger otras formas de ganarse la vida gracias a su mayor espectro de elecciones sistémicas, tuvo el privilegio de beneficiarse de un pago de miles de dólares y recibir prerrogativas jurídicas. Él mismo era consciente de su alto capital social y su posición privilegiada en el régimen de dominación de clase cuando, según la denuncia, «pidió que se le permitiera ir hasta Nueva York con el objeto de encontrarse con su hermana Marta Lucía Ramírez Blanco, quien, aseguró, era una persona muy importante que podría solucionar esta situación penal por tráfico de heroína»; petición que fue negada.

Las responsabilidades penales en este caso, desde luego, corresponden al hermano hasta donde se sabe. Pero el narcotráfico colombiano en cuanto entramado de estructuras conflictivas de poder político-económico que operan en el capitalismo global financiarizado, no es sólo el distribuidor, el productor, las «mulas» o las clases populares subordinadas a él. No son los traquetos. No son meras personas con responsabilidades individuales. No son sólo, tampoco, los carteles o las grandes organizaciones criminales. Son complejos y contradictorios aparatajes político-económicos nacional-trasnacionales capitalistas que oscilan y circulan una y otra vez entre lo ilegal y lo legal y viceversa, y cuyo choque de fuerzas ha producido en Colombia un orden social vigente, con el uribismo a la cabeza.

Este orden emanado del narcotráfico puede crear el derecho a nivel global o nacional y decidir que hay un narcotráfico «malo», ilegítimo, y uno permisible, legítimo. Un «narcotráfico» condenable y otro lleno de impunidad. En fin, la hegemonía. En ambos casos asistimos a la simulación y a una explicación estructural del fracaso de la «guerra contra las drogas» y las políticas intervencionistas del hegemón estadounidense.

En consecuencia, en las estructuras de poder del narcotráfico una persona puede participar independientemente de su conciencia de ello, eso, suponiendo de «buena fe» que Marta Lucía Ramírez no ha conocido realmente las relaciones entre la dominación uribista y el narcoparamilitarismo —otra cosa ha sostenido la serie Matarife al remarcar su participación en El Nogal— o, suponiendo también, que su esposo no esté involucrado con el narcoparamilitar «Memo Fantasma». Pero sin un poder judicial independiente y sin una nueva correlación social y popular de fuerzas, no podremos conocer los hechos.

El caso de Bernardo Ramírez, oculto por más de dos décadas, nos recuerda la impunidad y el silencio que aún se permite ese poder y, de una u otra forma, la dominación de la mafia de traje que actualmente gobierna. El que se haya destapado, no obstante, cultiva nuevas esperanzas.

Necesitamos entonces seguir disputando una memoria contrahegemónica que evidencie lo que realmente ha ocurrido en la historia reciente de Colombia respecto a las múltiples relaciones entre narcotráfico y política. Proceso que ha de pasar pasar por el declive de la hegemonía uribista y su producción estructural de impunidad.

Ideas sobre el carácter, pasado y devenir del movimiento estudiantil colombiano. Una propuesta de balance político desde la militancia estudiantil

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Nota: El lugar de enunciación de este texto es el de la militancia estudiantil y las experiencias y vivencias acumuladas a lo largo de un proceso colectivo de trabajo en el que luché junto a muchas personas. Muchas de estas ideas las he pensado y construido con ellos y ellas.  Su objetivo es contribuir a un debate necesario sobre la necesidad de pensar y discutir en mayor profundidad sobre ese fenómeno colectivo, esperanzador y maravilloso que es la rebeldía juvenil y estudiantil.

El movimiento estudiantil como sujeto colectivo

– El movimiento estudiantil es un sujeto histórico complejo, heterogéneo y cambiante, en el que se integran de manera dinámica y contradictoria dimensiones: sociales-generacionales, reivindicativas-gremiales, identitarias-culturales, transversalizadas por lo político y la política, de los y las jóvenes.

– Cada proceso de movilización, coyuntura o ciclo de conflictividad alrededor de los que se construye, le marca al movimiento improntas específicas (de ahí la dificultad de caracterizar al movimiento de forma univoca); muchas de las cuales pasan a formar parte del acervo común de las y los estudiantes en la forma de tradiciones y argumentarios que se insertan en la cotidianidad o se activan en determinadas condiciones, otras desaparecen o se recrean después de un tiempo creando tradiciones nuevas, otras quedan como singularidades de un proceso concreto.

– Más que un movimiento estudiantil lo que hemos tenido en Colombia son movimientos estudiantiles, en plural, cada uno enfrentando desafíos distintos, construyéndose de manera diferente y con muchas dificultades para establecer continuidad entre su pasado y presente y su presente y futuro, es decir con limitaciones serias para establecer vasos comunicantes claros con los procesos de movilización posterior y anterior. En América Latina muchos países han logrado un mayor acumulado que se traduce en madurez del movimiento, con la construcción de organizaciones gremiales del orden nacional como la CONFECH en Chile, la UNE en Brasil y la FUA en Argentina. Esto en Colombia no ha sido posible, en parte por la extrema animosidad política entre las diferentes corrientes y tendencias al interior del movimiento estudiantil colombiano

-Cuando hablamos de movimientos estudiantiles es necesario distinguir dos temporalidades por las cuales este se encuentra regidos y cuyo marco determina sus rasgos sobresalientes en uno u otro periodo:

  1. El movimiento estudiantil de los tiempos fríos y cotidianos constituido por formas organizativas preponderantemente de carácter nacional asociadas a partidos y movimientos políticos del sector democrático y en menor medida estudiantado independiente u organizaciones locales-regionales con diferentes grados de politización y consciencia. Estos agentes actúan a través de múltiples mecanismos en cada institución como el núcleo de conducción de sectores del estudiantado en coyunturas o procesos específicos.
  2. El movimiento estudiantil de los tiempos calientes: su rasgo predominante es que el núcleo de dirección se ve desbordado e impugnado por la vinculación de amplios sectores del estudiantado —apáticos y desconectados en los tiempos fríos— a procesos de lucha, movilización, construcción colectiva y debate. El de los tiempos calientes es el movimiento en el que mejor se revela la potencia, capacidad, pluralidad y épica propia de los movimientos estudiantiles. Las condiciones de emergencia de los tiempos calientes están antecedidas por rupturas de los marcos de normalidad —situación a la que el estudiantado reacciona levantándose—, tal rompimiento está asociado a una de las siguientes condiciones por separado o actuando juntas en una situación específica: i) el estudiantado siente vulnerados o en riesgo sus intereses materiales o los de la institución en la que estudia, ii) el estudiantado se siente desconocido como interlocutor legítimo en la toma de decisiones que le afectan a él o su institución, iii) el estudiantado siente impugnado o quebrantado lo que considera justo o bueno para la sociedad.

– El advenimiento de los tiempos calientes pone en la mesa uno de los problemas típicos de los procesos de movilización y alzamiento estudiantil: la recomposición temporal del núcleo de conducción.  Este proceso se desenvuelve a partir de tensiones entre las organizaciones de carácter nacional que expresan la voluntad, plan y posición de partidos y proyectos políticos del campo democrático y algunos estudiantes no organizados u organizados por fuera de las lógicas partidarias clásicas, que construyen su espacio en el movimiento, en alguna medida, a partir de la impugnación del liderazgo de los y las organizadas. La gestión equivocada de esta contradicción conlleva al desgaste de los procesos de deliberación y construcción colectiva, así como a la ralentización de la construcción de unidades y a un ambiente de confrontación que a la larga aúpa la deserción de las amplias mayorías de los debates estratégicos del movimiento.

– A pesar del carácter contingente de cada movimiento estudiantil, existen una serie de costumbres en común que otorgan identidades colectivas y marcan los derroteros simbólicos y prácticos con los que el movimiento participa e interviene en la realidad, estas costumbres y tradiciones comunes se heredan, crean, recrean y transmiten de generación en generación. Uno de los principales vehículos de traspaso de este cumulo son las organizaciones estudiantiles y sus ejercicios de relevo interno, que, con sus muchas dificultades, constituyen la raíz con mayor vocación de permanencia en el seno de movimientos conformados por definición por sujetos pasajeros. Las tradiciones comunes abarcan los lenguajes con los que el movimiento se nombra a sí mismo y nombra a los antagonistas, las prácticas asamblearias y sus rituales, las formas de acción colectiva o la estética de la comunicación.

– El decaimiento de las izquierdas y las posiciones revolucionarias en los últimos 30 años, ha hecho de las universidades las retaguardias privilegiadas de las posiciones democráticas. La influencia en otros sectores de masas pudo mermar dramáticamente por influjo del neoliberalismo y la derrota de los procesos revolucionarios a finales del siglo pasado, sin embargo en muchas instituciones educativas ha logrado mantenerse un cierto santuario (explicado por la determinante influencia de las izquierdas entre intelectuales y maestros en las décadas precedentes) que ofrece a los partidos y movimientos, primero, posibilidades de crecer y proyectarse en el tiempo, segundo,  posibilidades de hacer resonar sus ideas y concepciones políticas, y tercero, un espacio de incidencia en la movilización de las masas de ese sector específico.  Aunque han emergido formas organizativas locales y personalidades no organizadas por fuera de esa orbita, los partidos y movimientos revolucionarios han sido hegemónicos en lo que se refiere a presencia permanente e influyente en las universidades públicas. Lo que hace esa influencia contradictoria es el enfoque de construcción y la política disímil con el que cada partido o movimiento opera su dispositivo organizativo para incidir en el movimiento amplio.

-Un fenómeno subanalizado por la mayoría de las fuerzas democrático-revolucionarias que trabajan entre las masas estudiantiles es la “mayoría silenciosa” organizada, militando y educándose para servir de diferentes maneras a las derechas. Este fenómeno se presenta en las instituciones de educación superior privadas principalmente, que convierte a esas IES en escuelas del funcionariato estatal a distintos niveles y en tanque de pensamiento que impulsa una corriente en diferentes planos de la sociedad a través de la que irriga la ideología dominante. Un ejemplo inmediato lo ofrece el papel que juega la universidad Sergio Arboleda en el gobierno de Duque.

9 años de luchas experiencias, aprendizajes y disputas abiertas

– A lo largo de la década del 90 y comienzos del 2000 se configuran la mayoría de las fuerzas estudiantiles de carácter nacional promovidas por los proyectos políticos democrático-revolucionarios que hacían parte del campo de las izquierdas, ACEU (1998), Fun-Comisiones (1999), IDENTIDAD (2000), OCE (2001), FEU (2005). Esta forma de organizar y politizar al estudiantado supuso una transformación en relación con las maneras de trabajar en décadas anteriores en las que los proyectos políticos trabajaban directamente a través de sus juventudes partidarias u organismos generados directamente por ellas.

– La primera parte de la década del 2000 estuvo centrada en la búsqueda de procesos unitarios que hicieran confluir a las distintas organizaciones en un solo proyecto unitario, fue el caso de  la CNEU (Coordinadora Nacional de Estudiantes Universitarios) que terminó fracasando como resultado de los sectarismos de varios procesos organizados y del hegemonismo de la corriente estudiantil bolivariana, otros procesos como TALLERES sirvieron de foro de intercambio a los procesos estudiantiles nacionales organizados, el fin de la CNEU abrió paso a la existencia de los llamados encuentros de emergencia, que fueron durante un periodo la forma de articulación nacional esporádica del estudiantado.

Los gobiernos de Pastrana y Uribe estuvieron marcados por la progresiva elevación del nivel de conflictividad en las universidades públicas, los intentos de reformas educativas agenciadas por uno y otro fueron claves en esta activación de procesos de movilización estudiantiles, en el caso de Uribe la represión y estigmatización a las universidades como “nichos de terroristas” contribuyó a la configuración de la universidad como un espacio de resistencia al proyecto político y académico uribista.

– Las postrimerías del gobierno uribista dejaron un panorama desolador para la educación superior: universidades en proceso de reestructuración en un sentido privatizador (Atlántico y Pamplona), ahogos financieros de todas las universidades del SUE (Sistema de Universidades del Estado), grave situación de violación a los derechos humanos en los claustros, y radicación del proyecto de ley 237 que pretendía profundizar el neoliberalismo presente en el esquema financiero de la ley 30 de 1992. A pesar de sus derrotas, el proyecto fascista de universidad obtuvo avances tales como: securitización de los campus (instalación masiva de cámaras, agenciamiento de reglamentos académicos y disciplinarios contrarios a las libertades democráticas, fortalecimiento del ESMAD) financiación condicionada a las Instituciones de Educación Superior IES, entronización del esquema Universidad-empresa-estado, transformaciones académico-administrativas en las IES mediante las rectocracias que aseguraban el control directo del ejecutivo sobre las decisiones universitarias.  [1]

– Tras dos procesos de movilización de alcance nacional en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez (abril 2005 paro nacional, 2008 lucha contra el Plan Nacional de Desarrollo), los estudiantes reunidos en encuentro nacional de emergencia en Manizales en el año 2010 lanzaron una agenda de movilización para combatir el proyecto de ley 237 y denunciar la crisis de la educación pública. Tras muchos años de resaca colectiva en esa materia, decidieron lanzar una apuesta organizativa germinal clave para los acontecimientos futuros: la estructuración de mesas amplias locales, regionales y nacionales para confrontar el modelo y construir una reforma universitaria democrática. De esta manera se abre el ciclo de conflictividad de 9 años que abarca los procesos de la MANE y la UNEES.

