Bogotá, 15 de diciembre de 2019. A continuación, señalamos algunos de los elementos que consideramos problemáticos del proyecto de ley del senador conservador Juan Diego Gómez que pretende “regular” la protesta social, no sin antes recordar que múltiples académicos han resaltado una y otra vez que la fuerza de la protesta social reside en su carácter disruptivo, en la capacidad que tiene para alterar la normalidad social, y que sus efectos en términos reivindicativos son fruto de la alteración del orden social existente. Por lo tanto, se sobreentiende que el pastoreo de un rebaño de ovejas no puede ser asumido como protesta social, y esto es precisamente a lo que apunta este proyecto de ley.
– Dirigir a saboteadores y vándalos a lugares especializados de reclusión (en contexto, qué nos dice que un «saboteador» no sea una persona gritando consignas o impugnando un acto injusto del Esmad).
-Van a prohibir que las personas cubran su identidad de cualquier modo (no se dice nada del Esmad cuando está encapuchado y no tiene las placas visibles o impide que sean registradas).
-Que se hagan graffitis o incluso que se peguen stikers y carteles durante la protesta («están prohibidos los grafitis o cualquier mecanismo para marcar, sobreponer, escribir, destruir, obstruir los bienes de carácter público y privado en ejercicio de la manifestación social en lugares no autorizados por el reglamento para el efecto.» – ¿y cuáles lugares están autorizados? -).
-Prohíbe la protesta cerca a aeropuertos, centros de salud o patrimonio cultural (casi todo el centro histórico de Bogotá es patrimonio cultural, por ejemplo).
-«Se prohíbe la manifestación que tenga como propósito o como efecto la interrupción al acceso de trabajadores y usuarios a sus residencias o lugares de trabajo.» Mejor dicho, el artículo se podría interpretar de modo tal para hacer que la protesta sea si acaso solo por los andenes, y eso…
– «Para que la manifestación social sea legal deberá ser pacífica sin afectar vida, honra y bienes de los colombianos.» ¿honra? venga, cuantas cosas podrán caber en eso de la honra como para declarar una manifestación como ilegal.
-«Los Servidores públicos: Permitir la manifestación social pacífica y legítima, libre y espontánea, sin interferirla, estigmatizarla o enfrentarla. Únicamente cuando surjan brotes de violencia o, afectación del orden público, deberán acudir al uso legítimo, monopólico y armónico de la fuerza.» (la cuestión es que así la protesta sea pacífica, cuando es multitudinaria, afecta el orden público…).
– «Artículo 14º. Pólizas de seguros. Los organizadores y/o promotores de la manifestación, independientemente de que participen activamente o no, les corresponderá adquirir una póliza de seguros que cubra la totalidad de los daños que se puedan causar a bienes públicos y privados durante el desarrollo de la manifestación.» ¿Recuerdan cuando se supo que miembros de la fuerza pública habían participado en actos vandálicos en una protesta? ¿no le huele a una forma de amedrentamiento para que no sean convocadas más protestas por temor a tener que pagar «pólizas de seguros»?
-«Artículo 15º. Vigencia. La presente ley rige a partir de su publicación y deroga las disposiciones que le sean contrarias.» Es decir, que, si se hace uso de esta ley, en caso de ser aprobada, para tomar medidas autoritarias, no podrán ser impugnadas porque no van a haber disposiciones de las que echar mano para hacerles frente.
-” Para controlar de manera proporcional los actos de violencia o de vandalismo que puedan presentarse en el ejercicio de la manifestación Social y Pacífica en las zonas urbanas, el ESMAD, la policía nacional y el ejército nacional deberán emplear equipamiento y armamento tales como pistolas eléctricas tipo Taser y las demás que permitan el control de los actos violentos sin afectar la integridad física de ningún interviniente. No podrán utilizar armas de fuego.” Si, se le va a realizar el sueño a Pachito Santos de “darle voltio” al muchacho. Otro elemento problemático: ¿ejército nacional?, no solamente la policía está militarizada, que no sucede en todos los países, ¿sino que ahora el ejército va a tener funciones policiales?
– “cuando sea posible, a través de la defensoría del pueblo o del Ministerio público, verificar que el equipamiento y el armamento que utilicen sea el permitido por el reglamento de conformidad con lo ordenado en la presente ley.” ¿si lo notaron? Cuando sea posible, no siempre, solamente cuando sea posible, y cuando no es posible, teniendo en cuenta el reiterado uso de armas recalzadas por parte del Esmad, que han denunciado en repetidas ocasiones las organizaciones defensoras de DDHH, ¿qué va a pasar?
Y no sobra decir que el proyecto de ley sale días después del asesinato del joven Dilan Cruz por parte del Esmad, y no se dice nada sobre sanciones puntuales a la fuerza pública en casos de abuso de autoridad e incluso de asesinato. Solo habla de las sanciones a los manifestantes que incurran en actos de vandalismo.
Bogotá, 15 de diciembre de 2019. El día jueves 12 de diciembre tuvo lugar en la Casa España de Teusaquillo, la presentación del informe titulado “Criminalización De La Defensa De Los Derechos Humanos En Colombia”.
En nuestro país la persecución, el asesinato y la desaparición de defensores/as de D.D H.H ha tenido un aumento exponencial durante la última década. Es por ello que, organizaciones como la Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos-FCSPP, la Organización Mundial Contra la Tortura-OMCT y la Corporación Social para la Asesoría y Capacitación Comunitaria-COSPACC, han venido trabajando en dicho informe, con el fin de explicar cómo el Estado colombiano ha hecho del Derecho Penal, más que un mecanismo de protección para las y los ciudadanos, una herramienta de criminalización contra las personas que ejercen la defensa de los derechos humanos.
El informe indica que, sólo en los últimos 8 años, en promedio se ha judicializado 33 personas defensoras de derechos humanos por año. Así mismo, se ha podido identificar que, un factor común entre la mayoría de los casos es que la judicialización se ha realizado sin fundamentos probatorios reales, en algunos casos los defensores/as permanecen detenidos sin que se les defina su situación jurídica, mientras que otras detenciones se han caracterizado por la estructuración de falsos positivos judiciales, que buscan privar de la libertad a las personas defensoras, esto con el fin de apartarlas de las diferentes luchas sociales.
Uno de los aspectos más relevantes que presenta el informe, es la relación que tienen los procesos de judicialización de defensores/as de derechos humanos con tres contextos claramente identificados: 1) Líderes y liderezas ambientales o defensores de los territorios de la megaminería 2) Promotores del ejercicio del derecho a la protesta social y 3) Promotores del diálogo y de la salida política al conflicto armado y de alternativas de los cultivos ilícitos.
Uno de los aspectos más relevantes que se presenta, es la relación económica que tienen instituciones como la Fiscalía General de la Nación y el Ministerio de Defensa con las empresas del sector minero-energético, a esto se le ha denominado como la “la privatización de la justicia y de la seguridad pública” y se materializa por medio de las Estructuras de Apoyo a Hidrocarburos-EDA, en donde por ejemplo, Ecopetrol invirtió en estas estructuras a cargo de la Fiscalía, alrededor de $82.621.590.882 para que se investigue las conductas que afecten el desarrollo de la extracción de hidrocarburos. Es así como, las Fuerzas Armadas y la Fuerza Pública han actuado exclusivamente a favor de las transnacionales, dejando como saldo la detención arbitraria de docenas de personas defensoras de derechos humanos a lo largo del país, en muchos casos relacionándolas con estructuras armadas, sobre las cuales, en ocasiones no ha sido posible comprobar su existencia.
Otro aspecto que denuncia el informe, es la complicidad de los medios de comunicación corporativos, los cuales se han encargado de presentar las detenciones arbitrarias de personas defensoras de derechos humanos, como logros de guerra que, según ellos, benefician al “desarrollo” minero, económico y social del país. ya que se encargan de tildar a los defensores/as como “enemigos del bienestar, del desarrollo y de la sociedad. Generalmente los declaran como integrantes de grupos armados, violando su derecho al debido proceso y a la presunción de inocencia, puesto que en ocasiones los cargos imputados no tienen nada que ver con ello, o ni siquiera se ha generado sentencia por parte de los jueces.
Bogotá, 14 de diciembre de 2019. Se completan tres días de movilizaciones permanentes en el conjunto Las Margaritas de la localidad de Kennedy. Hace pocos días las familias del conjunto fueron notificadas: las y los niños no podrían jugar en las áreas comunes, lo que de entrada resulta una medida caprichosa, pues el parque completa tres años cerrado.
Las y los niños del conjunto han hablado con la administradora, pero ella siempre les da una respuesta negativa, sin posibles soluciones, como relata Daniela Velandia Caranton, testigo de los hechos “los enanos esperaron a la administradora en la portería (el 12 de diciembre) y la siguieron hasta la casa, ella les dijo a los niños que no tenía recursos para arreglarlo, y ellos dicen que de ser necesario que les dejen el espacio sin rodaderos ni nada, solo quieren un lugar para jugar libres sin que llegue el cela a dispersarlos”.
El 13 de diciembre marcharon por el conjunto en la mañana y en la tarde, después de que una vecina les diera arroz con leche.
#EnDesarrollo | después de una reunión a las 9 AM, hacer carteleras y la invitación de una vecina a comer arroz con leche, en este momento las y los niños del conjunto que lleva tres años sin parque, y del mismo que prohibieron jugar en los pasillos, reactivan la movilización. pic.twitter.com/Nl0LRBZ2PW
En este momento adelantan un cacerolazo para hacerse escuchar por la administradora y el Consejo del Conjunto.
#NoticiaEnDesarrollo | Las y los niños que exigen la apertura del parque del conjunto, realizan un cacerolazo en este momento, con el que completan 3 días de movilizaciones.
Hasta el momento ni la admón, ni el consejo del conjunto responden a la solicitud de apertura del parque. pic.twitter.com/G9l0FUDrZJ
Esta no es una reflexión para ahondar sobre las razones de la protesta sino más bien un elogio al carnaval plebeyo, es decir, a la activación de la creatividad popular que ha suscitado este paro (2019) y lo que apunta a ser un cambio en lo que ha sido hasta el momento la cultura política colombiana marcada por la normalización de la violencia y la baja participación política.
La protesta social en Colombia históricamente ha sido sumamente sectorizada, es decir, la protesta tiende a ser o estudiantil, o indígena, o campesina o sindical, y muy eventualmente cívica, sólo en los años 20’s, 40’s y en los años 70’s del siglo XX, la indignación adquirió un cauce común —en especial con el paro convocado el 14 de septiembre de 1977—, que fue rápidamente extinguido o reprimido.
