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1985: la Toma del Palacio de Justicia en contexto

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Las telenovelas y los noticieros, productores de sentido común, han construido una idea simplificada acerca de lo sucedido en la Toma y Retoma del Palacio de Justicia. El relato asumido de forma mecánica por un segmento importante de la ciudadanía de a pie es el siguiente: el narcotraficante Pablo Escobar le pagó a la insurgencia del M-19 una suma de dinero en dólares para que llevase a cabo una Toma del Palacio de Justicia, y así eliminar los archivos que lo podrían inculpar y llevar a su extradición. 

El país venía de un oscuro periodo marcado por la persecución, los allanamientos, los tribunales de guerra y la tortura generalizada contra quienes asumieron posiciones de izquierda bajo el estatuto de seguridad del anterior presidente, Julio Cesar Turbay.

Este relato, configurado desde una narrativa que navega entre lo telenovelesco y lo hollywoodense, tiene dos efectos negativos para la consecución de una cultura política democrática que asuma el pasado en su complejidad, ya que en primer lugar, da paso a una cierta justificación de la retoma del Palacio a sangre y fuego por parte del Ejército, y en segundo lugar, conduce a una mentalidad facilista en torno a la concepción de la historia del país, en la que el narcotráfico y la corrupción se erigen como las dos únicas variables que explican la situación nacional, dejando de lado otras variables fundamentales del orden estructural, como la inequidad sobre la propiedad de la tierra, la organización histórica de un Estado elitista, centralista y excluyente, o la desigualdad e injusticia social.

En contravía de esta narrativa simplificadora, en este artículo se van a situar algunos elementos, entre todos los existentes, que permitan una comprensión del momento histórico que vaya un poco más allá de los terribles hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985.

El 7 de agosto de 1982, el recién elegido presidente Belisario Betancur hizo pública su iniciativa de paz. El país venía de un oscuro periodo marcado por la persecución, los allanamientos, los tribunales de guerra y la tortura generalizada contra quienes asumieron posiciones de izquierda bajo el estatuto de seguridad del anterior presidente, Julio Cesar Turbay. El historiador y politólogo Fernán González nos cuenta en su texto Poder y Violencia en Colombia, que el nuevo mandatario presentó un discurso distinto del conservatismo, al sostener que la violencia no se debía a un complot internacional del comunismo sino que habían “factores estructurales” que la generaban. Con esta dosis de confianza en el gobierno, se inició un proceso de diálogo con las insurgencias de las FARC, el M-19, el EPL, y parte de la ADO. 

En contravía de esta narrativa simplificadora, en este artículo se van a situar algunos elementos, entre todos los existentes, que permitan una comprensión del momento histórico que vaya un poco más allá de los terribles hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985.

Apenas en 1979 había triunfado la revolución sandinista en Nicaragua, llevada a cabo por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, y en Guatemala y El Salvador, el fortalecimiento de las insurgencias organizadas en grandes frentes armados parecía animar las posibilidades de un triunfo armado en Colombia. Con esta antesala, las guerrillas no descartaban la salida negociada al conflicto como tampoco la acción coordinada para la toma del poder, en especial en el caso de las Farc, el ELN y el EPL.

Al mismo tiempo, pese a la apertura presente en el discurso de Betancur, las fuerzas militares se mostraban reacias a una salida negociada, y por el contrario, insistían en la continuidad de los enfrentamientos, e incluso, como en el caso del general Landazábal, algunos segmentos contemplaban como una opción el fortalecimiento del paramilitarismo amparado en la ley 48 de 1968. 

Los grandes gremios también estaban en contra de la tregua firmada e incluso sectores de la iglesia se oponían. Mientras tanto, las organizaciones comunales y campesinas se fortalecían; la Unión Patriótica, fruto del acuerdo de paz con las Farc, crecía en adherentes, y las insurgencias hacían público un discurso democratizante cuyo alcance previo había sido limitado solo a ciertos sectores de la sociedad.

Con esta visibilización de distintas voces de la izquierda armada, así como con el avance político de nuevas fuerzas políticas como la UP, ¡A luchar!, o el Frente Popular, el temor complotista de elites locales y nacionales se tradujo en alianzas con sectores paramilitares que iniciaron operaciones de asesinato masivo contra los militantes y simpatizantes de las izquierdas.

Para 1985, Colombia estaba envuelta en el asesinato de simpatizantes y militantes de izquierda, y de líderes campesinos y cívicos que se organizaban por demandas agrarias o por servicios públicos en barrios recién fundados

En 1981, un comando del M-19 secuestró a Martha Nieves Ochoa, hermana de algunos de los integrantes del Cártel de Medellín. El 1 de diciembre del mismo año, como relata el portal Verdad Abierta, los hermanos Ochoa convocaron a una reunión nacional en la que además de la asistencia de narcotraficantes como Pablo Escobar, Carlos Ledher y Gonzalo Rodríguez Gacha, llegaron integrantes de las Fuerzas Militares. De este encuentro se crearía uno de los primeros escuadrones de la muerte consolidado a nivel nacional: la fuerza narcoparamilitar Muerte a Secuestradores (MAS). Esta estructura criminal no solo asesinaría a guerrilleros sino también a ciudadanos señalados de tener nexos con las guerrillas, teniendo un papel significativo en el genocidio de la Unión Patriótica. 

Los grandes gremios también estaban en contra de la tregua firmada e incluso sectores de la iglesia se oponían. Mientras tanto, las organizaciones comunales y campesinas se fortalecían

Así entonces, para 1985, Colombia estaba envuelta en el asesinato de simpatizantes y militantes de izquierda, y de líderes campesinos y cívicos que se organizaban por demandas agrarias o por servicios públicos en barrios recién fundados; pero también en la reorganización de las insurgencias que venían de un periodo de reflujo de los años 1970’s, y que se veían animadas por el triunfo de la revolución sandinista; en las adhesiones ciudadanas a las fuerzas de izquierda que se habían valido de los acuerdos de paz para mostrar un discurso democratizante y modernizante, en contravía de los discursos tradicionales y guerreristas de los partidos liberal y conservador; y en las acciones armadas de la Fuerza Pública que cobraron la vida del comandante del M-19 Iván Marino Ospina, y de otros altos mandos, mientras hostigaba los campamentos de paz de la insurgencia. 

El M-19

Cabe destacar que el M-19 no se reivindicó nunca como una guerrilla marxista-leninista sino como un movimiento armado democrático y nacionalista. Esta proclama se profundizó en el mismo año, 1985, cuando en febrero convocó a la sociedad a asistir a su Novena Conferencia Guerrillera, abriendola como un “Congreso de la paz y la democracia”, para discutir sobre las reformas sociales y políticas necesarias que conducirían a sanear las bases estructurales que originaron el conflicto. 

En Marzo organiza unos campamentos de paz en los que invita a la sociedad a debatir sobre la construcción de democracia en el país, aunque sin descartar todavía las armas para alcanzarla

En Marzo organiza unos campamentos de paz en los que invita a la sociedad a debatir sobre la construcción de democracia en el país, aunque sin descartar todavía las armas para alcanzarla, frente a las posiciones guerreristas de la Fuerza Pública, y de sectores de las elites nacionales y locales. Estos campamentos fueron hostigados y allanados y meses más tarde cerrados por orden presidencial.

El M-19 leyó la actitud del Ejército y las posiciones vacilantes del gobierno, como un golpe a los acuerdos de paz pactados, por lo que inicia acciones ofensivas que culminaron en la lamentable Toma del Palacio de Justicia. 

Como se ha visto hasta el momento, es posible identificar que el Cartel de Medellín ocupaba un lugar importante en la política nacional. En 1981 sectores de las Fuerzas Militares se aliaron con éste para la conformación de la fuerza narco paramilitar MAS, también serían conocidos vínculos entre el narcotráfico con los partidos tradicionales. Tanto las insurgencias como los sectores sociales acusados de tener afinidades insurgentes, serían duramente golpeados por la estructura narcoparamilitar. El papel del MAS pondría en evidencia las relaciones directas entre el narcotráfico y el establishment antes que con las insurgencias armadas de la época.

Tanto las insurgencias como los sectores sociales acusados de tener afinidades insurgentes, serían duramente golpeados por la estructura narcoparamilitar.

En el contexto de guerra, determinados actores ejercen el control sobre ciertas zonas y corredores estratégicos, por lo que se establecen diálogos entre actores para tramitar intereses y necesidades logísticas y militares. Diversos integrantes del M-19 han sostenido que los diálogos con el narcotráfico se establecieron en el plano logístico y no en el plano financiero ni político. Al respecto, Otty Patiño, excomandante del M-19, decía ante la Comisión de la Verdad sobre los hechos del Palacio de Justicia: 

“Nunca tuvimos una relación de sometimiento con ninguno de estos grupos, pero si hubo relación, por supuesto, de conveniencia, de facilitar cosas, de transporte de cosas, de personas también, pero nunca… digamos… decir que nosotros íbamos a hacer algo en función de un interés de ellos… Creo que uno de los temas que más se especulan es el de la extradición, pero el tema de la extradición, yo creo que más que otra cosa es una coincidencia”.

Un testimonio que va en contravía de lo dicho por el lugarteniente de Pablo Escobar y posterior simpatizante del uribismo, alias Popeye, y por el comandante paramilitar de las AUC, Carlos Castaño, que insistieron en los nexos financieros entre Cartel de Medellín y el M-19, en testimonios publicados en los años 1990’s y 2000’s, y de los que se vale el uribismo y algunos productos del entretenimiento para avalar la tesis de la insurgencia del M-19 como instrumento militar del narcotráfico. 

La Toma del Palacio de Justicia por parte de la compañía Iván Marino Ospina del M-19, se realizó el 6 de Noviembre de 1985. Una acción voluntarista y permeada de optimismo, tachada de irresponsable por múltiples analistas, era asumida por sus autores intelectuales como una acción espectacular y audaz —al estilo del robo de la espada de Bolívar, el robo de las armas del Cantón Norte del Ejército o la toma de la Embajada de República Dominicana—, que tenía como propósito emprender una presión armada para la continuidad de los diálogos de paz. La retoma del Ejército, que suspendió por esas horas el poder civil sobre el ejecutivo para imponer el poder militar, duró hasta el 7 de noviembre y tuvo como consecuencia la quema del edificio, la muerte de civiles, magistrados y jueces, y la desaparición de 11 personas. 

La Toma del Palacio de Justicia por parte de la compañía Iván Marino Ospina del M-19, se realizó el 6 de Noviembre de 1985. Una acción voluntarista y permeada de optimismo, tachada de irresponsable por múltiples analistas, era asumida por sus autores intelectuales como una acción espectacular y audaz

La toma generó especulación sobre si las ideas nacionalistas del M-19 se pudieron traducir en una alianza táctica con el Cartel de Medellín para impedir la extradición hacia los EEUU, para que los acusados de narcotráfico fueran juzgados en Colombia; o si por el contrario, esos diálogos logísticos enmarcados en la lógica del conflicto se constituyeron en el mecanismo para legitimar la tesis de la alianza, pese a la guerra que sostenía el MAS contra la insurgencia armada e incluso, el pensamiento disidente. 

El 17 de junio del 2020, ex miembros del M-19 dieron declaraciones ante la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No repetición, sobre los hechos del Palacio de Justicia, reconociendo que se trató de una decisión equivocada para presionar al gobierno con la continuidad de los diálogos, incluyendo además las reformas sociales necesarias para el país. De nuevo, Otty Patiño insistió en que “tenía constancia directa de que esto jamás fue ordenado ni consultado por narcotraficantes”:

“¿Por qué la toma? (…) porque había un proceso muy enredado, muy complicado, muy deteriorado (…) hubo la intención de poner otra vez las cosas en claro, por su puesto sobre la visión de que el principal responsable de que ese proceso se hubiera enredado fue el presidente de la república con quien se había iniciado ese proceso (…) uno de los defectos de ese proceso es que nunca hubo diálogo (…) y al contrario un poco el afán de Fayad era recobrar el diálogo con el gobierno nacional a través de un acto de fuerza (…) el ambiente del país estaba lleno de confrontación política y por supuesto de confrontación militar (…) la toma del Palacio de Justicia por el contrario llevó a un mayor oscurecimiento de ese panorama”.

Alvaro Jiménez, ante la pregunta de Francisco de Roux sobre los nexos con Pablo Escobar, sostuvo: “hay un tema que yo quisiera precisar y es que en unas condiciones de muchas dificultades desde el punto de vista financiero, desde el punto de vista logístico, estábamos intentando crear una nueva iniciativa militar [en Antioquia junto al EPL] y no tendría ninguna lógica que fuese en unas condiciones tan precarias si hubiese un nivel de relacionamiento y soporte [con el Cartel de Medellín] (…) creo que digamos, todos quienes vivimos esa época del M-19 podemos dar cuenta de los niveles de dificultad y precariedad con que vivíamos para poder desarrollar esos propósitos”.

Por su parte, el académico Dario Villamizar, quien militó en la insurgencia, sostuvo que,

“era tanta la precariedad en el M- 19 y aquí en Bogotá, donde yo estaba, que durante muchos meses estuvimos en unas condiciones de pobreza franciscana donde los compañeros que estaban en la fuerza militar en el Cauca y los que estaban en Antioquía estaban sin botas, sin uniforme. Cualquier dólar que hubiera entrado hubiera sido de una notoriedad que nos hubiera ayudado a solventar esas condiciones”.

A su vez, resaltó la importancia de tener en cuenta el atentado contra Carlos Pizarro o Antonio Navarro y el asesinato de Carlos Toledo Plata, altos mandos de la guerrilla, en el marco del acuerdo con el gobierno, “hubo una constante violación de las fuerzas militares contra esa tregua”.

Vera Grabe, reconociendo la equivocación de la acción de la toma, indicó que no se le podía quitar el carácter político a esa acción al asociarla con el narcotráfico, y que el M-19 no calculó los efectos adversos debido a que la toma de la Embajada de República Dominicana había sido exitosa, y el contexto político del momento era de confrontación. 

La Toma del Palacio de Justicia fue una acción simbólica que pretendía hacer un juicio público al gobierno por la traición a la tregua y sus posiciones vacilantes para democratizar el país. Estuvo basada en el cálculo ingenuo y optimista fomentado por los resultados positivos de la toma de la Embajada de República Dominicana

La Toma del Palacio de Justicia fue una acción simbólica que pretendía hacer un juicio público al gobierno por la traición a la tregua y sus posiciones vacilantes para democratizar el país. Estuvo basada en el cálculo ingenuo y optimista fomentado por los resultados positivos de la toma de la Embajada de República Dominicana, y no tuvo en cuenta los ánimos vengativos del Ejército Nacional por otras acciones exitosas como el robo de las armas del Cantón Norte, bautizada por el M-19 como la operación Ballena Azul, o los asaltos a camiones de alimentos de grandes empresas, para repartir la comida entre los habitantes de los barrios empobrecidos. 

La retoma del Palacio, además de cobrar vidas humanas, implicó la quema de casi 6.000 expedientes de investigaciones sobre altos oficiales militares, narcotraficantes y miembros de las insurgencias.

Esta lectura excesivamente optimista sobre la reacción estatal, tuvo un saldo sangriento: el gobierno tramitó el hecho antes que como una toma de rehenes, como una acción de guerra en la que delegó todo el poder al Ejército, que cabe resaltar, ya tenía información de inteligencia sobre esa operación militar de la insurgencia. La retoma del Palacio, además de cobrar vidas humanas, implicó la quema de casi 6.000 expedientes de investigaciones sobre altos oficiales militares, narcotraficantes y miembros de las insurgencias.

Hacia el mediodía del 6 de noviembre de 1985, el M-19 publicó un extenso comunicado en donde hacía la argumentación política y jurídica de la toma. El texto pasaría inadvertido por la opinión pública. Los medios de comunicación de la época ocuparon las primeras horas del hecho, informando atónitos lo que estaba sucediendo, y finalmente, por orden de la ministra de comunicaciones de ese entonces, Noemí Sanín, ocuparon sus parrillas con la transmisión del partido de fútbol Millonarios vs. Unión Magdalena.

Para las personas interesadas y las curiosas, reproducimos a continuación dicho comunicado:

Comunicado del M-19

NOVIEMBRE DE 1.985 

AL PODER JURISDICCIONAL,

A LA NACIÓN COLOMBIANA

BOGOTÁ, COLOMBIA, NOVlEMBRE 6 HORA 11 ½ A.M, DE 1985

Señores Magistrados

Corte Suprema de Justicia y

Consejo de Estado

Honorables Magistrados:

Los abajo firmantes somos ciudadanos colombianos e integramos el Estado Mayor de la compañía Iván Marino Ospina del Movimiento 19 de Abril, M-19. Estamos aquí como expresión de patria y de mayorías para convocar a un juicio público contra el gobierno del presidente Belisario Betancur. Lo acusamos de traición a la voluntad nacional de forjar la paz por el camino de la participación ciudadana y la negociación, al que se comprometiera mediante el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional, el 24 de agosto de 1.984.

Por tanto, estamos convocando al pueblo, a la nación entera, como fuente del poder jurisdiccional, a constituirse como tribunal supremo que habrá de enjuiciar la traición a los anhelos de paz y concordia nacional de las mayorías en Colombia.

Acudimos a ustedes en su condición del poder público, como poder moral y reserva democrática para la supervivencia del estado de derecho, ejerciendo el derecho de la PETICIÓN, consagrado por la Constitución Nacional. Así pues, les solicitamos que conozcan y asuman las pretensiones que constituyen esta petición, en concordancia con los derechos y la competencia que a continuación presentamos. Teniendo en cuenta que la rama jurisdiccional no puede ser ajena ni excusarse de participar en lo que hoy define el destino y la salud pública de la patria, aspiramos a que ustedes arrojen luces y enriquezcan el juicio político que el pueblo ha instituido contra la minoría que lo gobierna.

Como decía el general Uribe Uribe, ésta es hoy una demanda a mano armada. Estamos ejerciendo el derecho a la rebelión porque no fue escuchada la voz del pueblo, porque el gobierno engañó a la opinión pública, pretendió aniquilar a la democracia en armas y traicionó la forma más creativa, más justa y novedosa de buscar, la paz para la nación, cual era el Diálogo Nacional. 

Sin embargo, nuestras armas no comparecen ante este tribunal para ser instrumentó de coacción a la libre voluntad de los Honorables Magistrados. Por ello, anunciamos ante el país –con la moral de todos nuestros actos y la fuerza de la verdad con que hemos vencido a la dirección mentirosa del ejército de las minorías oligárquicas– que los Honorables Magistrados no están obligados a asumir el conocimiento de nuestras pretensiones durante el desarrollo de esta conflictiva situación de hecho. Son nuestros anfitriones y sólo su sentido patriótico guiará sus acciones.

1.1. Que la Honorable Corte Suprema de Justicia asuma el conocimiento y se pronuncie sobre la constitucionalidad del acuerdo del cese del fuego y Diálogo Nacional suscrito en Corinto, El Hobo y Medellín, el 24 de agosto de 1.984. 

1.2. Que sobre este convenio por el restablecimiento del orden público, entre el gobierno de Colombia y los movimientos populares alzados en armas (sui generis en el derecho público interno, pero con antecedentes en nuestra historia con los pactos de Wisconsin, Neerlandia y Benidorm), la Corte Suprema de Justicia y el Honorable Consejo de Estado asuman el conocimiento sobre el cumplimiento que hicieron las partes, en el desarrollo y ejecución de los mismos, por encontrar la paz en su dimensión más pública y más humana: la justicia social y la democracia política.

1.3. Que en ejercicio del mandato constitucional que establece la colaboración de los poderes públicos para la realización de los fines del Estado -y teniendo en cuenta que la paz, la concordia y la convivencia nacional son, entre otros, tales fines- el poder jurisdiccional encare de manera protagónica la búsqueda de una solución política negociada en Colombia, a los agudos antagonismos del presente. Sobre todo cuando el Gobierno y el Congreso de la República han dado muestras de negligencia agravada, mala fe, y han traicionado un empeño colectivo de la comunidad patria del cual resultaron inferiores. 

  1. EL DERECHO QUE INVOCAMOS

Para formular nuestras pretensiones, como señalamos antes, el derecho que invocamos es el que consagra la Constitución Nacional, a todo ciudadano, de presentar peticiones a las autoridades y obtener de ellas pronta resolución (Art. 45, CN).