– El entrante gobierno de Santos ubicó como una de sus primeras tareas la realización de una agresiva reforma educativa, para ello presentó una nueva ley de educación superior en 2011 que se convertiría a la postre en el detonante del proceso de movilización de la MANE. Para analizar y proponer alternativas a la situación se reunieron los estudiantes nuevamente en marzo de 2011, allí se da inicio al proceso de estructuración de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil MANE que tomó forma a partir de una dinámica de movilización y denuncia de la crisis entre el primer y segundo semestre de ese año: las banderas del estudiantado se fundaron en la impugnación de la propuesta inconsulta presentada por el gobierno, en el marco internacional de la oleada de protestas de indignados en varios países, a causa de la crisis económica mundial. En todas estas jornadas de movilización, la participación juvenil resultó determinante. [2] La conmemoración de los 40 años del movimiento estudiantil de 1971 sirvió de relato movilizador a las masas estudiantiles. En agosto quedó oficialmente constituida la MANE y en octubre detonó el paro nacional universitario que se prolongó un mes (en algunas IES la movilización empezó antes) hasta que la ley fue retirada.

-La MANE experimentó cuatro líneas de fractura distribuidas en los tres periodos de ese movimiento estudiantil[3], la primera en torno al criterio de definición de la hora 0 del paro nacional en tanto máximo mecanismo de presión al gobierno, en este punto se enfrentaron dos posiciones: la primera que decía que el paro debía iniciar de inmediato y la otra, secundada por la mayoría de organizaciones estudiantiles nacionales, que debía esperarse a la presentación oficial de la reforma en el congreso. La segunda se produjo una vez retirada la reforma en noviembre y enfrentó nuevamente dos posiciones: quienes creían que debía continuar el paro para arrebatar el mayor número de reivindicaciones posibles al gobierno nacional y quienes consideraban que era momento de volver a clases y proyectar un ejercicio participativo de construcción de contrarreforma educativa. En esta segunda posición se agruparon la mayoría de las organizaciones estudiantiles de carácter nacional.  La tercera guardo relación con la escogencia de vocerías nacionales de la MANE que se llevó a cabo en marzo de 2012, aquí nuevamente se enfrentaron los estudiantes organizados con los independientes por obtener el mayor número de voceros y voceras. Los sectores no organizados fueron de plano excluidos de las vocerías, lo que significó el distanciamiento de un bloque de estudiantes independientes muy heterogéneo pero importante para la pluralidad y capacidad política de aglutinar mayorías que hasta el momento había mantenido la MANE. La cuarta se fermento sobre la variedad de intereses, motivaciones y contenidos encontrados que cada proyecto político, a través de sus organizaciones estudiantiles, impulsó en el marco de la construcción de la propuesta de contrarreforma educativa; temas como la relación conflicto armado-Universidad-Sociedad fueron claves en esta disputa interna.

La autodestrucción de la MANE se produjo: i) por el afán instrumentalizador por parte de sectores del estudiantado organizado que quisieron catapultar a sus voceros electoral y políticamente, valiéndose de su posición gremial[4] y ii) de otros sectores que querían volver a la MANE la correa de transmisión de las negociaciones de paz ya oficializadas entre Santos y las FARC.

– El fin de la MANE en el VIII plenario coincidió con un conjunto de luchas locales y regionales de carácter reivindicativo descoordinadas —muchas de ellas terminaron en derrotas— que mostraba que la mesa ya no concitaba las voluntades de las mayorías estudiantiles, y que se había difuminado la perspectiva de una ley alternativa nacional para contrarreformar la educación superior. De esto se pasó a disputas por pliegos concretos y específicos carentes de la perspectiva nacional y de cambio profundo que la MANE encarnaba.

– En el momento de mayor dispersión estudiantil, el gobierno contratacó con una propuesta de reforma educativa compendiada en una política pública de largo plazo que iría concretando de múltiples maneras, en diferentes niveles, muchos de los contenidos y apuestas que el gobierno había anunciado ya en la propuesta de 2011, refinados con el mayor involucramiento del empresariado en el proceso: el APS 2034.  El estudiantado organizado creó un nivel de opinión pública al respecto mediante la denuncia y la movilización callejera que sin embargo no tuvo mucha contundencia y que no propició el anhelado choque entre la propuesta del gobierno y la de los estudiantes —que estaba en un nivel de desarrollo inferior al esperado pero con posibilidades de plantar cara a la propuesta general elaborada por el gobierno— puesto que desde ese momento la agenda mediática y política venia cambiando —incluyendo a muchos sectores democráticos y a organizaciones estudiantiles— de eje de gravitación a la finalización del acuerdo de paz, enseña del segundo gobierno de Santos.

– El no cierre formal y oficial del proceso de la MANE, con sus luces y sombras, mediante la articulación de unos puntos mínimos de balance común, favoreció que cada proceso organizado, el estudiantado independiente y otros actores de la comunidad académica sacasen sus propias lecciones y constituyeran su propia versión de lo que fue y significó la MANE, también que recogiera a su manera los acumulados programáticos construidos colectivamente para intentar capitalizarlo ante los estudiantes. Estas narrativas aisladas y contrapuestas no propiciaron un ambiente de diálogo entre los diferentes actores del movimiento estudiantil; a la postre, no prestarle atención a este aspecto importante, llevó a que fuese más difícil ponerse de acuerdo de cara a los nuevos retos.

– Las organizaciones estudiantiles convocaron en la primera parte del 2015 algunos seminarios para intentar acercar las posiciones y unificar lecturas, pero sus avances fueron mínimos. Uno de los puntos de discordia eran las valoraciones de la MANE y la necesidad o no de citar un escenario nacional de encuentro del estudiantado. En medio de todo esto, empezó a gestarse una lucha de los programas de licenciaturas del país a causa de borradores que puso a circular el gobierno y que implicarían una transformación académica fundamental en los procesos de formación para las y los docentes del futuro. El gobierno concretó su propuesta en la resolución 2041; el estudiantado se encontró el 5 y 6 de marzo de 2016 en Manizales para definir una línea conducta frente a esa situación y aunque salieron conclusiones y tareas de ese espacio para hacer frente a esa medida del gobierno, estas resultaron inanes puesto que el encuentro terminó roto por el debate organizativo  en el que se enfrentaron dos posiciones: los que impulsaban la construcción de una forma organizativa básica para el estudiantado de licenciaturas (una red de estudiantes) que permitiera hacer frente a la lucha contra la resolución y obtener una victoria alrededor de la que se pudiera nuclear nuevamente al conjunto del movimiento; y la otra que planteaba desde un balance enteramente negativo de la experiencia de la MANE, la necesidad de fundar una estructura nacional desarrollada de todo el estudiantado que llamara a un paro nacional universitario. En esta discusión se evidenció la ruptura entre las diferentes organizaciones estudiantiles nacionales que venían en un proceso de transformación política y de relevo orgánico desde el año 2014.

– Al año siguiente y resultado de unas luchas específicas que se desenvolvían en Bogotá y Tolima, se agitó de nuevo por parte de algunos sectores organizados y no organizados la necesidad de desarrollar un encuentro nacional de estudiantes. En principio se convocó un encuentro distrital ampliado en el que se hizo evidente que el movimiento estudiantil NO LOGRÓ en lo fundamental acumular lecciones ni contenidos compartidos sobre sus experiencias de lucha precedentes, de manera que no quedaba una opción diferente a volver a empezar.

– En el transito que va de la finalización de la MANE a la materialización del ENEES, algunos proyectos políticos se fortalecen llegando a ser del ámbito nacional, otros decrecen o pierden influencia, otros se fragmentan, muchos otros se crean representando proyectos y corrientes políticas antes ausentes de esos escenarios o arropados bajo el mote de independientes, y otros construyen frentes que se ponen por fuera del ENEES, en los que privilegian el agrupamiento gremial de las representaciones estudiantiles y en los que participan prevalentemente los partidos tradicionales. Este recuento habla de la enorme dispersión que se había venido fraguando al interior del estudiantado organizado, lo que hizo compleja la construcción de un núcleo de dirección del movimiento con unos mínimos acuerdos y lenguajes comunes. De hecho, principalmente las fuerzas nuevas se construyeron en oposición a la existencia de esos acuerdos que, en opinión suya, horadaron la credibilidad y el carácter democrático de la MANE.

-Si bien la no existencia de acuerdos de carácter permanente para la construcción y gestión del movimiento trajo como elemento positivo la promoción de nuevos liderazgos y la expresión de pluralidad de voces y perspectivas que dieron un carácter más amplio a la movilización y a la construcción, esta situación al mismo tiempo entorpeció la posibilidad de llegar a conclusiones más cualificadas, más claras y cuya aplicación fuese más ordenada.

– El ENEES como proceso organizativo y la UNEES que de su seno emerge, trae al escenario político, en su forma más acabada, un tipo de activismo estudiantil nuevo que refleja a su vez un tipo de estudiante nuevo que se viene gestando en las instituciones desde hace tiempo al amparo de procesos formativos, currículos, instituciones, mercados laborales y horizontes de expectativa concretos para las y los futuros profesionales[5].  Algunas de las características de este nuevo tipo de activistas estudiantiles son: los contenidos políticos, aunque importantes, no resultan fundamentales para el amplio estudiantado que podía asistir masivamente a un encuentro para no participar en las discusiones centrales. Buscar el cumulo de experiencias vitales derivadas de juntarse y hacer cosas para conseguir lo que se considera justo es lo realmente importante, así pues, las actividades cotidianas, el activismo, las reuniones logísticas tienen más valor en el imaginario colectivo del estudiantado que el contenido mismo que las inspira o define. La definición escrupulosa de criterios organizativos que no hicieran repetir las traumáticas y antidemocráticas experiencias de otros tiempos también fue una motivación típica del nuevo activista estudiantil que se hizo manifiesto en el proceso de la UNEES.

– La fundación de la plataforma UNEES y el ciclo de movilización que se desató con posterioridad al llamado ENEES 2.0, expresó un importante grado de politización de la juventud que ya había empezado a evidenciarse durante la campaña presidencial del 2018. En este encuentro estudiantil se constituyó un elemento clave: la aprobación de un pliego estudiantil que combinaba exigencias de corto, mediano y largo plazo. Si bien este programa fue muy importante para dotar de un horizonte común la acción del estudiantado, tuvo muchas dificultades en lo que respecta a su desarrollo político y técnico, a su articulación clara con las demandas de otros actores de la comunidad, y especialmente en lo que refiere al establecimiento de unas jerarquías claras sobre los aspectos que eran inmediatos y mediatos, un asunto, sin lugar a duda, clave para la movilización y la negociación.

Tanto el descredito y debilidad del entrante gobierno de Duque, como la narrativa de desfinanciación crónica de las IES empujada por profesores y estudiantes, calaron en la opinión pública y se convirtieron en factores que fermentaron el camino del paro nacional universitario que inició en el momento en que el gobierno presentó al trámite legislativo el Presupuesto general de la nación (PGN).

– La adición de recursos en el PGN, fue el centro de la disputa del estudiantado en el primer momento de la lucha que se prolongó hasta el 30 de octubre; el gobierno hizo esfuerzos en ese interregno por restar aliados a la lucha estudiantil a través del ofrecimiento de recursos insuficientes y la jugada del acuerdo con los rectores. Más tarde, la presión mediática, la represión directa y la aprobación del PGN sin modificaciones llevaron a situar el paro en un nuevo momento que no fue comprendido por el conjunto de la UNEES, que mantuvo una posición de activa resistencia, pero con miradas muy disimiles sobre cómo, que y cuando negociar con el gobierno nacional, estas miradas finalmente hicieron crisis en la medida que se aproximaba el desenlace de la movilización.  De hecho, los dos encuentros de emergencia convocados en el mes de noviembre no alcanzaron conclusiones certeras en términos del comportamiento político del conjunto del movimiento ni de los alcances de los negociadores.