Desde el 2008, con la minga indígena, y más adelante, con el paro estudiantil de 2011, el paro agrario de 2013, una serie de protestas de alcance regional, las movilizaciones por la firma del acuerdo de paz, el paro estudiantil del 2018 e incluso la campaña presidencial del mismo año que alcanzó a poner en jaque cultural el continuismo de los gobiernos elitistas; la movilización ciudadana prendió unos motores de indignación cuyo ruido anunciaba a las generaciones jóvenes, que pese al miedo social que se esparce con el paramilitarismo, el abuso de poder de la fuerza pública y el conflicto armado mismo, era necesario salir a las calles para poner de manifiesto una rabia social acumulada frente a la desigualdad e injusticia.
Así llegamos hasta el 2019, que empezó con tímidas expresiones ciudadanas de movilización desde los meses de enero, febrero y marzo, que nos anunciaban a los más escépticos la posibilidad de la potencia plebeya y callejera en nuestro país. Finalizando el año llegaron las noticias de grandes movilizaciones en Haití, Ecuador o en Bolivia, dónde un pueblo rechazó el golpe de Estado mientras le decía al gobierno progresista que ya era tiempo de ver caras nuevas. Luego empezamos a ver a un Chile en las calles que nos advertía sobre la mentira del crecimiento económico que trae el neoliberalismo, y nos contaba que su supuesta estabilidad social sólo encubría una profunda inequidad amarrada con la constitución impuesta desde los tiempos mismos de la dictadura. De vuelta a Colombia, protestas estudiantiles en octubre despertaron la solidaridad de universidades privadas y de algunos sectores ciudadanos, también nos enteramos de la muerte de 18 menores de edad en un bombardeo del ejército, de las mentiras del gobierno y las reformas regresivas que venían en camino. Hasta que llegó el paro del 21N.
Es así que las caras del paro son caras plebeyas, caras de las tías, madres y abuelas del barrio, de las y los jóvenes del barrio que no necesariamente son el estudiantado universitario, de trabajadores de oficina que aprovechan los bloqueos para sumarse a las movilizaciones.
Una descomunal jornada de protesta, al que las viejas cabezas sindicales del comité de paro querían decretar su suspensión, se desbordó rápidamente contra viento y marea, en cacerolazos barriales nocturnos autoconvocados en redes sociales, de los que participaron las familias que muy probablemente no pudieron asistir a las movilizaciones del día.
Los mecanismos desplegados desde la extrema derecha y el gobierno mismo, que pretendían satanizar a quienes se movilizaban no fueron suficientes para ponerle freno a un Paro Cívico Nacional, multisectorial, y fundamentalmente urbano. El asesinato por parte del ESMAD del joven estudiante del colegio Ricaurte, Dilan Cruz, que era el símbolo explícito de la canción “El baile de los que sobran” de la agrupación chilena Los Prisioneros, suscitó más movilizaciones en contra de la brutalidad policial y de la exclusión social a la que se ve sometida la juventud de los sectores populares, y ya no solo contra el paquetazo neoliberal del gobierno uribista.
En conversaciones y redes sociales, algunas personas se muestran insatisfechas frente al carácter y alcance de la protesta social colombiana en el marco del Paro Nacional, al compararlas con las protestas de Chile, Ecuador, y más recientemente de Francia. Esta insatisfacción pierde de vista el impacto y profundidad de algunos de los elementos que comentaba más arriba y que marcan nuestro contexto. El asesinato de líderes sociales que no cesa, la conservatización de Colombia a sangre y fuego desde la llamada época de la violencia, la posterior violencia paramilitar, la vivencia del conflicto armado en el que los habitantes eran tachados de ser colaboradores de uno u otro actor armado y por eso eran sujetos de asesinato, y en sí la irradiación de un miedo social a participar en política, difundido por las élites nacionales desde distintos medios y por distintos mecanismos, sectorizó y aplacó el ánimo de la movilización social y suavizó la indignación con productos culturales que apuntaban a naturalizar el hecho de ser el país que tendencialmente ocupa los seis primeros puestos en desigualdad social.
Estamos ante una sociedad que está haciendo una lectura distinta del miedo social, cuya respuesta no es el repliegue al ámbito privado sino el grito de denuncia, y el carnaval de indignación en las calles de Colombia. Una sociedad que está empezando a andar en una senda que ya recorrían tiempo atrás países que no vivían, ni viven en conflicto armado, y que está transitando por un desborde de la experiencia de la protesta hacia grupos sociales que nunca habían salido a protestar. Una sociedad que ha sido sometida al silencio y que pese a continuar en una ambiente de represión social, sale de sus casas, parcelas, oficinas, universidades y colegios con cacerola en mano, a ampliar los repertorios de movilización a los que las viejas y ortodoxas lecturas políticas y sociológicas estaban acostumbradas.
El carnaval, ya lo advertía Bajtín, es un momento que históricamente ha desacralizado al poder, en donde reyes y élites son puestas al mismo nivel de los subalternos, para ser caricaturizados y burlados. En resumidas cuentas, el carnaval es un momento en el que lo plebeyo se burla del poder, y al hacerlo, lo ubica como un objeto susceptible de crítica. Estando el carnaval enmarcado en el ámbito político, lo carnavalesco —signo característico del Paro Nacional— abre la puerta hacia lo destituyente, con consignas que se generalizan como:
“¡Duque Fuera!”, “¡Duque, Duque, ra, ra, ráscame una hueva que tengo comezón!”, “¡Uribe, paraco, el pueblo está berraco!”, o “¡que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, que este no es un gobierno, son los paracos en el poder!”.
El carnaval, como espíritu por excelencia de lo plebeyo, abre la puerta hacia la creatividad popular en la construcción de mensajes, canciones, acciones, e incluso en formas de organización, trayendo consigo también, otro rasgo plebeyo fundamental: la democratización del poder, lo asambleario, lo amplio. En el actual contexto mundial de precarización laboral, inestabilidad social y fractura de las identidades colectivas presentes en expresiones como el sindicalismo, hay forma social que adquiere fuerza, tal como lo señala el polémico García Linera: la potencia plebeya de la multitud, donde los liderazgos no preexisten sino que se construyen en el calor de la movilización y sus experiencias, no es “la vanguardia obrera”, en tanto un sector sindical centralizado y de élite —como tiende a ser interpretada esa noción por las fuerzas más tradicionales y ortodoxas de las izquierdas—, la que «dirige a las masas», sino que son expresiones plurales plebeyas, flexibles, territoriales, que se adscriben a las acciones colectivas y espacios de movilización como individualidades, grupos de amigos o familias, antes que partidos o sindicatos como pasaba regularmente en el siglo XX.
Es así que las caras del paro son caras plebeyas, caras de las tías, madres y abuelas del barrio, de las y los jóvenes del barrio que no necesariamente son el estudiantado universitario, de trabajadores de oficina que aprovechan los bloqueos para sumarse a las movilizaciones. Las caras indígenas, campesinas, afros con sus guardias, antes que rostros de dirigentes sindicales o de líderes estudiantiles de clase media. Es decir, difícilmente se puede afirmar que el comité del paro más mediático sea una expresión cerrada del Paro Nacional —de allí que no resulte extraño la demanda por su ampliación—.
Este Paro Nacional trae en sí mismo tres ganancias fundamentales:
i) Ser el punto cumbre de expresión de una sociedad distinta, dispuesta a la democratización del país.
ii) El que diversos segmentos sociales, distintos a los sectores que tradicionalmente se movilizan, están asumiendo que los derechos son la garantía de una sociedad equitativa y plural, y que no son regalos sino la evidencia de un adecuado uso de los impuestos que se cobran a la ciudadanía.
iii) Que no vivimos en una monarquía en la que se le debe guardar respeto a los reyes, sino en una república democrática en donde, cuando es necesario, se ejerce la soberanía popular en las calles, y se le debe exigir a los gobernantes mejores condiciones sociales.
Creo además que cuando la ciudadanía canta en las calles el himno nacional, y pone a ondear la bandera tricolor, está haciendo una apropiación plebeya y republicana de símbolos que han sido secuestrados históricamente por élites nacionales y regionales, y está diciendo por tanto, que la nación es el país movilizado y que los símbolos patrios deben ser populares. Estamos entonces, frente a la emergencia de una nueva forma de leer la política nacional por parte de importantes sectores sociales: estamos ante la posible emergencia de una cultura política que demanda democracia.
Jaime Bateman, el carismático comandante del M-19, decía hace ya varios años que en este país exigir democracia ya es algo revolucionario.
Adenda: 1. “La Primera Línea”, que es replica de un ejercicio que ha cobrado fuerza en Chile, nació como un mecanismo defensivo de protección de la protesta social. Por su parte, la Guardia Indígena y la Guardia Campesina nacieron, hace varios años ya, como mecanismos de defensa ante la represión estatal y para estatal en sus territorios. Lo más prudente sería leer estas expresiones como manifestaciones de la potencia plebeya, indígena y popular. Su existencia no es en absoluto gratuita, e incluso, dado el contexto de violencia estatal contra la protesta pacífica, es completamente legítima.
2. No podía finalizar este artículo sin traer a colación el performance “un violador en tu camino”, que empezó en Chile, llegó a México, pasó por Colombia y ya va por Turquía, para recordarnos que estamos viviendo además un tiempo en el que la lucha antipatriarcal, pese al temor de conservadores y fascistas, está convirtiéndose en un punto fundamental de las demandas sociales.
Un violador en tu camino, desde el Congreso de la República.
Comprendemos las pérdidas, que sus trabajos o negocios hayan sido afectados. Que la rentabilidad no sea igual. Nosotros también estudiamos o trabajamos, pues hacemos parte de un mismo sistema. La vida habitual no ha podido seguir su curso, es cierto. No ha sido fácil para nadie. Entendemos el miedo, la zozobra. La compartimos.
Una Colombia cimentada desde Bogotá por los Pastrana, los Samper, los Turbay, los Gaviria, los Ospina, los Santos, los Valencia, los Lleras, los López, los Holguín, los Gómez, los Rojas, los Ospina, los Barco…, y recientemente Álvaro Uribe y el para-Estado. Perdón.
Afiche de la campaña política de David Racero, hoy congresista de la República. Fuente: Twitter.