  1. COMPETENCIA DE LA CORTE

A continuación exponemos las razones jurídicas, políticas y de conveniencia nacional por las cuales consideramos la competencia de la Corte para el conocimiento de nuestras pretensiones. 

3.1 La fuerza constitucional del acuerdo. ¿Cuáles hubieran sido las consecuencias para el destino nacional de haberse incumplido –por los compromisarios y antagonistas– el acuerdo de Wisconsin, con el cual se puso fin a la Guerra de los Mil Días? ¿Cuáles, si se hubieran traicionado los pactos de Sietges y Benidorm que finalizaron la guerra entre liberales y conservadores y dieron origen al acuerdo del Frente Nacional? ¿Acaso la solución política contenida en estos últimos no fue consagrada institucionalmente, más tarde, por el mecanismo del Plebiscito del 57, no previsto ni consagrado en la Constitución? Aquello lo aceptó el país porque jamás podrá esgrimirse la constitucionalidad para oponerla a la única o mejor manera de lograr los altos intereses de la convivencia nacional.

¿Por qué no aceptar hoy la constitucionalidad del acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional pactado para “estudiar y sentar las bases de las reformas de carácter político, económico y social que necesita el país y anhela el pueblo colombiano”, según reza el texto, la intención y objetivos del convenio en mención?

¿Por qué no asumir el rango institucional de los acuerdos de la esperanza y la rendición de agosto de 1984, si sus objetivos procuran la concordia basada en la justicia social que es de los fines sustanciales del Estado y sus instituciones?

En este acuerdo lo nuevo somos los antagonistas y la aceptación del papel protagónico que nos corresponde en la decisión del destino nacional. Ya no se trata de una pugna entre la minoría oligárquica en su condición de Estado liberal o Estado conservador excluyente, enfrentado a liberales y conservadores (razón y origen de 52 guerras regionales y no menos de 15 guerras civiles nacionales). Hoy los antagonistas de esa minoría somos pueblo, la patria viva, las fuerzas del cambio, sin ningún nexo o compromiso de poder con los partidos Liberal y Conservador, ni con los privilegios de las oligarquías económicas de las que aquéllos son razón de ser y razón social.

Somos nacionales colombianos, y como tales, iguales ante la Constitución y la ley a la minoría que se opone al bienestar mayoritario. Pretendemos alcanzar para la patria el ideal del gobierno bolivariano: aquel que da la mayor suma de bienestar, justicia y felicidad del pueblo, y que es realizable –en lo fundamental– en el marco de la estructura constitucional vigente.

Así pues, el rango institucional del acuerdo del cese del fuego y Diálogo Nacional está dado por su condición de instrumento jurídico-político, con antecedentes en nuestra historia, para realizar los altos fines del Estado por razones de conveniencia nacional.

Más aún: toda manifestación de la voluntad política del Gobierno crea situaciones jurídicas con efectos del mismo orden.

En este caso, el Presidente de la República, a mediados de julio de 1984, creó la comisión de Negociación y Diálogo mediante carta pública dirigida a Jonh Agudelo, presidente de la Comisión de Paz. Según la misiva, aquella comisión debía actuar en representación del gobierno, en las conversaciones para fijar los términos del acuerdo de paz con el EPL y el M-19. En la misma, el doctor Betancur designó como delegados personales del Presidente a los doctores Enrique Vargas, Gerardo Molina, Bernardo Ramírez, Gloria Pachón de Galán y Antonio Duque Álvarez.

El 24 de julio de 1984, el propio Presidente de la República instaló, en el Palacio de Nariño, la Comisión de Negociación y Diálogo, con la participación de otras personalidades –además de las mencionadas– en representación de los partidos Liberal y Conservador, de la Iglesia, la cultura, el movimiento cívico, el sindical, y los gremios.

Esta fue una manifestación de la voluntad del Gobierno, con claros efectos de orden jurídico que comprometieron la decisión del Estado. Porque la Comisión, en ejercicio de sus funciones y en representación del Gobierno, suscribió el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional (cuya copia anexamos a esta petición), el 24 de agosto del mismo año, con los representantes del EPL, el M-19 y un sector del ADO.

Aquí el Presidente actuó en ejercicio de las funciones constitucionales que le confiere el Art. 120 (en su numeral 7o.), para garantizar el orden público y restablecerlo cuando fuere turbado, y el Art. 121, que le otorga facultades extraordinarias en estado de sitio. Tales funciones son, por demás, amplias y discrecionales, y si bien han sido ejercidas casi ininterrumpidamente por más de 30 años en sentido represivo y coactivo, en esta oportunidad fueron utilizadas de una manera positiva y abierta para poner en marcha un nuevo mecanismo jurídico-político con el propósito de restablecer el orden público.

A la Honorable Corte, como freno a tan amplias y discrecionales facultades que tiene el ejecutivo para mantener y restablecer el orden público (entiéndase por ello la sana convivencia nacional, en justicia y equidad social, y no en el sentido coactivo con que se interpreta tradicionalmente), se le confiere la facultad de intervenir en la actuación legislativa que tiene el Presidente durante la vigencia del estado de sitio. Esta facultad de la Corte, de revisar y evitar el ejercicio arbitrario del poder, no se reduce a cuidar que la legislación de emergencia contenga vicios formales, sino que puede intervenir en su contenido material e incluso decidir su constitucionalidad según la conveniencia e inconveniencia respecto al interés nacional. Lo que vale decir que interviene sobre la voluntad política del ejecutivo, cuando ésta se expresa en estado de guerra o conmoción interna, justamente para preservar el equilibrio de los poderes públicos, impedir el ejercicio arbitrario del Gobierno, evitar violaciones de la Carta fundamental, y garantizar el estado de derecho. Es ésta una sana doctrina constitucional en cuya aplicación la Corte ha dejado, no en pocas ocasiones, mucho que desear. Entre otras, y a manera de ejemplo: la jurisprudencia que declaró exequible el Estatuto de Seguridad durante el gobierno de Turbay; la negativa de este tribunal de conocer de la constitucionalidad del tratado de extradición; y la aceptación de Juzgamiento de los civiles por parte de la justicia penal militar.

La facultad que tiene la Corte para intervenir sobre la actuación jurídica del ejecutivo es tan amplia, que el Art. 214 de la Constitución autoriza a cualquier ciudadano para que comparezca ante ella a impugnar o defender la legislación proferida por el ejecutivo en base a las facultades del Art. 121.

En síntesis, el acuerdo del 24 de agosto de 1984 es un resultado de la decisión y legislación presidencial para restablecer el orden público, y no existe norma alguna que le prohíba a la Corte abocar el conocimiento del mismo. Por ello, ratificamos nuestra pretensión de su pronunciamiento en torno a la constitucionalidad del acuerdo suscrito en Corinto, El Hobo y Medellín.

3.2 Convenio de orden público. Los decretos legislativos del estado de sitio son la expresión material de la voluntad político-jurídica del Gobierno, que los utiliza como instrumento para restablecer el orden público perturbado.

Sin embargo, con la firma del acuerdo de Corinto, El Hobo y Medellín, surgió un nuevo instrumento jurídico-político con el cual se pretendió el mismo objetivo, aunque ya no como mera manifestación individual de un Gobierno, sino como concurso de voluntades para sentar las bases de las reformas económico-sociales como única forma de desterrar los factores objetivos de conmoción y guerra interna.

Asistimos, pues, a una decisión gubernamental de inexorables consecuencias jurídicas y políticas que dio paso a un convenio de orden público, su¡ generis, con el cual se aspiraba a transformar las causas objetivas y subjetivas que han dado origen a la guerra interna.

El mismo texto del convenio señala el requisito esencial para su validez: “Este acuerdo requerirá para su validez, la aprobación del señor Presidente de la República”. Y en efecto, dos días después de la firma del acuerdo, el 26 de agosto, el Presidente –en alocución transmitida por todas las cadenas radiales y los canales de televisión, y en ejercicio obvio de las facultades constitucionales para la guarda y restablecimiento del orden público– impartió aprobación pública y solemne al acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional: “… como ustedes seguramente lo han visto y oído, el jueves y viernes pasados, se firmaron nuevos acuerdos, entre las comisiones de Paz y de Negociación y Diálogo con los dirigentes del M-19, el Partido Comunista de Colombia (Marxista-Leninista) y un sector del ADO. Lo anterior, con la aprobación que en este momento imparte solemnemente, el Presidente de la República a los acuerdos, y con la ayuda de ustedes y la asistencia de Dios, significa que hemos cumplido otra etapa…”

Si la creación y aprobación presidencial a este convenio de orden público tiene origen en las facultades extraordinarias del estado de sitio, éstas dan también sentido y razón a la facultad que tiene la Honorable Corte de juzgar la actuación legislativa del Presidente durante la vigencia del estado de excepción. Y si el convenio de orden público es una actuación legislativa de excepción del Presidente, la Honorable Corte es competente para conocer de dicho acuerdo.

Más aún: todo convenio presupone obligaciones, compromisos, con efectos de diverso orden; y su incumplimiento genera consecuencias por las cuales deben ser llamados a responder quienes incumplen. 

En este convenio de orden público, cuyo objeto es la paz nacional –entendida como la realización gubernamental de la justicia social– es el poder jurisdiccional el encargado de examinar quiénes cumplieron a cabalidad, y quiénes incumplieron las obligaciones morales, sociales, políticas, jurídicas y militares asumidas por las partes a través del convenio. Sobre todo cuando el objeto del acuerdo es el destino nacional, según consigna su texto:

“La Comisión de Negociación y Diálogo designada por el señor Presidente de la República, doctor Belisario Betancur, e integrada por miembros de la Comisión de Paz, delegados presidenciales, voceros de los partidos Liberal y Conservador, dignatarios de la Iglesia Católica, representantes de las fuerzas laborales, del arte y la cultura, y los comisionados por el Movimiento 19 de Abril, M-19, y por el Partido Comunista de Colombia (M-L) y su organización guerrillera Ejército Popular de Liberación, EPL, consideran que el cese de los enfrentamientos armados entre las fuerzas institucionales del Estado y los movimientos populares alzados en armas, es requisito para estudiar y sentar las bases de las reformas de carácter político, económico y social que necesita el país y anhela el pueblo colombiano”.

Y los términos de su vigencia dependían de que el Gobierno diera inicio a las políticas para la realización de los objetivos anteriormente señalados:

“Los términos del presente acuerdo adquieren plena vigencia con la aprobación del señor Presidente de la República, la orden de cese del fuego y con la iniciación de las políticas y actitudes que den paso a su cabal cumplimiento”.

No es sólo nuestra opinión: el país ha sido víctima de la ausencia de cualquier política para el rescate y la redención social de los oprimidos.

3.3 El poder jurisdiccional de cara al destino nacional. Nuestra tercera pretensión es un clamor de mayorías, voluntad de la Colombia nueva, de un pueblo que no cabe en este régimen político y que no está de acuerdo con la manera como se ejerce el gobierno, por estar ella sustraída de la concepción y la práctica del bien común como fin del Estado. Porque se ha establecido una manera de ejercer el gobierno que está circunscrita a los intereses ciegos de una minoría primitiva y soberbia, asentados en la fuerza de su ejército, que ya no es nacional por haberse convertido en voluntad de muerte de las minorías, contrapuestas a la patria entera y a su futuro.

Nuestra tercera pretensión está formulada con vista al futuro, encarnado hoy en las mayorías que abrazan la fe y la esperanza en la vida nueva y en la dignidad del hombre; encarnado hoy en el ejército de esas mayorías, un ejército nacional y bolivariano en el que se forja una nueva ética y una nueva moral; un ejército que jamás renunciará a la búsqueda de la paz, la verdadera paz: la de mayorías a las cuales se garantice la dignidad, la justicia, la libre participación política y la soberanía.

Y para esa paz, nos demostró la realidad, se necesita en la conducción del gobierno una nueva voluntad política: la de los hombres y mujeres de este país que hacen fértil la semilla de la democracia y la justicia.

Sí. Con esas palabras: para lograr la paz se necesita un nuevo gobierno. Un gobierno –entiéndase– que no es un nuevo tipo de Estado; que no es una nueva forma de Estado; que no demanda una nueva Constitución, independientemente a que objetemos algunas disposiciones que no se corresponden con el desarrollo de las fuerzas económicas, sociales y políticas en el país desde que se consagró hace un siglo el texto de Núñez. Un nuevo gobierno que sea expresión del pluralismo y la concertación de mayorías y que integre la voluntad y el alma nacionales.

Este es hoy el dilema de la paz: gobierno nacional o gobierno de oligarquías. Porque la paz no es militarismo o subversión, sino patria o antipatria. Porque lo que estamos viviendo no es una guerra civil, sino una guerra oligárquica contra las mayorías empeñadas primero en evitarla y abocadas ahora a la única solución posible: ganarla. Porque ante el dilema cierto que formulamos, está comprometido el destino de todos, el presente de nuestros hijos y el fin esencial del Estado, entendido éste como la realización del bien común.

Por todo ello, convocamos al poder jurisdiccional a encarar el destino de la nación y a asumir el papel protagónico que le corresponde en su condición de poder público cuyo único origen es el constituyente primario, el pueblo, y que sólo a él se debe.

En la más sana doctrina constitucional, el poder jurisdiccional es un poder autónomo y, como tal, no está instituido para asumir la defensa del ejecutivo ni del legislativo. Su propia constitución, basada en el privilegio de la cooptación, lo enajena de cualquier intromisión perniciosa de otro poder, y garantiza su independencia; independencia de nación en la cual hoy confía la patria entera.

La participación que pedimos del poder jurisdiccional en la búsqueda de soluciones políticas negociadas de mayorías –además de ser un imperativo moral–, es una petición amparada por su propio fuero constitucional, al tenor del Art. 55, que establece la colaboración armónica de las ramas del poder público en la realización de los fines del Estado. Sobre todo cuando, incurriendo en negligencia agravada y traición a la patria, han fracasado el ejecutivo y el legislativo, que asumen como mandato la voluntad de las minorías, y en razón del mismo gobiernan en contra del interés nacional, resguardándose con la irresponsabilidad política que la Constitución consagra en la relación electores y elegidos en favor de los gobernantes.

Honorables Magistrados: llegó la hora del pueblo, la hora de la nación. Los convoca la defensa de la democracia, extinguida a lo largo del ejercicio arbitrario que han hecho los gobernantes del poder. Los convoca la necesidad que tiene la patria de que ustedes, con las mayorías, aportemos al logro de una decisión imaginativa y creadora por la salud política, social y moral de la República. La patria los sabrá recompensar.

Ante ustedes, Honorables Magistrados, los hechos de la petición.

  1. LOS HECHOS DE LA PETICIÓN

La defensa de nuestro cuerpo constitucional no puede ser intangible ni abstracta. La defensa de nuestro cuerpo constitucional es para garantizar la convivencia de la comunidad nacional en el goce pleno de la justicia social y en el ejercicio real de los derechos democráticos.

En el marco del cuerpo constitucional sólo actúa aquel gobierno cuya finalidad es procurar la felicidad y el desarrollo armónico e integral del pueblo en todas las esferas de la vida social. Por ello, es el gran administrador de todos los recursos que produce el pueblo-nación. Y alcanza tamaña investidura para obligarse a realizar los derechos del hombre: el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, la salud, el techo, los servicios públicos, la justicia, la participación política, la dignidad, la soberanía nacional.

Esta guerra por la paz tiene el significado de los grandes movimientos nacionales del siglo XVIII: es la lucha por derechos que hace doscientos años se consagraron como obligación de los gobiernos. En nuestra patria el gobierno tiene 175 años de estar en mora con el pueblo-nación.

Si no se cumple con esta obligación, no se es gobierno sino desgobierno. En cambio, los patriotas que se levantan por los derechos del hombre y para ello tienen que desterrar al desgobierno, son orgullo y ejemplo de su comunidad.

Este ejército de Bolívar, como fuerza política y moral, abraza el cuerpo constitucional para desterrar al desgobierno y lograr la paz. Así, en su propósito, en sus hechos, se hace identidad, corazón y decisión para las grandes mayorías. Confirmamos a la nación, entonces, que la lucha por desterrar al desgobierno no riñe con la defensa del cuerpo constitucional.

Otra intención, antipopular e inmoral, es la de gobernantes y editorialistas de la oligarquía, quienes buscan la impunidad en una supuesta defensa –abstracta, intangible– del estado de derecho: para actuar como si la nación fuesen ellos mismos, ellos solos; para montar sin impedimentos sus grandes negociados, sus grandes peculados; y para cargar en la espalda del pueblo, dándoles el carácter de nacionales, sus empréstitos con la banca internacional, obligando al ciudadano a pagar estas deudas que son, por lo general, resultado de la malversación o el ilícito.

Más grave aún es pretender hacer de la defensa abstracta del estado de derecho, sinónimo de la defensa de la patria. En su nombre, a dos millones de colombianos desempleados se les condena a las tinieblas del hambre; se espera de 18 millones de compatriotas que se resignen a vivir sin agua potable; a 600 mil hermanos campesinos se les castiga como parias sin tierra; y a todos nos condenan a pagar préstamos de casi cinco mil millones de dólares (algo así como 800 mil millones de pesos), cuyo usufructo sólo conocieron cuatro grupos económicos.

No vamos a permitir, pues, que esta minoría siga amparando su impunidad con la defensa de un cuerpo constitucional que ni acata ni respeta, que sólo asume como escudo para la injusticia y como mampara de su acción antisocial y antipopular.

Esta demanda armada es también para que se castigue a quienes han desaparecido a 700 compatriotas en menos de dos años (a razón de un desaparecido por día), a quienes asesinan y torturan a los abanderados del cambio; a quienes causan el éxodo forzoso de campesinos porque les están bombardeando sus propiedades en un intento vano de aniquilar la esperanza democrática; a quienes se ensañan en los jueces para impedir el pago de sus culpas.

Esta demanda armada es por el pueblo, para que salga a relucir la verdad; verdad que han escondido, verdad que tienen secuestrada quienes monopolizan la información y hacen la guerra de la tergiversación, la mentira y la calumnia contra la paz.

Esta demanda es para que la palabra armada no permita que la mentira del informador oficial siga ofendiendo a la palabra del hombre inconforme, en vano esfuerzo por hacerla inocua e inofensiva.

El Diálogo Nacional, concebido como instrumento de participación democrática, fue amordazado; y la oligarquía –envanecida por la supuesta fuerza de su ejército– pretendió ocultar su traición tras un vacuo monólogo. Pero el pueblo no olvida los términos del compromiso asumido de cara al país: “Como parte esencial del presente acuerdo, se convocará a un Diálogo Nacional en el que participen, con plena representatividad, las distintas fuerzas del país. Ese gran debate político tendrá por temas centrales: la discusión y desarrollo democrático de las reformas políticas, económicas y sociales que requiere y demanda el país”.

Por eso, invocamos a Rafael Uribe Uribe, y decimos: “Lo que ayer fue una simple petición pacífica, hoy es una demanda a mano armada…”

Honorables Magistrados, ante ustedes están los hechos acusatorios. Un pueblo que acude ante quienes ha investido de poder y ha constituido como tribunal superior, espera su concurso para que se declare la verdad; y está listo para hacer justicia, justicia.

4.1 Acusamos al gobierno de minorías de Belisario Betancur de firmar el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional con actitud dolosa y mal intencionada, abusando de la confianza de la nación y deshonrando su alta investidura.

Monseñor Darío Castrillón afirmó hace algunos meses, al término de una reunión del CELAM, que era tal el enajenamiento y abandono de la paz por parte de la clase dirigente, que muchos desconocían el texto y contenido de los acuerdos. Tal sindicación le cabe, en primer lugar, al Presidente de la República, con el agravante inexcusable que ello implica y lo inadmisible que resulta. El 20 de julio de 1985, Belisario Betancur afirmó en el acto de apertura de sesiones del Congreso: “Se acordó un período de tregua, cuyo significado es básicamente la suspensión de hostigamientos, hostilidades y agresiones contra las Fuerzas Armadas por parte de los insurrectos. Esto es así porque en la defensa de la democracia y de las instituciones, ni el Gobierno ni las Fuerzas Armadas pueden permitirse tregua alguna”.