– Un elemento de ruptura en el proceso de movilización estudiantil fue el carácter antagónico que revistieron las relaciones ACREES (Asociación Colombiana de Representantes Estudiantiles)-UNEES (Unión Nacional de Estudiantes de Educación Superior); la ACREES no era considerada legitima representante de las bases estudiantiles por parte de algunos sectores de la UNEES, el debate de permitir su inclusión o no en los procesos de negociación fue un constante motivo de fricción al interior de la UNEES y en los espacios de coordinación de los negociadores.

-La hipertrofia organizativa de la UNEES fue expresión de un inmenso interés por acordar maneras democráticas e incluyentes de construir el movimiento, resultante de la narrativa negativa impuesta por algunos sectores sobre el proceso MANE. No obstante, este propósito terminó trayendo altos costos para el proceso de movilización: primero por el incipiente desarrollo de los criterios y debates políticos que debían cohesionar la UNEES, segundo por la sobresaturación de debates organizativos que eclipsaban o restaban tiempos y espacios a los debates políticos fundamentales y tercero porque la existencia de un conjunto de estructuras muchas veces desconectadas, se prestó para una guerra de feudos entre compañeros que atrincherados en distintas comisiones se disputaban el protagonismo y desautorizaban las labores de tal o cual vocero o miembro de la UNEES en medio de la coyuntura.

– La negociación definitiva con el gobierno tras muchas rupturas y reacomodos, llegó en un momento de desgaste de la fuerza real del movimiento para presionar al gobierno por mejores condiciones o garantías para el acuerdo, pero no de su voluntad de lucha colocado en un marco temporal más allá de las vacaciones de diciembre. El movimiento estudiantil de entrada obtuvo importantes triunfos políticos contra el régimen que no fueron siempre debidamente explicados en las instituciones, en el terreno de los puntos concretos de la lucha se alcanza un acuerdo importante pero que no cuenta con la legitimación inmediata de las bases estudiantiles, lo que constituye un punto de ruptura con algunos sectores que creen que la consulta postergada a la gente mostraba el carácter antidemocrático de las vocerías. Las garantías académicas y la explicación de las implicaciones académicas del acuerdo fueron dos factores que contribuyeron a una vuelta a clases que dejó un sin sabor para muchos estudiantes, especialmente para los núcleos de activistas más sacrificados que eran a su vez la base de la UNEES en las IES.

– El incumplimiento del gobierno de algunos aspectos de lo acordado, los planes de choque que se vienen implementando en algunas IES a causa de la situación financiera que no ha terminado de resolverse para el año 2019 especialmente, el comportamiento errático en las negociaciones y  la dispersión del conjunto del movimiento estudiantil son las condiciones presentes a las que tienen que hacerse frente en la idea de no dejar perder otra vez un acumulado de luchas importantes para el estudiantado y la educación superior en Colombia.

 Ideas de cara al futuro

La unidad desde la heterogeneidad del movimiento sigue siendo una necesidad inaplazable para el conjunto de las y los estudiantes colombianos. Este esfuerzo precisa condiciones objetivas y subjetivas, siendo una fundamental, lograr acabar con la idea según la cual el sectarismo (incluido el de aquellos que se proclaman independientes) y el grupismo, son formas aceptables y deseables de comportamiento para la juventud politizada en nuestro país. Este peso muerto que cargamos de las generaciones del pasado necesita romperse si queremos avanzar en la construcción de un nuevo proyecto de cambio y transformación para nuestro país.

-Las instituciones de educación superior son un baluarte fundamental en la producción, reproducción y propagandización del modo de pensar, sentir y actuar dominante. Por tanto, estos son escenarios cuya conquista —en un sentido ideológico-cultural, a partir de la subversión de sus funciones misionales[6]— resulta clave para el proceso revolucionario de Colombia. Los estudiantes son UNO de los actores en este proceso y todas sus luchas y tareas deben servir y conectarse a esa perspectiva.

– El movimiento estudiantil debe pensar en seguir sirviendo como un espacio de formación de profesionales que abracen valores y concepciones democráticas, progresistas, patrióticas, internacionalistas, antiimperialistas, anti patriarcales, anticapitalistas-revolucionarias o socialistas. Ser un semillero de conocimiento conectado a las realidades de la gente y la sociedad en todos los campos y proyectar ese conocimiento como una herramienta que engendre nuevas experiencias sociales, económicas, políticas y culturales que en principio muestren la posibilidad de cambiar las cosas, y en perspectiva se conviertan de hecho en el camino de ese cambio; de esa manera las IES se convertirán en una fortaleza del pueblo productora de ideas y herramientas para combatir el poder dominante y ayudar a hacer emerger el poder de la gente.

– El carácter dinámico de los sujetos que componen el movimiento estudiantil y las condiciones tan particulares en que estos existen en el marco de periodos fríos y calientes, hace necesario un proceso de reflexión, síntesis y debate permanente en relación con la táctica que se adopta para que los estudiantes aporten en el sentido enunciado más arriba. No hay que casarse con enfoques tácticos eternizados que no logran leer los cambios y los diferentes periodos por los que atraviesan las IES, los y las estudiantes y las organizaciones que lo componen.

– El movimiento estudiantil debe pensar en ofrecer experiencias de vida gratificantes a las y los participantes, que ayuden a arraigar puntos de vista de muchas maneras en las mentes y corazones de las y los estudiantes, hay que dejar atrás la idea de que militar en el movimiento estudiantil significa solo asumir sacrificios y tareas; es importante pensar en el desarrollo integral de sujetos revolucionarios moldeados por experiencias nuevas en las que intervienen dimensiones deportivas, culturales, académicas, con actividades como campamentos, encuentros de saberes, caminatas, integraciones, carnavales, entre otras. El movimiento estudiantil logrará constituir un núcleo solido de necesaria contra hegemonía en la medida en que con su trabajo logre construir “la otra universidad”, en el sentido de convertirse en un espacio de sociabilidad que fomente el intercambio de saberes y aprendizajes prácticos que llenen los vacíos de sentido, contenido y experiencias que no logra completar la formación bajo el marco dominante burgués que rige en las IES.

La rebeldía juvenil y específicamente estudiantil ha sido y seguirá siendo uno de los baluartes mas sólidos del pueblo colombiano, cantera de heroicidad, creatividad y trabajo que vive y lucha por el sueño de una Colombia mejor. La reflexión militante, el pensamiento critico y el debate permanente solo contribuyen a hacer de ese un espacio en el que quepan más jóvenes que sumen al camino del cambio revolucionario de la sociedad colombiana.

[1] Con este término se designa la tendencia del gobierno de poner al frente de las principales universidades del país por largos periodos de tiempo a fichas fieles al proyecto uribista, en lo académico, financiero y de seguridad: Alberto Uribe (UDEA), Luis Enrique Arango (UTP) Ricardo Gómez (U de Caldas) Camacho Pico (UIS).

[2] De hecho, rasgos como el asambleísmo, la representación delegataria colegiada y rotativa y el carácter colectivo y consensuado de los espacios de conducción del movimiento son elementos compartidos entre los movimientos de indignados y el movimiento estudiantil colombiano en su primer periodo que va de abril a noviembre.

[3] Estos periodos están marcados por contradicciones que se hicieron principales en cada periodo:

Estudiantes- Gobierno nacional (abril hasta noviembre de 2011) Estudiantes Organizados vs Estudiantes no organizados (noviembre del 2011 hasta Marzo de 2012) Estudiantes Organizados vs Estudiantes Organizados (marzo de 2012 hasta Octubre de 2013).

[4] Este asunto ha sido un elemento de fricción clave en el seno del movimiento estudiantil y en el de otros movimientos sociales en los que la compresión de las relaciones entre lo gremial y político excluye la posibilidad de trasvasar los acumulados de lucha de las masas al plano electoral.

[5] En este aspecto hay que profundizar y discutir con más argumentos, deben tenerse en cuenta elementos como: los tiempos de la formación vs los tiempos del ocio (resultado del perfeccionamiento del sistema de créditos académicos),  la necesidad de involucrarse en varias carreras y actividades académicas que agotan los tiempos del estudiantado para hacer otro tipo de actividades, la participación en formas organizativas sobre la base de identidades muy puntuales: misma música, mismo videojuego, mismo tipo de intereses deportivos, mismas sensibilidad por los animales…esto en contraposición al compromiso total y el disciplinamiento bajo el que han operado la mayoría de proyectos políticos y sus organizaciones estudiantiles en las IES,  enfoques como el  de la caridad y el voluntariado del que es posible desconectarse cuando uno quiera  y que no demandan grandes identidades ideológicas ni grandes modificaciones en los planes de vida se han hecho predominantes, desde el punto de vista de las finalidades  estas se orientan principalmente a la atención o contención de determinadas problemáticas puntuales muchas de ellas no relacionadas con el proceso de formación o con las instituciones.

[6] Por su puesto, sostener un núcleo de hegemonía de estas dimensiones requiere de personas, agentes y actores claves en la dinámica de las instituciones —no necesariamente todas militando en algún proyecto político alternativo—. La construcción de espacios y corrientes de contra hegemonía deben pensarse para irradiar en distintos niveles a diferentes personas que pueden construir sus propias interpretaciones, practicas e ideas en el marco de una perspectiva común de transformación de la sociedad en sentido democrático-Revolucionario.

#BlackLivesMatter: el movimiento antirracista creado por mujeres. Informe especial

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El propósito de este texto es hacer un acercamiento preliminar al movimiento Black Lives Matter y resaltar su importancia en el estallido social estadounidense que comenzó a partir del 26 de mayo. Asimismo, se pretende aportar elementos para comprender qué está ocurriendo en Estados Unidos en términos de acción colectiva. Si sólo quieres ir al grano, puedes leer el punto 2 y las conclusiones.

  1. Contexto global: la chispa que encendió todo

Tras más de cien mil muertos por nuevo coronavirus y las particulares afectaciones que la pandemia dejó contra la excluida y discriminada comunidad afroestadounidense, el cruento homicidio de George Floyd, un ciudadano negro de 47 años, a manos de un policía blanco ha desatado una ola de indignación y protesta social que se ha extendido a, cuando menos, 140 ciudades en Estados Unidos según reportó BBC (1 de junio de 2020), sin precedentes desde las que ocurrieron luego del asesinato de Martin Luther King en 1968 (Bermúdez, 2 de junio de 2020). De momento, ha habido más de una semana de protestas continuadas desde el 26 de mayo. Los hechos sobre el homicidio son conocidos: Floyd es acusado por un empleado de dar un billete falso, luego es retenido por la policía, forzado a tumbarse boca abajo, y, por último, sin justificación, el policía Derek Chauvin presionó su rodilla sobre el cuello de Floyd por más de ocho minutos a pesar de las súplicas de éste, quien clamaba que no podía respirar. Tiempo después falleció en un hospital.

El desgarrador video se viralizó en redes sociales y pasó por la retina de millones de personas del globo, en tiempos en que ya había indicios de que el ciclo mundial de luchas del año 2019 que sacudió con especial fuerza a Chile, Ecuador, Bolivia, Colombia, Hong Kong, Francia, Irak o Líbano, paralizado en 2020 por la crisis de pandemia por Covid-19, estaba empezando a reactivarse.

A finales de mayo de 2020, en Ecuador se ha vivido nuevamente protestas masivas debido a los planes del presidente Lenin Moreno, sancionados por el legislativo, de reducir el gasto público por la crisis económica detonada por las medidas de parálisis productiva para contener la pandemia. Estas recientes políticas de austeridad fiscal están siendo puestas en marcha bajo el nombre de «Ley de Apoyo Humanitario» (BBC Mundo, 26 de mayo de 2020).

La situación en Hong Kong no es distinta en términos de movilización social, excolonia del Imperio británico que vive desde 2019 una fuerte disputa en las calles por su autonomía política frente al autoritarismo de China. El balance que hace Macarena Vidal (11 de mayo de 2020) es semejante al esbozado aquí sobre Ecuador: las medidas contra la pandemia detienen momentáneamente el estallido popular, pero éste comienza a reavivarse, según su análisis, desde el pasado 26 de abril. Las protestas ahora se están dando en el contexto de rechazo a la nueva ley de seguridad nacional china para controlar el territorio de Hong Kong mediante la criminalización a la oposición política (Gómez, 27 de mayo de 2020).