No elegimos exterminar a las personas cuyas luchas sociales podían haber hecho de éste un país más habitable: nos falta Dilan, nos falta la UP, nos faltan los/as reclamantes de tierras indígenas, campesinos y afros, los/as líderes sociales, las familias despojadas, los/as desaparecidos/as, los/as desterrados/as o exiliados, Carlos Pizarro, Jaime Pardo Leal, Jaime Garzón, Nicolás Neira, Cristina Bautista…
Cristina Bautista, gobernadora indígena, asesinada en octubre de 2019. Fuente: Caracol Radio.
Nos falta empatía para todos/as aquellos/as que querían un país más justo, y que por ello fueron condenados a la exclusión política o a la muerte.
Esa es la vida habitual, sin razón ni corazón, para algunos lejana, incómoda, y que piensan que pueden calmar con una moneda en un bus o tres días sin IVA. Esa es la vida habitual excluyente a la que quieren devolvernos cuando nos dicen que dejemos de protestar. Queríamos devolverles la empatía.
Pueblos y gentes condenados al olvido y la indiferencia cotidiana. Fuente: El Espectador.
Por elevar nuestros gritos contra la brutalidad del Estado que le quitó la vida a por lo menos ocho menores de edad en el Caquetá y a Dilan Cruz en Bogotá.
La tragedia del bombardeo en Caquetá. Fuente: Caracol Radio.
Los homicidas tenían el monopolio «legítimo» de las armas; pero la gran mayoría de nosotros sólo contábamos con nuestras voces, nuestros pasos, nuestras cacerolas. Nuestros sueños.
Los/as jóvenes nos expresamos con carteles y cacerolas contra las desigualdades que han sufrido nuestros padres. Fuente: La Silla Vacía.
Perdónenos por considerar que había que evitar la implementación del fracking debido al impacto negativo que ejerce sobre los territorios, el ambiente y el agua. Y por oponernos al comercio de aletas de tiburón.
Por pensar que las pensiones, al igual que la salud, debían ser un derecho solidario para todas/os y no un negocio rentable de unos cuantos privados. Por no resignarnos a los BEPS, a los contratos por horas, a la uberización de la economía, al precarizador modelo Rappi.
Nuestro «fabuloso unicornio» es al tiempo una miserable oda a la precarización laboral. Fuente: Tele 13.
Por creer que una reforma tributaria no debía recargarse sobre las clases bajas y medias y privilegiar, como de costumbre, a los que más tienen. Por pensar que los banqueros en cabeza de Sarmiento Angulo ejercen un control excesivo sobre el Estado.
Martínez Neira y Sarmiento Angulo: ejemplo de relaciones corruptoras entre poder estatal y poder económico. Orden político para el 1%. Fuente: Pares.
Por defender los resultados de la consulta anticorrupción y alzar una voz de protesta para que se cumplan los acuerdos de paz, los acuerdos con los estudiantes, el agro colombiano y los indígenas, todos frutos de luchas sociales. Pensábamos que pedirle al Estado que cumpla lo pactado era un principio fundamental del derecho. Confiábamos en su buena fe.
La Minga indígena en 2019. Fuente: CNN en Español.
Perdónenos por pensar que había llegado la hora de salir a las calles para gritar que estábamos cansadas de la violencia contra la mujer y que no íbamos a soportar más agresiones contra ninguna de ellas.
La lucha feminista recorre América Latina. Fuente: El Espectador.
Discúlpenos por seguir creyendo en la construcción colectiva de utopías posibles. Pero compréndanos un poco.
Queríamos mostrar que las injusticias contra los/as olvidados/as también debían ser de su interés, porque de un modo u otro han afectado a sus abuelos/as, a sus madres, a sus hijos/as, a sus amigos/as.
Ciudadanos/as de bien: perdónenos por parar.
Por soñar que otro país era posible.
Pero sobre todo, perdónenos por seguir resistiendo, pues no nos vamos a rendir.
***
El presente escrito fue realizado en coautoría con Ángela María Lasso, compañera de Ciencia Política de la Universidad Nacional. A ella muchas gracias por el apoyo.
Las masacres, las casas de pique o la mal llamada “limpieza social” practicada por el paramilitarismo; los secuestros o los ataques bomba de las insurgencias armadas, los asesinatos extrajudiciales realizados por la fuerza pública y la aún oscura relación entre el Estado y el genocidio del partido político Unión Patriótica; la innovación en los dispositivos para asesinar durante la “época de la violencia” con las -tristemente- populares formas de degollar a los adversarios, y la actitud pasiva de asumir la muerte diaria de seres humanos en el país por parte de la ciudadanía de a pie; son solo algunos de los ejemplos que pueden llevar a que parezca que en Colombia somos personas violentas “por naturaleza”.
Acaso ¿hay una especie de gen de la violencia en nuestro ADN que lleva a un eterno retorno de lo violento, en donde la muerte y la agresión son la única forma de relacionamiento entre los actores políticos y la ciudadanía misma?
Por fortuna, las investigaciones e indagaciones provenientes de las ciencias sociales han puesto en cuestión la existencia de una “naturaleza humana” para explicarnos que lo que hace humanos a los humanos no es una esencia transhistórica sino algo más simple y a su vez complejo: la cultura. Un tema hecho categoría de análisis del que desbordan litros de tinta desde hace más de un siglo, pero que ha dejado un consenso mínimo: que la cultura es una construcción social, y que por ende puede cambiar históricamente en función de múltiples factores.
Esto significa que la violencia como actitud frente a lo otro y como mecanismo de relación social tiene que ver con una construcción histórico-social, hace parte de la forma en la que se ha configurado nuestra cultura política.
Esta certidumbre relativa nos permite salir de la fatalidad que supone pensar “una naturaleza humana” en apariencia inmodificable, y dar paso a una apertura hacia otra posibilidad: que en Colombia la violencia no es un rasgo de naturaleza, no es un gen criollo, sino que hace parte de una construcción social, y por consiguiente, que la violencia es una expresión de la forma en la que hemos construido las maneras de relacionarnos con otras personas, como sociedad, y de relacionarnos con el Estado. Esto significa que la violencia como actitud frente a lo otro y como mecanismo de relación social tiene que ver con una construcción histórico-social, hace parte de la forma en la que se ha configurado nuestra cultura política.
Culturas políticas
La noción de cultura política, si bien tiene la potencialidad de pensar lo aparentemente dado, precisamente como algo no dado sino construido; tiene la dificultad de no contar con una sola definición, como sucede también con la noción de cultura, y tal vez en menor grado, la de política.
Es en este sentido que el politólogo Norbert Lechner hace el llamado a no hablar de cultura, sino de culturas políticas, en plural.
“Que el fenómeno se diluya apenas tratemos de precisarlo, nos señala (… que): no existe la cultura política. A lo más podríamos hablar de las culturas políticas. En ausencia de criterios abstractos para definir (…) habría que usarla solamente como una categoría relacional que permite confrontar las orientaciones colectivas de dos o más actores respecto a cuestiones políticas”.
Esta concepción nos ayuda a entender por ejemplo que en nuestro país no existe una sola cultura política configurada de un modo en el que se legitima o se normaliza la violencia contra el adversario o lo otro distinto, sino que por el contrario existen otras configuraciones en las que cabe una actitud democrática respecto al adversario, es decir, que pese a las diferencias existentes, estas no se traducen en la agresión inmediata o la eliminación del que piensa distinto.
Recogiéndose en la misma línea de Lechner, el reconocido cientista social colombiano Fabio López de la Roche propone en su ensayo “Tradiciones de cultura política en el siglo XX” la siguiente forma general de entender la cultura política en clave relacional: “el conjunto de conocimientos, sentimientos, representaciones, imaginarios, valores, costumbres, actitudes, y comportamientos de determinados grupos sociales, partidos o movimientos políticos dominantes o subalternos, con relación al funcionamiento de la acción política en la sociedad, a la actividad de las colectividades históricas, a las fuerzas de oposición, a la relación con el antagonismo político, etc” que se van construyendo en un proceso histórico a partir de una compleja trama de interacciones.
Para la profesora española Araceli Mateos, basada en el politólogo irlandés Brian Girvin, se pueden distinguir distintos niveles de análisis para entender la cultura política—que ya sabemos que para mayor precisión tendríamos que asumirla como culturas políticas en plural— y que pueden ser útiles para que tengamos unas coordenadas generales a la hora de pensar nuestro caso como país, aunque en una perspectiva más político-institucional que sociopolítica como en la concepción de los dos autores previos. Las organizamos de la siguiente manera:
Es importante tener en cuenta que se trata de distinciones que se dan en el orden de lo teórico, pero que por supuesto están rebasadas por la dinámica de la realidad social.
En el marco de esta muy breve caracterización conceptual de la noción de cultura política, es posible ahora adentrarnos en lo que nos concierne concretamente: ¿Cómo se ha configurado nuestra cultura política que nos ha llevado a normalizar o a legitimar la violencia? Para encontrar algunas pistas que nos dieran luces al respecto, decidimos salir a la calle a preguntarle a la gente, e ir a algunas universidades para charlar con investigadores y expertos de distintas áreas.
En la calle nos encontramos con una primer clave: nuestra cultura política está marcada por la intolerancia de los puntos de vista contrarios, que en muchos casos es alimentada por diversos liderazgos políticos a los que les es útil ese rechazo al diferente.
En la academia dimos con otra pista que vamos a desarrollar a continuación, pero que a grandes rasgos se puede sintetizar en que identifican la raíz en la construcción del Estado-nación colombiano sobre la base de la desigualdad económica y la exclusión espacial, mediante opresiones realizadas en las dimensiones de clase, género y raza que en muchos casos devinieron en violencia.
La cultura política desde la perspectiva de derechos
Para la abogada Sibelys Mejía, la legitimación de la violencia se puede entender como la justificación de la misma, y la normalización como su no cuestionamiento. Respecto a la violencia, señala que es necesario precisar su caracterización amparándose en el célebre investigador noruego Johan Galtung que distingue “las violencias estructurales, las violencias culturales y la violencia directa como el tipo de violencia que se visibiliza y que se siente de alguna manera, como su denominación lo indica, de manera más directa”.
Sibelys sostiene que “lo que nos encontramos es con formas de expresarnos, formas de comunicarnos, formas de relacionarnos con el otro y concretamente con la institucionalidad, que responden a justificaciones desde niveles de desigualdad estructurales en los que la comunicación con el Estado de otras formas, incluso desde las formas jurídicas creadas desde la Constitución, desde las normas, no se convierten en formas efectivas o en formas eficaces para acceder a los derechos” que derivan en manifestaciones de violencia directa en la construcción de demandas al Estado, dada la violencia estructural existente desde el siglo XIX.