He aquí, de cuerpo entero, el desconocimiento de los acuerdos de agosto de 1984, y la decisión de militarizar la tregua desde el momento mismo de su firma. Porque contrariamente a lo anterior, en aquella ocasión el gobierno firmó:

“Orden Presidencial: el señor Presidente de la República, en la oportunidad debida, ordenará a las autoridades civiles y militares bajo su mando, la suspensión de todas las acciones que, en guarda del orden público, han venido adelantando contra el partido Comunista de Colombia (M-L), el EPL y el M-19, como organizaciones, así como contra las personas que las integran”.

El cinismo de esta traición es inconcebible. ¿Podrá argumentar Betancur que no sabía que los acuerdos de cese del fuego son forzosamente bilaterales? ¿Cómo es posible que haya olvidado que él mismo, en calidad de comandante de las Fuerzas Armadas se comprometió a ordenar la suspensión de las acciones de persecución y represión contra nuestras organizaciones y sus integrantes, en tanto fuere vigente el acuerdo?

La concepción expresada el 20 de julio explica las múltiples violaciones del ejército al cese del fuego: sencillamente para las Fuerzas Armadas y para el Gobierno no existían obligaciones. La tregua para el gobierno y el ejército era unilateral, era nuestra; entonces, ¿para qué Comisión de Verificación?

La respuesta la da el mismo Presidente, quien también niega los objetivos con los que se comprometió. Su discurso ante el Congreso ya no se refiere al propósito de cesar los enfrentamientos para sentar las bases de las reformas necesarias, sino que afirma que la intención fundamental era la derrota y el aniquilamiento del movimiento guerrillero: “La finalidad última y esencial que el Gobierno ha perseguido cuando trata con la subversión, es procurar su desarme con todos los sentidos de la palabra: su desarme político, su desarme moral, su desarme material”.

La decisión de aniquilar a los movimientos populares alzados en armas no puede ser más evidente. Por tanto, y con base en la declaración del propio acusado, queda clara la mala fe y el engaño contra la nación en que incurrió el Gobierno en el momento de la firma del acuerdo.

4.2 Acusamos al gobierno de impedir la expresión y participación ciudadana en la búsqueda de soluciones políticas negociadas a los profundos antagonismos sociales que vive la nación colombiana y de promover la guerra fratricida.

Así como se materializó la tregua, así como se desconocieron los pactos de cese del fuego, el elemento esencial del acuerdo –el Diálogo Nacional- fue impedido, burocratizado y hecho caricatura. En este sentido es justa la afirmación del Procurador General de la Nación, cuando contrasta la actitud de la patria en armas con la del Gobierno:

“Hay un vacío inmenso por la falta de interlocutor ante los reclamos insistentes de la sociedad nueva en el proceso de pacificación… (…) los que tienen las barajas completas de los poderes por repartir no están participando en el Diálogo, que no es una tertulia sino un proceso de negociación, en el cual no hay dos partes sino únicamente la que reclama y ninguna que responda si acepta o no las propuestas transformadoras de la sociedad”.

La tertulia que fue lo proyectado como un Diálogo Nacional, comenzó seis meses después de firmado el acuerdo, ya desfigurado el propósito inicial y sustraído de la participación plena de la representatividad de las diversas fuerzas sociales del país.

El Diálogo, que debía realizarse con la participación de todos, en los barrios, las fábricas, las escuelas, las agremiaciones, las veredas, y en todos los núcleos de vida ciudadana, fue encerrado en fríos recintos de la capital de la República, y con frecuencia, sus promotores fueron agredidos o limitados en su acción por las autoridades competentes. Ello no impidió que en los actos públicos realizados en 450 municipios del país por el M-19 para preparar el Diálogo, el pueblo dejara sentada su voluntad de participación y su entusiasmo de gobierno.

Las comisiones del diálogo, si bien reunieron voluntades progresistas convencidas de la necesidad y justeza del propósito del pacto de Corinto, Hobo y Medellín, no resultaron suficientes para retornarle al Diálogo su carácter de instrumento de participación democrática de mayorías, como se había acordado.

4.2.1 Los términos del acuerdo definen claramente el intento más imaginativo y creador de alcanzar una solución política negociada a los grandes antagonismos sociales y los conflictos político-militares en torno a las legítimas pretensiones ciudadanas de participar en la conducción del destino nacional.

El Diálogo Nacional apuntaba hacia un gran acuerdo nacional según el cual pactaríamos y sentaríamos las bases del modelo de desarrollo político y social más humanista con que se haya pretendido conducir a la nación. De hecho, con el acuerdo, convinimos unos pilares para una nueva manera de gobernar al país.

Tal y no otro es el significado del Diálogo, como instrumento de participación de “las distintas fuerzas del país” para la “discusión y desarrollo democrático de las reformas económicas, políticas y sociales que requiere y demanda el país”, según reza el texto del acuerdo.

Ello supone también la aceptación de que las instituciones vigentes se hallan vacías de pueblo, que su legitimidad está afectada, que en su estrechez no cabe la nación, que no son canales que conducen la voluntad y las demandas populares cuya expresión está, por tanto, asfixiada y limitada.

(Las cifras de la Registraduría Nacional, para este caso, son elocuentes: el volumen de la abstención para la Cámara de Representantes en las elecciones de 1982 alcanzó la escandalosa cifra del 75%. En el mismo año, los liberales movilizaron a 16 de cada 100 ciudadanos en edad de votar, y los conservadores a 9 de cada 100. Así de triste y fría es la soledad del Congreso de la República y de los partidos políticos tradicionales, como instituciones representativas).

De lo anterior se desprende que el acuerdo del 24 de agosto apuntaba, en lo inmediato, a remediar las causas subjetivas de la rebeldía popular, al definir un escenario novedoso para el ejercicio democrático de las mayorías en el terreno institucional.

4.2.2 La decisión minoritaria de impedir la participación democrática de las mayorías, se materializó en hechos de gobierno claramente atentatorios de las libertades ciudadanas entre los que se destacan los siguientes:

-La prohibición del Congreso de la Paz y la Democracia, convocado por el M-19 desde Los Robles, Cauca, y al cual habían aceptado asistir representantes de todas las fuerzas y sectores de la vida nacional, para discutir los caminos de la paz ante la decisión de traicionarla, demostrada por el gobierno al romper el cese del fuego con su ofensiva contra nuestro campamento en Yarumales.

-La prohibición de los Campamentos de la Paz, promovidos por el M-19 en las principales ciudades del país, y que eran una forma novedosa de autogestión en favor del desarrollo comunitario y del ejercicio de los derechos esenciales del hombre.

-La prohibición del Paro Cívico Nacional del 20 de junio de este año, convocado por los trabajadores, que ante el terror ejercido por las fuerzas institucionales, puso a la gente ante la disyuntiva de protestar o combatir contra tanques.

4.3 Acusamos al gobierno de romper la tregua mediante continuas agresiones contra las fuerzas populares alzadas en armas que suscribieron el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional. 

En base al espíritu gubernamental reflejado en las declaraciones del presidente Betancur ante el Congreso de la República, el pasado 20 de julio, según las cuales la naturaleza de la tregua era unilateral, el gobierno es responsable de ordenar las siguientes agresiones contra las organizaciones firmantes del acuerdo y sus miembros:

4.3.1 Agresiones al EPL. En la primera semana de septiembre de 1984, el Ejército Popular de Liberación fue objeto de la primera agresión del ejército, y sus fuerzas se vieron comprometidas en combate en Riosucio, Caldas.

Desde entonces, esta organización hermana ha enfrentado numerosos atentados contra sus militantes, al igual que acciones de hostigamiento a sus fuerzas por parte del ejército oficial. No incluimos el detalle de tales agresiones por considerar que debe ser la Dirección del EPL la que allegue dicha relación, la cual solicitamos sea incluida bajo el presente numeral de esta demanda.

4.3.2 Agresiones al M-19

a) Yarumales o el rompimiento de la tregua por parte del Gobierno:

El Diálogo al que todos nos habíamos comprometido, no sólo enfrentó los efectos de la negligencia agravada del Gobierno, sino la deserción del Congreso, el alto clero, los partidos tradicionales y los gremios. Pero no del pueblo, que manifestó su entusiasmo y adhesión en todos los actos preparativos del Diálogo, convocados por el M-19. Al igual que en Corinto y El Hobo, cuando firmamos el acuerdo, las plazas de Cali, Medellín, Barranquilla, Bucaramanga, Ibagué y otras ciudades fueron escenario de la masiva respuesta popular ante la convocatoria democrática.

Para una clase dirigente acostumbrada a conspirar en salones y pasillos, y con terror al pronunciamiento del pueblo, esta expresión masiva por el cambio rebasó el límite de su tolerancia. Por ello decidió aniquilar a la fuerza garante de ese cambio. Y con argumentos de reconocida falsedad, el ejército cercó y atacó por 22 días el campamento de nuestra Fuerza Militar, ubicado en lo alto de la vereda de Yarumales, municipio de Corinto, Cauca.

Los combates se iniciaron el 11 de diciembre y desde días antes el M-19 había procurado evitarlos denunciando la cercanía de la tropa y demandando la presencia de la Comisión de Verificación. Entre el 11 y el 15 de diciembre, el comandante Álvaro Fayad hace presencia en Bogotá en procura de parar el enfrentamiento; para ello se reúne en varias oportunidades con Bernardo Ramírez, el Ministro de Gobierno, y personalidades de la Comisión de Paz. En su presencia, el Ministro Castro sentencia a Fayad con la disyuntiva: “ríndase o lo aniquilamos”. Y entonces, con la dignidad del colombiano que se debe al futuro de la nación, con la certeza de la fuerza moral y militar que nos asiste y con la absoluta seguridad de que nuestra victoria garantiza la continuidad del proceso de paz y el destino democrático de nuestro pueblo, Fayad marcha a Yarumales a asumir el reto del porvenir.

No pudiendo lograr su objetivo de aniquilamiento rápido –prometido por los altos mandos-, generando un conflicto social y político incontrolable ante el éxodo de campesinos de la región y habiendo sufrido derrotas contundentes e inesperadas, por parte de nuestras fuerzas, el Gobierno negoció con el M-19 la ratificación del acuerdo de Corinto, al cual se incorporaron nuevas cláusulas, el 4 de enero de 1985.

Este nuevo convenio, suscrito por el representante personal del Presidente, Bernardo Ramírez, miembros de la Comisión de Paz, y la Dirección del M-19, contemplaba los siguientes aspectos:

1º. El cese del fuego seguirá regido por las mismas condiciones impuestas mediante el convenio firmado el 24 de agosto de 1.984.

2º. El ejército cesaría hostilidades contra la fuerza guerrillera del M-19 y ésta aceptaría reubicarse en el sitio de Los Robles, Cauca, a cuatro kilómetros de distancia del campamento atacado.

3º. Establecimiento de una línea demarcatoria entre las posiciones del ejército y la guerrilla, para que ésta se desplazara hacia su nuevo campamento, y una vez instalada en él, se evitaran nuevos choques.

4º. Aceptación del gobierno de que la zona de permanencia de la guerrilla no sería considerada zona de guerra y, por tanto, se garantizaba el respeto a la vida civil, el libre tránsito por las carreteras y el libre acceso al campamento del M-19.

La batalla de Yarumales confirmó el salto en calidad que habían dado las fuerzas de la democracia en Colombia. Ahí la derrota del ejército anunció lo que acababan de confirmar los comandantes Fayad y Pizarro en el parte final de la campaña De pie Colombia: donde se paran las fuerzas de la democracia, el ejército oligárquico ya no entrará.

El 5 de enero los términos del nuevo acuerdo ya habían sido violados por el ejército: la detención e intimidación a los campesinos, los retenes militares en los caminos y la permanencia de la tropa en los puntos que se había comprometido a desalojar, denuncian la actitud dolosa y unilateral del Gobierno ante el compromiso de cese del fuego ratificado pocas horas antes.

Por otra parte, el 10 de enero el EPL denunciaba el cerco militar y el hostigamiento a sus fuerzas en Antioquia, Caldas y Risaralda.

b) Los Robles: la provocación oficial.

No habían pasado diez días desde la ratificación del cese del fuego, cuando el Ministro de Gobierno, Jaime Castro, cuestionó el establecimiento de la guerrilla en una zona determinada, contradiciendo una verdad elemental y apenas obvia: una fuerza militar en tregua requiere de un espacio geográfico para vivir, y en tanto fuerza militar reconocida como fuerza beligerante por virtud de los acuerdos con el gobierno y de la voluntad popular, tiene derecho a los aseguramientos necesarios para su defensa, máxime cuando ya ha sido agredida con intención de aniquilamiento. No fue éste el primero ni el único ataque al espíritu del acuerdo pactado, en boca del Ministro de Gobierno, quien planteó, además, la entrega de las armas por la guerrilla, no contemplada en el acuerdo en ninguno de sus apartes.

El 19 de enero el M-19 denuncia el incumplimiento gubernamental, informando sobre la peligrosa cercanía de patrullas militares a su campamento de Los Robles, el control de vías, y el hostigamiento a los habitantes de la región. La militarización se recrudeció en febrero, cuando se impidió el paso de 15 mil personas que deseaban participar en el Congreso de la Paz convocado por el M-19 en Los Robles, lo cual fue una clara demostración a la violación de los derechos de libre expresión, asociación y movilización en el territorio patrio. 

El cerco militar contra nuestro campamento de Los Robles siguió cerrándose después de los días del Congreso. Según informes de la población civil, la intención manifiesta del ejército era condenar a nuestra fuerza a un cerco de hambre, situación que afectaba por igual a los campesinos de la región. Nuestra fuerza militar subsistió con las provisiones que lograron eludir el cerco y gracias al apoyo de la población civil. No obstante, estos esfuerzos costaron la vida de cuatro compatriotas, en Rionegro, el 28 de febrero de 1985.

En efecto, en la noche del 28 de febrero son emboscados y asesinados a mansalva, en uno de los caminos de salida de la población, dos oficiales de nuestra Fuerza Militar -vestidos de civil y desarmados-: los compañeros Guillermo Céspedes y Gilberto Montero, y dos jóvenes, vecinos de Rionegro, que les acompañaban: Edwin Rivera y Jorge lván Medina. Del criminal hecho son testigos los habitantes de esta población caucana, quienes enfrentaron con una airada protesta a los asesinos: una patrulla militar que permaneció toda la noche y parte del día siguiente vigilando los cadáveres de sus víctimas; según informes de la población, existen evidencias que permiten comprobar que tras la emboscada cobarde, fueron rematados Guillermo Céspedes y Edwin Rivera.

Al igual que en los días anteriores, el M-19 exigió -infructuosamente-, ante la Comisión de Verificación, se tomaran las medidas certeras para poner fin a las agresiones. La Comisión, en efecto, viajó a Rionegro el 10 de marzo a investigar los hechos, estableciendo la responsabilidad del ejército al caracterizar la situación como “emboscada contra un grupo de civiles”. El informe jamás se dio a conocer.

c) Prohibición de los Campamentos de la Paz, prohibición de la democracia:

Mientras tanto, en Cali y Bogotá se inauguran los primeros Campamentos de Paz, trabajo para el cual el M-19 destina a cerca de 500 militantes, cuya actuación sería en adelante pública y abierta.

¿Qué eran realmente los Campamentos de Paz? El gobierno, los altos mandos y los informadores oficiales pretendieron dar la imagen de que se trataba de sitios de entrenamiento militar en las ciudades. Lo que realmente querían ocultar eran el carácter y resultado de esta novedosa experiencia. El objetivo básico de los Campamentos de Paz era promover la organización de las comunidades para que éstas asumieran sus problemas y decidieran cómo resolverlos en ejercicio de sus derechos básicos. El problema para las autoridades, la amenaza para las minorías, es que el sólo ejercicio de los derechos básicos por parte de una comunicad decidida a tomar las riendas de su propio destino, implica el enfrentamiento con quienes están decididas a negárselos, empezando por las mismas autoridades.

Así, durante el primer mes, el establecimiento de los Campamentos en Cali significó 120 allanamientos, 60 detenciones y la mutilación de un compañero, quien perdió sus testículos al ser tirado al suelo y abaleado a quemarropa por un agente de los organismos de seguridad del Estado. Este es el hecho real y tangible para las comunidades más pobres: en Colombia sólo se pueden ejercer los derechos consagrados hace 200 años, peleando.

Hoy los campamentos son áreas geográficas y sociales donde las comunidades continúan luchando para hacer valer sus derechos elementales, y para ello cuentan con la fuerza de su decisión y una fuerza militar surgida de su propio seno: las Milicias.

d) El desalojo de Los Robles, nuevo esfuerzo del M-19 por la Paz:

Nuestras innumerables exigencias por que se investigara y controlara el cumplimiento de los acuerdos son inútiles, y ello se explica mejor cuando, el 13 de marzo, las Fuerzas Armadas se adjudican -mediante comunicado del Ministerio de Defensa- el papel de verificadoras del proceso y reiteran que no existe territorio vedado para su acción. Ello se interpreta como el anuncio de nuevos ataques a las fuerzas guerrilleras en tregua.

Esta declaratoria era, de todas formas, innecesaria, ya que ante la imposibilidad de abastecimiento, la proximidad cada vez más peligrosa de la tropa, lo infructuoso de la gestión de las Comisiones de Verificación, la instalación de morteros de 80 y 120 m.m., ametralladoras, cañones y tanquetas en la zona de Los Robles, y con el empeño de evitar nuevos enfrentamientos, se decide el desalojo de nuestra Fuerza Militar del campamento, para buscar una nueva ubicación.

e) Las agresiones oficiales en Pradera y Buga:

La presencia de niños y adolescentes campesinos que buscaron refugio a nuestro lado, ante los continuos atropellos a que eran sometidos por el ejército, imprime nuevas características a la marcha de la patria en armas por los senderos de la montaña. La lentitud con que centenares de combatientes y civiles recorren la cordillera, hace fácil su detección.

Mientras la clase política y los gremios continúan bombardeando y condicionando el proceso de paz a la entrega de armas por parte de la guerrilla, el 15 de marzo 60.000 personas responden positivamente a la convocatoria del M-19 de realizar un acto de “Desagravio a la Paz”, el cual se efectúa en Bogotá en medio de un estricto control militar. Nuestro comandante Álvaro Fayad declara en la misma fecha que los acuerdos de paz están rotos en virtud de la actitud oficial, y reclama del gobierno no sólo gestos sino hechos de paz.

El 16 de marzo el ejército bloquea un foro convocado por el EPL en Uré, medio San Jorge, y mantiene sus operaciones de control y hostigamiento en el Alto Sinú, San Jorge y sabanas de Córdoba.

Y mientras que la clase política se enfrasca en el debate sobre la entrega de armas y el ejército prepara sus nuevas ofensivas, el 26 de marzo se reúnen en México Bernardo Ramírez, Carlos Jiménez, Gabriel García Márquez y Álvaro Fayad. El gobierno propone al M-19, a través de sus representantes, airear el proceso con nuevos gestos de paz.

Pero a estas alturas del proceso, el problema ya no es de gestos porque el 30 de marzo -mientras el Presidente prepara un viaje al exterior y el Comandante del Ejército anuncia un “plan presencia para luchar contra la subversión apátrida y anarquista”- en Pradera, Valle, se ha lanzado una nueva ofensiva contra las fuerzas del M-19 acampadas en ese municipio. El 31 de marzo los combates se intensifican y extienden hasta Palmira.

En un intento por salvar la tregua y posibilitar los desarrollos del Diálogo, el comandante Carlos Pizarro se compromete con el doctor Álvaro Leyva, de la Comisión de Verificación, a cesar el fuego y buscar una nueva ubicación para nuestras fuerzas.

En vísperas del 19 de abril, aniversario del M-19, el ejército militariza las principales ciudades del país, y la capital vallecaucana es copada totalmente. No obstante, el 19 de abril transcurre como un día cívico: los niños de Cali no van a la escuela y el comercio abre parcialmente. En la plaza de San Nicolás se celebra una gran fiesta popular, desafiando la presencia amenazante de la tropa y sus tanquetas, y en el resto del país de celebran otros actos políticos.

El 30 de abril se producen combates en Tierra alta, Córdoba, entre el EPL y el ejército.