En Colombia, aunque no a los niveles de 2019, también se ha vivido movilizaciones más locales en ciudades como Bogotá, Cali o Medellín en razón a los estragos socioeconómicos que ha causado la crisis por pandemia. Las gentes se han debatido entre morir de nuevo coronavirus o morir de hambre. Asimismo, luego de declaraciones racistas de un contratista bogotano de gobierno proferidas contra los indígenas caucanos y el CRIC, éstos decidieron bloquear la vía Panamericana el 21 de mayo (El País, 2020).

Una hipótesis, como eje articulador para reunir y explicar, aunque sin determinismos o reduccionismos —y como hemos insistido en este espacio—, la ola de protestas de 2019 y las que se verán en 2020 es que la globalización neoliberal en cuanto régimen de acumulación del sistema mundial capitalista está en crisis. Las medidas autoritarias aplicadas para contener la pandemia sólo pusieron un freno provisional a ese malestar social, desplazado temporalmente por la incertidumbre y el temor a contraer el nuevo coronavirus.

Hay razones entonces para pensar que estamos ante el germen de un nuevo ciclo de protestas globales, pero signado por la crisis de pandemia. Manifestantes con tapabocas están siendo cada vez más frecuentes en el mundo. Pero el caso estadounidense es interesante porque, a diferencia de algunas protestas anteriores dadas en ese país contra las restricciones de derechos liberales por la imposición del aislamiento obligatorio (Vásquez, 1 de mayo de 2020), en esta ocasión estas restricciones se han roto de una forma más masiva y por una causa diferente a los efectos de las medidas estatales para controlar la pandemia, lo que muestra que el covid-19 no se está percibiendo como el mayor problema social.

Bajo ese contexto, y con el acumulado de luchas históricas contra el racismo estructural, lo que está ocurriendo en Estados Unidos a raíz del homicidio de Floyd está generando un punto de inflexión y ha estimulado nuevas movilizaciones a nivel global. En Londres o Berlín, por ejemplo, ya ha habido manifestaciones en apoyo a las estadounidenses (La Vanguardia, 31 de mayo de 2020).

  1. Sobre el movimiento Black Lives Matter

Respecto a los movimientos negros antirracistas en Estados Unidos se pueden destacar, por una parte, el movimiento por los derechos civiles liderado por Martin Luther King —activista asesinado en 1968, lo que desató en Estados Unidos un estallido social sin parangón hasta las manifestaciones de 2020—, el movimiento del black power, de carácter más radical respecto al primero y que retomó las doctrinas políticas de Malcolm X —activista negro también asesinado, pero en 1965—, el movimiento feminista negro y el movimiento antisistémico de las Panteras Negras. A grandes rasgos, estos movimientos tuvieron su auge desde la década de 1960 hasta principios de la de 1970.

Pero es desde ese acumulado histórico de acciones colectivas desprendido de los movimientos anteriores —que no son, desde luego, los únicos— que emerge en 2013 el movimiento Black Live Matters, enfocado en la lucha contra la desestimación de las vidas de los/as negros/as y que ha sido importante en el origen y desarrollo del estallido social de 2020.

En un texto intitulado A brief herstory of #BlackLivesMatter, Alicia Garza, una de sus fundadoras, relata que el movimiento nació en 2013 tras el asesinato ocurrido en 2012, por parte de George Zimmerman, del afroestadounidense Trayvon Martin, quien tenía 17 años. La impunidad dada tras este caso, pues Zimmerman fue liberado de cargos, llevó a que Alicia Garza junto con Patrisse Cullors y Opal Torneti —todas mujeres— comenzaran a constituir el movimiento. Su visión de mundo es que en él las «vidas negras son objetivo sistemático e intencional de desaparición» (2016, p. 23).

En términos de demandas, el movimiento involucra un enfoque feminista queer y concibe que hay coordenadas de poder que actúan dentro de las comunidades negras y que pueden ser reproducidas por sus mismos integrantes, por ejemplo, cuando un activista negro tiene más reconocimiento público a pesar de retomar los trabajos de activistas negras, algo que Garza denuncia. En sus palabras:

Black Lives Matter es una contribución única que va más allá de los asesinatos extrajudiciales de personas negras por parte de la policía y los vigilantes. Va más allá del estrecho nacionalismo que puede prevalecer en algunas comunidades negras, que simplemente exigen a los negros que amen a los negros, vivan como negros y compren negro, manteniendo a los hombres negros cis en el frente del movimiento mientras nuestras hermanas queer y trans y las personas discapacitadas toman roles en segundo plano o no lo hacen en absoluto. Black Lives Matter afirma la vida de las personas negras queer y trans, personas discapacitadas, personas negras indocumentadas, personas con registros, mujeres y todas las vidas negras a lo largo del espectro de género. Se centra en aquellos que han sido marginados dentro de los movimientos de liberación negra. Es una táctica para (re) construir el movimiento de liberación negro (2016, p. 25).

En este párrafo se puede ver la incorporación de los problemas de género en un movimiento negro a partir de las reivindicaciones queer y el transfeminismo, además de la preocupación por las personas negras en condición de discapacidad o las que se encuentran en condición de migrantes. Es un reconocimiento de las jerarquías y matrices de poder que operan dentro de las mismas comunidades negras, pero que se reproducen en el marco general de la supremacía blanca. En ese sentido, el Black Lives Matter se podría clasificar dentro de la categoría de nuevo movimiento social de Claus Offe por su cercanía a las reivindicaciones sobre identidad y autonomía, no obstante, se habla de una liberación negra interseccional que conecta  «luchas de raza, clase, género, nacionalidad, sexualidad y discapacidad» (Garza, 2016, p. 26), tiene carácter antiheretopatriarcal y antirracista, y es, al tiempo, pese a su «particularismo», una liberación para «nuestra humanidad» (2016, p. 26).

  1. La importancia de Black Lives Matter en el estallido social estadounidense

La presencia de este nuevo movimiento en la actual coyuntura estadounidense es notoria. En Twitter, el hashtag #BlackLivesMatter ha acompañado mensajes que relatan lo que está sucediendo alrededor de Estados Unidos y el mundo a raíz del homicidio de George Floyd —pues las protestas antirracistas se están tendiendo a globalizar—. Ha sido una etiqueta que acompaña noticias de medios informativos como Telesur o Excélsior, mensajes de apoyo de «celebridades» de la industria cultural capitalista como Rosalía, Karol G o J Balvin o empresas de entretenimiento como Netflix. Es, en suma, el hashtag representativo de las recientes protestas. Pero, más importante aún, la etiqueta también ha estado en las calles, como se puede apreciar en el siguiente tuit:

Asimismo, es una consigna que se ha entonado en las recientes protestas, como se puede apreciar en un video publicado por el medio Euronews.

 3.1. El problema de los marcos de creencias compartidos y de la idea de un movimiento unificado

Algunos medios de comunicación han empezado a hablar del «movimiento Black Lives Matter», verbigracia, cuando hacen referencia a que X famoso se ha unido a este movimiento (cf. La Nación, 1 de junio de 2020), como si todo el actual proceso político estadounidense se explicara por la acción de un único movimiento, y esto comienza a configurar un sentido común para comprender lo que está ocurriendo que no es del todo acertado. ¿Está realmente potenciándose el movimiento que surgió en 2013 en Estados Unidos? ¿Incorpora sus agendas? Cuando una empresa o un «famoso» de la industria musical usa la etiqueta de Twitter aquí comentada, ¿se está uniendo al movimiento? ¿Quiénes, en suma, pertenecen a él? Más aún, ¿se puede reducir lo que está sucediendo al movimiento Black Lives Matter? Esto plantea problemas en términos de la identidad y marcos de creencias de los movimientos, el repertorio de prácticas, estrategias políticas y la coordinación de la acción colectiva de una masa descentralizada en tiempos de globalización.

Miremos, por ejemplo, este tuit de Karol G, el cual dice: «No sé a quien se le ocurrió dividir a la sociedad por “Razas” Usted no tiene un amigo blanco, un primo negro o un compañero caucásico. Usted tiene un amigo, un primo y un compañero. Fuck that» (García, 2 de junio de 2020).

Probablemente emitido con buena intención política, el tuit se podría comprender dentro de un discurso liberal en el que formalmente «todos somos iguales», lejano a la crítica de Alicia Garza que una y otra vez habla de las injusticias que estructuralmente padecen las personas negras. Y es que, aunque biológicamente no existan las razas humanas, hay estructuras y patrones mundiales de poder constituidos a partir de la práctica discursiva de la «raza», jerarquías cristalizadas desde los albores de la Modernidad colonial a partir de la clasificación codificada de pueblos y gentes en razas inferiores y subordinadas, en fin, la colonialidad del poder (Quijano, 1992). La raza como coordenada social de opresión existe y tiene efectos concretos en las realidades sociales.

El problema entonces de asumir el actual proceso de protestas como producto de un único movimiento organizado es que evade el asunto por la disputa en torno a los marcos de creencias políticos que existen sobre el racismo estructural y el homicidio de Floyd, por lo cual es preciso identificar un «afuera» y un «adentro» del movimiento Black Lives Matter, frontera siempre, desde luego, en tensión. ¿Cuáles son las demandas de un supuesto movimiento global descentralizado antirracista si algunas de las personas e instituciones que dicen apoyar al movimiento llegan a negar las jerarquías estructuradas con base en la raza y otras matrices interseccionales de opresión como el género? ¿Hacia qué tipo de cambio se orientan? ¿A que haya justicia liberal para Floyd y su familia? ¿Cuál es, en fin, la identidad colectiva y la forma de acción colectiva que se está constituyendo?

La demasiada ampliación de los marcos de creencias puede llevar a un desdibujamiento y despolitización del movimiento y de otros procesos sociales de acción colectiva, con los efectos despolitizadores que supone la posibilidad de adherirse a un hashtag antirracista sólo porque es tendencia o moda masiva viral impulsada por «celebridades» —un aspecto que no se puede negar en ciertos comportamientos colectivos, aunque éstos no se reduzcan a ese «efecto de rebaño»—.

Pero, por su parte, el volcamiento de un movimiento hacia una identidad cerrada lo puede llevar a convertirse, como advierte Munck (1995), en «fuerza social comunal o fundamentalista» e impedir su flexibilidad y articulación con otros sectores o movimientos sociales y la construcción de procesos más amplios de identidad, o negar las mismas prácticas de violencia resistente o revolucionaria que ocurren en las fracciones más radicales del movimiento en aras de mantener una imagen mediática pacifista mayoritaria para despertar apoyos y suscitar simpatía y legitimidad en la «sociedad civil». La discusión sobre los repertorios de acción «pacíficos» o violentos en el actual proceso político estadounidense y mundial, con sus respectivas tensiones y contradicciones, es algo que está sobre la mesa, por ejemplo, respecto a la quema de carros o los saqueos masivos.

La definición de Gerardo Munck de un movimiento social como «un tipo de acción colectiva orientada hacia el cambio por una masa descentralizada encabezada, de una manera no jerárquica, por un actor social» (1995, p. 17) muestra que, aunque hay organización en red, existen líderes activistas y cabezas visibles del movimiento. El movimiento no es un conjunto o una mera suma de manifestaciones diarias, es un proceso social nuevo, con dinámicas estratégicas e identitarias propias, un modo de organización solidario de la acción colectiva cuya formación e institucionalización puede quedarse a medio camino, como pasó en con el 21-N. El conocimiento sobre las reivindicaciones del movimiento Black Lives Matter, conforme pase el tiempo y al calor de los nuevos campos de disputa que se están abriendo en tiempos de pandemia, podrá definir paulatinamente quiénes realmente pertenecen a él y su relevancia en la eventual creación de un movimiento nuevo y más abarcante. También, por lo pronto, se puede afirmar que el actual proceso político antirracista, con tendencia a ser global o, cuando menos, cubrir una parte significativa del mundo «Occidental/occidentalizado», no puede reducirse al movimiento Black Lives Matter.

3.2. Violencia y «pacifismo» en el estallido social estadounidense

Respecto a los repertorios de acción colectiva, estos han contado con saqueos a negocios, movilizaciones en las calles que violan toques de queda, minutos de silencio, hackeos de Anonymous a páginas de la policía, performances que representan el homicidio contra Floyd, quemas de carros y hasta cacerolazos —que ocurrieron en Washington, gracias al influjo del estallido social latinoamericano de 2019; muestra de procesos de globalización contrahegemónicos— (Deutsche Welle, 2 de junio de 2020). Es decir, tanto la violencia política como las acciones «pacíficas» han estado presentes en el estallido, violencia que, dado que no pretende una confrontación directa con el Estado para llegar a la toma revolucionaria de éste sino abrir nuevos espacios de ampliación de lo político, es más cercana a la violencia resistente (Calveiro, 2008). BBC, no obstante, ha registrado que las protestas son mayoritariamente «pacíficas» y que ha habido más casos de brutalidad policial, incluso contra sus propios periodistas (BBC Mundo, 1 de junio de 2020).