Para Clara Castro, trabajadora social y profesora universitaria especializada en memoria histórica y pedagogía de la memoria, la dinámica de un contexto de violencia histórica “lleva a configurar unos efectos que nos lleva a relacionarnos con el otro a partir de lógicas de negación y desprecio y muchas veces desde lógicas de deshumanización, que Zamalloa plantea que son lógicas que están muy aferradas al prejuicio.
Cuando nos amarramos a los prejuicios frente a los otros, reproducimos esas lógicas de violencia que son las que nos han llevado también a estar en este momento de polarización y negación de los otros” por lo que es imperativo hacernos las siguientes preguntas como sociedad de cara a superar la lógica de la naturalización frente a la violación sistemática de derechos humanos en el país.
¿Qué imágenes heredadas y justificatorias de la violencia hemos venido construyendo a lo largo de nuestras trayectorias vitales? Y ¿Cómo hemos normalizado una situación constante de violación a los derechos humanos en un contexto de continuidad de la violencia?
La cultura política en perspectiva histórica
El investigador Dairo Sanchez rastrea la configuración de la cultura política desde los tiempos coloniales, y resalta que en primer lugar es fundamental partir de una concepción de la cultura como un proceso en disputa: “la cultura más que un conjunto de costumbres que definen un conjunto social, es un campo de disputa, donde se enfrenta diferentes fuerzas para darle sentido a ciertos enunciados que constituyen el sentido común”.
Teniendo en claro este punto, nos explica qué es importante entender lo que era Colombia en los tiempos coloniales, es decir el Nuevo Reino de Granada, pues estaba organizada “como un archipiélago de formaciones de poder, que implicaba un aislamiento de los centros coloniales que buscaban gobernar el territorio” lo que imposibilita un gobierno efectivo en todo el territorio, y tuvo una repercusión directa en la construcción del Estado-Nación, al trazarse unas jerarquías etno-raciales “dividiendo el territorio entre núcleos civilizatorios y paisajes barbáricos. Es decir, una geografía de la raza”.
Esta geografía devino en regionalismos entendidos como “una jerarquía que definió el desarrollo de la civilización fundamentalmente en los Andes y definió que, en los valles, costas y Amazonía, no era posible construir nación.
Es decir, el ‘Andinocentrismo’ estableció a su vez en el paisaje, unos marcadores de racialización —de raza—; que se puede entender como la identificación de algunos lugares como ‘tierras calientes’ e inhóspitas, en las que habitan poblaciones que son asumidas como cercanas al estado naturaleza, siendo por consiguiente “incivilizadas” y por ende objeto de violencias contra ellas.
Al respecto, señaló Sánchez que “hay un principio de suspensión de criterios éticos y morales que operan sobre un cuerpo blanco y en el caso de cuerpos racializados, esos criterios éticos son suspendidos. Por ello la violencia que se ejerce contra los territorios y poblaciones de las periferias, no tiene implicaciones éticas, jurídicas, ni políticas para sus perpetradores. Es decir, se deshumanizan estos cuerpos, convirtiéndose en cuerpos dispensables”
En conclusión, para Dairo Sánchez “la cultura como una dinámica compleja de disputa en torno a la configuración de la Nación y cómo estos mecanismos culturales siguen habitando las sociedades contemporáneas, y operan como una matriz de ordenamiento de los modos de violencia contemporáneos” siendo la violencia un dispositivo de exclusiones de marcado carácter racial, con una pesada carga histórica.
Desde otra lente de análisis, el historiador Renán Vega Cantor plantea que la consolidación del bipartidismo en el S.XIX da rienda suelta a una constante de violencia en la historia colombiana, dado que fue un hecho que dejó de lado a otras fuerzas políticas distintas a los liberales y a los conservadores. Asimismo, destaca el papel de la iglesia católica, que al hacer parte activa del Partido Conservador, fue un factor que exacerbó la intolerancia política e ideológica, y que permitió que los conservadores se instauraran durante medio siglo en el poder.
En ese sentido, Renán Vega sostiene que la ausencia de reformas políticas que impulsaran la participación de otros sectores de la sociedad marcó el primer siglo de la vida política en Colombia, lo cual dio paso al fortalecimiento de un espíritu de violencia excluyente característico de las clases dominantes, pues la aparente solución a los problemas radicaba en la persecución del enemigo o contrincante.
Así, el uso histórico de la violencia en Colombia como instrumento de dominio, tiene que ver con la lectura de un otro diferente que no es reconocido sino eliminado, como afirma Vega: “en la sociedad colombiana siempre se ha planteado la idea de un enemigo, desde el siglo XIV, siendo estos: el masón, el liberal, el socialista, el comunista, el anarquista, el estudiante, el profesor, el campesino, todo aquel que protestara de una manera. Siempre fueron tratados como problemas represivos y de orden público”
De esta manera, para Renán Vega “la violencia en Colombia puede ser explicada a partir de un anticomunismo endémico, propugnado desde las altas esferas del poder, en cabeza de la iglesia católica, del partido conservador y por último del sistema político Colombiano”. Por lo que, en este contexto, la violencia ha sido el mecanismo por el cual las clases dominantes han legitimado su poder y una de sus consecuencias más agudas se evidencia en el levantamiento armado al que han tenido que recurrir algunos sectores de la oposición para canalizar sus demandas y reivindicaciones.
Por otro lado, el historiador menciona otro factor altamente explicativo de este fenómeno violento en Colombia, que es la implementación de una política de seguridad nacional por parte de los EUA durante los últimos 70 años, y que ha sido asumida por las clases dominantes de nuestro país, haciendo que Colombia se convierta en un bastión de ese anticomunismo y persiguiendo, con ello, a todos los que piensan distinto. Vega señala que esto ha sido reforzado por “el papel negativo que desempeñan los medios de comunicación de masas, a través de los cuales se reproduce la imagen del enemigo de la sociedad colombiana, retratado en el comunismo”.
De esta manera señala los múltiples factores que han contribuido a la normalización de la violencia en el país, en contraste con otros países. “La violencia en Colombia ha sido peor que en las dictaduras vividas en Latinoamérica, porque acá se ha creado una apariencia de un régimen civil democrático, pero profundamente intolerante que persigue todo tipo de oposición, que no ha abierto el sistema económico y que no ha impulsado reformas elementales que sí se han implementado en el resto de países de América latina”, manifestó Vega. De tal forma es preciso entender la violencia en nuestro contexto como “un proceso histórico, resultado de las injusticias y de la desigualdad, pero también de rebelión de importantes sectores de la sociedad colombiana”.
Por otro lado, para Diego Carrero, profesor universitario e integrante del Grupo de Investigación en Pensamiento Fiscal; manifestó que desde el punto de vista económico, la violencia “empieza con el intento de modernización del país con las reformas liberales en la mitad del siglo XIX, que buscaban democratizar el campo y la tierra. Sin embargo, con la violencia generada por los conservadores y la constitución de 1886, en el siglo XX, todos los intentos de democratización y de reforma agraria fueron truncados”.
En este marco, Carrero destaca una cultura católica ligada a la concentración de la tierra, en tanto la concentración del poder político se sumaba a un catolicismo arraigado al poder terrateniente.
Frente a esto, el investigador señala lo que en Colombia sería un capitalismo atrofiado por el poder terrateniente, dado que “a diferencia de otros países de Europa y América latina, en Colombia los terratenientes no tuvieron que adaptarse a las reglas de juego que imponía el Capital, sino que la naciente burguesía y los industriales tuvieron que adaptarse a las reglas de los terratenientes(…). Eso significó la construcción de un capitalismo atrofiado, que desencadenó una serie de conflictos ligados a la tenencia de la tierra y a las relaciones sociales de producción en el campo, que conlleva al uso de la violencia como mecanismo de acumulación y concentración del poder”.
De acuerdo con Carrero, la falta de desarrollo de los elementos esenciales para el establecimiento de una democracia liberal —debido al poder terrateniente en Colombia—, implicó que con la llegada del neoliberalismo y el régimen de acumulación financiero, se acrecentaran los niveles de desigualdad, lo cual, a su vez, tuvo diferentes expresiones en el campo y en la ciudad, generando “‘cinturones de miseria’ que crecieron sobre la base de los campesinos desplazados hacia las ciudades y ahora explotados en lo urbano”.
Periferias
Ante este escenario de imposibilidades para desarrollar en las zonas rurales proyectos que beneficien a sus comunidades, surgen formas de resistencia como el desarrollo de economías ilegales en un campo marcado por la explosión de múltiples violencias.
Para Carrero “el desarrollo de un capitalismo rentista, primero sobre la base de la acumulación de tierras y luego sobre la base del poder financiero (…) configuró una sociedad desigual que vio en la violencia una forma de generar riqueza y de poder subsistir” por lo cual, sostiene que la clave reside en la transformación de este capitalismo rentista hacia otras formas de generar y distribuir la riqueza para superar el círculo fatídico de la violencia en Colombia.
La cultura política desde la exclusión espacial
La profesora universitaria de geografía, Marisol Ávila, afirma que “nuestra conformación como Estado-Nación trae consigo el hecho de la violencia” ya que “en términos espaciales la violencia viene con la forma que se establecen las fronteras y la repartición desigual del territorio” siendo la violencia en ese sentido “injusticia espacial y territorial”.
A continuación, por su valor pedagógico, reproducimos en extenso las ideas generales de la charla con la profesora del departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional:
“Desde la colonia hasta nuestros días, el espacio y el territorio se convierten en la materia prima del conflicto y de la violencia. Desde el punto de vista agrario, las mejores tierras quedan en manos de latifundistas y las inversiones del campo las trasladan a las ciudades para también convertirse en dueños de las ciudades.
Ese acaparamiento de tierras provoca emigraciones de masas de desposeídos que se trasladan a las ciudades, provocando procesos de urbanización desigual, injusto, policivo y punitivo. El campesino desposeído que llega a las periferias de las ciudades debe someterse a un régimen laboral que no le asegura un salario digno para vivir, no le asegura la posibilidad de tener sus propias semillas para cultivar, quedando doblemente dependiente.