A comienzos de mayo se cierra un nuevo cerco militar contra las fuerzas del M-19 en el Valle. El 7, el ejército ataca nuestras posiciones en el sitio de La Magdalena, municipio de Buga. Su objetivo es lograr la retirada de nuestras unidades para emboscarlas, pero las fuerzas del M-19 no se mueven de su posiciones, ni aún ante la presencia de los helicópteros artillados, uno de los cuales resulta derribado. El ejército sufre varias bajas, y pierde dos ametralladoras, varios fusiles y munición. Dos militares son hechos prisioneros: uno, por estar herido, es confiado a los cuidados de una familia campesina de la zona, y se inician gestiones para la entrega del segundo, el soldado Eugenio Beltrán Riascos. (Tal vez interese saber a los Honorables Magistrados que dicho hombre ha permanecido por cinco meses como prisionero de guerra, a pesar de los continuos esfuerzos que hemos realizado para entregarlo en condiciones que garanticen su integridad personal y moral. La misma situación se repite cuando, el 1º de octubre del año en curso, tras el asalto realizado por unidades nuestras contra el campamento de una patrulla militar adscrita al Batallón Caicedo, quedan retenidos los cabos segundos Iván Alarcón y Luis Eduardo Mendoza, y los soldados Blas Calderón y Heber Sotero. Los altos mandos niegan inicialmente que existan prisioneros, y ante las pruebas presentadas por nosotros a través de los medios de prensa, los abandona a su suerte, negando su autorización para que representantes de organismos humanitarios suban a nuestro campamento a recibirlos).

La Comisión de Verificación no llega a la zona en conflicto y se atiene a la información del ejército, perdiéndose totalmente de sus objetivos y razón de ser, porque su gestión se reduce a justificar la agresión oficial. Se argumenta que el M-19 ha derribado un helicóptero que estaba recogiendo heridos, y que se ensaña en sus ocupantes y los masacra. Dos meses después de haberse dado a conocer esta versión falsa de la realidad, serán los mismos comisionados –Monseñor Darío Castrillón, Álvaro Leyva, y Cornelio Reyes- quienes la rectifican públicamente: ante ellos ha confesado el general Molano sobre la actitud ofensiva de los helicópteros y el trato humanitario que recibieron los militares heridos, tras el combate, por parte de nuestras fuerzas. Si bien reconocemos en esta rectificación pública el sentido del deber de tales comisionados, consideramos que se dejó impune el cinismo demostrado por los altos mandos al tergiversar y calumniar el talante de la nueva moral y la nueva ética que muestra la patria en armas con sus hechos por humanizar esta guerra. En todo caso, en aquel momento el país desconoció los hechos y la agresión prosiguió su curso amparándose tras la calumnia. El 17 de mayo, mientras seguían los combates, el comandante Gustavo Arias ratifica ante la prensa nuestra decisión de persistir en los esfuerzos por el desarrollo del proceso de paz según los términos del acuerdo de agosto.

Gustavo Arias hablaba con la autoridad moral y militar de jefe de un ejército que estaba derrotando la agresión de su adversario y fortaleciéndose en el combate para defender su concepción y una manera de solución al conflicto social y político, que no era otra diferente a la planteada en el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional.

Su voz no encontró interlocutores en el Gobierno, y siguieron los enfrentamientos. El 21 de mayo fue detenido el comandante Antonio Navarro, miembro de la Comisión Nacional del Diálogo del M-19, junto con dos compañeros, cuando se dirigían con un grupo de periodistas hacia La Magdalena, para la entrega del soldado detenido. Navarro y los otros fueron puestos en libertad, del Batallón Palacé, en la madrugada del 23 de mayo y pocas horas después nuestro tercer comandante es herido -con otros cinco compañeros- y pierde su pierna izquierda como consecuencia del atentado realizado por elementos del B-2 del ejército.

Nuestros compañeros identificaron a uno de sus agresores entre el personal que apostaron los organismos de seguridad del Estado en el Hospital Universitario de Cali, donde eran atendidos, y aunque formularon la denuncia, el procurador regional se negó a consignarla y darle trámite, como era del caso hacer. 

Vale señalar que nunca tuvo aplicación alguna el ordinal C de la postdata del acuerdo del 24 de agosto, según el cual el gobierno definiría “los criterios y procedimientos encaminados a garantizar la seguridad de los representantes del M-19 y del EPL designados para participar en los actos públicos y deliberaciones del Diálogo Nacional”.

El 29 de mayo el ejército impide, por tercera vez, la entrega del soldado detenido y sigue obstaculizando la presencia de la Comisión de Verificación en la zona del conflicto. Así, finaliza mayo y comienza junio con intensos enfrentamientos en el Valle y con el éxodo de campesinos, ante el bombardeo indiscriminado que practica el ejército en las zonas de combate. El 9 de junio se produce la batalla de Pichichí, en la que tropas de los batallones José Hilario López, Pichincha, Palacé, San Mateo y Colombia, enfrentaron la decisión de los hombres de la democracia, dispuestos a defender con sus vidas la causa de la paz y la dignidad.

En este combate mueren tres compañeros nuestros y otros tres resultan heridos; el ejército, por su parte, tuvo 7 muertos y 10 heridos. Tal es el saldo registrado en el combate, pero no el único, porque la locura oficial se manifiesta en el desespero en el campo de batalla y ese día se demostró con la matanza de bañistas en los ríos Guavas y Guavitas, de trabajadores del ingenio Pichichí, y el incendio de cañaduzales en la zona, por parte de los efectivos del ejército.

Hasta aquel momento, las fuerzas del M-19 no habían realizado ni una acción ofensiva que no se correspondiera con las necesidades de defensa, impuestas por la constante agresión oficial.

Empeñados como estábamos en consolidar el Diálogo Nacional como instrumento de un gran acuerdo nacional para solucionar nuestros conflictos por las vías de la participación y la negociación, aguantamos todas las agresiones: aguantamos el asesinato de Carlos Toledo, la emboscada contra Carlos Pizarro y los integrantes de la columna bajo su mando horas antes de la firma del acuerdo, el intento de asesinato contra Navarro y otros cinco compañeros, las detenciones, desapariciones y torturas contra numerosos compañeros y sus familiares, y la misma agresión militar contra nuestra fuerza.

Y desafiamos al gobierno, a las Fuerzas Armadas, a que presenten pruebas de un solo hecho, uno solo, violatorio del acuerdo en el que haya estado comprometida cualquier unidad del M-19. Simplemente no hubo ninguno, y así llegamos hasta los preparativos del Paro Cívico Nacional, convocado como acto de protesta de las clases trabajadoras contra la política del mal gobierno.

Los colombianos asistimos entonces al espectáculo aberrante de un Presidente que, primero, apoyó el derecho de la protesta que asiste a cualquier ciudadano, y a sólo tres días de haberlo declarado así, lo prohibió. No sólo eso: militarizó el espacio de la protesta social; se ocuparon militarmente las calles, los parques y los barrios. Y no se trataba de una ocupación cualquiera sino una que se corresponde a la decisión de aniquilamiento con que un ejército le disputa el terreno a su enemigo. Esta fue la confirmación de que no existía voluntad de realizar la paz con las mayorías y de la naturaleza antinacional del ejército oficial, así como de su condición de ejército de ocupación.

Ante este hecho, ya no de ataque contra nuestros militantes o estructuras, sino de clara y directa agresión contra el pueblo-nación –al que se le puso manos arriba– y teniendo en cuenta la violación sistemática de la tregua, exhibida de cuerpo entero desde el momento mismo de su firma (concordante con las declaraciones que hizo el Presidente cuando se atrevió a declarar ante el Congreso y la nación lo que había asumido desde mucho antes) definimos cesar en nuestra actitud defensiva y asumir una actitud ofensiva contra ese gobierno de minorías y su ejército de ocupación.

Así lo declaró, en nombre del M-19, el comandante Carlos Pizarro, el 21 de junio del presente año. Lo que hicieron entonces los enemigos de la paz fue reafirmar la mentira oficial con que se ha pretendido confundir a la opinión pública. Falsearon las declaraciones de Pizarro y mostraron al M-19 retractándose de su decisión de respetar una tregua que desde seis meses antes no existía, de una tregua que el mismo Presidente declaró luego que nunca existió. Y ante su incapacidad de vencernos en el campo de batalla, pretendieron vencer a las fuerzas de la democracia con el manejo vil y calumnioso de una guerra de información contra la paz al tiempo que proseguían sus vanos esfuerzos por aniquilar a las fuerzas garantes de este proceso.

Muchos sectores de la opinión pública desconocen la realidad de las campañas victoriosas en las que se ha consolidado el ejército de la democracia; desconoce los crímenes perpetrados por las fuerzas oficiales en las zonas de conflicto; y desconoce la realidad de poblaciones enteras de los barrios marginales y de las veredas campesinas que hoy combaten victoriosas engrosando las filas de la patria en armas. Finalmente, se desconoce la irresponsabilidad absoluta del Gobierno y los altos mandos frente a sus subalternos y frente a la población civil de las zonas rurales bombardeadas y saqueadas en nombre de la nación.

Que el ejército revele la cifra real de muertos y heridos que ha sufrido. Que confiese la identidad de los numerosos cadáveres que exhibe como guerrilleros muertos en combate, de quienes nosotros tenemos la certeza –cómo no– de que no lo son. Que el Gobierno explique por qué pretendía abandonar a los once heridos que tenían en La Virgen declarándolos muertos, y por qué tanto interés de su Ministro de Defensa en dejar a su suerte a los prisioneros de guerra por el ejército de la democracia.

La respuesta es obvia: su fracaso. Porque esta guerra la están perdiendo ellos –los representantes de las minorías– y hoy se erige una fuerza de mayorías que convoca a la patria entera a desterrar para siempre a los malos gobernantes e imponer desde el gobierno la voluntad nacional.

La tergiversación informativa es la trinchera contra la palabra de honor, y sólo produce caos. Esta guerra nos forzaba al reto más imaginativo y creador por que triunfara la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad. Y la sabiduría popular nos indicó que se necesitaba un tribunal como escenario. La guerra de la información contra la paz nos hizo parir esta decisión y, por eso, aquí estamos. 

Exigimos que comparezcan en este Juicio los miembros de la Comisión de Verificación –que constataron personalmente las calumnias que, como pretexto, inventaron el Ministro de Defensa y el Estado Mayor de la III División del ejército -con el aval del Presidente de la República- para ejecutar el aniquilamiento de las fuerzas garantes del proceso de paz. Que se hagan públicas las actas levantadas por esta comisión. Y que declaren públicamente quienes en ella han participado lo que, desde Yarumales, ellos saben: quién rompió la tregua.

4.4 Acusamos al gobierno de implementar una política económica y social en contravía a cualquier propósito de paz, de incitación a la sublevación popular y de entrega de la soberanía nacional.

La estafa social del gobierno. A los clamores de cambio, salud, educación, empleo, servicios públicos, tierra, el Gobierno respondió con el argumento tramposo de la paralización de la economía y con promesas materializadas en exiguas obras que no se corresponden con las inmensas posibilidades materiales de la nación.

Haciendo caso omiso al compromiso de concertar soluciones a los problemas del país, el 18 de septiembre de 1984, el señor Betancur dio a conocer su determinación de acogerse a las pretensiones del Fondo Monetario Internacional. Olvidar cualquier preocupación por el bienestar social, por la redistribución del ingreso y por la reactivación de la economía, son algunas de las tantas causas que agigantan las angustias del pueblo colombiano.

Esta es plena prueba, entiéndase, de que el gobierno no tenía ningún interés en cumplir con lo pactado, y lo único que le quedó de su famoso “propósito de paz” fueron los discursos retóricos del Presidente incapaces de ocultar una gran verdad: no cumplió. 

Pero el incumplimiento del Gobierno, su ausencia absoluta de voluntad para aliviar las angustias sociales del pueblo colombiano, abrió las puertas para que las nuevas mayorías se planteasen la necesidad de avanzar en la elaboración de un Plan Nacional de Emergencia, el cual muestra al país nuevos modelos de desarrollo económico-social susceptibles de ejecutarse con un gobierno realmente comprometido con la paz.

Con esta nueva voluntad de gobierno y de paz se pueden implementar -respetando la libertad de la inversión privada, pero con autoridad y herramientas suficientes para hacer cumplir la disposición constitucional que establece la función social de la propiedad privada- medidas radicales que reactiven la industria y la agricultura, y pongan en términos positivos el crecimiento de la producción nacional que, para este año, se espera sea 50% inferior al crecimiento registrado en 1984.

El país no puede seguir transitando por los caminos de la recesión y el desempleo. Cerca de dos millones de colombianos en edad de trabajar carecen de empleo y la esperanza que les ofrece la política de las minorías es el aumento en un 18% de la tasa de desempleo.

Y no podemos olvidar otras recetas del FMI referentes a la disminución de los salarios y el encarecimiento del costo de vida. Con el tope de aumento del 10% para los salarios, el gobierno y los empresarios están imponiendo la disminución de una cuarta parte del consumo familiar de las clases trabajadoras. Y la inflación -que fue del 18% en 1984- se anuncia superior al 26% para 1985.

Un gobierno de paz acogería las propuestas de las centrales sindicales de aumento salarial por encima de los índices de la inflación, de reforma de la tasa distributiva del ingreso en favor de la población de menos recursos, y la racionalización del gasto público. 

Hoy es vergonzoso el estado deplorable de los hospitales y centros de salud, a punto de cerrar sus puertas por el recorte en el presupuesto y el déficit permanente de 19 mil millones de pesos que mantiene el Gobierno. Contrasta esta reducción de los gastos de salud con la compra de cuatro corbetas CFV-1500 equipadas con misiles, cuyo sólo costo unitario cubriría el déficit de todos los hospitales del país.

De igual manera, la aplicación de la medidas fondo-monetaristas ha significado la reducción de la participación del gasto en educación, que pasó del 22 al 21.6%. Y así mismo, significan la no inversión en las entidades que prestan servicios públicos, aplazando para nunca la solución al problema de agua potable de 10 millones de ciudadanos que carecen de este servicio, y al de 16 millones que no se benefician del servicio de recolección de basuras.

No menos importante es la respuesta que esperan más de 9 millones de colombianos que conforman nuestra población campesina. 200 mil cabezas de familia no poseen tierra, 527 mil tienen parcelas medianas, y 415 son dueños de porciones ínfimas. Este desequilibrio en la propiedad territorial agraria es la causa de las tomas de tierra realizadas por unas 12.500 familias en los últimos tres años, con un saldo de 400 campesinos asesinados, más de 500 heridos, y cerca de un millar de detenidos, además de las pérdidas sufridas en términos de quema de viviendas, daños a los cultivos y destrucción de mejoras. Así responde el Gobierno de “mano tendida” a la exigencia de la Reforma Agraria, al clamor por la distribución equilibrada del crédito, a las necesidades de salud, educación y vías para el agro. 0 en el mejor de los casos, promete, promete, promete -como a los campesinos que marcharon sobre Cartagena desde el sur de Bolívar- pero incumple, incumple, incumple.

La entrega de la soberanía. Un gobierno de paz no puede poner los recursos de la nación en función de los intereses de la banca internacional, a costa del sacrificio y la imposición de altos costos sociales.

Jamás podrá haber un gobierno de paz cuando se entrega el manejo económico de nuestros recursos, porque ello no es compatible con la sed de justicia social. Las recetas del FMI y su alto costo social, implican la agudización de los antagonismos sociales que, en los países como el nuestro, tradicionalmente se intentan resolver con el autoritarismo estatal y la militarización de la protesta social. En este terreno no cabe ninguna posibilidad de apertura política. Qué espacio dejó el gobierno a la Paz?

Por las características de nuestra deuda externa, no existe ninguna razón para haber acogido las condiciones del FMI con las cuales el gobierno permitió que se hipotecara la nación hasta más allá del año 2.000.

El Gobierno parece creer que Colombia son los cuatro grupos económicos que acapararon, según palabras del exministro Junguito, el 80% de los 4 mil millones de dólares a los que ascendía la deuda externa privada en 1984. Mientras la nación sufre los efectos que genera este compromiso, se salen con la suya los Santo Domingo, los Ardila Lulle, el Banco de Colombia y el Banco de Bogotá. ¿Por qué razón tenía que salir el Gobierno -administrador del dinero de todos y de los recursos de la nación- a comprometerse por una deuda de particulares, contraída por los malos manejos de las empresas, cuando gran parte de esos dólares ni siquiera se invirtieron en el país, sino que engrosaron las cuentas de unos cuantos en el exterior?

Todos los colombianos deben saber que la deuda externa era de 11 mil millones de dólares -aproximadamente dos billones de pesos- a diciembre de 1984. La deuda externa pública es de 7 mil millones, y la deuda de los empresarios y financistas particulares es de 4 mil millones de dólares.

Más aún: la deuda pública tiene plazos más largos de pago, de manera que quienes tienen la soga al cuello con la banca internacional son los cuatro grupos económicos mencionados y no el pueblo ni el gobierno. Sin embargo, el Gobierno -como siempre- se apoyó en las minorías, decidió en favor de ellas, y aceptó las condiciones antinacionales y antipopulares del FMI.

Tampoco desconoce la nación que el 65% del total de la deuda externa pública ha sido invertida en ocho proyectos hidroeléctricos. Fuentes oficiales estiman que la mitad de esos dólares se perdieron en fallas administrativas, despilfarros o simple malversación de fondos. Y esta situación se repite en otros proyectos de incuestionable valor para nuestra economía: la revista de la Contraloría de la Nación señala, por ejemplo, que Cerrejón Centro -uno de los proyectos de explotación energética- tiene una pérdida de 1.500 millones de dólares por improvisación.

Los colombianos entendemos perfectamente por qué y para qué cada familia debe a los organismos de crédito internacional 500 mil pesos (a 1984), lo que equivale a 38 salarios mínimos, y al ritmo de la actual devaluación, para 1987, una deuda de más de un millón de pesos por familia.

Sólo un nuevo gobierno comprometido con la paz podrá decir con orgullo de colombiano a todos los acreedores, sí vamos a pagar, pero a nuestra conveniencia, sin el sacrificio de la colombianidad. De esta manera, con los dos mil millones que tenemos que pagar anualmente, en dos años, podríamos satisfacer la necesidad inaplazable de los servicios de agua y alcantarillado para los compatriotas que carecen de ellos.

La nacionalidad mancillada. Hoy, nuestra América, el continente más joven, se acerca al sueño bolivariano de constituirse como la nación-esperanza de la humanidad. La unidad continental se afianza, en tanto sus pueblos asumen la vocación democrática como destino y razón de sus luchas.

No estamos hoy ante la falsa disyuntiva de gobiernos civiles o gobiernos militares. Estamos ante una tarea más imaginativa: gobierno de democracia, gobierno de mayorías, capaces de construir la patria grande y aportar a la constitución de un nuevo orden económico internacional así como de formas novedosas de convivencia de los pueblos y los gobiernos del mundo. 

El pueblo peruano ha empezado a demostrar que este sueño es posible; y el Gobierno de este país hermano es hoy un eslabón decisivo de la fuerza de la autodeterminación continental frente a las pretensiones impositivas del gobierno norteamericano.

A los colombianos nos toca, en cambio, asistir perplejos al espectáculo que protagoniza Betancur en Washington, en abril de este año, cuando -además de hipotecar nuestra soberanía- sirvió de mensajero a Reagan. Antes de llegar a la capital estadounidense, nuestro Presidente recorrió cinco países latinoamericanos, para hacer las veces de portavoz de la voluntad continental de autodeterminación. Sin embargo, al abandonar Washington, aceptaba la condición de portavoz de Reagan con un mensaje que desconocía la legitimidad del gobierno sandinista y los esfuerzos de paz de Contadora. Y como Pilatos, hizo el mandado y se lavó las manos.

También, en manos del Pilatos de Contadora, nuestra nación perdió la facultad indelegable de administrar justicia -elemento esencial de soberanía- por efecto del servil convenio celebrado con la OPIC, el 3 de abril, según el cual las controversias entre el gobierno colombiano y las empresas norteamericanas serán sometidas a un tribunal de las multinacionales. Así se mancilló la soberanía, ya afectada con la aprobación del acuerdo de extradición con Estados Unidos, y la dirección de la DEA en la manera de enfrentar el narcotráfico.

El futuro de América Latina no descansa en los gobiernos “civiles” ni en los Pilatos. Está en las fuerzas sociales que empuñan el mañana, en los pueblos, en los gobiernos de democracia y nacionalismo erigidos como muros contra el dominio norteamericano.