Pero lo propio de este proceso político es que, no sólo los que protestan están descentralizados en su accionar, sino que no hay un actor visible que encabece y asuma la responsabilidad —soterradamente o no— de todo el amplio espectro de repertorios de acción. Black Lives Matter no tiene ninguna responsabilidad, más allá de que apoye o no la combinación descentralizada de «todas las formas de lucha». Por eso tampoco se podría comprender el estallido social como expresión de un único movimiento.

Un video de un saqueo a una tienda Nike en Chicago, difundido por Russian Today, y que muestra a una persona afroestadounidense contenta por el artículo que tomó y no indignada por la muerte de Floyd o el racismo estructural podría exponer la complejidad de este fenómeno en términos no sólo de acción colectiva, sino de acción colectiva política.

Si la acción colectiva es solidaria y cooperativa, significa que no hay una mera suma de individuos que realizan la acción, sino que es atribuible a un nosotros/as. Un nosotros/as que aspira a lograr un objetivo común, aunque cada uno/a haga cosas diferentes o la acción colectiva sea interrumpida. En ese sentido, la acción colectiva está constituida por una intencionalidad colectiva (Searle, 1997) y no por un mero agregado de intencionalidades individuales: hacemos algo juntos, y no tú haces algo y yo hago algo.

Cuando hay una marcha, marchamos: ambos/as caminamos o arengamos para contribuir mediante la fuerza social a los objetivos políticos de la movilización: yo puedo sostener una pancarta, tú puedes simplemente caminar, pero ello no cambia que estemos actuando colectivamente. En el saqueo, este aspecto de la intencionalidad colectiva queda diluido, porque si bien hay una actuación de grupo, la cooperación y solidaridad no es clara: hay una erosión de la institución de los derechos de propiedad dado un estallido social, pero en el saqueo masivo, en principio, cada uno busca conseguir su propio beneficio descoordinadamente y su acción finaliza cuando ya lo ha logrado. Es por eso que este tipo de saqueos espontáneos se acercarían más al «comportamiento desviado» y no al «comportamiento disconforme», pues no cuestionan la legitimidad de las reglas ni hay solidaridad con el otro, aunque en algún punto sabemos que «estamos saqueando» y el saqueo expresa la existencia de un conflicto de clases.

Esto no significa que el saqueo no pueda conformar una acción colectiva de carácter político: si el objetivo, por ejemplo, al saquear juntos/as un banco en particular no es que cada quien consiga dinero para enriquecerse individualmente sino golpear el funcionamiento de ese banco y cuestionar el sistema financiero —ante lo cual el dinero podría ser redistribuido para remarcar que no estamos meramente robando o ser usado para financiar nuevas acciones políticas, o hacer campañas de difusión y propaganda, poner grafitis en el banco, etc.—, habría un sentido diferente orientador de la acción y con implicaciones distintas, aunque la asignación de una acción como política también es un campo de disputa.

De todas formas, el ejemplo del saqueo a Nike no pretende agotar todos los casos de saqueos ocurridos tras el estallido social en Estados Unidos. Estos análisis han de realizarse situadamente.

 Conclusiones preliminares

Para resumir, Black Lives Matter y el estallido social estadounidense han tenido los siguientes elementos:

—    Protestas y manifestaciones constantes durante más de seis días en al menos ciento cuarenta ciudades.

—    Las manifestaciones sido impulsadas por redes de solidaridad previas, trayectorias históricas de lucha antirracista y significadas en parte por los marcos de creencias de un movimiento previo con enfoque feminista queer y transfeminista: Black Lives Matter. Pero estos marcos de creencias no envuelven todos los sentidos comunes ni prácticas del proceso político.

—    Las protestas arrancaron y crecieron de modo espontáneo. No hubo un movimiento que estableciera coordinadamente una serie de indicaciones para protestar, y de momento, tampoco se ha institucionalizado una especie de movimiento de movimientos antirracista de carácter global.

—    Por tanto, no es posible reducir el proceso político estadounidense a un único movimiento con un potencial alcance global, si bien Black Lives Matter ha sido influyente para orientar el rechazo político al racismo y la brutalidad policial.

—    Aunque BBC ha remarcado el carácter mayoritariamente pacífico de las protestas, la violencia política es un elemento que ha estado presente, tanto de parte de algunos manifestantes como del Estado.

Estas razones nos llevan a concluir que el estallido social estadounidense no se explica como el producto de la mera acción del movimiento Black Lives Matter, sino como una combinación compleja de distintas formas de acción colectiva no necesariamente movimientistas que están generando tensiones y presiones en el sistema político estadounidense, tanto a nivel nacional como internacional. Incluso los saqueos, aunque algunos no tengan directamente sentido político o de acción colectiva, se suman a las presiones, pues expresan el conflicto social propiciado por el racismo estructural del sistema mundial capitalista. Pero está por verse si el sistema político estadounidense aumenta su complejidad interna o no. En todo caso, Black Lives Matter está siendo crucial para luchar por un cambio en ese sentido.

Referencias

Calveiro, P. (2008). «Acerca de la difícil relación entre violencia y resistencia». En M. López, N. Iñigo y P. Calveiro (eds), Luchas contrahegemónicas y cambios políticos recientes de América Latina (pp. 23-46). Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales-CLACSO.

Garza, A. (2016). «A Herstory of the #BlackLivesMatter». En J. Hobson (ed.). Are All Women Still White?: Rethinking Race, Expanding Feminism (pp. 23-28). New York: State University of New York Press.

Munck, G. (1995). «Algunos problemas conceptuales en el estudio de los movimientos sociales». Revista Mexicana de Sociología57(3), 17-40.

Quijano, A. (1992). «Colonialidad y modernidad/racionalidad». Perú Indígena, 13(29), 11-20.

Searle, J. (1997). La construcción de la realidad social. Barcelona: Paidós.

Lo que quieren contar los grupos de poder, esa ha sido la “historia oficial[1]”

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“…El historiador no debe olvidar nada, todo lo debe recoger para presentar al mundo y a la posteridad los hechos tal como han pasado, los hombres tales como han sido y el bien o el mal que hayan procurado al país”. S.E. El Libertador Simón Bolívar.

Corría el fatídico año de 1830, el más aciago para la historia de Colombia, cuando el 4 de junio fue asesinado en las montañas de Berruecos el que era considerado el oficial más fiel a la causa bolivariana, en momentos en que se dirigía al sur, a reunirse con su señora, Marquesa de Solanda, y su pequeña hija Teresita. El Mariscal, aburrido por las intrigas y conspiraciones divisionistas del partido santanderista, decidió retirarse a Quito, a la vieja casona donde había crecido su esposa Mariana. Esta casona fue restaurada por él, quien la idealizaba como el refugio familiar y protector frente a la perfidia de quienes auspiciaban la fragmentación de Colombia. Después del asesinato, la tragedia no paró, como suele suceder una vez se desata, y una vez más se ensañó contra el apellido Sucre cuando la pequeña Teresita cayó años más tarde desde uno de los balcones de la casona, mientras jugaba en brazos de su padrastro, el general Barriga, bogotano de nacimiento. El hijo de éste, Manuel Felipe Barriga Carcelén, pasó a heredar toda la fortuna de la marquesa y la familia Carcelén.

El Mariscal no pudo llegar a su destino porque tres balazos, ¡malditos balazos!, acabaron la vida del héroe con apenas treinta y cinco años de edad. Nacido en 1795, era doce años menor que el Libertador, con quien, no obstante la diferencia de edad, construyó una fuerte amistad. Sucre era el general más reconocido, admirado y querido en aquel entonces, y su fama creció con cada una de las batallas que dirigió y ganó para la causa independentista. Colombia debía ser imagen y semejanza de Sucre; si queremos saber cómo soñaba Bolívar a Colombia, es necesario conocer el carácter, semblanza y heroicidad del Gran Mariscal[2]: su nobleza de espíritu, honestidad, valentía y elevadas virtudes ciudadanas debían distinguir a los hijos de Colombia, así lo quería Bolívar.

Quizá fue el general Mariano Montilla el único que se atrevió a llevar la noticia al Libertador, quien casi como estertor lanzó una voz con la más aguda pesadumbre: ¡fue Obando, fue Obando! Las causas y pesquisas adelantadas en la época señalaron como autores materiales del crimen a Juan Gregorio Sarria y José Herazo, asesinos a sueldo de la nómina de José María Obando. La orden escrita fue llevada por Apolinar Morillo, quien se encargó de planificar la emboscada en la que participaron tres soldados más, quienes apenas alcanzaron a pasar con vida el fin de ese mismo año de 1830: esos tres infelices murieron, en “extrañas” circunstancias, meses después del asesinato del Mariscal Sucre. El señor Morillo reveló años más tarde su “secreto”: el determinador fue Obando.

Obando recibió la espada de Santander como prueba de gratitud por los servicios prestados y por ser uno de los más fieles detentadores del legado de “ese hombre de leyes”, como lo describió Bolívar para significar la falta de aptitudes del granadino en el campo militar. Santander impartió la orden del tal reconocimiento como última voluntad en su testamento. Obando recibía así beneplácito para ser Presidente de la República. Su compadre, José Hilario López, quien igualmente asechó al Mariscal Sucre con la intención de “hacer con él lo que en Bogotá no hicieron con Bolívar”, también llegó a ser Presidente del país. Cabe recordar, de paso, que Obando fue derrocado por el general José María Melo, quien encabezó una fugaz insurrección de artesanos a favor del proteccionismo, en contra del librecambismo (precursor del neoliberalismo) que encarnaba Obando, López y compañía.

Pues, resulta que hoy día Obando es el egregio apellido que llevan calles, plazas y parques en el país. Hoy día Obando es un prohombre y significa un prócer en nuestra historia. Recibe los más encumbrados calificativos y se enseña como defensor acérrimo de la libertad y la democracia. Así como él, muchos otros personajes de ayer y de hoy son puestos como adalides de la causa noble de los desamparados y la democracia, mientras otros, que realmente se entregaron completos a las causas altruistas de los pobres y excluidos, son borrados de la historia (entiéndase historia oficial) y desterrados de las plazas, de las calles y de la memoria del pueblo que ignora su verdadera procedencia y desconoce a los verdaderos defensores de sus intereses.

La historia puesta al servicio de lo que quieren contar los grupos de poder; la historia como elemento de dominación y tergiversación. La historia empleada para sustraer de nuestra memoria colectiva episodios enteros que configuran nuestro ser y determinan el presente. ¡Si me lo contaran, no lo creyera!: en este país las castas que vencieron al proyecto bolivariano, las mismas que aun hoy siguen dominando, emplean la historia oficial (apoyadas también en un inmenso aparato de propaganda) para borrar episodios enteros, hechos relevantes, escenarios gigantescos y hasta movilizaciones de millones de personas.Como siempre, este cuatro de junio pasa desapercibido: no hay homenajes, no hay actos cívicos en las escuelas, no sonaron salvas por quien selló en Ayacucho, con la más bella victoria, la libertad de un continente. La historia oficial dejó al Mariscal escondido en las páginas ilegibles del olvido atroz y su crimen en la impunidad. Muy pocos mencionan su nombre y menos aún reflexionan acerca de nuestra verdadera identidad, sobre nuestros verdaderos paradigmas.

Es menester descubrir los rostros del crimen, de la perfidia y de los homicidas, de ayer y de hoy, del proyecto llamado Colombia. Las trasgresiones de lesa patria deben conocerse en persona, es apenas necesario para redescubrirnos y reencontrarnos. ¡Tantas verdades que desentrañar, tantos nombres que lavar y tantas calles que rebautizar! Hace falta descubrir la verdadera historia del país, para encontrar los responsables de nuestra debacle como nación y enrumbarnos hacia un horizonte de grandeza, como debe ser el que depare la posteridad a la porción más hermosa del orbe.

[1] Este documento es un fragmento del original, elaborado por Edwin García Maldonado.

[2] “A todo añadiré que el Gran Mariscal de Ayacucho es valiente entre los valientes, leal entre los leales, amigo de las leyes y no del despotismo, partidario del orden, enemigo de la anarquía y, finalmente, un verdadero liberal”. (Bolívar describiendo a Sucre). Diario de Bucaramanga. Luis Perú de Lacroix.

De la violencia como fin y otros males

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Somos un país de extremos, siempre “o nos pasamos o nos queda faltando”, casi nunca damos la medida exacta a las cosas. Pasionales como los que más, calificamos sin miramiento alguno. El adjetivo es nuestra mayor elaboración mental.