Desde el punto de vista generacional el territorio agrario se está quedando sin gente, por lo cual no se puede desarrollar. Es un gran territorio que no está siendo aprovechado, salvo para la actividad minera. En términos de fronteras, Colombia sólo se ha desarrollado en la región andina, se desconoce el territorio de los llanos orientales, por ello allí llegan otros agentes diferentes al Estado a ocupar su lugar.
En los territorios olvidados por el Estado, donde crece la cantidad de la población, crece la violencia de manera más cruda, en donde parece que la única posibilidad que tienen las personas es el desplazamiento. La ciudad finalmente se convierte en el contenedor de las crisis, históricas, culturales y productivas. Dividida en una ciudad criminalizada y en una ciudad que criminaliza, esto también genera violencia. La violencia no se normaliza, crece, está en si misma, existe y es difícil huir de ella, porque no es posible concebir violencia sin política en este país”.
Cultura política: género y democracia
Jennifer Parra, trabajadora social que enfoca su quehacer profesional desde la óptica feminista, propone analizar la configuración de la cultura política desde tres dimensiones cuyas coordenadas están enmarcadas en el orden patriarcal —que construye realidad desde el privilegio de lo masculino, en detrimento de lo femenino y feminizado—: la estructura, la norma y lo simbólico.
Frente a lo estructural plantea que “esta idea de sociedad está enmarcada, si nosotros lo hablamos desde una lectura feminista (…), por un hombre blanco, burgués, patriarcal, que ha tenido acceso a la tierra, a la explotación de la tierra, de los recursos. Y que por el acceso y el manejo de los recursos ha podido instalar una cultura y la organización de la sociedad para mantener ese poder” que se articula a la construcción de la norma, es decir, la instauración de un deber ser y una calificación sobre lo que es ser hombre y lo que es ser mujer, y que se instala en las distintas formas de ver y entender el mundo —lo simbólico—, manifestándose en la vida cotidiana con expresiones como el chiste, que reproduce lo que es sancionado como lo normal o lo anormal, siendo la normalidad lo machista.
Dichos esquemas de normalidad y anormalidad tuvieron efectos concretos en el conflicto armado, como por ejemplo en las formas de victimización de las mujeres y de las personas con orientación sexual diversa que eran clasificadas como anormales, estando la violencia dirigida a atacar las formas de placer de lo femenino, sumado a la afección misma contra la vida, siendo objetivada la existencia de las mujeres, y siendo su condición asignada a unos roles específicos en los que no estaban, por ejemplo, la propiedad de la tierra —lo que validaba su expropiación violenta—. Por tanto, las estructuras patriarcales, con su marco normalizador y su traducción simbólica han llevado a naturalizar las violencias, especialmente, según apunta Parra, sobre los cuerpos segregados por motivo de su sexualidad u orientación sexual.
Por su parte, el profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Oscar Ardila, sostiene que “la cultura política de Colombia es una realidad heterogénea, porque hay grupos hegemónicos que se han beneficiado de la violencia para mantenerse en el poder. Pero así mismo, hay grupos que han intentado rechazar esa violencia, proponiendo alternativas diferentes para la resolución de los conflictos, que no están asociadas directamente a la agresión del otro”.
La normalización de la violencia en la cultura política supone restos para la educación. En su apreciación “la educación no puede limitarse a la capacitación para el trabajo, sino como una formación integral del ser humano, para la ciudadanía. Entendiendo que el bienestar debe estar asociado al bienestar del otro, no por encima del otro. El bienestar como construcción de consensos sociales” por tanto “la educación debe apuntarle a la formación de ciudadanos en un contexto libre de violencia donde los conflictos no se nieguen, sino que se resuelvan mediante el ejercicio de la democracia” en procura de superar la narrativa de la exclusión en la que es válida la pérdida de la dignidad del otro por medio de la exclusión.
La cultura política desde el análisis filosófico
Desde otra orilla de análisis, el filósofo Alejandro Mantilla propone situar la discusión sobre la violencia en la cultura política colombiana en cuatro claves: “primero, en Colombia ha primado una lógica de deshumanización, es decir, de comprender a los congéneres no como humanos susceptibles de reconocimiento, sino como seres intercambiables, prescindibles, desechables o descartables (…) porque son ‘peligrosos’, no son dignos de respeto o son parte del enemigo”, prácticas como el sicariato o el terrorismo de Estado tendrían tras de sí esta “especie de racionalidad que ha acompañado toda la historia nuestra”, esta forma de asumir al otro es denominada por algunos autores como “el bloqueo de segunda persona” en tanto se ve al otro humano “como algo ajeno a mi mismo” dando paso a una especie “de economía de la insensibilidad frente al otro”.
La segunda clave es “la imposibilidad de tener una lógica del nosotros (…) la imposibilidad de tejer un proyecto compartido” que va desde la configuración misma de un proyecto de nación, hasta la interacción yo-tu-nosotros, es decir, el ver al otro ser humano como ajeno. Esta dinámica nos ha llevado a un adiestramiento que genera la imposibilidad de ver a quien es diferente como humano, sino que le vemos como descartable o prescindible, teniendo como resultado que a buena parte de la población colombiana no le importe la guerra, pero tampoco las víctimas. A dicha situación, Alejandro Mantilla la denomina ≪Economía de la insensibilidad frente al otro≫, es decir, la “deshumanización, de no reconocer al otro y de considerarlo como matable, torturable y como alguien susceptible de hacerle daño”.
En tercer lugar señala la lógica del enemigo interno, que en el caso de Colombia se ha construido desde el anticomunismo. Malcolm Deas: “a Colombia llegó primero el anticomunismo que el comunismo”, al nivel que cualquier proyecto que tuviera visos de democracia, izquierdas, o algo alternativo, ya era considerado como una amenaza al orden social, “esa lógica del enemigo interno generó, no solo que se bloqueara una posibilidad del “nosotros”” plantea Mantilla.
El tratamiento de la diferencia como enemigo interno, impidió la apertura de escenarios de diálogo, posibilita horrores como “ la Guerra de los Mil días, la persecución al movimiento liberal de mediados del siglo XX, el genocidio contra el movimiento sindical, el genocidio contra la UP y la actual persecución a líderes sociales”, en lugar de entender al otro como parte de un conflicto desde el agonismo, planteado por Chantal Mouffe.
Finalmente plantea como cuarta clave la lógica del privilegio. Se trata de una clase dominante que se puede entender como casta, que se ha beneficiado de la desigualdad y la injusticia social para mantener unos privilegios y por tanto, hace lo posible para que dicha situación no cambie: “Esa casta ha combatido lo que ha considerado el enemigo interno, es decir, a quienes se han opuesto a esos privilegios, ha deshumanizado a lo que considera el enemigo interno y ha impedido un proyecto de nación”, de nosotros, mediante la promoción de la insensibilidad con respecto al otro.
Y entonces, ¿cómo se ha normalizado y/o legitimado la violencia en la cultura política colombiana?
En este punto, ya sabemos las coordenadas generales para entender la noción de cultura política, o mejor, de culturas políticas, dado que por ejemplo, no todas sus configuraciones han incorporado o comprendido del mismo modo la violencia, es decir, se han construido distintos modos de asumir y entender las relaciones con el otro y las relaciones entre el Estado y la sociedad. Desde la perspectiva de los sectores sociales y los actores políticos, también se han configurado distintas formas de entender al diferente o al adversario, en donde no siempre prima la normalización —cuando no se cuestiona— o la legitimación —cuando se valida— de la violencia como único mecanismo de tramitar diferencias. Por tanto, ni existe un gen de la violencia, ni por consiguiente somos violentos por naturaleza, como tampoco existe una sola configuración de cultura política, ésta se ha construido históricamente y ha tenido unas formas específicas de concreción en función del contexto.
La violencia no tiene una única expresión sino que opera de distintas maneras y a diversos niveles que se pueden identificar en uno estructural, uno cultural y uno directo. Las y los académicos con los que charlamos, señalaron que la forma hegemónica de la cultura política en su relación con la violencia guarda un estrecho vínculo con el modo en el que se construyó el Estado colombiano, con base en los “archipiélagos de poder” de los tiempos coloniales. Dicha construcción fue a partir de la elitización de las relaciones de poder, en donde una clase dominante política y económica, que devino culturalmente en una suerte de casta, dio lugar a un sistema de exclusiones de los sectores y paisajes racializados, de los sectores y espacios populares o subalternos, de lo femenino y los sujetos con orientaciones sexuales diversas, instalando históricamente una lógica en donde todo aquel que disintiere de ese orden establecido o se apartara de lo sancionado culturalmente como lo normal, era concebido como un enemigo sujeto de eliminación.
La desigualdad estructural de la sociedad colombiana es el efecto de la instauración de un capitalismo rentista que se ha sostenido históricamente de la acumulación de la tierra y del poder financiero, por lo que en esos términos, la violencia ha sido el mecanismo propio para asegurar la generación y acumulación de la riqueza, en beneficio de las clases dominantes. En esa vía, el cuestionamiento de dicha estructura permitiría encontrar salidas a esa fórmula fallida de la riqueza que más bien se ha traducido en pérdida, un cóctel de destrucción, guerra y muerte.
Es importante señalar que la lectura de este fenómeno histórico, político, social y cultural desde la óptica feminista, permite entender que la cultura política colombiana se enmarca en un orden patriarcal que se edifica sobre la base de la normalización de las múltiples violencias. De esta manera, poner en el foco de análisis tres dimensiones transversales: la estructura, la norma y lo simbólico, amplía y complejiza el panorama, en tanto, abarca a nivel individual y a nivel social las lógicas de deshumanización en que hemos sido socializados.
En síntesis, para que nuestra cultura política se reconfigure rechazando la violencia como única forma para tramitar el disenso en el ámbito de lo político, según lo identificado en la investigación, haría falta dar pie a un proceso de cambio estructural que habilite el espacio para la construcción de paz con justicia social y democracia, en el que sea transversal a su vez, un proceso educativo de desnormalización de lo violento y de visibilización de las prácticas democráticas que tienen lugar en diversos sectores y territorios.
Investigación realizada por el equipo de la Revista Hekatombe.
Bogotá, 26 de noviembre de 2019. Tras iniciar el sexto día de Paro Nacional, efectivos de la policía, el Esmad y militares, hacen presencia en diferentes puntos de la ciudad. A continuación, compartimos algunos de ellos.
Cabe señalar que durante la jornada de protestas que se adelanta en el país, la fuerza pública ha reprimido a las y los manifestantes, dejando cientos de personas heridas, detenidas, el asesinato del estudiante del colegio Ricaurte, Dilan Cruz, así como la muerte del soldado Brandon Cely, quien el vídeo señala que fue hostigado por sus superiores.