Rearme en la tregua. De un gobierno de paz no se puede presumir sino la reducción de los gastos de guerra, de los gastos de defensa -a menos que la soberanía nacional esté siendo agredida-, para hacer una mayor inversión en las exigencias y necesidades sociales de la nación. Una actitud distinta, mínimamente crea sospechas.

En nuestro país la sospecha se hizo certeza: el gobierno de Betancur aumentó el pie de fuerza del ejército en más de cinco mil hombres; y la deuda pública externa en defensa aumentó en un 80% entre enero de 1983 y mayo de 1984. Para esta fecha, la deuda externa pública en defensa era de 564.200 millones de dólares.

El CONPES autorizó para la compra de armamento y equipo militar, en esos 17 meses, una suma de 454 millones de dólares. En el mismo lapso, el flujo neto total de créditos no excedió de 1.200 millones de dólares, lo que significó que el 37% de los mismos estuvieron destinados para que el ejército se rearmara en la tregua.

El Departamento Nacional de Planeación estudió y dio trámite a 19 solicitudes de crédito externo del gobierno, entre junio de 1983 y julio de 1984, por la suma de 865 millones de dólares; de ellas, 14 solicitudes pertenecían al crédito militar externo, al que correspondió más del 50% de esa cifra.

¿Con qué moral, con qué dignidad se atreve Betancur a firmar en Lima una declaración con el presidente García en la cual se compromete a “la reducción equilibrada de los gastos militares y la asignación de mayores recursos para el desarrollo socioeconómico de sus países”? ¿Cómo es capaz de afirmar lo anterior si la deuda externa en educación y salud, a febrero del 84, era de 204 millones de dólares, la primera, y 184 la segunda, y la deuda externa militar las triplica y duplica respectivamente? ¿Acaso de esta manera pensaba abrir las puertas de la paz?

Todo lo contrario. La absurda austeridad que el Gobierno exigió al pueblo colombiano, negándole derechos básicos de la vida, no existió para siembra de la muerte en sus preparativos de guerra. Las informaciones del Pentágono permiten calcular que en la primera mitad de 1985 se formalizaron compras de armamentos que equivalen a 500 millones de dólares.

Además de las cuatro corbetas -que costaron 120 millones de dólares-, se adquirieron en este último periodo 26 aviones de entrenamiento, 12 aviones de caza, 6 aviones turbo, 60 vehículos cascabel y 40 blindados (100 tanques), 19 helicópteros, cañones de 105 m.m., 240 fusiles G-3, 134 subametralladoras, y se contrataron dos guarda-costas y 4 aviones Hércules para el transporte de tropa.

Basten un par de ejemplos de urgentes necesidades sociales que hubieran podido ser satisfechas con esos recursos, si hubiesen tenido otra destinación: los tanques que se compraron son más costosos que un programa de vivienda sin cuota inicial en la ciudadela 20 de Julio de Barranquilla; los 75 mil millones de pesos de las últimas compras de armamento coinciden en números con los 72 mil millones de pesos que, según el senador William Jaramillo, fueron recortados a los programas sociales. 

Por eso, no es del todo extraño que el Presidente elevara a la condición de “Ministro de la Paz” al ejecutor de las torturas que ultrajaron la dignidad nacional y a las mismas Fuerzas Armadas en su honor militar. Hoy, sobre el Ministerio de la Defensa pesa una sentencia judicial proferida por el máximo tribunal contencioso administrativo, donde se le señala como el responsable de torturas y violaciones de la ley, por acción u omisión, en el desempeño de sus funciones como Comandante de la Brigada de Institutos Militares en la época en que ocurrieron los hechos que se sancionan. Hoy el Presidente es omisivo en el ejercicio de sus funciones al mantener en el rango de Ministro a un hombre sentenciado de violar la ley.

Que muestre Betancur un solo hecho de paz. Que diga cuál puerta dejó abierta a la concordia nacional.

La represión: contra el derecho a la vida. El presidente que prometió que no se derramaría una gota de sangre colombiana, tiene que admitir su responsabilidad por los ríos de sangre que hoy recorren el suelo patrio. Durante el actual gobierno ha permanecido impune la acción de los grupos paramilitares sobre cuya identidad y origen nos ha informado la Procuraduría; permanecen sin castigo los asesinatos de quienes, como Carlos Toledo, los padres Irne García y Daniel Guillard abrazaron lo causa de las mayorías; nadie da razón de los cientos de “desaparecidos”, previamente detenidos por agentes del Estado, ni de los NN que tan sólo en el Valle, aparecen a razón de uno por día.

Acciones criminales, como la masacre del Bagre o los hechos violentos de López Adentro, así como el asesinato de prisioneros en condición de indefensión, son practicadas a plena luz, frente a la ciudadanía, ya en las calles de Bogotá o en las poblaciones de la cordillera, por las llamadas fuerzas del orden. Los allanamientos, detenciones arbitrarias y la prisión para los luchadores populares vuelven a estar a la orden del día. Y frente a la convocatoria del Paro Cívico, la nación se enfrenta a los preparativos de una guerra de un gobierno que desconoce el valor de la palabra empeñada.

Que los informes de Amnistía Internacional, la Cruz Roja, la Procuraduría y de los organismos humanitarios, así como todas las denuncias de violación al derecho a la vida, de justicia y de trato digno al prisionero, sean incorporados en este numeral, como hechos de la presente demanda.

Y que se comparen las cifras de los 1762 detenidos, 282 torturados y 300 desaparecidos del año de tregua de Betancur con las estadísticas del propio Ministerio de Gobierno, según las cuales el índice de la llamada delincuencia política desciende del 1.800% al 23%, en 1984 y 1985, por efecto del patriótico y estricto cumplimiento de las organizaciones populares firmantes del acuerdo de paz.

4.5 Palabras finales

Un rebelde en Colombia, es un intérprete de la comunidad, es el ciudadano abocado a las vías de hecho por la absoluta incapacidad del Estado de satisfacer sus demandas esenciales de ejercer con dignidad el derecho a la vida.

En este país hubo, entre 1983 y 1984, 150 paros cívicos que comprometieron a 116 municipios en 17 departamentos, y que involucraron a 5 millones de colombianos. Entre 1983 y 1985, se han dado 72 paros de maestros y 52 paros de los trabajadores de la salud que involucraron a más de un millón de los trabajadores al servicio del Estado en lo que es la condición del rebelde: las vías de hecho.

En los últimos tres años 12.500 familias -casi cien mil personas- han protagonizado tomas de tierra, y a ello se suman las huelgas estudiantiles, de trabajadores y un sinnúmero de protestas que surgen del desempleo que afecta a cerca de dos millones de colombianos en edad de trabajar.

En otras palabras, siete millones de colombianos, o más, han sido proscritos por unas instituciones en las que no caben las mayorías y, en su condición de proscritos son reprimidos.

Cuando en un país cuya población económicamente activa es de nueve millones, siete están proscritos porque acuden a las vías de hecho, la legitimidad del poder gobernante está quebrada. En este país hay siete millones de rebeldes y la virtud de los demócratas en armas es la de ser conciencia en acto de esa voluntad de rebelión.

Por eso este juicio. No cuestionamos tan solo la pérdida absoluta de la legitimidad de este gobierno, sino también le disputamos el monopolio de la legalidad: para que no se siga haciendo mal uso de unas instituciones con que las minorías esconden su naturaleza antisocial; y porque esas instituciones le corresponden a quienes les asiste la decisión histórica de realizar el sueño de Bolívar en el gobierno que era su ideal.

Qué se le puede objetar a la voluntad y acción de los patriotas que pretenden construir para su país el gobierno más humanista que se haya conocido en Colombia, el modelo de organización social y estatal que sea la verdadera expresión del pluralismo y la concertación: la participación de las mayorías en el ejercicio de los derechos públicos que llevan casi dos centurias de desconocimiento y soledad.

La paz no ha fracasado en Colombia. Nunca se podrá frustrar en un pueblo el anhelo de la justicia social y la democracia. Fracasó el gobierno de Betancur, el gobierno de las minorías, inferior a las aspiraciones de la nación. Tuvo en sus manos las mejores condiciones para hacer la paz; y la mejor plataforma política y humana, pero su indecisión primero, y su negativa después, lo llevaron a traicionar los anhelos de las mayorías.

Hay que sentenciarlo así. El acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional -esperanza y posibilidad de acuerdo nacional para el cambio- fueron traicionados, y los culpables merecen una sola condena: ser desterrados del gobierno, para que una nueva voluntad -esta sí nacional, patriótica, y democrática- asuma la tarea posible, aquí y ahora, de hacer la paz.

Luis Otero

Andrés Almarales

Alfonso Jacquin

Guillermo Elvecio Ruiz

Ariel Sánchez

Dejarse tocar por la pandemia

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Usando unas palabras del escritor Juan Gabriel Vásquez, se podría decir que el Covid-19 llegó a nuestras vidas como una de esas visitas impredecibles de un pariente lejano. El escritor bogotano escribe esta sencilla frase en una bella página de El ruido de las cosas al caer, donde ubica al lector en uno de esos tristes episodios que enlutaron los años noventa en nuestro país.   

Se trata de una mañana de 1995 en que por los televisores del billar que frecuentaba Antonio Yammara, empiezan a aparecer con la portentosa regularidad  de los noticieros las imágenes del más reciente atentado. El narrador apunta que todo empezó en forma de un boletín de última hora a través de las pantallas de los televisores. Allí se veía a un periodista presentado la noticia desde las afueras de la clínica del Country. Luego apareció un Mercedes Benz con los cristales rotos y brochazos de sangre seca en el asiento trasero. En ese momento todo se detuvo en el billar y alguien pidió que subieran al volumen para saber de qué se trataba. En las pantallas aparecía la imagen del político y periodista Álvaro Gómez Hurtado quien acababa de ser asesinado por unos  sicarios en una calle de Bogotá. Ante tal noticia, los personajes del billar reaccionaban protocolariamente formulando preguntas como, ¿Por qué lo habrán matado? o ¿Quién era el responsable de ese asesinato? Nadie esperaba realmente repuestas pues como refiere el narrador, desde hacia una década que esos hechos se habían convertido en parte de la cotidianidad de un país convulsionado.

En esas breves líneas se entrecruzan de manera paradójica los grandes hechos de un atentado en plena mañana en la ciudad, con el asombro contenido y, en cierto modo, postizo de la concurrencia del billar. Pensar en una convulsión que se hace cotidiana desconcierta nuestro pensamiento. Es por ello que Vásquez, señala aquello como una visita impredecible de un pariente lejano. Por un lado se experimenta la sorpresa, que como tal no puede ser preparada, y por el otro, un sentimiento ante quien nos es conocido y a la vez extraño.

Por un lado se experimenta la sorpresa, que como tal no puede ser preparada, y por el otro, un sentimiento ante quien nos es conocido y a la vez extraño.

Así llegó el coronavirus a nuestras vidas. Primero fue una noticia lejana allá por diciembre de 2019 cuando se hablaba de un virus en una provincia de China. Las imágenes de médicos con trajes de seguridad y las calles desoladas por la cuarentena aparecieron en las pantallas como algo lejano. En enero de 2020 se hablaba de unos casos aislados en Europa y el 21 febrero ya se alertaba de una situación complicada en la ciudad de Milán. El 11 de marzo la OMS declaraba al coronavirus como pandemia y en esos días los crecientes casos de Italia y España tenían la resonancia de una catástrofe. Finalmente el 6 de marzo se confirma el primer caso de coronavirus en una mujer colombiana que había estado de viaje por Milán. El momento preciso en que, como en la novela de Vásquez, subimos el volumen de los televisores para atender mejor a la nueva noticia, se dio el 20  de marzo cuando ya se hablaba en todos los medios de cuarentena y aislamiento. Cuatro días después, de manera oficial se decretó la cuarentena nacional obligatoria. Entonces se dio inicio a esa extraña e imprevista visita de un pariente lejano en nuestra propia casa.

¿Cuál fue nuestro pensamiento esa primera noche en que nos asomamos por la ventana para ver las calles vacías? ¿Qué ideas se vinieron a la mente en el justo instante en que apagamos las pantallas y sentimos el profundo silencio de la cuarentena? Algo había cambiado, sin duda. De un día para el otro, el mundo había dado un giro que no hubiéramos podido pronosticar ni prever. Quizá formulamos preguntas vacías como los jugadores del billar ante la noticia del magnicidio o simplemente pusimos las bolas sobre la mesa para seguir jugando otra partida.

El filósofo alemán Bernhard Waldenfels ha señalado que una experiencia de lo extraño está marcada por el miedo y el asombro y que esta nos sucede antes de que podamos aceptarla o rechazarla (2015, 12)  En este sentido el coronavirus llegaba a nuestras vidas con la fuerza de la extrañeza, que en medio del asombro nos exigía afrontarla y atenderla sin reparos. El Covid-19 se presentó con la inesperada forma de una amenaza viral que de un momento a otros nos recluyó en el encierro y anuló las perspectivas inmediatas de futuro. Semejante irrupción tan radical pedía de nosotros una revisión profunda de nuestras ideas, un cambio de perspectiva, una nueva forma de estar en el mundo. Ante semejante exigencia, el miedo y la incertidumbre fueron reacciones naturales.

Por aquellos días periodistas, gobiernos, científicos y divulgadores de You Tube se esmeraban por presentar su opinión, ante un público desolado que necesita de una voz  firme en medio de la incertidumbre.  La gran fuerza del virus estribaba en nuestro desconocimiento. El covid-19 era nuevo, invisible, sumamente contagioso y cuyo estudio se iba haciendo sobre la marcha. En estos tiempos de aparente parálisis y zozobra, la dinámica de las redes sociales y  las noticias de última hora no han cesado de otorgarnos esa sensación habitual de velocidad tan propia de nuestras dinámicas económicas y sociales. En este sentido, aunque atendiéramos a esa famosa frase de Mafalda, paren el mundo que me quiero bajar, no debería sorprendernos que ante este frenazo que ha significado la pandemia, nos viéramos pisando un caminador eléctrico que a pesar de no ir hacia ningún lugar, no puede detenerse por ningún motivo.

Y es que siguiendo las reflexiones de Waldenfels, nos encontramos con que ante lo extraño cabe dar dos tipos de respuesta, una repetitiva o reproductiva, que entendería la extrañeza como algo que no se aleja demasiado de lo ordinario y simplemente antepondría a ello fórmulas existentes y convencionales; u otro tipo de respuestas de carácter innovador o productivo, que partiría de la ruptura del orden perpetrada por la extrañeza y se aventuraría a dar una respuesta bajo nuevas construcciones de sentido (2015, 52). Esta es justamente la disyuntiva en que nos pone la experiencia de la pandemia y en torno a cada una de estas opciones existen elementos que posibilitan u obstaculizan lo que podríamos denominar como una autentica experiencia de lo extraño.

Es importante dejar de lado las voces de los profetas que en los inicios se lanzaron a augurar revoluciones o quienes empezaban a ver manuales de supervivencia en la literatura distópica de Adous Husley y George Orwell. Es impresionante cómo reaccionamos ante lo desconocido. Por un lado, intentamos despojar el enigma asimilándolo con algo ya vivido, por otra parte,  tratamos de acercarlo lo máximo posible a nuestra realidad aunque ello implique reducirlo a mera fantasía. Se trata entonces, de la difícil tarea de despojar al virus de todos esos añadidos que nuestra sociedad masificada le ha puesto encima y disponernos cada uno  para que el virus entre y remueva los cimientos de nuestro pensamiento ¿Cuáles son las implicaciones que el coronavirus tiene en el aquí y en el ahora?  Es necesario detenernos en este punto exacto en que la pandemia tocó nuestras vidas. No perder el asombro del momento en que todo se detuvo y desde allí dar el paso hacia los nuevos sentidos que este hecho reclama.

En la intimidad de cada vida la pandemia ha desatado una gran cantidad de historias. Los proyectos truncados o postergados indefinidamente, el drama del desempleo o de unas nuevas rutinas que han terminado por derribar las fronteras entre el trabajo y el hogar, las relaciones amorosas destruidas por la distancia o por la excesiva cercanía, la enfermedad o la muerte de algún familiar mediada por unos fríos protocolos de distancia social, el hambre y la angustia de conseguir el dinero necesario para sobrevivir, o la frustración de verse limitado por las medidas de seguridad impuestas por los gobiernos. Todo ello parece exigir nada menos que un cambio radical en concepciones tan esenciales como lo son la vida, la muerte, el amor, el tiempo, la sociedad o el gobierno.

Por ejemplo, la idea que tenemos de la vida, se halla respaldada por esfuerzos médicos, tecnológicos y políticos  que nos han brindado una longevidad de entre sesenta a ochenta años y que nos han otorgado comodidades y libertades que hasta antes de la pandemia creíamos irrefutables. Ante el coronavirus la medicina ha mostrado su vulnerabilidad y ha tenido que ponerse a trabajar a marchas forzadas, en medio del avance del contagio y de las muertes en todos los continentes. Nuestras comodidades y libertades se han visto restringidas y esa vida que proyectábamos hacia el futuro ha debido reducirse a las horas inmediatas que a cada paso se mostraban impredecibles ¿Cómo cambia la vida bajo la amenaza del contagio y la incertidumbre? Y ante la presencia de la muerte en la cotidianidad ¿Qué se entiende por vivir plenamente, por vivir bien? ¿Es acaso esa larga expectativa de vida, una certeza de calidad? Y el amor, el tiempo, la sociedad ¿Cómo se trastoca todo ello por el aislamiento de los cuerpos, por la monotonía de los días o por la suspensión abrupta de los propios proyectos?

Las dinámicas de poder que se esmeran en generar un discurso oficial bajo las etiquetas de “la nueva normalidad” o el uso y el abuso de palabras como resiliencia para monopolizar el modo como se debe experimentar de la pandemia, atentan contra ese derecho que cada uno tiene a vivir desde su propia perspectiva la irrupción de este hecho tan particular.  Para volver a la imagen de Vásquez, podemos ver al covid-19 como esa noticia que detiene la atención de todos en el billar. Pero más aún, el virus es ese hecho que causa la noticia, un hecho violento que rompe la cotidianidad, un asesinato en plena mañana. Ante un acontecimiento como este el orden de las cosas queda suspendido por un momento y antes de dar voz a la algarabía de los noticieros o a las instrucciones oficiales, es necesario dejarse tocar por el horror de semejante hecho y responder de manera adecuada, sin intentos de apropiar o asimilar a ese visitante impredecible.

En este punto es importante aclarar que no me refiero a un cambio utópico que envuelva a todo el mundo, sino al cambio real que cada uno puede fraguar consigo mismo. No obstante, este cambio individual no puede dejar de tener consecuencias políticas. En esta situación todos estamos implicados de una u otra manera y el diálogo se hace necesario como espacio de intercambio y de pensamiento en común.  La vida, la salud o la muerte no se sienten igual de este lado de la pandemia y en esta nueva sensación entran en juego un entramado de realidades que van desde los estilos de vida individual, los sistemas de salud y la gestión de los gobiernos.

En Colombia, llevamos ya bastante tiempo en lo que se podría señalar como un estado de pandemia. En nuestra cotidianidad se ha metido la alarma como un estado habitual y por muchas décadas hemos vivido siempre bajo la amenaza de la violencia en sus pequeñas y grandes manifestaciones. Como a todo el mundo el covid-19 nos tomó por sorpresa, pero la particularidad de nuestro pueblo tiene la característica de habituarse a las amenazas más extrañas. A ello responde la inmunidad subjetiva que empuja a los trabajadores informales a lanzarse a las calles para conseguir el sustento diario o las grandes multitudes que fácilmente olvidan los peligros del coronavirus con el anuncio de un día de descuentos en plena pandemia. Es por eso que en la escena de El ruido de las cosas al caer el magnicidio que trasmiten el noticiero no logra suscitar en los televidentes del billar más que unas leves reacciones sin mucha trascendencia. Nuestra historia, habituada a las grandes convulsiones, nos ha hecho inmunes a la sorpresa. Solo nos queda esperar que la excepcionalidad de esta pandemia y la puesta en evidencia de nuestros lastres sociales puedan suscitar espacios para pensar las cosas de una manera diferente.

BIBLIOGRAFÍA

-Vásquez, J. G., (2011) El ruido de las cosas al Caer, Alfaguara, Bogotá, Colombia.

-Waldenfels, B., (2015) Exploraciones Fenomenológicas acerca de lo Extraño, Siglo XXI Editores, España, Barcelona.