Prejuzgamos con facilidad aberrante: “es de derecha”, “de izquierda”, “de centro”, de allá o de acá. Puede entenderse que lo hagamos al calor y agitación del día, pero, ¡vamos!, en la tranquilidad de la noche, los sensatos o quienes tengan un minuto de sosiego, debemos reconocer que esto no es una buena práctica.

Nuestros análisis parten siempre de subjetividades, de la idea antes que el fenómeno, incluyendo a los materialistas. Así, en algunos sectores de la izquierda colombiana con gran potencial revolucionario, espíritu de sacrificio y denuedo (justo es reconocerlo), el problema de la violencia se convirtió en cuestión de principio. Dejó de ser un medio para rendirle culto como fin en sí mismo. Es punto de discusión per se, no evalúan su pertinencia, sino su “urgente necesidad”. No debaten la política, sino la necesidad de ejercerla a través de la violencia.

Por ejemplo, evaluamos los acontecimientos internacionales al acomodo de nuestra posición ideológica (por no decir sectaria), sin darnos el trabajo de auscultar en el contexto, las causas y efectos. La libertad de opinión se convierte en irresponsabilidad absoluta (insoportable en redes sociales), y aquí, justo aquí, recuerdo al Libertador cuando advirtió que nos debatiríamos entre la tiranía y la anarquía, siempre en la ruina. ¡Vaya trino!

Los sucesos ocurridos en EE.UU a raíz del asesinato de George Floyd, generaron en nuestro país reacciones “solidariamente iracundas” (¿contradicción? No, así somos). Desde aquí mismo salen voces ridiculizando a quienes consideran que el ejercicio de la violencia debe evaluarse con calma y en cada circunstancia, porque, precisamente, no es un principio en sí mismo.

EE.UU es un país extenso (prácticamente un continente, 9.831.510 Km2), con cientos de millones de habitantes (327.352.000). La norteamericana es una sociedad compleja, alienada, pero, al mismo tiempo, súper explotada y maltratada, sobre todo la población negra e inmigrante. Ese país no vive una guerra interna desde el siglo XIX. La guerra civil que padeció duró alrededor de cuatro años (1861 – 1865).

Colombia tiene 1.141.748 Km2 (8.689.762 Km2 menos que EE.UU), con 49.834.000 millones de habitantes (277.518.000 menos que EE.UU). Somos un país subdesarrollado, con un conflicto interno de más de cincuenta y siete años, según cálculos conservadores, porque bien podemos decir que nunca en la historia hemos tenido un día sin guerra.

¿Será que estos datos someros no deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar lo que allá y acá sucede?

Sería bueno averiguar si quienes protestan en EEUU han dicho que, como en Colombia nos estamos matando desde hace siglos (con incontables masacres, bombas en clubes sociales y toda clase de barbaridades que cometemos), allá también debe hacerse lo mismo. ¿O preferirán ellos analizar su realidad y actuar conforme a sus requerimientos, historia e idiosincrasia? No se deben comparar ni pretender calcar situaciones que ocurren en escenarios geográficos, políticos, sociales y económicos tan distintos.

La violencia tiene sustento en la legitimidad. La legitimidad se la dan las masas, la mayoría respaldando el uso de esa violencia. Si esta es ejercida por grupos que pretenden suplantar a esa mayoría, se tiene por resultado el rechazo de la sociedad a todo tipo de violencia, sin distinción alguna, y, por consiguiente, el alejamiento del ejercicio de la violencia por parte de la mayoría.

En Colombia tenemos experiencias en eso: la violencia practicada en niveles exorbitantes por los bandos en confrontación (aunque impuesta por la clase gobernante), trajo como resultado que la sociedad se hartara de la violencia, que la repudiara en todas las formas. Se alejó, entonces, la posibilidad de su uso legítimo por parte de la mayoría.

Ahora bien, haré la siguiente aclaración para apaciguar la descarga de calificativos despectivos que se me vendrán encima: si el Estado, a través de sus órganos represivos, es quien ejerce la violencia, es legítimo y vital responder a ella por el mismo medio. Pero, una cosa es responder a ella y otra es que premeditada y pendencieramente se ejerza.

En esto no puede haber errores. El conductor político debe medir muy atinadamente todo esto, no es cuestión de romanticismo ni blandenguería, es cuestión de pragmatismo: en política gana el que menos errores comete. Un tiro de más, un golpe de más, puede retrasar irremediablemente cualquier proyecto revolucionario o transformador. Martí enseñó que la política es arte de precaver.

Finalmente, confieso que deseo ver el día en que el ejercicio de la violencia por parte de los de abajo sea generalizado y, por ende, legítimo.  Ese día no habrá resistencia que se le oponga con suficiencia. Ese día la mayoría aprenderá por sí misma a ejercerla, con base en lo aprendido durante siglos. Ese día se abrirán las puertas de la justicia general.

Ese día llegará, sin duda. Pero, es un error pretender forzar su llegada. Los sucesos históricos tienen su curso propio, en ellos nada ocurre antes de tiempo.

El papel del teletrabajo en la transformación del hombre en mono

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El teletrabajo es fuente de riqueza, afirman los especialistas Yupis en sostenibilidad empresarial. Lo es, por defecto, a la par que las tecnologías de la información y la comunicación son proveedoras de recursos humanos y plusvalía que se convierte generalmente en riqueza para los bolsillos de un magnate corporativo. Pero el teletrabajo puede ser mucho más que eso, puede ser la condición básica y fundamental de toda vida laboral degradada en pleno siglo XXI.

Y lo es en tal grado que, debemos decir, el teletrabajo ha creado al hombre que se auto esclaviza en la red digital creyendo que se realiza, mientras aporta sus propios recursos como medios de producción-explotación, para incrementar la fortuna de su patrón que ahora ya no tiene que pagar arriendo, internet, electricidad y computadores propios. Hoy la gente que no produce riqueza para las grandes corporaciones es gente muerta en vida para el sistema capitalista. Gente que no tiene plata ni crédito y que por lo tanto no tiene ciudadanía valida en el “Estado de opinión”.

Sobre un tipo peculiar de explotados

Hace pocos centenares de miles de segundos, en una época pandémica, aún no establecida definitivamente, de aquel periodo de la destrucción de la tierra que los geólogos denominan Holoceno del cuaternario, probablemente a finales de este periodo, vivían en muchos lugares del mundo occidental, en un extenso imperio esclavista hoy quebrado en la profundidades de una deuda a la China, una raza de hombres que se creían la última coca cola del desierto por tener un Smartphone y un computador portátil que en costo sumaban lo que se ganaban en un año.

El que adoraran a Trump nos da algunas impresiones claras sobre el perfil psicológico de este tipo de ser humano. Ellos no paraban para protestar contra la explotación, sino que preferían seguir “produciendo”, porque se consideraban “gente de bien” y ante todo sentían que su deber era agradecer que «había trabajito» por horas, sin extras y sin prima gracias al culibajito.

Estaban totalmente cubiertos de tatuajes de Rambo y les apasionaba escuchar la música de Marbel, tenían barbas afeitadas en la peluquería de Antonnio, orejas con audífonos y micrófono, y vivian de milagro con un sueldo que estiraban en cada quincena y que no contaba con prestaciones.

Estos hombres conformaban al ejército de esclavos de propiedad del neoliberalismo corporativo. Es de suponer que como consecuencia directa de su forma de trabajo, por la que los dedos,  tenían que desempeñar funciones táctiles distintas a las de agarrar con las manos, estos manes se fueron acostumbrando a prescindir de su uso conjunto para intentar transformar la realidad concreta.

Por estar sentados mucho tiempo frente al computador; en largas jornadas laborales empezaron a adoptar una posición más gibosa, más cercana a la de andar cabizbajos arrastrándose por el suelo sin rumbo alguno; como en busca de un árbol al que poder colgarse. Si no estaban en la red se sentían ahora desgraciados e irrealizados como un volador sin palo, como a un mono que le esconden las bananas. Esos fueron pasos decisivos para el tránsito de la transformación del hombre a mono.

Todos los hombres egocéntricos que existen hoy en día pueden permanecer en posición sentada y sin caminar, apoyando sus dedos a un ordenador, pero no lo hacen solo en casos de extrema necesidad, sino porque hacen parte de la era del me gusta, además por una idiotez que les impide levantarse y salir a caminar o a correr de las cadenas de la virtualidad. Se sientan habitualmente horas en actitud de cibernalgas a navegar y digitar con sus dedos, frases torpes a un mundo de amigos y amores ficticios, mientras al otro lado de la línea, un cliente ansioso les quiere comprar hierbalifee en promoción y a crédito.

La mayoría de estos manes apoyan en el suelo un relajante y laxante Vive al 100, encajan las piernas para desestresarse, hacen avanzar su mollera por entre largas búsquedas informáticas superfluas, como un perdido que busca con urgencia en hora pico un baño en un portal de Trasmilenio. En general podemos observar entre los manes todas las formas de transición entre estar sentados,  la marcha de rodillas, para luego hacerlo definitivamente a cuatro patas y colgados del bejuco como los monos.

Y puesto que la posición de sentados ha de ser para nuestros tatuados de Rambo y adoradores de la música de Marbel contemporáneos, primero una necesidad y luego una norma de esclavitud, de aquí se desprende que los dedos tenían que ejecutar funciones cada vez menos variadas. Incluso entre los manes existe ya cierta división de funciones entre los dedos y las rodillas.

Como hemos señalado más arriba, durante el chateo los dedos son utilizados para teclear a lo loco y las rodillas para ir de a poco postrándose a su amo como un mono a cambio de una banana. Los dedos sirven fundamentalmente para dar likes y prender el computador, como lo hacen ya algunas máquinas automáticas que preparan unos tintos y jugos de naranja desastrosos.

A su vez, ciertos manes se ayudan con los dedos para señalar algún compañero que no produce para su amo, porque creen que es pecado no cumplir con las metas de crecimiento sostenible de la billetera del patrón. En ese sentido, los dedos sirven fundamentalmente para digitar y dar dedo como lo hacen ya unos manes más inferiores que en la involución de esta histeria, terminaron convertidos en anfibios profesionales, pero eso ya hace parte de otro relato del Borreguismo Histórico.

To be continued…

Virus, conspiraciones y realidades en disputa

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Claro que existen conspiraciones, y el capitalismo vive de ello. Nada más la plusvalía es la mayor conspiración de un puñado de familias para enriquecerse a costa del trabajo de millones de seres humanos.

Los poderes asociados al capital se han valido hoy y siempre de las conspiraciones para mantenerse y perpetuarse, y sabemos también que se han inventado enfermedades, que han generado desastres «naturales» y que invierten millones y millones de dólares para investigar cómo cualificar y cuantificar los niveles de dominación. En ello no hay nada nuevo. Las guerras, las medidas económicas, las leyes que decretan desde las élites para garantizar que su sistema funcione, son parte de ese abanico, y los medios corporativos de comunicación son uno de los mejores instrumentos para naturalizar tal orden, ya sea tergiversando los hechos o informando solo aquello que convenga informar.

Las guerras imperialistas del siglo XX, las invasiones una tras otra por parte del Pentágono y sus gobiernos corporativos inventando la existencia de armas nucleares o los ataques de bandera falsa; las crisis económicas que crea el capital para reciclarse a costa de mayor miseria para la gente, son claras muestras de cómo conspirar es un elemento crucial para ejercer la política desde los poderes globales, negar esto es ir contra las más elementales evidencias que la historia nos arroja.

Pero existen grandes riesgos en asumir que todo, absolutamente todo lo que sucede en el mundo de la vida, obedece a una conspiración, que todo aquello que sucede en las sociedades regidas por el capital está finamente planeado y calculado por un séquito de ancianos que ni siquiera se sabe de ellos, y que, incluso aquello que aparece como oposición al modelo es parte del mismo gran teatro.

En primer lugar, esa lógica vende la idea de lo infalible, que el poder del capital es indestructible porque todo, hasta las resistencias, hacen parte de una gran conspiración, como cuando a principios de este siglo algunos se aventuraron a decir que el surgimiento de gobiernos progresistas y de izquierda en Nuestra América, eran parte de la estrategia del imperialismo norteamericano para refrescar sus políticas en su «patio trasero» y luego deslegitimar las alternativas para volver con más fuerza. Esa perspectiva conspiranoíca en exceso, niega en si misma a la dialéctica, y por tanto, niega la lucha de clases, asume que por más que hagamos, ellos, los que mandan, siempre tienen el as bajo la manga, que no se equivocan, que nunca les falla el análisis y que está todo tan perfectamente diseñado, que su Poder es inmodificable. El Capitalismo así, es una suerte de Dios contra el cual no hay mucho por hacer.