Buenos días él es Brandon Cely Paez, les pido el favor de que difundan para que llegue a los ojos de Duque y se de cuenta que sus decisiones también afectan a los militares en su pensamiento contra su gobierno.#26nParoNacional#Dylansomostodos#CarcelParaElAsesino
La gigantesca movilización que empezó el 21-N en Colombia expresa el despertar de las consciencias descontentas e indignadas del pueblo contra el mal gobierno, con el pasar de las horas y los días ha aumentado también la decisión colectiva de hacer de este paro una herramienta que ayude a cambiar muchas cosas en este país. A pesar de la estigmatización, las estrategias para sembrar pánico y la represión del ESMAD, como hemos podido nos hemos organizado, entre marchas y redes sociales, con cacerolas, pitos, antorchas, velas y pancartas hemos luchado y tras varios días de movilización incansable, el gobierno de Duque NO HA HECHO NADA para atender nuestros reclamos más allá de dar declaraciones insustanciales en los que llama al pueblo a diálogos sociales no vinculantes y extendidos en el tiempo que pretenden apagar la movilización para que los que mandan no se vean obligados a hacer demasiados cambios.
Este paro solo pertenece al pueblo, no es de izquierda, ni de derecha, ni de Claudia López, ni de Fajardo, ni de Petro, ni de ningún sector político en particular; es la manifestación de un descontento ciudadano que trasciende por completo esas etiquetas y esos referentes, este es el paro de la gente contra el mal gobierno y es por esto que es la gente en toda su diversidad, buscando poner por delante lo que nos mantiene unidos, quien debe dirigirlo y orientarlo. Por tal motivo, se propone adoptar las ASAMBLEAS POPULARES organizadas en ciudades y localidades de todo el país como el espacio en el que se tomen democráticamente las decisiones fundamentales del paro nacional.
Las ASAMBLEAS POPULARES, como esquema de participación ciudadana directa y decisoria ha sido ya utilizado en varios procesos de movilización social en el mundo con resultados muy valiosos, por ejemplo: los indignados españoles del 15-M, Ocuppy Wall Street en EE UU, y el movimiento de liberación nacional Kurdo por solo citar algunos ejemplos; este puede tener varios alcances dependiendo del momento concreto que atraviese la lucha.
En el corto plazo, el primer reto que tenemos como pueblo reunido en asamblea nace del anuncio del gobierno de iniciar un dialogo con las centrales obreras, algunas organizaciones sociales convocantes al paro y ciudadanía en general el próximo miércoles, su objetivo no es escucharnos, es fragmentar nuestra lucha colectiva en sugerencias o propuestas individuales y enfriar la movilización popular sin tener que hacer grandes cambios, por esto es fundamental definir colectiva e inmediatamente nuestras exigencias para el gobierno así como las personas y maneras en que el pueblo interlocutará con el gobierno. Lo anterior, teniendo en cuenta que la movilización que se ha presentado en los últimos 4 días representa demandas que exceden a las inicialmente convocadas. En el mediano plazo, es decir, después del miércoles, podemos avanzar en el desdoblamiento de las asambleas a barrios y comunas que vinculen a más personas en ámbitos territoriales más localizados y en la construcción de exigencias por ciudades y barrios que podamos presentar a las autoridades locales.
Presentamos este documento con algunos apuntes metodológicos y consideraciones políticas que ofrecen herramientas para concretar y desarrollar las asambleas populares en todas las localidades del país, esta propuesta debe ser pensada teniendo en cuenta las particularidades de cada contexto y retroalimentada con las experiencias prácticas que vayamos teniendo, el debate amplio, respetuoso, democrático y permanente que debe ser la base esencial de este proceso de movilización.
Antes de la asamblea popular:
– Asegurarse de hacer una convocatoria amplia y por diferentes medios es una clave del éxito de la asamblea popular, para ello es esencial asegurarse de hablar con todos los sectores y personas que conozcamos se están movilizando y convencerles, además, de participar de convocar a otras personas al espacio. La convocatoria por redes es muy importante pero no suficiente hay que agotar todos los medios de convocatoria posibles, si hay varias personas u organizaciones con la misma iniciativa de convocar una asamblea popular es importante ponerse de acuerdo para no dispersar nuestras fuerzas en diferentes encuentros.
– Crear una red virtual de georeferenciación (google maps) de acceso público para que la gente pueda ubicar los lugares de concentración con mayor facilidad. Esto además facilita la visibilización mediática del impacto de las asambleas a nivel nacional.
– Es importante siempre tener en cuenta que condiciones favorecen más la participación de la gente: lugares céntricos que ayudan hacer de la asamblea un acto de movilización en sí mismo más que una reunión, tener en cuenta horas y días en que la mayoría de personas puedan participar, la agilidad de la asamblea es también un elemento importante para evitar la dispersión y el desgaste, por esto es fundamental hacer un buen ejercicio de preparación en el que se recojan y consoliden propuestas respecto a la agenda y contenidos de la asamblea, eso si la preparación nunca debe suplantar la deliberación o conclusiones de la asamblea.
Durante la asamblea
–Los moderadores y relatores deben elegirse al comienzo por parte de la misma asamblea a partir de postulaciones voluntarias de los y las asistentes, el equipo de relatores y moderadoras, teniendo en cuenta las particularidades de las deliberaciones y decisiones que vayan a adoptarse en ese escenario en concreto deben proponer criterios para el debate a la asamblea: agenda, tiempos de intervención máximo permitido, si se permiten o no replicas y mociones entre otras. Las relatoras deben consolidar una única acta de conclusiones de la asamblea que en lo posible debe ser leída al final y publicada de inmediato por los medios disponibles.
-Para la toma de decisiones al interior de las asambleas populares proponemos el método del consenso que implica poner de acuerdo a todas las personas que asistan o participen en ella, en el caso de las decisiones fundamentales del movimiento se mantendrá este método invariablemente; en el caso de decisiones operativas como horas, lugares, fechas, tipos de actividad… si tras una discusión no se logra el consenso se procederá a votar y ganará la propuesta con más votos.
– Procurar, divulgar “en vivo” el ejercicio de la asamblea por redes sociales, vía streaming o en pantallas. Hacerlo público fortalece la transparencia, la confianza, la circulación y la divulgación masiva.
La asamblea urgente
En relación con las asambleas urgentes, es decir aquellas que deben realizarse antes del miércoles se propone explorar como insumo la siguiente agenda de trabajo.
Explicar las razones del paro y la movilización nacional actual, teniendo en cuenta que las asambleas populares son también espacios que pueden servir a que podamos entender más y mejor las motivaciones de nuestra lucha colectiva, aquí proponemos tener en cuenta los siguientes elementos:
–Los malos gobiernos en Colombia han llevado a la acumulación de una serie de malestares y descontentos sobre diversos temas que estallaron el 21-N: algunos de los más importantes son:
-El asesinato sistemático de líderes sociales en todo el territorio nacional y el impune bombardeo del ejército nacional a niños en el Caquetá
-El conejo que ha hecho el gobierno a la agenda anti corrupción que la ciudadanía mandató a través de la consulta de agosto del año pasado.
-Las políticas del gobierno contra el medio ambiente reflejadas principalmente en otorgar permiso al FRACKING, restringir las consultas populares en los territorios y permitir la práctica del aleteo.
-El empeoramiento de la situación económica para la gente que trabaja y las clases medias: más impuestos, salarios que alcanzan para menos cosas y endeudamiento generalizado de las personas para subsistir.
-El autoritarismo del gobierno frente a la protesta social.
-El anuncio de varias reformas que lesionarán gravemente a las personas más pobres del país, conocidas como el paquetazo:
a) Reforma tributaria (propuesta por el ministerio de hacienda).
b) Reforma pensional (propuesta por FASECOLDA).
c) Reforma Laboral (Propuesta por el partido de gobierno, la ANIF, y FENALCO).
d) Venta de empresas públicas (Min hacienda).
e) Regulación de la protesta social (Min defensa).
Las exigencias del pueblo colombiano al mal gobierno
1. No al paquetazo
-El gobierno debe inmediatamente desistir de aplicar las siguientes medidas, que han sido anunciadas por banqueros, gremios y políticos en los últimos meses:
-Contratación por horas.
-Instauración de Salarios mínimos regionales.
-Reforma pensional que liquide o debilite el régimen de prima media.
-Venta o enajenación del patrimonio público para generar liquidez al Estado.
-Pago de sobre tasa eléctrica para salvar empresas privadas como electricaribe.
Que no nos sigan robando:
-Establecer una ley que dictamine reclusión carcelaria intramuros para los partícipes comprobados de actos de corrupción, muerte política e imposibilidad de volver a contratar o ser elegidos para cargos del Estado.
-Establecer 10 SMMLV como tope salarial de los altos funcionarios del Estado: congresistas, ministros, presidente, vicepresidente, embajadores.
-Hacer obligatorio como requisito de posesión en los altos cargos públicos la publicación de las declaraciones de renta de los altos funcionarios del Estado.
-Todos los funcionarios públicos de elección popular estarán obligados a presentar una rendición de cuentas anual en la que se permita el debate y la participación activa de la ciudadanía. Esta debe incluir una relación expresa de sus ingresos durante ese periodo.
-Los senadores, representantes, diputados, concejales y ediles que sumen más de 6 faltas continuas o discontinuas a las respectivas sesiones de trabajo de sus corporaciones perderán su curul y a esta se aplicará el sistema de «la silla vacía».
La economía al servicio de la gente:
-Aumento del salario mínimo para los trabajadores en las siguientes proporciones 8% en el 2020; 8% para el 2021; y 8% en el año 2022.
-Acabar con el 4×1000 y los cobros de servicios financieros como transacciones en los cajeros, cuotas de manejo, etc.
-Ley de alivio para las deudas agropecuarias de las y los campesinos del país.
-Declarar al campesinado sujeto de derechos en el marco de la constitución.
-Eliminar progresivamente las exenciones tributarias a grandes empresarios y multinacionales.
-Compromiso de revisar y renegociar los Tratados de Libre Comercio para salvaguardar la producción y el trabajo nacional. Implementar una política de mediano plazo que haga posible la sustitución de importaciones y la articulación del mercado interno.
– Disminución del IVA del 19% al 5% en los productos de la canasta familiar, especialmente en los ítems de abarrotes, vestuario y vivienda.