Latinoamérica no duerme

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Con Chile y Bolivia, Nuestra América celebra hoy, el continente ve su ejemplo y se llena de nuevos bríos.

Así, nuestros pueblos van haciendo la historia a través, de sus múltiples expresiones y facetas, cada uno a su manera, con sus líderes y movimientos, de acuerdo con sus experiencias particulares y regionales, cayendo y levantándose, curando sus heridas y regenerando sus tejidos para encarar la lucha contra sus opresores.

No ha sido, ni es una lucha fácil, es la más dura de las disputas contra un enemigo poderoso que dispone de recursos exorbitantes, un enemigo que nos respira en la nuca, que no permite un momento de sosiego y casi no deja desarrollar nuestros planes, porque el trabajo permanente de sabotaje es su especialidad, un enemigo que nos hostiga sutilmente o nos agrede con toda su fuerza bruta, que difama y miente hasta engañarnos a nosotros mismos.

Por eso, ante los ojos de algunos, criticar la obra de los pueblos hermanos resulta “procedente” y hasta conveniente, resaltar sus errores y defectos es atractivo, pero si se entiende la capacidad del enemigo que enfrentamos y la dureza de esta lucha, caemos en la cuenta que la cuestión no es tan “mamey” como puede parecer.

No obstante, si el Pentágono, la CIA, la Casa Blanca y todo el andamiaje imperial no descansa en sus intentos de dominar Nuestra América, también es necesario decir que Latinoamérica no duerme, ni ceja en la lucha histórica por su liberación.

Quizá las masas desarrapadas no distinguen claramente el rostro de sus adversarios, con nombres propios y cargos, no saben quién es el secretario general de la OEA, ni el presidente del BM o el FMI, pero sí conocen bien la precariedad, el hambre y la exclusión a que son sometidos, eso lo conocen de sobra y contra eso luchan, desatando su frustración y rabia contra todo lo que representa al sistema de miseria que padecen, contra lo que huela a la autoridad que los sojuzga.

Décadas de intentos por una y otra vía, de experiencias ahogadas en sangre, de dolor y padecimientos, se van conjugando en una fusión de colores y entonaciones que, con diversos énfasis y acentos, expresan lo mismo aquí y allá: la esperanza de vivir con dignidad, como seres humanos.

Ahí va, entonces, Nuestra América, aprendiendo y ganando terreno, emergiendo del suburbio que bulle, de la vereda pintoresca, del Macondo genial. Ahí va Nuestra América gentil, aun sonriendo por su desgracia, porque sabemos reírnos de nosotros mismos, pero también sabemos resistir, luchar y ya vamos haciendo carrera en ganar: ahí va la América Nuestra, mestiza y diversa, acrisolando la magia que enriquece a la especie humana.

El enemigo se preocupa porque sabe que Nuestra América vibra, que el legado de nuestros referentes perdura imborrable a través del tiempo. La energía fluye, la alegría retumba, la esperanza crece en la tierra de Anacaona y Benkos, de Atahualpa y Camejo, de Bolívar y Artigas, de Martí y Manuelita, de Mariana y San Martín.

El enemigo es peligroso y cruel, el camino es arduo, es “culebrero”… Pero vamos juntos y se hace más llevadero, porque la América Latina ha entendido que es una sola alma clamando justicia, por eso no duerme, hace vigilia en el amanecer de la nueva era.

 

El hijo legítimo del estado paramilitar

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El viernes pasado Salvatore Mancuso, ex jefe y ultimo comandante de la Autodefensas Unidas de Colombia, participó del encuentro por la Verdad Indígena convocado por la Comisión de la Verdad, lugar desde donde el ex jefe paramilitar de nuevo reiteró la colaboración del Estado, las fuerzas armadas y políticos para las acciones de los grupos bajo su mando.

Una de las grandes revelaciones de Mancuso fue sobre cómo el Estado entregaba información de los indígenas, su locación y de qué manera “ejercían presión” contra gobiernos regionales y el nacional, motivo por el que debían ser amenazados, desplazados y asesinados por los grupos paramilitares en una especie de “favor” en la lucha contrainsurgente.

Contrario a Mancuso, el también ex jefe paramilitar Jorge 40 en sus declaraciones y pedido de perdón en el evento de la Comisión de la Verdad, no dijo, ni mostró intención de revelar nada, al contrario, dentro de su discurso aún reconoce a las Autodefensas como un grupo activo y legítimo, incluso, pidió perdón en nombre de la organización. El no reconocerse como victimario es uno de los grandes rasgos discursivos de quienes participaron del proceso de Justicia y Paz.

Posteriormente Mancuso declaró en la audiencia que se llevó a cabo la semana pasada en el Tribunal Superior de Barranquilla por los procesos de Justicia y Paz; que es un “hijo legítimo” de la política paramilitar del Estado colombiano, explicó que sus constantes señalamientos a reconocidos políticos y empresarios del país es lo que ha generado que se le diga mentiroso para evitar que sus declaraciones sean tomadas como una prueba legal para abrir procesos judiciales en contra de estas personas.

Recordó que denunció a Francisco Santos Calderón ex vicepresidente y hoy actual embajador de Colombia en Estados Unidos, por solicitar que se montaran grupos paramilitares en algunas regiones del país y que, sin embargo, no ha pasado nada judicial, ni políticamente, caso contrario, al ex presidente de FEDEGAN quien fue condenado por los mismos señalamientos.

Las declaraciones de Salvatore Mancuso en estos espacios no deben ser pasadas por alto, es necesario exigir la investigación de todo nombre que aparezca relacionado en la financiación, colaboración y expansión del paramilitarismo en el país. Para nadie es un secreto que este grupo presionó a poblaciones de diferentes regiones para elegir políticos que le dieron a cambio control de territorios y comunidades enteras con la complicidad y apoyo de las fuerzas armadas del país, versión que a pesar de la extradición y de las trabas jurídicas Mancuso ha mantenido, y se han confirmado en declaraciones de otros ex integrantes tanto del paramilitarismo como ex militares retirados o en procesos judiciales en el marco del conflicto.

Algo impactante más no inesperado es que, después de estas nuevas declaraciones del ex jefe paramilitar a la jueza que lo interrogó, fue que le llegó un manuscrito amenazándola de muerte si seguía preguntando “cosas indebidas” a Mancuso. La verdad siempre ha sido un arma que pone a temblar a quienes por años han sembrado incertidumbre, muerte y dolor para mantenerse en el poder.

Participación democrática para sanar nuestros males

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El Estado colombiano y gran parte de nuestra sociedad están tan enfermos y carentes de propósitos, que es fácil dudar de la posibilidad de sanar sus males sin una regeneración absoluta.

Dos siglos de corrupción impulsada desde las altas esferas del poder generó que este flagelo se haya arraigado en la sociedad, considerándose una práctica normal; dos siglos de violencia ejercida por el Estado y sus instituciones a través de una clase política que se dispuso a resolver toda contradicción y diferencia por medio de la guerra, produjo una sociedad belicosa, sumamente violenta, intolerante, en la que toda discrepancia, por pequeña que sea, se resuelve a golpes o bala; dos siglos de sometimiento de la mayoría de la población a la pobreza y miseria más aberrantes, condujeron a nuestro pueblo al destino cruel de la cárcel o la tumba.

La inversión del sentido común y de los principios del derecho constitucional que se abrió paso con la desaparición física de Bolívar, impuso la voluntad de una casta reducida y presuntuosa por encima de la voluntad del pueblo y sirvió de cobertizo a los devaneos de quienes ostentan el poder amparados por una institucionalidad y un marco legal funcionales a sus intereses, que sirve de alfombra para la tragedia de nuestro país.

El Estado, sus instituciones y formas, generaron una sociedad en que la vida no tiene valor, la sociedad no tiene propósitos, la esperanza es cuestión lejana y vaga, determinada por lo que trae la marea diariamente o lo que, por ventura, llevase un camión que se volcó en la carretera.

La condición humana se ha degradado porque quienes debían salvaguardarla, la han prostituido, la han rebajado a su mínima expresión: el individuo y la sociedad van por la vida cuales zombis, en harapos y hambrientos, sin metas, ni horizontes claros.

Por eso, las soluciones en nuestro país empiezan por resignificar la condición humana, dándole el valor sagrado que la recubre en toda sociedad o colectivo inspirado por principios humanistas.

Resignificar la condición humana y la vida en Colombia es, de por sí, revolucionar nuestra conciencia y mentalidad para operar los cambios materiales que deben emprenderse: revolucionar la conciencia y la vida material van de la mano, deben desarrollarse simultáneamente, porque ambas dimensiones se retroalimentan, por eso las predicas celestiales y buenas intenciones espirituales no sirven si no van acompañadas de cambios materiales y, viceversa, los cambios materiales sirven muy poco si no se cultiva la cultura del individuo y la sociedad.

Tan ambiciosa y necesaria obra no podrá ser trabajo de unas cuantas personas, tendrá que ser el producto colectivo más ingente que nos propongamos: para sanar las úlceras que nos carcomen, no imagino otra forma que la participación del conjunto de la población en las decisiones respecto a cómo organizar el Estado y la sociedad, me atrevo a decir que tal planteamiento no es siquiera surgido de mis convicciones ideológicas, sino de la observación cotidiana y el estudio de la historia: no hay otra manera para reponer la salud da la patria y trazar propósitos colectivos, que la participación en masa de la gente.

Ahora bien, la dirigencia nacional más honesta debe conducir el país por este rumbo de la democratización de la vida, convocando a la sociedad a debatir y discutir, soñar y materializar.

«Una Asamblea Nacional Constituyente que forje un nuevo pacto, no el de unos cuantos, sino un pacto de la sociedad en su conjunto, en el que esta defina el rumbo a tomar y sus formas de avanzar»

El carácter masivo de este camino no debe asustarnos, siempre habrán formas de hacerlo, siempre se podrán crear los mecanismos, porque, precisamente, de lo que se trata es de crear: la democracia, al ser un ejercicio colectivo permanente, es creadora por naturaleza.

Los anales de la historia y la política no enseñan un mecanismo más idóneo para todo esto que aquel que ha recibido por nombre “Asamblea Nacional Constituyente”, la nuestra debe responder a un proceso constituyente previo y también ulterior, y ser tan gigantesca como profunda, de modo que remueva la esencia noble y benévola de nuestro ser, asentada en lo hondo de nuestra alma colectiva, para hacerla emerger, aquella esencia que, no obstante los padecimientos sufridos, aun extiende la mano para ayudar, brinda sonriente la tasa de café y comparte las escasas alegrías de la vida en vecindad, resistiéndose a perecer del todo y librando la lucha silenciosa pero tenaz contra la sinrazón de la muerte y la mezquindad.

Una Asamblea Nacional Constituyente que forje un nuevo pacto, no el de unos cuantos, sino un pacto de la sociedad en su conjunto, en el que esta defina el rumbo a tomar y sus formas de avanzar; no una Asamblea Nacional Constituyente limitada, sino una que abra los surcos dilatados de la creación social para resignificar la condición humana en nuestro entorno.

La participación masiva en la configuración del Estado y del espíritu social, darán como resultado unas instituciones jurídicas y morales que serán reflejo de la sociedad, tal como lo determina la más sana lógica del derecho constitucional, la cual señala que las instituciones no deben ser camisas de fuerza que se ponen por encima del ser humano e impiden su desarrollo, sino más bien deben surgir del seno de la sociedad para ser imagen y semejanza de la misma en su ejercicio de autorregulación y desarrollo progresivo.

Es necesario colocar las cosas en su sitio, para ello habrá que recurrir a la fuente más legítima de la concepción republicana que inspiró nuestros orígenes: la ley emanando de la voluntad popular para constituirse en soberanía.

Todxs somos minga

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Como a muchos el término “Minga” les es desconocido, y como aquí nos es importante ponernos en contexto, partimos por decir que se trata de un “símbolo del trabajo solidario de los pueblos tanto indígenas, como campesinos, que en las comunidades afrocolombianas tiene otros nombres, pero qué significa el trabajar, el compartir, el ayudar, el avanzar desde nosotrxs mismxs”.

Esta palabra maravillosa guarda en sus entrañas una tradición precolombina que se orienta a un sentido comunitario o colectivo que en nuestro país ha buscado y construido a lo largo del tiempo, una utilidad social y política.

¿Y cómo se construye esta Minga? A través del diálogo, ese mismo que a Colombia le ha costado miles de vidas, y en el cual seguimos caminando en la actualidad, “el debate y la conversa” son las piezas fundamentales de la minga, es lo que le da vida a la misma.

Personalmente, la minga además de ser una práctica ancestral, me parece también un mecanismo de participación ciudadana y comunitaria, efectiva, sentida, pensada, repensada y democrática, esta última porque recoge las luchas de los pueblos, movimientos, comunidades, grupos y colectivos, es decir, es una lucha donde cabemos todxs.

Aún muy ingenuamente y desde la capacidad de asombro que pervive en mí, no puedo creer que este tipo de organización y herramienta política de resistencia, haya permanecido durante tanto tiempo (porque esta no es la primera y no será la última minga que se hará) y que siga reuniendo a los diferentes pueblos desde sus reclamos, sus reivindicaciones y sus diversas luchas. Para los que hemos estudiado y vivido los movimientos sociales sabemos de antemano que poner un pliego de peticiones común donde nos podamos sentir recogidos todxs o una gran mayoría, es un reto demasiado difícil, dado que este, está permeado por las asimetrías, los desencuentros e incluso los desazones que como pueden desarticular procesos ya preestablecidos, también puede permitir la unión de todxs las voces.

Pero no me malinterpreten no la percibo como un proceso perfecto ni mucho menos totalmente acabado, como lo dije anteriormente también es imperfecta y se encuentra en constante construcción y movimiento.

La minga que llegó el domingo 18 de octubre a la capital de nuestro país, empezó el pasado 10 de octubre movilizándose desde el Cauca, en búsqueda de ese diálogo que ella misma gesta, está conformada específicamente por indígenas del suroccidente de Colombia, de los departamentos de Caldas, Cauca, Nariño, Huila, Valle y Putumayo, junto a campesinos, mujeres, estudiantes, sindicalistas, mestizos, profesores, líderes sociales y de colombianos de a pie y en bicicleta, donde la principal motivación  se centran en el respeto y defensa de la vida ( en todas sus formas), el territorio, la  democracia y la paz.

Dentro del pliego de peticiones se encuentra peticiones encaminadas a:

  • Respeto al ejercicio del derecho fundamental de los pueblos a la consulta previa libre e informada.
  • Garantías para el ejercicio del derecho fundamental a la protesta social.
  • Proteger y garantizar los derechos de las mujeres frente a los feminicidios y todas las formas de violencia, abuso y estigmatización.
  • Construcción de una política pública integral de respeto y garantía para la defensa de DDHH.
  • Reforma de la doctrina militar de seguridad nacional que ve en la población un enemigo, interno y transformación hacia una política de seguridad para la paz.
  • Cumplimiento de los acuerdos con las organizaciones sociales.
  • Implementación de los acuerdos de paz de la habana, continuidad con los diálogos con el ELN.
  • Respeto a las decisiones judiciales por parte del ejecutivo y no desmonte de las cortes.
  • Reconocimiento y desmonte de grupos paramilitares que operan en el país.
  • Realizar una verdadera reforma agraria integral estructural, desde los pueblos, comunidades, sectores sociales y populares del país.
  • No a la política extractivista que atenta contra los territorios de las comunidades y las poblaciones locales.[1]

Entender este pliego de peticiones es comprender que la minga reúne a todxs lxs colombianxs, que busca la transformación de la realidad de nuestro país, del ineficaz avance de diálogos fallidos e incumplidos por parte de  ministros y miembros del gobierno actual, los cuales además  se niegan a cumplir lo pactado a nivel local, regional y nacional, y es  a su vez cómplice de la nueva ola de violencia que resurge por el incumplimiento de lo pactado en la Habana, la entrada de las multinacionales al país y la militarización de la vida y los territorios, la toma del poder del paramilitarismo que imposibilitan la  construcción de una política de paz, a través del vigilar y castigar como lo planteaba Foucault, la estigmatización y criminalización de la protesta social, la disminución de los derechos sociales y económicos y la transformación de las cortes para beneficio de miembros de gobiernos abandonando las bases de un Estado Social de Derecho, como lo dicta la Constitución.

Como Colombianas y Colombianos es de vital importancia apoyar este tradicional tipo de mecanismo de participación ciudadana (desde nuestras posibilidades), que de manera contundente busca la transformación del país desde lo estructural, lo común, y lo particular, lo personal y lo comunitario, que permitirá conjuntamente la disminución de la brechas sociales desiguales que enfrentamos todxs al día de hoy (de manera directa o indirecta), y que sobre todas las cosas busca proteger la vida en todas sus formas, porque recordemos que ¡Solo el pueblo salva al pueblo! Y no solo lo salva, lo conoce, lo interpela y asimismo actúa para cambiarlo.

[1] Tomados de: Twitter de Cridec y textos del Cric.

Algo más que una efeméride sobre Rafael Uribe Uribe

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Porque vivimos a golpes
Porque apenas sí nos dejan
Decir que somos quien somos.
Nuestros cantares no pueden ser
Sin pecado un adorno;
Estamos tocando el fondo,
Estamos tocando el fondo.
Gabriel Celaya

Nació el 12 de abril de 1859 y el 15 de octubre de 1914 fue asesinado el general, gramático, periodista y parlamentario colombiano Rafael Uribe Uribe. Al día de hoy, el señor Uribe Uribe no es tan recordado como hace cien años, cuando su nombre retumbaba la geografía nacional, siendo asociada a su figura una imagen rebelde y plebeya, con la que se identificaban el artesanado liberal no librecambista y la naciente clase obrera que empezaba a enarbolar las ideas socialistas. 

Pese a venir de un segmento social relativamente acomodado afín al liberalismo, el general Uribe Uribe se distanció de las oligarquías conservadoras y liberales, y se identificó con un tipo de liberalismo que hoy en día podríamos asociar con la socialdemocracia o el progresismo.  

Al respecto, cabe citar un fragmento de uno de sus discursos más conocidos, pronunciado en octubre de 1904, ante el teatro municipal de Bogotá, en donde sintetizaba las coordenadas generales de sus propuestas en materia de política económica, con sus efectos en el ámbito social y cultural:


"Para esto proponen los socialistas varios medios, desde el impuesto progresivo sobre la renta y el aumento proporcional del Impuesto sobre la riqueza raíz, a partir de una cifra de capital determinado, hasta la exención de todo derecho para los artículos de primera necesidad, y otras medidas análogas.
¿Se sale esta petición socialista de los límites de una discusión aceptable y aun de una aplicación práctica posible?
(…) Finalmente enumeraré en bloque algunas otras de las aspiraciones socialistas, no impracticables en Colombia. Protección racional a las industrias nacionales (…), participación de los obreros asalariados en las ganancias de la industria o explotación en que se ocupan; (…) hacer que el salario del obrero no se limite a lo puramente necesario para asegurar su subsistencia física, o hacer que ese salario y el tiempo que representa correspondan a la adquisición de mayor número de artículos o de servicios, inclusive su mejora moral y su progreso intelectual”.

Rafael Uribe Uribe recibió instrucción militar en su formación académica, como era costumbre a fines del siglo XIX. A temprana edad se involucró en las guerras civiles en defensa del gobierno del liberalismo radical, destacándose rápidamente y ascendiendo en grado militar. En 1880 llega a la presidencia el liberal Rafael Núñez, con el respaldo del conservatismo y de sectores liberales e inaugura el periodo de la “regeneración”, que fundiría al Estado con la Iglesia Católica, y tal como lo resaltan los historiadores Renán Vega y Mario Aguilera Peña, desharía en la práctica la noción republicana de ciudadanía, heredera de la revolución francesa, para formar a cristianos obedientes de los mandatos estatales y religiosos, emanados desde el partido de gobierno y la interpretación doctrinal de la alta jerarquía eclesial, nostálgica de la hispanidad y los tiempos coloniales.

Uribe Uribe no guardó una opinión favorable a la regeneración, por el contrario, no tardó en declararse en oposición: “La Regeneración ha desnaturalizado por completo, la noción de gobierno, y ha llegado hasta a alterar la forma y los fines de la sociedad misma; los gobernantes han olvidado que no ejercen el poder sino por delegación popular, y en ningún caso por derecho propio, para ejercer su capricho, no para su gusto a capricho personal”.