Verlo todo desde ese plano y repito, la conspiración es parte de la lucha por el Poder (sea para mantenerlo o derrocarlo), niega que existe el azar, que el terreno de la lucha política más que un engranaje mecánico en que todo encaja y nada sufre variaciones, es un gran juego de ajedrez en el que los jugadores se equivocan, engañan y ganan, se distraen y pierden.

Por otra parte, la excesiva circulación de teorías de la conspiración, generalmente flojas en cuanto a sus soportes comprobables, suelen tener el efecto de distraer, desviar la atención crítica, engolosinar a la gente con explicaciones que, en muchos casos, contribuyen a fortalecer el discurso de las élites que acusan al pensamiento crítico de manipulador, mentiroso y falto de rigor. Esa manía por querer reducir todo hecho político, cultural, social, a la «lógica» de la conspiración, aún por encima de las evidencias, termina produciendo el efecto contrario a lo que dicen hacer sus pregoneros: abrir los ojos.

De allí se deriva un tercer riesgo que es la proliferación de una noción mesiánica, salvadora, dónde hay unos iluminados que son tan hábiles para desentrañar conspiraciones en cualquier fenómeno de la vida política de una sociedad, gente que nos trae la verdad como los evangelizadores los domingos en las puertas de nuestros hogares—. Para la mayoría de ellos los demás estamos ciegos, embelesados en análisis y debates y en prácticas insulsas. Con lo anterior se fomenta la pérdida de una mirada colectiva, pues ya no se trata de interpretar la realidad desde herramientas y repertorios teóricos y prácticos para su transformación, como producto de un diálogo de saberes y construcciones comunes de quienes anhelamos otro mundo posible, sino que esa «realidad» surge como revelación de la mente, o como estudio ermitaño, de una lúcida persona que desde su condición individual ha descubierto toda la verdad.  Por ello es común ver, que los principales exponentes de las teorías de la conspiración son personas ajenas a procesos colectivos, que los niegan o reniegan de ellos, y denotan un gran esfuerzo por vendernos la idea que todo es una gran trampa y que no hay mucho por hacer más que, aquí va de nuevo, «abrir los ojos». Una noción arrojada al vacío que no ofrece posibilidades para la acción concreta.

Hoy por ejemplo muchas voces sugieren que la pandemia del Covid-19 ni es pandemia, ni es fortuita, que es una conspiración más. Habría razones para darle validez a esa interpretación, pues es sabido que hay miles de virus y bacterias creadas en laboratorios para generar todo tipo de efectos. Las acusaciones de militares Chinos al gobierno de Donald Trump, y este a su vez señalando a los Chinos de ser los creadores del virus, contribuyen a aclimatar esa narrativa de la conspiración. Sin embargo, no existen hoy elementos concluyentes para afirmarlo como una verdad indiscutible, más allá que es conocido, por lo menos en algunos ámbitos, que la disputa por la hegemonía global se vale de todos los métodos posibles e inimaginables.  Apelar a antiguas conspiraciones para decir que la de ahora es la mayor de todas las conspiraciones para instalarnos un chip, o para reducir la población mundial de adultos mayores «pensionables» o para vendernos una nueva tecnología de interconexión digital, es un argumento que no hace irrefutable esa idea, pero que además desconoce que los mecanismos que el capital crea y recrea permanentemente para ubicarnos, controlarnos, aumentar sus tasas de ganancia mientras evade garantías sociales y para introducirnos en el consumismo exacerbado que nos desconecta de la realidad tal cual, son diversos y se naturalizan desde la normatividad burguesa, los Mass Media, y desde la reproducción cotidiana de su modelo de acumulación en cada una de nuestras prácticas.

Valdría la pena considerar que sea o no un virus creado, la astucia del poder del capital consiste en sacarle provecho a cualquier situación (fortuita, creada o como resultado de distintos factores). Por eso, se aprovecha esta emergencia actual para imponer cambios en el orden mundial, para condicionarnos a nuevas y tecnificadas formas de control y dominación, que son a su vez formas de mercantilización (como las tecnologías 5G), para cambiar las dinámicas productivas en favor de mayor acumulación de riquezas, como implementar el teletrabajo, la educación virtual y las teleconsultas en salud como formas de precarización laboral, educativa y de salud pública, así como también se convierte en el escenario propicio para desactivar las luchas por las transformaciones y confinar las resistencias. No necesariamente el contexto actual fue pensado, diseñado y ejecutado hasta en su mínimo detalle; el asunto es que quienes ostentan el dominio global en favor del capital tienen la capacidad de actuar sobre la realidad concreta, sobre la que es y se va dando en el caminar; cosa muy distinta a quienes queremos transformar el orden de las cosas y seguimos creyendo que la realidad debe ajustarse a nuestras bases teóricas para poder transformarla.

Hoy, ante lo que viene siendo la derrota cultural e ideológica de las izquierdas en la disputa del sentido, requerimos retomar el espíritu y la esencia del Pensamiento Crítico, construir capacidad colectiva como esencia de lo que significa edificar la noción «Pueblo», para que, los vientos transformadores que se resisten a ser simple brisa no se ahoguen en la desesperanza y las falsas ideas que estamos ante un enemigo invencible, imperturbable, todo poderoso, que es capaz de un control absoluto. El sistema tiene grietas, lo sostienen y lo recrean también personas de carne y hueso, aunque bastante inhumanas, pero no es un ente infranqueable que todo lo ve, aunque lo pretenda. Cómo dice mi amigo Felipe Marín «el pensamiento crítico es la clave para que el poder no nos embobe con explicaciones falsas mientras nos roba”.

De Matarife o la memoria como campo de lucha política: más allá de las críticas

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Después de una exitosa campaña de expectativa, en la noche del 22 de mayo apareció el primer capítulo de la serie Matarife: un genocida innombrable, un producto audiovisual impulsado por el abogado y criminólogo Daniel Mendoza y que busca la reconstrucción histórico-periodística de los vínculos entre Álvaro Uribe y el narcoparamilitarismo. Este primer capítulo, apenas un día después de su transmisión, ya acumula en YouTube casi cuatro millones de vistas, sin contar su difusión subterránea en WhatsApp y Telegram, pues la serie se ha presentado como «la primera producción hecha para celular». Todo un fenómeno viral.

Antes de su estreno, Tatiana Duque de La Silla Vacía escribió un artículo llamado: Entre opacidad, militancia y acusaciones a Uribe de genocida, arranca Matarife. Allí traza a grandes rasgos uno de los debates que ha suscitado la serie: el de los límites ético-políticos del periodismo militante y la libertad de expresión. Su crítica reside en que Matarife no es un documental y tampoco cuenta con medios de contrastación de la información que proporciona, además de que ella hace ciertos énfasis en la filiación de «izquierda» de Daniel Mendoza. Pero, al tiempo, Tatiana Duque parece respaldar la idea de que constitucionalmente hablando no se necesita la calificación de un juez para decir «matarife», «genocida», «asesino», «narco» si los calificativos están respaldados por evidencia «suficiente» para establecer razonablemente esa conexión.

El problema en realidad no es la existencia del periodismo militante. El problema tampoco es que el periodismo tome postura, aun cuando pose de «neutral» como mecanismo para encubrir sus agendas. El periodismo, así como los análisis de coyuntura, están situados, es decir, parten de perspectivas políticas más o menos declaradas o exacerbadas pero que ya están implícitas en las teorías y el lenguaje utilizado para entender y contar las realidades del momento presente. El periodismo, quiera o no, tiene una concepción sobre cómo es y cómo debería ser el mundo social.

De quién habla Matarife

Lo que se puede exigir entonces es que la serie Matarife sea razonable y coherente con fuentes fiables, que son numerosas. Como antecedentes de su principal protagonista, la propia Tatiana Duque recuerda la oscuridad del «círculo de Uribe, cada vez más condenado», un escrito de La Silla Vacía de 2015 hecho tras la condena de la Corte Suprema a tres altos funcionarios del gobierno Uribe por Yidispolítica: básicamente el escándalo ocurrido tras la comprobación de la compra de votos de congresistas para apoyar la segunda reelección de Uribe y modificar así la Constitución. En el círculo de condenados aparecen Bernardo Moreno, María del Pilar Hurtado, Jorge Noguera, Alberto Velásquez, Diego Palacio, Mario Uribe, Andrés Felipe Arias y Sabas Pretelt de la Vega. Jorge Noguera —exdirector del DAS— y Mario Uribe —exsenador— fueron condenados explícitamente por vínculos con narcoparamilitares. Recordemos asimismo las decenas de políticos condenados por parapolítica, los cuales, qué casualidad, hacían parte del bloque de poder, principalmente legislativo, del gobierno Uribe.

Matarife no está hablando, pues, de alguien precisamente impoluto y probo, sino de uno de los más importantes miembros de la clase dirigente que ha articulado su estructura de poder alrededor de la penetración en el Estado colombiano de la corrupción, el narcotráfico y el paramilitarismo, acoplados a la injerencia estadounidense y al funcionamiento periférico de la economía colombiana en el sistema-mundo. El que no haya sido condenado, no prueba la inocencia del matarife, sino justamente lo contrario: su producción continua de impunidad, de soberanía, de imposición de silencio a los vencidos, de poder —la aplicación de la Ley de Justicia y Paz sobre la desmovilización de los paramilitares es apenas uno de los tantos aspectos, aún en disputa, de la producción uribista de impunidad—. La cristalización de esta «situación estratégica compleja» hace que siga primando un relato hegemónico sobre el conflicto social armado: el de la sacrosanta lucha de Uribe, pacificador y salvador de la Patria, contra la amenaza terrorista, criminal y despolitizada de las guerrillas, principalmente las FARC. De ese modo se estructura políticamente el pasado, el presente y el futuro, pasando por encima de las incontables víctimas del régimen —que ni siquiera es nombrado como responsable—, ahora condenadas a la ignorancia o al olvido. Pero Matarife se atreve, de una forma novedosa, a cuestionar esa hegemonía sobre la memoria histórica.

La lucha política por la memoria

Esta producción de impunidad ha acaecido en procesos de paz como el sudafricano, habitualmente tomado como referente mundial, aun para el caso colombiano. El antropólogo Alejandro Castillejo, en un artículo intitulado La globalización del testimonio: historia, silencio endémico y los usos de la palabra hace una crítica a este proceso y sostiene que la reconfiguración histórica hecha por comisiones de la verdad produce silencios, los cuales también se han producido y reproducido en los medios de comunicación. En Sudáfrica, el silencio estuvo signado por la definición legal de víctima, vinculada con los que sufrieron «patrones de abusos de derechos humanos», sin ahondar en la responsabilidad del régimen racial-colonial del Apartheid que legitimaba la explotación y la dominación y que entre «1950 y 1960 […] hacinó el ochenta por ciento de la población en el diez por ciento del territorio nacional a través de un programa masivo de desplazamientos forzados». Esta parte del conflicto sudafricano fue condenada al silencio, la caracterización de la víctima no incluyó a los/as desplazados/as forzados y la Comisión diluyó la responsabilidad política de la sociedad que se benefició de la estructura del Apartheid. En ese orden de ideas, la memoria y el archivo son artefactos culturales que «consignan», «codifican», «organizan» y dan nombre a la historia de acuerdo con tendencias de procesos políticos. La memoria y el silencio son producciones políticas, son artefactos del poder político.

Por eso el uribismo, aunque sin necesidad de comisiones de la verdad, ha buscado imponer su relato legitimador. No otro es el rol de Darío Acevedo en el Centro Nacional de Memoria Histórica, célebre negacionista del conflicto armado y de su naturaleza política, ya en la época del uribismo 2.0 y del gobierno de la simulación de la implementación de los acuerdos de paz. Pero Matarife se atreve, desarrollando una perspectiva posible, a desafiar el silencio.

Es cierto que el primer capítulo es apenas un abrebocas de la serie y se puede quedar con cierta sensación de insatisfacción o frustración en términos de trama. Pero es valioso que siga abriendo nuevos campos de lucha política en torno a la disputa por la memoria histórica del conflicto social armado del país. El capítulo identifica élites políticas y económicas de procedencia rural que aprovecharon las transformaciones globales del capitalismo y, a través del narcotráfico, lograron posicionarse como nuevo bloque dirigente. En ese sentido, el paramilitarismo, como dice Jairo Estrada, ha funcionado como uno de los grandes brazos armados de este régimen financiarizado —neoliberal— y de economía de enclave basado en el despojo de tierras y el cierre del sistema político. Lo que el capítulo alcanza a vislumbrar del Club El Nogal respecto a las reuniones entre miembros de las clases dominantes para financiar cruentos proyectos paramilitares es que este proceso no se trató de ninguna anomalía o desviación, sino que ha sido parte crucial en la instauración y legitimación, con el uribismo como brazo político-estatal, del orden social vigente capitalista. La investigación sobre estos vínculos de las élites y la parte de la sociedad que se benefició del narcotráfico, las masacres y el despojo es parte fundamental para comprender el conflicto social armado.