-Disminución del precio de la gasolina y los combustibles en todo el territorio nacional.
Por encima de las ganancias de unos pocos, cuidar la casa común y los animales:
-Modificación de la jurisprudencia y los marcos normativos necesarios que hagan posible reactivar el mecanismo de consultas populares como una forma de decisión ciudadana sobre el territorio que habitan.
-Eliminar de la resolución 00350 del 2019 la pesca de tiburones y los estímulos a la práctica del «aleteo».
-Prohibición del Fracking.
Defender la vida de las y los líderes sociales:
-Esclarecer en un plazo perentorio los crímenes y amenazas cometidos contra líderes y lideresas sociales del país y castigar a los responsables intelectuales y materiales de esos delitos.
-Aumentar las partidas presupuestales y garantías institucionales orientadas a proteger a las y los líderes sociales del país.
La educación es el arma para construir el futuro:
-Aumentar el presupuesto, cobertura, calidad, oportunidad y transparencia del plan de alimentación escolar especialmente en las zonas rurales y los sectores más vulnerables.
-Cumplir cabalmente los acuerdos con el movimiento de la educación superior del año pasado.
-Destinar las partidas presupuestales necesarias para que sea posible la matricula 0 para todos los estudiantes de universidades públicas del país.
– Aumentar los recursos para saneamiento básico, salud y educación a través de una reforma efectiva y democrática al Sistema General de Participaciones.
-Destinar obligatoriamente 2 puntos del PIB anual a la ciencia, la tecnología y la innovación a partir de 2021.
La salud es un derecho y no un negocio:
-Pago inmediato de las deudas de las EPS a los hospitales, clínicas públicas y entidades territoriales.
-Postular en el corto plazo una reforma integral al modelo de salud que elimine la intermediación financiera y que se fundamente en el acceso universal y gratuito a la salud.
No a la criminalización de la protesta
–Desmonte inmediato del ESMAD.
-Esclarecimiento de todas las actuaciones en que el ESMAD se ha visto involucrado en el transcurso del actual proceso de movilización.
Implementación total de los acuerdos de paz.
Cumplimiento de los acuerdos del gobierno con indígenas, campesinos y demás sectores sociales del país.
Agenda de trabajo y conclusiones
Consideramos útil durante esta semana mantener los cacerolazos nocturnos como línea básica de actuación del movimiento, no obstante consideramos también importante realizar acciones de pedagogía y simbólicas que nos aproximen a las y los ciudadanos que siguen escépticos frente a la movilización, esto nos permitiría inundar con nuestros argumentos y razones el debate público, algunas acciones de este tipo pueden ser: tomas simbólicas a lugares públicos como parques y centros comerciales, clases al aire libre, tomas pedagógicas a las ciclovias, brigadas por barrios y comunas, expresiones artísticas y culturales a favor del paro como canciones, obras de teatro, videos…son algunas ideas que pueden aportar en ese sentido.
Nota: frente a la exigencia de renuncia de Duque hay muchos sectores y personas que consideran que la única exigencia del paro nacional debería ser la renuncia de Duque, ante esta postura nuestra propuesta es poner al gobierno un ultimátum de 6 días tras la presentación del pliego de peticiones del pueblo, si este no accede a implementar las reformas y cambios allí postulados, la bandera del movimiento debe cambiar y pasar a centrarse en la renuncia del presidente y la convocatoria de nuevas elecciones.
El Paro Nacional del 21 de noviembre de 2019 pasará a la historia por haber detonado fuerzas políticas populares sin precedentes recientes en Colombia, un país en el que la férrea represión estatal y paraestatal han consolidado, tiempo después de su articulación colonial y dependiente con el sistema mundial capitalista, un bloque de poder neoliberal remozado con una democracia restringida y una engañosa continuidad institucional estadocéntrica. Aunque las cifras del gobierno hayan intentado ocultar su dimensión con la cifra de 207 000 marchantes, un cálculo independiente de El Espectador ha estimado que solamente en Bogotá, Medellín y Bucaramanga asistieron aproximadamente 446 549 personas.
Bolivia, Ecuador, Chile, Haití, Colombia, Perú o Argentina, aunque tienen procesos políticos particulares, sistémicamente comparten la característica de ser economías dependientes o periferializadas, con distintos grados de «desarrollo del subdesarrollo», y cuya precarización mantiene un patrón de poder mundial hoy disputado entre Estados Unidos y China y que históricamente ha relegado a las economías latinoamericanas a la exportación de productos básicos y materias primas —como en el caso del «patrón agro-minero exportador» del siglo XIX, según Jaime Osorio— y a la continua extracción de excedentes de deuda, al tiempo que reserva para ciertos espacios de las potencias colonizadoras, neocolonizadoras o imperialistas, China incluida —que primero tuvo que hacer una «revolución comunista» para apartarse de esa matriz de dominación mundial—, los procesos productivos centrales de economías desarrolladas. Así, el paro del 21-N, a partir del rechazo común del «paquetazo neoliberal» representado en el gobierno Duque, aglutinó a distintos sectores de las multitudes populares contrahegemónicas que fueron más allá de su «particularismo militante», e, igualmente, abrió el incierto camino al capítulo colombiano en la oleada de protestas latinoamericanas que sacuden la región.
El orden neoliberal en Colombia como telón de fondo del 21-N
Que el régimen de acumulación del capitalismo dependiente colombiano sea neoliberal significa, como hemos dicho en otros artículos, que la política económica tiende a orientarse a la disciplina fiscal y a la desregulación económica —comercial, financiera—. Es una reorganización global de la acumulación de capital con estructuraciones diferentes según los espacios de producción sean periféricos, semiperiféricos o centrales. El orden neoliberal colombiano no busca combatir la desigualdad en la concentración de la riqueza, sino crear «equilibrios macroeconómicos» mediante instrumentos monetarios como el control de la inflación o fiscales como la reducción del gasto público, y su integración «flexibilizada» a la economía mundial. Sin embargo, para poderse legitimar entre las clases más desfavorecidas, y como fruto de la condensación parcial de fuerzas sociales contrapuestas, este orden económico-político tiene que incorporar cierto gasto social focalizado asistencialista y abanderar la lucha contra la pobreza como su principal logro o mantener el «subsidio a la oferta» como el de la educación pública escolar y universitaria —así esté desfinanciada o se pretenda acabar—, lo que ha producido, si se suma el gasto de guerra, infraestructura y de pago de la deuda, un «déficit fiscal estructural» desde 1990 de acuerdo con Andrés Felipe Mora. En la tensión constante entre acumulación desigual y la necesidad de gasto público para legitimarse se ha movido el neoliberalismo colombiano.
El resultado ha sido una sociedad nacional desigual y jerárquica que en condiciones de dependencia resiente la tendencia sistémica de deterioro de tasas de ganancia del sector productivo y el decrecimiento de la economía mundial, la concentración de la riqueza en las altas burguesías financieras, la desindustrialización, la desigualdad en la distribución de la tenencia de la tierra, la reducción del gasto público, la carga impositiva contra las clases populares y medias, la informalidad laboral o el desempleo. El «equilibrio macroeconómico» con algún grado de gasto social se torna en un mecanismo insostenible para mantener el «subdesarrollo» políticamente gestionable y el capitalismo colombiano, con clases medias y populares cada vez más excluidas y pauperizadas, comienza a hacer patente su particular estructura de dominación de clases, como lo ilustró alguna vez la caricatura Pyramid of Capitalism System de 1911.
Sin clases medias o populares que aceiten las ruedas del comercio capitalista y sus sociedades de consumo como ideal hegemónico de vida, la crisis sistémica no hace más que reproducirse. Tras el 21-N, la convivencia naturalizada se comienzó a disgregar y a reorganizarse en ciertas espacialidades sociales: emergen nuevos brotes de violencia política, las manifestaciones pacíficas, crece el malestar social, los saqueos, el llamado vandalismo; aflora el resentimiento social y la constitución conservadora de sectores del lumpenproletariado como clase enemiga, fuerza de choque que puede ser usada contra las potencias de las multitudes contrahegemónicas. En esta situación, el orden que criminalizó la pobreza y condensó en el pobre la causa de sus males —pues el excluido, la excluida, son los únicos responsables de su condición—, ha empezado a perder legitimidad general cuando la correlación de fuerzas ha favorecido a los movimientos que desafían el orden de la «potestas estatal». Ha comenzado a tomar más contundencia las preguntas por los responsables invisibles: los que no saquean en público pero se roban el presupuesto estatal, los que viven desconectados de las realidades culturales y materiales de las clases populares aunque dependan de ellas, los especuladores financieros como Sarmiento Angulo, los grandes gremios, las endogámicas élites políticas extranjerizantes y sus redes clientelares de burócratas, las élites sindicales, los terratenientes, el paramilitarismo, las «fuerzas» del orden vigente, en fin, los que subordinados al patrón de poder mundial, y organizados institucionalmente por el Estado, han jerarquizado la sociedad colombiana y la han convertido, en distintos grados, en una estructura «políticamente gestionable», incluso habiendo acudido a la violencia oficial o extraoficial cuando la función de hegemonía comienza a decaer: asesinatos a líderes sociales, estigmatización y exterminio de la oposición —como la de la Unión Patriótica—.
El accionar violento guerrillero, con sus ataques a la «población civil» y su entrada al narcocapitalismo mundial para financiar la guerra, había reforzado ese patrón de dominación pues inintencionalmente coadyuvó a la unificación y legitimación del bloque de poder sistémico en torno al proyecto político-económico de Álvaro Uribe, quien contó con apoyo masivo de clases medias y populares, con todo lo que ello implicó y sigue implicando para el país. Pero el Acuerdo entre FARC y la derecha neoliberal modernizante representada en Juan Manuel Santos, y ante la imposibilidad del uribismo de acabar lo pactado por completo, posibilitó condiciones sociopolíticas para que se potenciaran fuerzas populares diferentes a las tradicionales.
El nuevo movimiento del 21-N
¿Por qué hablar del 21-N como un nuevo movimiento social y no meramente como el nombre de la fecha de un gran paro nacional? ¿Qué define a un movimiento? Aunque la coyuntura está evolucionando a cada momento, y el curso del proceso político no sea claro, el cacelorazo espontáneo del 21 de noviembre que se replicó en distintas partes del país puede arrojar una pista: la fuerza política del paro no se quedó en las marchas masivas previamente programadas o en la dispersión de éstas por la fuerza estatal, sino que continuó expresándose y sumando más y más personas hasta conformar movilizaciones nocturnas en los barrios, a nivel local-comunitario, en una muestra de que el poder se puede construir y ejercer popularmente. Luego siguieron nuevas movilizaciones y cacerolazos: el 22-N, el 23-N, el 24-N.