“La Regeneración ha desnaturalizado por completo, la noción de gobierno, y ha llegado hasta a alterar la forma y los fines de la sociedad misma«

En 1899 estalló en Santander la Guerra de los Mil Días, el ambiente estaba caldeado, la participación política estaba restringida para los liberales no gobiernistas y el gobierno facilitaba la alta concentración de la tierra y la riqueza. Algunos jefes liberales se declararon en rebelión y los liberales que habían participado en las guerras civiles no tardaron en sumarse, como Rafael Uribe Uribe.

Los liberales sublevados esperaban ganar ante un ejército debilitado y desorganizado, pero el resultado fue distinto cuando vieron el desangre de los sectores populares y el oportunismo de los Estados Unidos para aprovechar el tiempo de crisis y contribuir con la independencia de Panamá, porque facilitaba sus intereses económicos detrás del canal. Notaron que vencer no era una opción. La guerra finalizó con el triunfo de los conservadores en 1902.

Al respecto, diría Rafael Uribe Uribe:

“Yo he podido renunciar, como en efecto he renunciado, una vez por todas y para siempre, a ser un revolucionario con las armas, pero no he renunciado a ser un revolucionario y un agitador en el campo de las ideas. Cada mañana toco tropas a las que he venido profesando, y pasada la revista revaluadora, doy de baja sin pena a las que hallo inútiles para el servicio y las repongo con otras jóvenes y robustas.”

Tras la guerra, asumió con más firmeza su perfil político y pronto se destacó como uno de los más notables dirigentes liberales, cuya fuerza radicaba en el respaldo popular antes que en la riqueza, como el caso de la oligarquía liberal. 

El 15 de octubre falleció Rafael Uribe Uribe. Horas antes, después del medio día, había sido herido de muerte. Los mangos de las hachuelas que impactarían la cabeza del general, conocido como el apóstol de la paz, fueron sostenidas por dos conservadores: Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal. Su asesinato fue perpetrado en un lugar paradójico, haciendo del hecho una metáfora de la historia patria o una burla a los sueños de democratización, su vida fue cegada en el costado oriental del Capitolio, sede del Congreso de la República.

El joven Jorge Eliécer Gaitán diría ante su tumba:

 “Parecía que el patriotismo y la democracia quisieron ahogarle entre sus brazos. Uribe escribió con la punta de su espada una página de libertad en el alma de Colombia, y con su pluma una aureola de grandeza en el cielo de la América”.

Estas palabras no son el producto de una efeméride, sino el fruto de una exposición de arte que me conmovió profundamente: Otra victoria así y estamos perdidos, una obra de Ana María Montenegro, con la participación de Marcia Cabrera y Vladimir Giraldo, que conjuga la instalación, el cine y el teatro, para hacer un ejercicio de memoria histórica desde el Espacio Odeón, al reconstruir un film por medio del texto, los sonidos, la oscuridad y el frío de la noche, las consignas y las voces de indignación. Una película cuyas imágenes quedaron únicamente retratadas en la letra impresa de los periódicos de la época: El drama del 15 de octubre, de los hermanos Di Domenico, basada en el asesinato y funeral masivo de Rafael Uribe Uribe.

La reconstrucción escalofriante y emotiva de la película se va articulando gradualmente con la investigación de Marco Tulio Anzola Samper, publicada en 1917 con el nombre: ¿Quiénes son?, que no fue tenida en cuenta en el caso del asesinato y que develó las conexiones entre los autores materiales con los autores intelectuales pertenecientes a los altos cargos del partido conservador y del poder público.

Este artículo no tiene la intención ni la capacidad de describir la obra, esto la despojaría de la enorme carga emotiva y política que tiene para movilizar afectos y reflexiones de distinta índole en tan solo 45 minutos de presentación. Solo puedo decir que, después de la proyección, consiguen tejer el pasado con el presente, recordando al público distintos magnicidios con nombre propio y el asesinato sistemático de excombatientes y de líderes y líderesas sociales, mostrando como el escenario del asesinato procura siempre el mayor número de espectadores, para que las miradas se posen sobre los autores materiales, haciendo perder de vista la responsabilidad política de los autores intelectuales.

Un gran muro se extiende en uno de los pisos de Espacio Odeón con la pregunta: ¿Quiénes son? Antes de llegar a la instalación de una terrible galería: cientos de derechos de petición dirigidos a la fiscalía, preguntando si hay investigaciones en curso sobre los nombres de excombatientes y líderes asesinados.

En el último piso queda uno de pie, con un nudo en la garganta, preguntándose no solo ¿Quiénes son?, también ¿Quiénes fueron? y ¿Por qué?

La obra fue presentada del 3 de septiembre al 4 de octubre de 2020, con una puesta en escena adicional el 15 de octubre, en conmemoración del asesinato de Rafael Uribe Uribe. Espero que la obra pueda ser presentada nuevamente, al ser una expresión artística no solo relevante sino necesaria para incomodar e impugnar la normalización de la antidemocracia y la muerte. 

Polémica por borrador de protocolo de atención a la protesta en Bogotá

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Bogotá, 16 de octubre de 2020. A la Revista Hekatombe llegó lo que parece ser el borrador del nuevo decreto de protesta, que será presentado por el Secretario de Gobierno Luis Ernesto Gómez, según nos informan, el próximo martes 20 de octubre.

El nuevo decreto lleva por nombre: Protocolo para la coordinación de acciones para la protección del derecho a la protesta pacífica ciudadana y de reacción, uso y verificación de la fuerza legítima del Estado”. Desde hace varias semanas se han escuchado rumores sobre la “actualización” del protocolo de protesta que fue construido de la mano con algunas organizaciones sociales durante la alcaldía de Gustavo Petro.

Semanas después de que la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior de Cundinamarca obligaran a garantizar el Derecho Fundamental a la protesta, se materializa la propuesta de la alcaldía de Claudia López en cabeza de su secretario de gobierno.

El abogado David Flórez denunció en su cuenta de Twitter:

Y la Red Popular de Derechos Humanos señala que la alcaldía no involucró a las organizaciones en su construcción:

La defensora de Derechos Humanos Isabel Fajardo hace una reconstrucción del proceso de diálogo que dio pie al protocolo que hoy se pretende modificar:

Desde el equipo de la Revista Hekatombe identificamos algunos de los cambios hechos al decreto original, de acuerdo con lo que parece ser el borrador de nuevo decreto:

1. No se trata de la actualización del Decreto 563 de 2015, sino que la propuesta del Secretario de Gobierno Luis Ernesto Gómez es presentar un nuevo decreto, pues cambia cerca del 90% del documento original.

2. El Decreto 563 de 2015 parte del reconocimiento de los artículos 38 y 39 de la Constitución Política para el desarrollo de las medidas que constituyen el protocolo de protesta, estos son reemplazados en la propuesta del secretario de gobierno por una serie de artículos de la Constitución que señalan el papel de la fuerza pública, el alcalde como primera autoridad, la protección de la ciudadanía, pero que no dejan de manera explícita el derecho a la protesta, lo que resulta curioso, en un protocolo de protesta.

3. El protocolo original plantea unos principios sobre los que deberían regirse la fuerza pública y las autoridades distritales, como dignidad humana, proporcionalidad, razonabilidad, igualdad, solidaridad, celeridad, coordinación y eficacia. En la actualización los principios son eliminados. La propuesta del secretario de gobierno Luis Ernesto Gómez plantea unas tipologías de la protesta tomadas de la CIDH; en estas incluye el artículo 27 del Código de Policía, aumentando la legitimidad de las acciones de esta y ampliando su carácter de juez a la hora de determinar acciones que ellos consideren violentas, entendiendo que se ha generalizado la definición de actos violentos como pintar una pared, arengar contra la fuerza pública, bloquear una vía o grabar una detención arbitraria.

4. La propuesta plantea que serán miembros de la policía quienes determinen la gravedad y peligrosidad de una acción para actuar, lo que representa un peligro para la ciudadanía, teniendo en cuenta, por ejemplo, la masacre del pasado 9 de septiembre. El secretario de gobierno desconoce las denuncias por abuso policial presentadas por diferentes organizaciones defensoras de Derechos Humanos en este punto.

5. Plantea la existencia de una mesa con mayor representación estatal en la que participarán “tres delegados de los organizadores que convocan protestas pacíficas “, no queda claro cuáles son los criterios para participar y tampoco qué se entiende por protesta pacífica, en tanto se desconoce el carácter disruptivo de esta.

6. En los escenarios para que el Puesto de Mando Unificado considere la actuación de la policía está básicamente obstruir vías sin previo aviso a la alcaldía y “cuando se evidencia la comisión de delitos, tales como: hurto, extorsión, lesiones personales”, confundiendo un escenario de movilización social, con un encuentro de delincuencia común.

7. Exigen que las y los defensores de Derechos Humanos estén registrados en la Mesa de Seguimiento, el texto no justifica esta medida, cabe preguntarse ¿Cuál es el interés de obstaculizar y reglamentar el trabajo de las y los defensores de derechos humanos en jornadas de movilización?

8. Crea una Comisión de Verificación e Intervención de la Sociedad Civil, que entre sus deberes contempla “Colaborar con las autoridades para que no se perturben o afecte el derecho a la manifestación pacífica ni el orden público ni los derechos de otras personas” ¿Cómo se puede interpretar esa “colaboración”?

9. Plantea la conformación de equipos de diálogo, para buscar “mecanismos alternativos de solución de conflictos, la mediación policial establecida en el artículo 149 del Código de Policía y la generación de confianza entre la ciudadanía y las autoridades”, una propuesta que en el papel suena muy bien, pero que desconoce la dinámica de la movilización social, pretende vulnerar y deslegitimar el derecho a la protesta con esta “búsqueda de otros mecanismos alternativos”.

10. Propone que quienes convocan a la protesta asuman un rol de control omnipresente en la movilización y disciplinen a quienes adelanten actos violentos, que insistimos, pueden ir, según la lógica sobre la que está pensada esta propuesta, desde rayar paredes hasta arengar contra la fuerza pública y la institucionalidad.

11. En el apartado del quehacer de las autoridades ante la ocurrencia de actos violentos indica que el rol de quien protesta es el de señalar a quien proteste con la pinta de paredes, convoque al bloqueo de vías, arengue contra la fuerza pública o la institucionalidad.

En el enlace encontrarán los documentos comparados para que se facilite su análisis.

En Contexto 

La protesta social es una expresión de participación social que tiene como intención, la manifestación de una una inconformidad o de una demanda particular, mediante mecanismos que tienen el propósito de alterar la cotidianidad para llamar la atención de la sociedad y conseguir escenarios de diálogo y negociación con la institucionalidad, o bien, impugnar el marco institucional. En ese sentido, se constituye en un ejercicio de dinamización, ampliación e incluso de renovación de la democracia.

Siendo su mecanismo fundamental la alteración de la cotidianidad, la protesta social se vale de diversos repertorios que varían en función del actor que la convoca, de los grupos políticos que participan, y de la condición social de la ciudadanía que la ejerce. En Colombia, con motivo de un proceso histórico de conservatización social y a la existencia de un conflicto armado, ha tenido lugar una tendencia a asumir con cierto recelo la protesta social y a criminalizarla, por no estar enmarcada en los canales institucionales convencionales. Esto ha llevado al fenómeno que el antropólogo y politólogo Francisco Gutiérrez denomina “anomalía colombiana”, y que el politólogo Edwin Cruz describe como la:

“existencia de un régimen formalmente democrático con una competencia electoral prácticamente ininterrumpida y, simultáneamente, índices de represión superiores en muchos casos a los registrados en regímenes autoritarios como las dictaduras del Cono Sur. Así pues, la represión de la protesta social no consigue establecerse como un problema socialmente relevante dado que, por su permanencia histórica, prácticamente reviste un cierto carácter de ‘normalidad’, lo cual resulta preocupante en una sociedad al mismo tiempo en guerra y atravesada por multiplicidad de conflictos”.

En Colombia entonces, tanto los imaginarios conservadores en torno a la protesta, como la respuestas institucionales para tramitarla, han tenido una tendencia histórica a asumir la represión como la medida por antonomasia para atender esta expresión de participación social.

Para cerrar, la propuesta de la alcaldía nos hizo recordar el protocolo antiprotesta del gobierno nacional:

Defender lo público. Análisis del momento presente

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 “hay conocimiento solo a la manera de un relámpago”. Walter Benjamín

 

La Lucha es manifestada por las formas de preservar o anular la vida. Biopolítica, Inmunidad y comunidad. Es la tesis fundamental del filósofo Esposito. Como éste es un artículo de opinión y no un ensayo filosófico diremos, nada más, que el poder soberano actúa como un cuerpo que busca preservar y reproducir ciertas formas de vida, y dejar morir otras. Nos obligan a nacer en condiciones deplorables, sin importar sin estas condiciones nos lleven a la muerte, pues existen dispositivos que logran mantener a flote un número importante de estas vidas precarias. Pero por otro lado se prohíbe abortar. En ese sentido al analizar la política, y las políticas debemos precisar el componente económico que el viejo Marx siempre señalaba, pero también la biopolítica, como ese modelo produce ciertos tipos de vida y las modela.

En este caso nos interesa analizar el tema de la educación pública estatal. Es decir aquella educación que se ofrece para todos los sectores de la sociedad, pero que es financiada y administrada por el Estado. En primer lugar, hablemos del acceso. Para que sea pública, el acceso debe ser para el conjunto de la sociedad. En las universidades públicas por su imposibilidad de matrícula, y con la intencionalidad de mantener un nivel académico alto, existen pruebas de admisión. De entrada, estas universidades son del Estado y mayoritariamente financiadas y administradas por este, pero el acceso es aun limitado. ¿De dónde salen los estudiantes que ingresan a dichas instituciones? Mayoritariamente de los colegios privados. Como lo señala Julián de Zubiria, solo el 10 % de los estudiantes de estrato 1 logran entrar a la universidad. Entonces podemos decir que la defensa de la universidad pública ha venido agitando dos banderas: mantener la financiación estatal, y transformar las posibilidades de acceso de los sectores populares. Sobre estas banderas volveremos más adelante.

En la educación básica y media sucede lo contrario. El acceso según FECODE está por cerca de 2 millones y medio de niños, niñas y jóvenes en el sector público. En Bogotá, según la SED, se tiene el 49% del total de la matrícula, para un total de unos 770 mil estudiantes. Podemos decir que en este caso el acceso es real, en la medida en que no hay filtros para el ingreso. Sin embargo, el nivel académico de los niños y las niñas no es el mejor desde los modelos de calidad gubernamentales.

El asunto es complejo, porque hay al menos 4 variables para el éxito educativo. Estas variables influyen sobre todo en la institución escolar.  En primer lugar, el contexto. Niños y niñas que vienen huyendo de regiones con conflicto armado, barrios sin servicios públicos, con micro tráfico, desempleo, hambre, violencia basada en género, violencia social, son algunas de las dificultades para poder pensar en Sócrates, o en el cálculo diferencial. Los contenidos que se piden en las políticas públicas no están anclados a la existencia concreta de estos y estas jóvenes. El segundo elemento es el capital cultural de los padres. Poner una extensa tarea de inglés, para hacer en casa, donde en primer lugar no hay internet, solo datos para Facebook y WhatsApp, y en segundo lugar con padres que difícilmente terminaron el bachillerato, es un ejercicio estéril donde se sabe el resultado: la tarea no se hará. Muy diferente la situación de un niño del colegio británico, quien tiene tutor, internet, padres con posgrados y formación bilingüe desde la cuna.  El tercer factor es él y la estudiante misma, sus intereses y los sentidos que tiene de la educación. Para este contexto el sentido de la educación es pobre en la medida que no es un motor de movilidad necesariamente.  El estudiante al salir del bachillerato en un 50% queda en desempleo, y quienes estudian en una universidad privada, tardan más o menos 10 años en recuperar el dinero invertido. De este modo los estudiantes de manera pragmática saben que estudiar no transforma su vida de manera tan fácil. De nuevo, en el británico estudiar significa poder ir a Europa a hacer un pregrado y volver a administrar el capital familiar.

Y por último está el maestro. El partido de gobierno se ha empeñado en señalar que el maestro y la maestra es el nodo del fracaso educativo, y en este proceso su incidencia es de un 25%. Es verdad que hay maestros y maestras que quizá no preparan clase, que quizá sienten que son intocables, y no hacen clases innovadoras y didácticas. A ese respecto diremos que debemos construir una evaluación no punitiva y que mejore el quehacer pedagógico. Hasta ahora las evaluaciones estatales como la ECDF, solo son barreras de acceso a un ascenso justo, por realizar maestrías y posgrados en general. Pero se ha mostrado deficiente para evaluar el saber pedagógico, y para construir propuestas colectivas y dialogadas de mejora.

Volvemos a las banderas de la educación superior pública: accesibilidad y financiación. Recientemente el partido Centro Democrático en cabeza de Paloma Valencia y de Martha Lucia Ramírez, ha vendido la idea de la alianza público privada, como un derecho de los padres de escoger donde educar a sus hijos e hijas. Suena democrático, igual que SER pilo paga, y el nuevo programa generación E, en apariencia el estudiante pilo es libre, y puede decidir donde estudiar, incluso en los Andes o en la Javeriana. Con todos los gastos pagos. En el caso de la básica, también puede elegir un colegio de Colsubsidio o Cafam, y también sin ningún costo. El asunto es más complejo. En primer lugar, no garantiza el acceso a todos y todas. Los estudiantes promedio, o con bajos resultados que son los que menos elementos tienen a su favor en los factores del éxito educativo (contexto, capital cultural de los padres, maestrxs y estudiantes) no ingresarán ni a la U pública ni a la U privada. En los colegios con administración privada es igual, el estudiante “problema” debe salir para no bajar el nivel académico, son expulsados y terminan en los colegios públicos, que de nuevo tendrán un fracaso escolar. En segundo lugar, los recursos que destina el Estado son más altos para hacer funcionar un concesionado, o la beca de los estudiantes. De fondo hay un cartel financiero y de contratación de lo público.

Es por esta razón por la que nuestra propuesta pasa por una educación pública y de calidad, que les garantice a los y las estudiantes condiciones de posibilidad para construir un proyecto de vida viable, social y colectivo, que por supuesto le apueste al mejoramiento de las practicas docentes, pero también en la transformación del contexto y de la economía, para que los estudiantes encuentren sentido al saber. En los últimos 20 años la educación perdió 80 billones de pesos, quizá con esos recursos el nivel académico sería más alto. Hasta hace 4 años los y las maestras eran los profesionales peor pagos. No es fácil pensar con el estómago vacío. Por esta razón los griegos hablaban del diagogos (ocio digno) la liberación de las dificultades materiales para poder construir conocimiento. Quizá esa es la condición sine qua non es imposible una educación de alto nivel.

Pd. Recientemente en Revista Semana se generó una polémica entre Paloma valencia y FECODE por un crucigrama realizado por una docente donde se preguntaba por el presidente que lo dio todo por la paz (Santos) y su enemigo (Uribe). Al decir del partido de gobierno, eso es adoctrinar. Queremos decir que el crucigrama está mal planteado. Al ofrecer este tipo de estrategias, preguntas de tipo cerrada y objetivas, la maestra debió colocar: premio nobel de paz y firmante del acuerdo con la guerrilla más antigua del continente (Santos) y expresidente que se encuentra preso, y con múltiples investigaciones por la justicia colombiana (Uribe). Son hechos y el estudiante o la estudiante en su libertad de pensamiento pueden indagar sobre las causas de estos hechos.

Una entrevista al podcast más ñero y rockero de todos los tiempos: Sociales Peligrosos

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En Revista Hekatombe estamos muy felices de que la gente de Sociales Peligrosos nos diera una entrevista y esperamos que también la disfruten. Es importante hacer varias precisiones, ellos no se pusieron de acuerdo para responder las preguntas entonces vamos a compartir las respuestas de todos, algunas son un poco absurdas y otras más centradas. Cada uno de los integrantes de este maravilloso podcast nos envió audios, algunos de ellos incluían una respiración agitada (preferimos no preguntar qué pasaba), tos tipo COVID, sonidos bien particulares, palabras ininteligibles, también audios de más de tres minutos, es decir, podcast sobre el podcast.