La «naturaleza política» del atentado a El Nogal

Respecto a El Nogal, ha surgido la pregunta sobre si las FARC tuvieron justificación para hacer el atentado al club en 2003, el cual dejó 36 personas asesinadas, y para el que, en un acto de reconciliación con un grupo de víctimas, FARC pidió perdón en febrero de 2020. Pero esta pregunta no es tan interesante, pues dependerá de la consideración de cada quien por la extrema violencia guerrillera, que, como sabemos, terminó por favorecer y legitimar al bloque dominante de poder, dado que el militarismo guerrillero descuidó y en general perdió la lucha cultural por el consentimiento y la hegemonía.

Lo interesante es que a partir de Matarife se puede reconocer la «naturaleza política» del atentado, pues FARC aludió a estos vínculos de las élites con el paramilitarismo como móvil del ataque. En el evento de reconciliación citado, la propia Bertha Lucía Fríes, «representante de un grupo de víctimas del atentado», pidió a la JEP «la verdad» sobre las relaciones entre miembros del club El Nogal y organizaciones paramilitares.

En 2003 hubo, en consecuencia, una disputa por el orden social vehiculizada a través del terrorismo, lo cual está muy lejos de la idea uribista de entender a las guerrillas como meros criminales narcotraficantes preocupados por mantener sus rentas —el uso de métodos criminales no desdibuja per se la «naturaleza política» de las acciones insurgentes, como recoge la relatoría de Víctor Moncayo sobre los informes de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (CHCV)—. Este reconocimiento político puede alumbrar mucho más a la población colombiana sobre las causas estructurales del conflicto y ha sido una conquista que la mayoría de informes de la CHCV, a diferencia del caso sudafricano, haya explicitado esas causas.

No queda más que agradecer a la serie Matarife por abrir nuevas preguntas, por desafiar los sentidos comunes, crear un trabajo audiovisual de «consumo» masivo y seguir luchando contra la hegemonía uribista hoy vigente.

Por recordarnos críticamente a Mancuso hablando en el Congreso de la legitimidad de su movimiento a pesar de y merced a la producción de impunidad, favorecida estructuralmente con el proceso de desmovilización de Justicia y Paz. Por recordarnos cómo el poder lo aplaudía.

Matarife, como la poesía de Gabriel Celaya, es un arma cargada de futuro.

Gracias por romper los silencios.

25 de mayo: porque nuestro cuerpo no es botín de guerra

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“A mí se me daña la existencia por ser la líder de la comunidad y por no haber permitido que las niñas estuvieran mucho tiempo en la quebrada, porque siempre, como no teníamos agua potable, ellas tenían que ir a lavar en las quebradas y siempre a las peladas allá las violaban” CNMH[1]. Este relato lo hace Yemayá, una lideresa afrocolombiana de Buenaventura, quien inició una lucha en contra de los abusos sexuales que los paramilitares hacían permanentemente en contra de niñas y jóvenes.

“Sentí tanto asco de mí misma que quise arrancarme la vagina yo quería coserla que nunca nadie la volviera a ver más”, estas son sus palabras tras ser violada por cuatro hombres paramilitares frente a sus dos hijos; este fue el segundo hecho en su contra, el primero fue el intento de violación de sus dos hijas. La razón de esta persecución: oponerse a estos hechos atroces que se cometían contra las niñas de su comunidad.

El 25 de mayo se conmemora en Colombia el día por la dignidad de las víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado. Como el 8 de marzo (día de la mujer trabajadora) o el 25 de noviembre (día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer) esas fechas no son de celebración sino más bien de memoria hacía las víctimas o sobrevivientes; en este caso particular, a las mujeres que en el marco del conflicto armado colombiano fueron abusadas, violadas, violentadas en toda su integridad física y psíquica.

Las mujeres en el marco del conflicto armado viven de manera diferencial las violencias. Por lo general, a los hombres los asesinan de inmediato cuando hay una incursión paramilitar, guerrillera o de otros actores armados, mientras que a las mujeres se les violenta, se les tortura con toda clase de vejámenes frente a sus hijos, son violadas frente a sus esposos, matan a sus hijos frente a ellas, violan a sus niñas y niños mientras ellas observan impotentes, frustradas con el dolor que sólo una madre puede sentir al ver cómo sus hijos, esos que con tanto dolor parieron, se convierten en instrumento, en el objeto que satisface no tanto el deseo sexual como el deseo criminal de sevicia con la que los atacan.

Las mujeres deben cargar con el peso del desplazamiento cuando en la mayoría de ocasiones sus esposos son asesinados o reclutados por todos los actores armados. Llevan a cuestas, no sólo la experiencia dolorosa de la cual fueron víctimas sino también, llevan la carga de salir de sus tierras, de sus casas y parcelas llevan la pobreza de la cual parece que no fueran a salir jamás, pues cada vez que pueden empezar a cosechar sus siembras, cada vez que ven crecer las gallinas y que sus vacas están dando más crías, cada vez que pueden percibir algo de bonanza, llegan los actores armados obligándolas a marcharse dejando de lado todo lo que, después de años de trabajo, habían logrado conseguir para su sustento.

Las mujeres que representan las diferencias de la raza humana, viven en el conflicto desde sus propias particularidades: las mujeres negras reciben todo el peso del racismo, el mismo que las trajo desde África, no sólo como esclavas de la minería, sino como esclavas sexuales de los europeos y luego de todas las derivaciones raciales. Las mujeres indígenas, quienes en muchísimos casos están muy alejadas de nuestra cultura, de nuestra lengua y de la historia misma del conflicto, son violentadas rompiendo toda la cosmogonía que en su cultura representa su cuerpo como territorio sagrado. Las mujeres lesbianas, bisexuales, transgénero son abusadas con la idea patriarcal de penetrar no tanto sus genitales como su psiquis y demostrar el poder que deben mantener los hombres sobre el cuerpo femenino como un símbolo del machismo y patriarcado en el cual vivimos.

Las mujeres después de todo esto deben seguir adelante, aunque ellas mismas no lo deseen, aunque prefirieran haber sido asesinadas antes que quedar vivas con el dolor de la violencia en su memoria y en su cuerpo. Ellas deben seguir adelante porque quién más que ellas, puede llevar la esperanza sus hijos, quien más que ellas pueden protegerlos, así la única forma de hacerlo sea por medio del desplazamiento, quien más que ellas pueden consolarlos todas las noches cuando se replican todos esos hechos violentos en sus más terribles pesadillas.

Mientras adelantaba una investigación sobre tráfico de armas, desapariciones y homicidios en la cárcel La Modelo y que involucraba a funcionarios la misma y a las Autodefensas Unidas de Colombia, el 25 de mayo de 2000 la periodista Jineth Bedoya fue secuestrada, torturada y violada durante 16 horas por un grupo de paramilitares quienes no la asesinaron, la dejaron viva para mandarle un mensaje claro al periodismo en contra de la libertad de prensa. Hoy, 20 años después, recordamos este día que justamente fue decretado como el día nacional de la dignidad de las mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado, como proceso de reparación simbólica de parte del Estado.

Ella, al igual que todas las mujeres que sobreviven a los hechos violentos y a los delitos sexuales en el marco del conflicto armado, son mujeres que merecen mucho más que un día en su memoria, un día que reivindique su dignidad. Esas mujeres que sobreviven, merecen nuestro respeto admiración y más allá de eso, merecen que las acompañemos en sus justas luchas, porque son esas mujeres las que tejen paz en el territorio, las que son capaces de dejar de lado por un momento los recuerdos de la violencia y se organizan para proponer alternativas al conflicto. Las que se asocian buscando iniciativas productivas. Esas son las mujeres que recordamos también hoy; las mujeres que dicen no paremos hijos para la muerte y nuestro cuerpo no es botín.

[1] Informe sobre la violencia sexual en el marco del conflicto armado, titulado: la guerra inscrita en el cuerpo publicado por el Centro Nacional de Memoria Histórica. http://centrodememoriahistorica.gov.co/la-guerra-inscrita-en-el-cuerpo/

Matarife: algunas notas al calor del momento

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Al calor del momento y habiendo visto solo el primer capítulo de la serie Matarife, comparto con ustedes algunas notas sobre su utilidad antes que sobre su contenido:

1. Hay cientos de libros, artículos periodísticos, noticias e investigaciones académicas sobre Uribe y el uribismo, y pese a todo ese material, el desconocimiento y la ingenuidad que aún reposan sobre su figura y sus cuestionables movimientos políticos y económicos sigue siendo muy alto. En ese sentido, valoramos la existencia de un producto que más allá de los rígidos criterios periodísticos y académicos, señale desde el lenguaje del entretenimiento, algunas de esas realidades que siguen estando reservadas para ciertos círculos sociales, aún bastante estrechos.

2. Ganarle terreno al uribismo, a su lógica de muerte y antidemocracia, requiere ir más allá de las formas ilustradas, y avanzar en formatos poco usados por los sectores y las fuerzas democráticas y de cambio: el formato del entretenimiento como un canal de denuncia. Y no, eso no significa “caer en la misma dinámica del adversario y convertirse en lo mismo”, significa salir de una lógica marginal, superar la ingenuidad ilustrada y entender de una vez por todas que, en el tiempo presente, la hegemonía se reproduce desde la espectacularización de la política.

3. Es un formato que pretende rebasar la censura, acogiéndose a los tiempos cortos del WhatsApp, y que pretende a su vez estar a tono con los tiempos cortos del consumo audiovisual de productos de corte informativo, en la perspectiva de ganar en masividad.

4. Se trata de una disputa política contra el uribismo, contra una política que avala la muerte, la trampa, el enriquecimiento de unos pocos, etc., y al ser una disputa política, no un debate, ni un panel para intercambiar ideas, se requiere de articular distintos mecanismos para ganarle terreno a su hegemonía.

Una hegemonía que para sostenerse se vale de los métodos más oscuros, de los poderosos medios corporativos de comunicación, de telenovelas, de iglesias, de difusión de mentiras, y de una clase política y económica con grandes fortunas. Es por eso que los buenos productos periodísticos, las investigaciones académicas y las fuerzas sociales y políticas democráticas debilitadas no solo por sectarismos, torpezas y competencias internas, sino también por la amenaza y el asesinato de sus integrantes, no son suficientes, y en esa disputa, sumar la difusión de un producto de denuncia que habla desde el lenguaje del entretenimiento, es fundamental en tanto, como ya se dijo, los sectores alternativos son muy débiles en ese campo a diferencia de las fuerzas de la antidemocracia y la trampa.

5. Sí, puede haber críticas, pero no perdamos de vista lo importante.

6. Hay que esperar a ver los demás capítulos de la serie, pero hay algo evidente: Matarife ya es objeto de diálogo y debate, y abrió opinión desde una orilla crítica, como sólo pasa muy de vez en cuando, y es el momento para llevar a ese terreno abierto, más contenidos e ideas para la disputa. Es absurdo, o más bien bastante cómodo, limitarse a cruzarse de brazos a cuestionar la serie antes que tomar una posición de reactivación y difusión de todos esos contenidos que ponen en tela de juicio al uribismo como actor político de la palestra pública.

La hegemonía, dicho de forma muy general, es ese proceso complejo en el que un segmento importante del conjunto social termina asumiendo como interés general un interés particular, e interpretando la realidad social desde las coordenadas construidas por ese interés particular, el de un sector político-social, generalmente minoritario, como una élite mafiosa, que ha desplegado distintos mecanismos coercitivos y culturales para lograrlo. Es un proceso dinámico y relativamente frágil que se construye sobre ese magma en movimiento que es el sentido común, por lo que no es algo fijo, y es posible desafiarlo con audacia.

El uribismo no es tan fuerte como hace unos años, pero su visión particular sigue siendo asumida como la visión general en el sentido común de muchas personas, por eso es necesario que quienes nos sentimos parte del campo de los sectores realmente democráticos y de cambio, asumamos la importancia de articular distintas formas de disputa del sentido, y no nos encerremos en unas únicas formas, porque esas visiones cerradas sobre las formas y los formatos, que  valga decir, terminan siendo zonas de confort para no activar la creatividad, solo le son útiles a nuestros adversarios de proyecto histórico.