La noche del 22-N en Bogotá estuvo marcada por un ambiente de zozobra e incertidumbre, pues se replicó parcialmente el caótico fenómeno que vivió Cali un día antes, donde, en una mezcla de desinformación, alta desigualdad, exclusión socioeconómica y redes sociales, explotó una ola de pánico general luego de un toque de queda.
Las denuncias de saqueos que ocurrían simultáneamente, y presuntamente coordinados, llevaron a que Mauricio Armitage, alcalde de Cali, declarara un toque de queda desde las siete de la noche y la ciudad fuera militarizada. Pero posteriormente comenzaron a pulular llamadas de emergencia y cadenas de WhatsApp que advertían de la presencia de «vándalos» o «saqueadores» —provenientes de sectores marginalizados del oriente de Cali, que querían entrar a conjuntos residenciales—, lo que llevó a que los residentes defendieran sus pertenencias con armas. Ante la presencia de «gente rara» que presuntamente iba a saquear casas, pues «Cali demostró que además de miedo a la inseguridad le tiene miedo a los pobres», la ola de pánico se amplificó y ciudadanos comenzaron a echar tiros al aire ante la presencia de cualquier cosa que considerasen amenazante. Las alarmas generales de conjuntos residenciales, la ausencia de pie de fuerza estatal y los gritos no ayudaron a calmar la situación.
En Bogotá la situación fue similar, pues las denuncias de supuestos saqueos generalizados y de descomposición parcial del orden de la propiedad llevaron, en el marco de las manifestaciones del 22-N, a declarar un toque de queda por primera vez, justamente, desde 1977, año del último gran paro cívico nacional, al menos hasta el 21-N. Pero de manera extraña lo que hizo el toque de queda de 2019 fue crear condiciones en Bogotá para que el pánico se difundiera todavía más, como en Cali. La presencia simultánea y coordinada de sectores del lumpenproletariado, en distintas partes de la ciudad, pero que en general no emprendía saqueos sino que buscaba atemorizar, también fue amplificada por videos virales de algunos saqueos de la mañana y la tarde y alertas nocturnas difundidas en redes sociales de que los «vándalos» estaban entrando en esos mismos instantes a residencias de barrios aledaños. Así pues, con la medida del toque de queda tanto Duque como Peñalosa «metieron saqueo y cacerola en la misma bolsa».
Uno de los efectos de ese falso pánico es que desde el uribismo se responsabilizó a las movilizaciones populares de alentar un clima de robo y destrucción general, y legitimó entre algunas personas la idea de una reacción conservadora idónea para reprimir y acallar las protestas, como la que hiciera Turbay como reacción al paro de 1977 con su Estatuto de Seguridad. Como ilustra Carlos Cortés en su programa La Mesa de Centro, uribistas como María Fernanda Cabal y periodistas afines como Claudia Gurisatti ayudaron a propagar este pánico en Twitter mediante la difusión de alertas de saqueos. La estrategia, aguzada previamente por los discursos de Duque sobre lo que podía ocurrir en el 21-N, consistió en generar miedo a la protesta social contrahegemónica y responsabilizar al movimiento y no al orden que el uribismo representa por los desmanes, coordinados o no, contra los «propietarios» de clase media y baja-media. Para algunos, y aun cuando el miedo generalizado no tenía correlato con la realidad, la presencia de las fuerzas de coerción estatal fue «tranquilizadora» y quedó así legitimada.
La reacción contra estos efectos estigmatizantes y de desmovilización política tras un toque de queda que ayudó a difundir el miedo a la protesta social consistió en nuevas marchas: las del 23-N. Sin embargo, en el centro de Bogotá, por ejemplo, éstas fueron reprimidas por el Esmad así se realizaran pacíficamente, en una suerte de empoderamiento represivo legitimado tras los extraños sucesos de la noche del 22-N —y no es como si la represión estatal no hubiera ocurrido también el 21 y 22-N—. El disparo ilegal de una recalzada en la cabeza del joven de dieciocho años Dilan Cruz, quien se encontraba protestando, le provocó un trauma craneoencefálico —y eventualmente su muerte, el 25-N—, lo que conllevó ese mismo día a nuevas manifestaciones, como una velatón en su homenaje al frente del hospital donde era atendido. Más movilizaciones, con las cacerolas como protagonistas, ocurrieron el 24-N en regiones como Bogotá o el Valle de Aburrá, en Antioquia. En Medellín, la reacción popular por el homicidio contra Dilan Cruz cometido por un agente del Esmad paralizó la ciudad el 26-N.
Características generales del 21-N y algunas tendencias del proceso político
Esta continuidad en el tiempo hace pensar que ha emergido un nuevo movimiento social contrahegemónico en proceso de construcción de su propia identidad con algún grado de proyección futura, en general protagonizado por jóvenes, y que ha reunido el aglomerado de aprendizajes y luchas históricas de movimientos feministas, indígenas, campesinos, de trabajadores o estudiantes, aunque su naturaleza es principalmente urbana. El «efecto contagio» latinoamericano que sectores del bloque de poder temían, particularmente por las amplias movilizaciones antineoliberales ocurridas en Chile, se confirma cuando los manifestantes tienen a tal proceso político como inspiración o referencia. Asimismo, el uso de tecnologías del capitalismo como las redes sociales han sido claves para proponer ideas de autoorganización y compartir información relacionada con actividades del incipiente movimiento. Aunque el paro nacional del 21-N fue convocado desde la CUT, el movimiento tiende a expresar distancia con la élite sindical y reivindica para sí su propia autonomía como multitud o reunión espontánea de multitudes que generan «fluctuaciones» en el orden neoliberal.
El 21-N, de carácter antiuribista, no tiene líderes visibles y es descentralizado pues, si bien distintas organizaciones han participado en su despliegue, sus instituciones propias están en ciernes y su potencia reside justamente en que cualquier persona que legitime su lucha puede sumarse de modo espontáneo, situación que podría ser aprovechada por el gobierno Duque para negociar por separado con instituciones no representativas y atomizar un movimiento naciente en su sistémico «gran diálogo nacional». Esta situación generará tensiones con el «Comité del Paro Nacional», que el 22 de noviembre «no respaldó el llamado a nuevas movilizaciones», aunque la CUT ha hecho el llamado a nuevas movilizaciones para el 25-N. Pero, en realidad, el 21-N no ha necesitado su avenencia para movilizarse autónomamente. Otra tendencia es su rechazo a la violencia, especialmente a aquella que no tiene una clara intencionalidad política contrahegemónica, pero hay que comprender que dentro del movimiento también hay luchas intestinas de poder que disputan en el transcurrir del proceso político, ya sea por la fuerza o el consenso, cómo representar el mundo, qué se rechaza, cuál es el repertorio de lucha y su dirección política.
Su permanencia en el tiempo dependerá de su institucionalización, por ejemplo, como partido político, pero este proceso podría llevarlo a perder potencia política de transformación. Una salida podría ser la conformación de un partido-movimiento: un nuevo partido político que nace del movimiento social pero que no se subsume a él con la capacidad de agregar distintos intereses de los sectores sociales alternativos; al tiempo, esta estructuración política posibilita una autonomía del movimiento frente al partido que permite ejercer control continuo a su jerarquía cuando ésta no vele por sus intereses. Ésta es una propuesta de contragobernanza antisistémica de Julio Quiñones. Sin embargo, este tránsito tendría que aprender de los errores de experiencias de partido-movimiento como los de Podemos respecto al 15-M o del MAS respecto a los movimientos indígenas dentro de las limitaciones que impone el sistema mundial globalizado capitalista y la burocracia.
Tras la ola de pánico de Cali del 21-N y de Bogotá del 22-N se puede vislumbrar que el proceso político podría fracasar si la construcción del pobre o del lumpenproletariado como clase enemiga o peligrosa triunfa entre los pueblos y gentes. El orden vigente, intencionalmente o no, funcionaliza las propias exclusiones que genera y desata a través de sus efectos, especialmente sobre la pequeña propiedad, una reacción más conservadora. Una bomba social peligrosa que tiene como agravante la creciente xenofobia contra la población venezolana, alguna vinculada con la delincuencia como forma de vida ante la precarización del país y que el mero crecimiento económico dependiente no logra solventar. Pero las multitudes del 21-N no pueden perder de vista que hay unas jerarquías político-económicas estructuradas-estructurantes que producen y reproducen la pobreza y la desigualdad y que impiden el autogobierno y la autonomía, reemplazados por la ilusión individualista de las fuerzas autogubernativas de la elección racional y el mercado. Duque es el representante coyuntural de ese orden; el bloque de poder político-económico que su gobierno gestiona, más allá de estar en contra del uribismo, es lo que hay que continuamente cuestionar y transformar. A su vez, evitar la criminalización de la pobreza y el pánico como valores legitimados pasa por rechazar —pero comprender— la violencia injustificada que perjudique al movimiento. Es menester aclarar críticamente una y otra vez la palabra para caminarla.
Vale la pena anotar que ésta es una perspectiva sobre el 21-N cruzada por mi posición social urbana, masculina, bogotanocéntrica y de clase media-baja. No puede reunir los distintos matices del movimiento social y su interpretación omite otras perspectivas o se equivoca. La invitación es a narrarnos entre todos/as y expresar nuestros propios puntos de vista para seguir construyendo colectivamente una experiencia inédita e impredecible para Colombia.
Adenda: en Facebook ha circulado una publicación que pide un cacelorazo por toda Latinoamérica para el próximo primero de diciembre. Si triunfa, seremos periferias del sistema mundial capitalista las que clamaremos por un orden y sentidos y sujetos nuevos que aboguen por la integración regional, la lucha contra los patrones de poder mundiales consolidados por los procesos de globalización, la solidaridad colectiva y la autonomía e identidad de sus pueblos y gentes.
Durante todo el 22N, se difundieron por redes sociales audios e imágenes, anunciando que en horas de la madrugada se presentarían múltiples saqueos. No tardaron en difundirse vídeos en los que se veía a la fuerza pública causando desmanes en los barios, y transportando en camiones a personas sospechosas. En horas de la mañana se hizo tendencia en Twitter #TeoríaDelPánico.