Esperamos que la pillen completa, y que sigan y escuchen a Sociales Peligrosos.

Revista Hekatombe: ¿Quiénes hacen parte de “Sociales Peligrosos”? 

Diana:  bueno sociales peligrosos está conformado por los dos Andréseses, Harry y yo. Harry realmente se llama David Jejeje nos conocimos por Andrés Peñarete mejor conocido en el bajo mundo como “El Profe”.

Andrés Peñarete: los Sociales Peligrosos somos un cuarteto de perros callejeros, rabiosos y descontrolados que hemos hecho de la música nuestro estilo de vida, e incluso se ha convertido en algo que hemos llevado a escenarios académicos. Porque no solo vivimos de fiesta en fiesta, aunque planeamos hacerlo cuando nos pensionemos, si el gobierno nos deja.

Surgió inicialmente en una degustación de cervezas tranquila después de grabar un programa de radio que hacíamos en una universidad. De ahí surgió la idea que después en pandemia se volvió una covidrealidad.

Dianita es la conciencia del grupo, una mujer con un recorrido académico en torno a la música que no se puede resumir en estas líneas, es la bailadora y tropical de la manada, que cuando se le da por tomar guarito no hay quien la siente.

Andrés Ramírez AKA «Gaminez» es un diablo enchamarrado que pelea como pocos, pero que fue en gran medida quien empujó a todos para hacer el podcast, politólogo de vocación, pero punk de profesión, es además un multibanda participando en proyectos ruidosos acá en Bogotá desde hace años.

El buen Harry, nuestro gordo bastardo, tuvo sus lances con la academia, pero decidió fundar un imperio musical trayendo y vendiendo música, aún no es millonario, pero lo será pronto. Es un coleccionista de kilo y tal vez una de las personas que más conoce de los ritmos jamaicanos y los sonidos contraculturales, un DJ de miedo que siempre totea las fiestas.

Por último, el «Profe», Andrés Peñarete, nació en el siglo que no era, le gustaría haber sido pirata, y tal vez por eso se amañó desde chicuelo con la música rebelde y agresiva. Tiene cara de todo menos de profesor universitario, por eso nadie le cree que trabaja en eso. Se ha empeñado en creer en las escenas contraculturales de la ciudad y organiza conciertos con los malchicos de Diagnóstico No.

Tan sociales, como peligrosos, cuando toca ladramos y bailamos para evitar la monotonía de esta vida posmo.

Revista Hekatombe: ¿Por qué se llaman así?

Andrés Ramírez: bueno Sociales y Peligrosos se llama así porque es un juego de palabras de Kaká de Luxe: Peligrosos Sociales. Bueno la mayoría de nosotros decidimos ponerle así porque como todos somos de sociales y hay un peligroso que es Harry entonces ya, Sociales y Peligrosos.

Revista Hekatombe: ¿Por qué sacar un podcast de música, historia y política?

Harry: el podcast realmente tiene la intención de llevarle a la gente los contextos de los grupos y el por qué muchas bandas hacen lo que hacen y terminan siendo tan trascendentales en la historia. Desde el punto de vista de nosotros, o bueno, el mío, creo que la música define muchos momentos de la historia y pues obviamente es una chimba poder llevar al público y a la gente el porqué de las bandas para que las pueden entender mejor.

Andrés Peñarete: pues todo empezó de desparche, pero le vimos el plus a intentar enseñarle a la gente de la música que siempre nos ha gustado y que no se puede desligar de su contexto histórico. Realmente creemos que estas músicas representan algo más que una serie de movimientos estéticos, y que avanzan de la mano a dinámicas políticas e históricas.

Andrés Ramírez: es la forma de en la que evolucionamos también hay que recordar que nosotros venimos de un programa de universidad que se llamaba The Wall y por los recortes administrativos y demás pues nos tocó pasar a formar un podcast un poco más libre, también podemos decir groserías podemos tener posiciones políticas radicales. Como tenemos más o menos 500 escuchas entonces vale verga lo que nosotros digamos porque no nos escucha casi nadie, entonces no nos metemos en problemas muy seguido.

Diana: la música puede operar como factor de distinción social y se juzga de acuerdo con eso, entonces esta idea de la alta cultura, que la gente que escucha cierta música ya da cuenta de un capital cultural, de un capital simbólico que lo posiciona de cierta manera en el espacio social. Ese tipo de cosas nos hacían mucho, mucho ruido y esa idea de alta cultura también la queríamos romper, de hecho, ese ha sido un tema bastante debatido en ciencias sociales, pero no queríamos hacer un podcast así, requeteñoño tocando ese tema.

La música está atada a experiencias que hay que problematizar también desde lo político, entonces pues queríamos también asumirlo de esa forma, poder hablar de la música como una forma de agencia de transformación social como un vehículo también de denuncia, que, como lo que les decía hace parte de la experiencia de lo cotidiano, de lo cultural. Decidimos apostarle a eso y no encontramos otros podcasts que tratarán de abordarlo de esa manera y pues con el estilo que estábamos proponiendo. El estilo está muy marcado en ese sentido por lo cotidiano, la charla de amigos que uno podría estar teniendo en medio de una borrachera y pues también con los daticos ñoños y así es como lo hemos pensado desde Sociales Peligrosos y también hay una apuesta por entender que lo cultural es político y hay una relación imbricada muy muy estrecha en eso.

Más allá de hacer un podcast que definiera qué es la música y los aspectos formales de la música, como si fuéramos unos eruditos, creo que también es por eso del estilo al que le apostamos con el programa, siempre que se habla de estos temas ya sea de cine de teatro o en este caso de la música, se ven esas posiciones del experto culto bienhablado, voces así muy trabajadas y toda la cosa. También es una apuesta de nosotros por ver que la cosa no es así. La música es una cuestión de disputas que está atravesada por relaciones de poder, pero se naturaliza hasta tal punto, que hoy la música es como una cuestión netamente accesoria y casi siempre captada por las Industrias culturales que pocas veces le dan tinte político. Así que nos interesa hablar de que se hace con la música, también ver, por ejemplo, cómo la música (o las músicas también tendríamos que pluralizar la cosa), de cómo todas esas sonoridades se han constituido como caballitos de batalla para agenciar exclusiones, para respaldar algunos discursos ideológicos muy fuertes, pero también se han convertido en focos de resistencia y formas de agenciar transformaciones que no solamente inciden en lo local. Ahí habría una cuestión multiescalar bien interesante, entonces hemos querido resaltar todo eso con el programa.

Revista Hekatombe: Su estilo es bien callejero y tiene matices ñeros ¿se puede decir que el podcast es más calle que la calle? ¿por qué?

Harry: la verdad sí nos consideramos que somos un podcast bien ñerito, especialmente por mi lado. La única que no es una valija en este en este parche es Dianita, de resto, si somos un montón de valijas. Somos unos ñeritos que hacemos un podcast de mal hablados para mal hablados

Diana: si jaja si queremos plantear la cosa como una charla que uno tendría en el andén jartando con los amigos y escuchando buena música. Ese es el estilo que queremos con el programa y realmente así pasa, cuando nos ponemos a tomar con nuestros amigos terminamos haciendo eso. Por lo general a veces cuesta un poco porque por lo menos a mí no me sale, también las expresiones así tipo ‘callecita’ entonces aquí hay una anécdota: cuando estamos grabando los intros, las partes finales del programa, las cuñas y bueno todo eso, era muy gracioso porque yo trataba de decir algunas expresiones, así como muy ‘callecita’ y no me salían Jaja y entonces fue bastante gracioso.

Sí incluso hasta eso lo pensamos en ese sentido, desde la manera en la que queríamos hacer el programa, la manera que lo queremos introducir y bueno como les digo eso también ha sido un trabajo no solamente nosotros cuatro, también hemos tenido muchísimo apoyo de todos nuestros amigos y amigas y pues estamos haciéndolo con las uñas, literalmente.

Andrés Ramírez:  el podcast es más calle que la calle porque la única que no es callejera en el parche es Dianita, la verdad; el profe Harry y yo llevamos como 15 años jodiendo en toques de punk, en parches, en escenas que no tendrían sentido si no fueran la calle y nosotros no somos de los que nos tomamos los tragos en un bar, sino de los que nos emborrachamos enfrente de la casa de alguien hasta que nos llaman la policía, entonces pues eso se nota, la verdad uno no puede ocultar ese tipo de cosas. Si nosotros estamos hablando de música vamos a estar hablando de las experiencias que nos trae esa música, y las experiencias que nos trae esa música están ligadas a las calles, a las peleas, a las drogas, al alcohol, al sople, mejor dicho.

Andrés Peñarete: las calles nos criaron, crecimos en ellas y algunos seguimos vivos de puro milagro, en los andenes hemos hecho relaciones más fuertes que las filiales. Hermanados por la calle podría decirse, es la vida que elegimos y la mezclamos con nuestra cotidianidad.

Revista Hekatombe: ¿Cómo se ponen de acuerdo para el tema de cada programa? En el caso del programa “Los tombos son unos hptas baia baiiaa” y de Toots and the Maytals, era sencillo, ¿pero con los otros? ¿lo deciden en peleas con cuchillos?

Harry: bueno para ponernos de acuerdo con los programas tenemos una ceremonia bien bien chimbita: solemos reunirnos y nos pegamos la ida al Samber. Ahorita con el tema de la cuarentena pues nos reunimos en la casa del “Profe” y mandamos pedir el domi desde el Samber, entonces nos compramos ahí un Wimpy, sí, una combina de todos los juguetitos, con unos churros y votamos varias ideas y decidimos. A veces llegamos a los cuchillos, pero pasa poquitas veces.

Diana: sobre cómo elegimos los temas de los programas creo que las respuestas de mis compañeros son muchos más divertidas e interesantes en ese sentido. Nosotros siempre estamos muy atentos a lo que está pasando y sería incoherente tener una apuesta por un programa siendo sordos a lo que está pasando. El de los tombos, por ejemplo, porque había muchos emputes ahí y eso también se refleja en el programa, ¿por qué edulcorar? o ¿por qué hacer una cosa súper aséptica? cuando uno se piensa un programa tienen que evidenciarse los emputes y los posicionamientos de nosotros, así como pasa con ustedes en Heka, que ustedes dicen, por ejemplo, esta vaina no es neutral. Lo mismo pasa con este podcast, lo que decíamos hace un momento cuando se habla de lo cultural también se está hablando de lo político.

Andrés Ramírez: no hay peleas de cuchillos nosotros simplemente nos resignamos a vivir en un matriarcado, entonces Dianita es la que nos oprime con su feminocracia y ella es la que decide que qué programa va y qué programa no, entonces como nosotros queremos un montón de bandas que no le gustan a nadie y que sólo escuchamos nosotros y que escuchan como diez personas por país, pues ponemos como la tira de resultados y Dianita dice ese sí, éste no, pero la verdad la que más cuchilla es Dianita.

Andrés Peñarete: todo es un matriarcado, siempre intentamos darle gusto a Dianita, pero por lo general van saliendo a conveniencia de nuestros gustos. Alguno propone y los demás opinamos si sí o no.

Revista Hekatombe: ¿Cuál ha sido el programa más difícil de hacer y cuál el más sencillo?

Diana: me parece difícil cuando es sobre algunas agrupaciones de punk porque yo no escucho mucho entonces siempre tengo que documentarme, buscar datos curiosos, que eso se ha convertido en casi una sección del programa “datos curiosos de Diana” o “dianidatos”, entonces creo que se me dificultan bastante los de punk. El más sencillo, diría que el The Cure y el de B-52’s a mí B-52’s siempre me ha parecido la locura, así muy muy rumberito y el The Cure fue parte de mis canciones de adolescencia, me gusta resto, aún sigo esperando que grabemos los otros dos programas de The Cure (en algún momento saldrán).

Andrés Ramírez: el programa más difícil y sencillo yo no lo pondría en términos de difícil y sencillo, sino de complejo y de sencillo, porque es muy difícil meter en un programa de 40 minutos la historia de una banda como Eskorbuto o como The Cure (por eso vamos a hacer tres programas). Eso es lo que me parece más complejo, no hay bandas difíciles, programas difíciles y fáciles sino historias complejas, historias sencillas. Tal vez las más sencillas son de las que mejor manejamos el tema y los más complejos y complicados son con los que no somos tan expertos, entonces eso varía. Entonces digamos que se facilita un poco más dependiendo del gusto.

Andrés Peñarete: los más difíciles para mí -El Profe- han sido de los grupos que no conozco, como The Cure o Devo.

Revista Hekatombe: ¿Cuál de los perros y perra es más creído con sus colecciones de discos?

Diana: ¡Uy no, yo no sé cuál de los tres es más creído! Yo no coleccionó LPS, solía coleccionar videos musicales en la época del VHS, pero yo no tengo vinilos. Entre ellos la competencia está súper fuerte, pero diría se la pelean cabeza-cabeza entre Harry y Andrés Peñarete, continuamente están colgando fotos con sus LPS, ponen canciones en sus estados o en Facebook, entonces diría que ellos son los más chicaneros y además son reposudos y tienen su fanaticada o, mejor dicho, son rompe corazones.

Andrés Ramírez: pues con las colecciones de discos obviamente Harry, pero el más creído de la banda soy yo, pues porque obviamente soy javeriano. “El Profe” también es javeriano, pero pues obviamente el más creído soy yo, siempre me voy a creer más la chimba porque los historiadores son más humildes, mientras que los politólogos somos más como la cúspide, ni siquiera pertenecemos a las ciencias sociales, entonces por eso yo soy el más creído, pero el que más chicanea con los discos es Harry.

Andrés Peñarete: Harry y yo, aunque Harry tiene más discos y unas gemas increíbles primera edición, yo soy más farandulero. Jajajajaja.

Revista Hekatombe: Al ser ustedes descualquierados, algo bohemios y soñadores, con ese aire de trúhanes y truhana, ¿algún día harán un especial de Julio Iglesias o consideran que Hekatombe está MFP (Meando Fuera del Pote) con esta pregunta?

Harry: jaja, Julio Iglesias no, pues la verdad no, no creo, hace música de porquería la verdad, pero pues… si están meando un poquito fuera del tiesto con esa pregunta, pero… no, no sé, por mi lado no consideraría que le hagamos a Julio Iglesias un programa, de lo único que vamos a hablar es del bronceado de ese man porque de resto no. No le halló como mucha lógica musical al Man.

Diana: Uy no sé qué tanto de Julio Iglesias, pero a pesar de que la mayoría de los programas que se han sacado son rock, hay variedad. Creo que eso es lo interesante del programa que, por ejemplo, dentro de las colecciones de mis amigos acá en la mesa de trabajo tienen al General, que uno pensaría que hasta se bailan el ‘Pata Pata’ cuando están bien jinchos, entonces si hay posibilidad de variedad. Creo que de las que más escucha otro tipo de géneros, me gusta la Champeta y me las bailó todas, me gusta el vallenato, me gusta todo eso, pero también le jaló un montón al rock ¡me encanta el rock! y creo que por eso me interesa bastante la historia y me entiendo muy bien con ellos. Pero bueno, no sé yo no me cerraría a Julio Iglesias.

Andrés Peñarete: Uuuuuuuy no…Tal vez de Chayanne.

Andrés Ramírez:  no Julio Iglesias, no, y tampoco Chayanne como dice el profesor. Realmente el podcast está centrado en el rocanrol, obviamente tocamos temas de reggae, de ska, pero pues son géneros que pertenecen al rock y también de rap. De boleristas clásicos no creo, porque los boleristas clásicos no tienen casi proyección política, fueron grandes porque la censura los hizo grandes, porque sólo se podía hablar de amor en los años 70s, porque no se puede hablar de un conflicto. No hay boleristas que hablen de temas más sociales, si los tocan, lo hacen muy muy por encima y muy poéticamente. Entonces pues no sé, o sea música que no me guste, pero de la que probablemente hagamos un programa, no sé, Víctor Jara o de todos esos hippies que mataron por tener posiciones políticas diferentes, pero boleristas clásicos yo no creo, yo me pararía en la redura en contra de que hiciéramos una mierda de eso.

Revista Hekatombe: Por ahora parece que ustedes deciden los temas de cada programa, ¿algún día permitirán que sus seguidores hagamos sugerencias o ustedes seguirán comportándose como machos y hembra alfa?

Harry: la verdad somos una manada que por el momento estamos decididos a seguir haciendo programas a nuestro gusto, lo que se nos dé la hijueputa gana, porque al fin y al cabo somos una manada que no obedece a nadie. Pero pues, la idea no está alejada de que de pronto, en algún momento nuestros seguidores nos pidan algún programa y con todo el gusto se los pasemos, desde que no nos vengan con un programa maluco o alguno de esos hijueputas bien chandas qué la verdad son una basura, pues, titino, de resto hacemos cualquier programa.

Diana: sobre los temas de los próximos programas nos encantaría que quienes nos siguen nos digan qué programas quieren escuchar o qué artistas. Sólo sabemos que existen porque reaccionan a las publicaciones. Si nos encantaría tener otro tipo de comunicación. A veces sí nos llegan comentarios de programas que les gustaría oír y los armamos, pero habitualmente a través de las redes sociales no nos han hecho alguna petición en especial. Hacemos la invitación a que nos envíen sus sugerencias, o que nos digan qué música les gusta.

Y a ustedes Heka, si quieren un programa en especial de algún artista, súper súper bienvenida la sugerencia, o si quieren ir a alguno de nuestros programas, ahí está la invitación abierta para que nos acompañen.

Andrés Ramírez: la verdad nosotros ya hemos tenido pequeñas intervenciones de fanáticos del programa, siempre estamos abiertos a escuchar nuevas posibilidades, sin embargo, pues como no nos escucha casi nadie entonces las posibilidades se reducen notablemente. Si mi mamá dice que hagamos un programa de Raphael pues no.

Los perritos rabiosos, la manada de los perritos traviesos, siempre van a estar presentes en cada programa, y siempre mandamos saludos y siempre tenemos en cuenta las opiniones del público

Andrés Peñarete: Obvio, sería genial tener mucha más participación de los cuatro gatos que nos oyen.

Revista Hekatombe: Hablemos de economía naranja ¿cómo va la venta de stickers, botones y afiches? ¿recibieron apoyo del gobierno nacional para los emprendimientos?

Harry: Bueno pues con lo de los stickers y con lo de nuestro pequeño emprendimiento y con los Kits pues nos han dado pa’l sople. Para ser sinceros nos hemos sopleteado todo lo que nos han apoyado y si hemos visto realmente el gran apoyo por parte de la gente.

No, nada, el gobierno tampoco nos ayuda. El gobierno es una basura. Realmente Iván Duque sólo ayuda a sus putos amigos entonces estamos en la olla, toca que nos apoyen porque pues el sople no se gasta solo, entonces necesitamos que nuestros seguidores apoyen a la manada de viciosos que realmente es para una buena causa ¡Qué viva el sople hoy, ayer, mañana y siempre!

Diana: no queremos nada este gobierno de porquería, no, no, no, no. Creo que en eso sí hay mucho espíritu del punk, de autogestión. Más que emprendimiento yo hablaría de autogestión. A eso le apostamos un montón y tratamos de apoyar a todos los parceros que están en eso, desde comidas rápidas, venta de almuerzos, tatuajes, diseños. La idea es siempre apoyar y bueno, funcionamos muy muy en ese sentido.

La idea es que por los problemas que se han generado a partir de la cuarentena, de tener que grabar así, surgió la iniciativa de crear stickers y botones del podcast para tratar de comprar algunos equipos que estamos necesitando, es más, en ese sentido la autogestión. Me gustaría que no se hablará tanto emprendimiento, a pesar de que en el programa lo hemos mencionado, pero son más bien prácticas de autogestión y si, no queremos nada este gobierno.

Andrés Ramírez: bueno nuestro emprendiendo ha sido profundamente autogestionado y después del programa contra los tombos, el gobierno no quiere saber nada de Sociales Peligrosos, entonces estamos profundamente desfinanciados. No faltan las rupias que nos botan señoras como Carmen-Cita y Elza-Pato, entonces nos ha ido bien, pero nos podrían mejor y esperamos que con los 250.000 seguidores que tiene Hekatombe nos puedan hacer llegar algunas luquitas para el soplo.

Andrés Peñarete: Vamos bien, los perritos han apoyado y queremos mandar a hacer camisetas a ver si logramos comprar equipos más chimbitas, y obvio para el sople. Jajajajaja.